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RETAZOS DE ARGENTINA -Diarios de Viajes de Argentina- Ambior
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Diario: RETAZOS DE ARGENTINA  -  Localización:  Argentina  Argentina
Descripción: Recorrido por Salta y los Valles Calchaquíes, estancia en Buenos Aires y descanso en Cariló durante febrero de 2015
Autor:    Fecha creación: 
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Índice del Diario: RETAZOS DE ARGENTINA


Etapa: Salta y los Valles Calchaquíes  -  Localización:  Argentina Argentina
Fecha creación: 01/04/2015 12:04  
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SALTA Y LOS VALLES CALCHAQUÍES


Prácticamente un año más tarde estábamos nuevamente haciendo un viaje que estuvo a punto de no realizarse. Programado meses atrás para visitar a una de nuestras hijas que ahora vive en Buenos Aires, decidimos pasar por alto todas las dificultades y mantenerlo para darnos un respiro.

Habíamos programado pasar un mes en total, los primeros días en Buenos Aires, después, hacer una escapada a Salta y Valles Calchaquíes, regresar a BA y más tarde pasar una semana en Cariló. Las distancias en Argentina son tan enormes que hay que moverse casi siempre en avión. Volamos pues hasta Salta con Aerolíneas Argentinas en un viaje de dos horas. Habíamos reservado a través de Booking la primera y última noche del circuito en el Hotel Desing Suites muy céntrico y con muy buena relación calidad-precio.

Salta es una ciudad importante con unos 600.000 habitantes, pero la primera impresión desde el micro que hace el recorrido desde el aeropuerto hasta la terminal de autobuses (aunque después nos llevó hasta nuestro hotel) fue bastante negativa, parecía más bien un pueblón grande y destartalado, y desde luego sin ningún encanto.


Después todo fue matizándose. El centro histórico tiene lugares de interés como la plaza 9 de Julio, antigua plaza de armas de grandes dimensiones, arbolada y rodeada de edificios interesantes como la Catedral neocolonial, de fachada salmón-crema, un tanto pastelera, y un interior tan recargado que resulta inquietante. Alrededor de toda la plaza terrazas en las que descansar un rato, tomar algo y observar el ambiente animado de gente al caer la tarde.





Esperábamos una ciudad más colonial, más del estilo de Cuzco, Antigua o Cartagena de Indias. Pero no, Salta es muy desigual. Las antiguas casonas de estilo colonial están mezcladas con otras modernas, sin ninguna armonía, necesitando además una buena mano de pintura. Quizá por eso resulta más bonita por la noche, con las farolas encendidas, que durante el día. Hay un barrio -el antiguo Barrio de la Estación- que está lleno de lo que llaman “peñas” que son restaurantes en los que además de cenar se puede contemplar un espectáculo de folklore argentino: zambas, chacareras… cante y baile con un delicado juego de pañuelos y ágiles zapateados mientras se cena el típico “asado” o platos regionales como empanadas o humita. Generalmente hay que pagar una cantidad para el espectáculo, además del importe de la cena, pero ninguna de las dos noches nos hicieron pagar, según ellos, ese día el espectáculo era gratis… La primera noche era pronto y nos quedamos en una peña en la que empezaba antes el espectáculo, pero no cenamos bien. La última noche, sin embargo, era tarde así que fuimos hasta la más reputada –La Vieja Estación- en la calle Balcarce, en donde hace ya mucho tiempo empezó a cantar acompañado de su guitarra un jovencísimo Jorge Cafrune, sobrino del dueño. El espectáculo allí empieza a las diez de la noche. Todo el espacio de la antigua peña repleto de mesas donde se cena codo con codo. El espectáculo es bueno y se come bastante bien, así que el público estaba divertido y entregado.



Habíamos alquilado un coche (con “Localiza”) para hacer el circuito de los Valles Calchaquíes. Conviene que sea un coche más bien alto por las dificultades del terreno. Habrá que hacer muchos kilómetros de ruta sin asfaltar, por una carretera (más bien camino) de ripio, con baches, piedras, barro y agua, así que el tipo de coche es importante.


La primera parte del viaje transcurre por el Valle de Lerma, una planicie verde rodeada de las montañas de la precordillera, azuladas, con manchas que parecen bolas de nieve enganchadas en sus laderas y que son en realidad pequeñas nubes blancas y estáticas. Por allí la carretera es aún buena, de asfalto, recta, atravesando alguna que otra pequeña población.


Nos desviamos para llegar hasta el dique Cabra Corral, un pantano que recuerda al lago Atitlán en Panajachel por el dulce paisaje que lo rodea: un espejo de agua y montículos verdes en sus bordes llenos de vegetación.



Regresamos a la antigua carretera y continuamos hacia la Quebrada de las Conchas. Justo antes de empezar la Quebrada nos encontramos con un lugar curioso y de curioso nombre también: Alemanía, eso sí, con acento. Es ahora un pueblo fantasma que conoció otros tiempos de esplendor a principios del pasado siglo, cuando su estación enlazaba el Valle de Lerma con los Valles Calchaquíes. Su desafección en los años setenta acabó con toda su actividad llenándose de hierbajos y maleza. Con la rehabilitación de la antigua estación se está intentando dinamizar el lugar y que al menos sea una parada para los turistas antes de internarse en la Quebrada.




Una vez en la Quebrada de las Conchas el paisaje cambia, se vuelve rojo por los estratos geológicos horadados por el río. Es una profusión de formas y colores, kilómetros de un paisaje singular cincelado por el agua y el viento que por momentos recuerda al cañón del Colorado.




El río las Conchas, siempre oscuro, a veces de color chocolate, en ocasiones arrastra tanto barro que se estanca, y cuando llueve inunda tramos de la carretera interrumpiendo el paso.




Son kilómetros y kilómetros de paisaje lunar, en planos superpuestos como decorados a ambos lados de la estrecha carretera aún asfaltada pero de difícil firme por la que hay que circular despacio y con atención. Conviene llevar comida para el camino porque entre Salta y Cafayate no hay poblaciones, así que bocadillos, agua y algo de fruta son indispensables. Otra cosa es encontrar un lugar donde comerlos, una sombra en un paisaje desértico, pero al final un milagroso pequeño cobertizo nos permitió protegernos del sol mientras comíamos.




Después de varias horas acabamos de recorrer los 188 Kilómetros que separan Salta de Cafayate, a donde llegamos a primera hora de la tarde. En sólo unas horas habíamos podido contemplar fenómenos geológicos que la naturaleza tardó millones de años en cincelar.



Cafayate es una población pequeña, acogedora pero sin mucho interés, salvo un par de calles, una de ellas con originales murales de temas indígenas, o la gran plaza central en donde se ubican los edificios principales: ayuntamiento, catedral, sencillísima por dentro y por fuera, casonas que ahora son restaurantes, tiendas para turistas, cafeterías con terrazas que se llenan de gente al atardecer cuando toda la plaza revive.




Lugareños y forasteros se dan cita allí, los primeros más bien ocupando los bancos de la enorme plaza, tan arbolada que no se puede tener una visión general de todo el conjunto, los turistas paseando buscando lugar para cenar o sentados en las terrazas haciendo tiempo para la cena. En esos momentos toda la vida se concentra en la plaza.





Nos alojamos en el Hotel Los Sauces. Una muy buena opción, un hotel agradable con buena relación calidad-precio (salvo el desayuno que fue malísimo) y a dos pasos de la plaza. Habíamos dudado en quedarnos más de una noche, pero no es necesario a no ser que se quieran ver las bodegas y el Museo de la vid y el vino. Al día siguiente visitamos los alrededores que son muy bonitos porque está situada en una planicie llena de viñas en su mayor parte -Cafayate es conocida por la calidad de los vinos que allí se producen y la reputación de sus bodegas- y rodeada de altas montañas de colores pardo-rojizos.



Intentamos antes de marcharnos ir hasta los médanos, dunas de arena finísimas y brillantes que el viento cambia de lugar. Una señora, hija de asturianos (encantada en de encontrar paisanos en aquellos lejanos lugares) nos dijo que no se podía acceder a ellos por el camino indicado, que fuésemos hasta la fábrica de queso de cabra y pidiésemos permiso para pasar por allí porque era el camino más fácil y seguro. No le hicimos caso y, efectivamente, la senda tortuosa oculta entre arbustos estaba cortada por agua y no pudimos pasar.



Así que abandonamos nuestro empeño y empezamos la ruta de los Valles Calchaquíes hasta San Carlos, un pequeño pueblo con importante iglesia y casitas de estilo colonial y la también importante plaza central, reminiscencia -supongo- de la entidad que tuvo esta población llamada la de los cinco nombres. Es la población más antigua de Salta, fundada por Juan Núñez de Prado en 1551, destruida posteriormente por los Calchaquíes, vuelve a refundarse otras tres veces más, la última por los jesuitas que fundaron la Misión de San Carlos Borromeo que le daría el nombre definitivo.




Después de San Carlos la carretera deja de estar asfaltada. Se trata de una carretera estatal que ha adquirido enorme notoriedad, la Ruta Nacional 40, que atraviesa Argentina de Norte a Sur, desde la frontera con Bolivia hasta el sur de la Patagonia, en paralelo a los Andes y a lo largo de más de 5.000 Km., pero que en algunos tramos pasa a ser calzada de ripio y por momentos simple camino estrecho y con pedruscos. Hay que tomarlo con calma porque circular a más de 40Km. hora es difícil.



Aquí el paisaje cambia, se vuelve más desértico, árido, cadenas de montañas rocosas erosionadas por la acción del viento y el agua, formas caprichosas, otra vez paisaje lunar en torno al río Calchaquí de aguas espesas y color dulce de leche que cuando llueve -y ocurre bastante a menudo en los meses de verano- se pone bravo e inunda la carretera que lo atraviesa en muchos tramos, por eso a veces está cortada y no se puede pasar. Antes de empezar el camino hay que enterarse siempre del estado de la ruta y de las previsiones del tiempo para evitar sorpresas desagradables.



Y en medio de esta tierra inhóspita aparecen minúsculas aldeas, cuatro o cinco casas construidas con ladrillos de adobe, un horno de pan en el exterior y una galería delantera sujeta por columnas, desde las más elementales de adobe hasta las que pretenden semejar un estilo clásico. Porque aquí la vida se hace en la galería: comidas, siesta, visitas, ocio… Tanto en estas humildes casitas como en las casonas señoriales.






Sorprende que en este entorno tan duro puedan sobrevivir estas familias ¿y de qué? No hay agua, la tierra está reseca, luego no hay cultivos, no vimos ganados, no parece que puedan recolectar nada ¿de qué viven? Y en esta soledad siempre hay una escuelita y una minúscula iglesia. La escuela quiere decir que hay niños y la iglesia es fundamental para estas gentes de profunda religiosidad, como vimos en Bolivia, Guatemala o Perú. Porque no parece que estemos en Argentina, no sólo el paisaje, también el paisanaje es más indígena: pieles morenas, pelo negro y lacio, incluso acostumbran a mascar hojas de coca como veíamos en Bolivia.


Y dentro de esta variedad de paisaje que tiene nuestro camino nos encontramos con la Quebrada de las Flechas, otro lugar fantasmal, que se remonta en el tiempo a quince o veinte millones de años, igualmente inhóspito, con la única vegetación de un arbusto resistente a todo tipo de inclemencias y que es capaz de pintar de amarillo con sus primitivas flores estos parajes semidesérticos. El viento fue erosionando los vértices de los riscos dándoles una forma en punta de flecha. Se pueden hacer rutas para tener una mejor perspectiva desde lo alto, pero siempre con buen calzado y con cuidado.





Nos acercamos al borde del río Calchaquí para tomar un bocata protegidos por un providencial cobertizo y nos acercamos para ver sus aguas espesas y perezosas.



Antes de llegar a la Finca El Carmen hacemos otro alto en Angastaco, en su momento el punto más destacado entre San Carlos y Los Molinos. De ahí la importancia de la Iglesia de curioso interior y algunas de las casonas que aún se conservan.


Paramos después en la Finca El Carmen, una antigua estancia que cuenta con hospedería y es otra posibilidad de alojamiento entre Cafayate y Salta. Es un conjunto con historia que se remonta al siglo XVII, con casona principal (naturalmente no podía falta la galería con columnas), iglesia, granja con corderos y llamitas y museo donde se muestran los aperos ancestrales utilizados para cultivar la fértil vega que se extiende a los pies de la finca.




Y al fin, en medio de un precioso paisaje, llegamos a Los Molinos, fundado en el s. XVII, de casas bajas modestas, limpio, tranquilo, silencioso, aire seco agradable para pasear por sus calles que acaban contra las faldas de la montaña. Visitamos la Casa Museo de Indalecio Gómez, antigua casona colonial con un encantador patio sobre el valle, decorado con cactus gigantes que ellos llaman “cardones”. Además de una tienda de artesanía de la cooperativa local, hay un interesante museo que relata los orígenes del poblado y de la población, también aquí totalmente indígena, de piel y pelo oscuro, gesto adusto, callados y con un habla que parece más boliviana que argentina.




El hotel Hacienda de Molinos, donde nos alojamos, parece sacado de las páginas del Quijote: arquitectura hispana transportada a las colonias. Muros toscos encalados y verdes maderas en puertas y contraventanas. Se trata de una casona del siglo XVIII que fue residencia del último gobernador realista de Salta, Nicolás Severo de Isasmendi. Las dependencias se distribuyen en torno a varios patios. En el principal hay un árbol gigantesco. Pregunté la especie porque me di cuenta de que eran los árboles que encontrábamos en la ruta adaptados a este clima duro. Se trataba de un molle, nombre derivado del quechua “mulli” de usos medicinales como analgésico, anti inflamatorio…, incluso su resina se utiliza para aliviar las caries. Sentada en los patios (lástima de colchonetas en las butacas de duros tablones de madera verde) mientras tomaba notas, pude disfrutar de la tranquilidad del silencio, alterado a veces por el viento. Al oscurecer una rana, o un sapo, apareció no sé de dónde y al verme quedó paralizado en la hierba, sin moverse, sólo su respiración agitada indicaba que estaba vivo.




Nuestra última etapa por los valles era Los Molinos-Salta. Nos quedaba lo más impresionante, la Cuesta del Obispo, pero también lo más problemático por la climatología cambiante. Nos informamos antes de salir y nos dijeron que las condiciones eran buenas. También nos dijeron que procurásemos no salir de Cachi más tarde de las tres para evitar la niebla que podía bajar en la cuesta. El paisaje sigue siendo espectacular, cerros multicolores, valles verdes en la vega del río Calchaquí o faltos de agua donde crecen “los cardones” cada vez más gigantescos, modestas casitas en las que no pueden faltar las columnas.




En Secantlás se puede tomar una desviación conocida como la “ruta de los artesanos”, de 10km., en la otra vertiente del rio opuesta a la carretera principal, que sólo merece la pena para detenerse en alguno de los puestos de artesanía textil allí instalados, de los que dos corresponden a la familia Guzmán (artesanías “El Tero”), que decía ser el mejor tejedor de ponchos salteños. Figuras importantes pasean por el mundo con un poncho salteño rojo y negro salido de sus manos.



Entre Molinos y Cachi el paisaje es tan bonito que apetece parar constantemente a hacer fotos porque siempre un poco más allá te parece que es todavía más bonito. Cachi con su encantadora iglesia en su sencillez, con un retablo en un interior totalmente “naïf”, es parada obligada. En este pueblo blanco de casitas bajas estilo colonial se puede comer algo antes de emprender la ruta hacia de famosa cuesta.





Y después de Cachi aparece el Valle de los Cardones, tierra de indios porque se dice que ellos aprovechaban la madera porosa del esqueleto de estos cactus para sus construcciones. Es un paraje árido de escasa vegetación salvo los cardones que sobresalen exhibiendo sus dedos, uno, dos, tres, incluso varios dedos. Algunos parecen hombrecitos de alto tronco y dos brazos extendidos. Aparecen poco a poco y se van acumulando a lo largo de toda la recta de Tin-Tin desapareciendo de repente tras una bajada en donde el terreno se vuelve aún más árido.




Y a pesar de todas nuestras precauciones al llegar al alto de la Cuesta de Obispo (3.457 m.) las nubes amenazando tormenta que ya habíamos encontrado en la recta de Tin-Tin habían traído consigo la lluvia y también la niebla. Un desastre. No veíamos nada. Todo el tiempo anunciándonos que quedaríamos extasiados con las vistas. Enorme decepción. Empezamos la bajada y, afortunadamente, en algunos momentos la niebla despejaba para dejarnos imaginar lo que hubiera podido ser en otras condiciones. Se trata de una bajada de ripio serpenteando entre cerros cortados a pico, altísimos con más de 1000 metros de desnivel desde la cumbre hasta el llano y un intenso verde musgo cubriéndolo todo. Pero, para empeorar aún más las cosas, al poco de empezar la bajada, empezó a llover torrencialmente.



Fuimos pasando con miedo las primeras torrenteras que cruzaban e inundaban la carretera hasta que vimos un coche y un micro parados que nos dieron el alto anunciándonos que era imposible continuar: el agua se había llevado parte de la calzada. Teníamos que esperar primero a que dejase a llover y después a que viniesen a repararlo. En poco tiempo se formaron dos grandes colas de vehículos en las dos direcciones. Al cabo de cuatro horas una excavadora logró abrir un pequeño paso. Pudimos continuar pero la aventura no había terminado: el agua había arrastrado piedras y barro haciendo casi impracticable el camino en muchos tramos. Al final conseguimos llegar a Salta exhaustos a las 21h.30. Al día siguiente volábamos hacia Buenos Aires. En unos días habíamos concentrado montones de fotos fijas de paisajes y pueblos, todos parecidos y todos diferentes. Una región con personalidad y carácter que merece la pena descubrir.




Siguiente etapa: BUENOS AIRES.
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Ver Etapa: Salta y los Valles Calchaquíes



Etapa: Buenos Aires  -  Localización:  Argentina Argentina
Fecha creación: 01/04/2015 12:06  
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BUENOS AIRES


Llegamos a Buenos Aires a finales de enero, dejando atrás un invierno, todavía no muy crudo, para sumergirnos en un verano caluroso y húmedo. Habíamos volado con Iberia durante la noche y, tras las colas de inmigración y aduana, pedimos un taxi en el mostrador que hay en el primer hall del aeropuerto. Los taxis no son caros en Buenos Aires, afortunadamente, porque el transporte público deja bastante que desear: anticuado, abarrotado y sin aire acondicionado, o sea que los días de calor te achicharras.

Era la tercera vez que visitábamos Buenos Aires. La primera vez -de paso hacia Bolivia- nos habíamos alojado en San Telmo unos días a la ida y otros a la vuelta. En esa primera ocasión habíamos callejeado fundamentalmente por ese barrio (calle Defensa, Plaza Dorrego, Parque Lezama…) y por lo que los porteños llaman “microcentro” (Plaza de Mayo, Avda. de Mayo, Congreso, Diagonal, etc.), algo de Palermo, Retiro, Recoleta y Puerto Madero, pero en este último barrio, por ejemplo, no habíamos estado en el restaurante peruano La Rosa Nautica, sucursal que el famoso restaurante de Lima del mismo nombre abrió en los muelles de Puerto Madero, con terraza frente al río y a las torres que se extienden al otro lado del río. Es un lugar recomendable de bonita decoración, ambiente agradable y una carta no muy extensa pero de calidad y con precios razonables. El chupe de camarón es excelente y también los ceviches de delicados sabores, o los pescados de preparaciones más elaboradas.




La segunda vez que pasamos por Buenos Aires fueron únicamente un par de días antes de hacer un tour por Argentina y Chile. Nos alojamos en la Avda. 9 de Julio y nos movimos también por el microcentro y los aledaños de la inmensa avenida: Plaza Lavalle, Corrientes, calle Florida, librerías, exposiciones…


La avenida 9 de Julio es inmensa más bien por ancha que por larga. Porque casi todas las calles de Buenos Aires son kilométricas: tan largas que decir el nombre y el número no sirve para nada, hay que indicar entre cuál y cuál calle perpendicular se encuentra el lugar al que se va. Y es que Buenos Aires es enorme. De esto nos dimos cuenta en esta tercera visita porque, al conocer ya lo fundamental, o al menos lo que se considera como imprescindible en cualquier capital importante, puedes dedicarte a descubrir de verdad la ciudad, a vivirla casi como un “porteño”, yendo a lugares a los que nos vas cuando dispones de poco tiempo como el mercado de las pulgas en Dorrego 1650, en Palermo Hollywood, disfrutando de sus cosas buenas o sufriendo las no tan buenas, como por ejemplo una red de transporte público un poco obsoleta, sin aire acondicionado ni en el metro ni en los autobuses y -lo que es aún peor- sin escaleras mecánicas hasta la calle en demasiadas ocasiones. Como contrapunto, el precio de un billete de metro es baratísimo -5 pesos, el equivalente de unos 30 ctm. de euro-, incluso el taxi es barato, lo que facilita los desplazamientos por una ciudad tan extensa, con tan grandes distancias entre los distintos barrios. Desde Palermo, por ejemplo, un barrio considerado céntrico, en donde nos alojamos en casa de nuestra hija, hasta el microcentro hay 10km. Qué decir de los barrios más alejados.


Así que fue esta tercera vez cuando descubrimos un Buenos Aires cosmopolita, heterogéneo, muy europeo, incluso mediterráneo, con muchas de las calles de barrios como Palermo o Belgrano ocultas por altos y frondosos plátanos que nos recordaban al Midi francés: un túnel de verdor que ocultaba las fachadas de los edificios, ahora tan dispares.



Porque en Palermo, en la zona que se conoce como Palermo Hollywood, muchas de las viviendas unifamiliares de principios de siglo, cuando empezó a urbanizarse el barrio con familias burguesas que cambiaban San Telmo por zonas más ventiladas y saludables, respetaron el estilo arquitectónico de su antiguo Barrio: viviendas de planta y piso, enormes ventanales a la calle, fachadas decoradas con medallones y guirnaldas y dos puertas gemelas a modo de puertas geminadas, una de ellas da uso a la vivienda principal con fachada a la calle y la otra da entrada a un pasillo que conduce a las viviendas posteriores que dan al interior de las manzanas, allí llamadas “cuadras”, término que sirve como referencia de la distancia a recorrer entre uno y otro punto.




Esas antiguas viviendas tan características de este barrio o del barrio de Belgrano, al norte de Palermo, están desapareciendo como consecuencia de la especulación urbanística. Así tiene el barrio una alternancia de alturas y de estilos: buenos edificios modernos de varias alturas que conviven con las viviendas unifamiliares que forman obligatoriamente un chaflán en las esquinas, espacios que son aprovechados para agradables terrazas de bares, cafeterías o restaurantes.




Sobre todo en la zona que se conoce como Palermo Soho (o también Palermo Viejo) llena de coquetos establecimientos con encanto, tanto comercios como bares, restaurantes o cafeterías decorados con buen gusto, con muebles y objetos que parecen sacados del desván de la abuela y que encontraron un lugar para lucir, pequeños y acogedores patios llenos de vegetación al fondo, tiendas modernas de ropa o de diseño, galerías y librerías, sobre todo en los alrededores de la Plaza de Julio Cortázar, en una zona en donde se mantiene aún la vieja arquitectura.



Palermo Soho es sin duda la parte más animada no sólo de Palermo, sino también de todo Buenos Aires. Por allí queda todo el mundo para cenar, tomar una copa, sentarse en una terraza, cualquier día y hasta altas horas de la noche porque se cena tarde y la “movida” empieza aún más tarde en Buenos Aires que en España. Hay bares que improvisan un pequeño asado en la acera y pequeños restaurantes para todos los gustos y presupuestos. Muchos de ellos en el entorno de la Plaza de Cortázar en donde los domingos se instala un mercadillo de artesanía que le da aún más colorido a la zona.



En este barrio heterogéneo aparece en ocasiones una callecita transversal (que llaman “pasaje”) corta y estrecha, adoquinada, con arbolitos y modestas fachadas de una planta, más propias de un pueblo que de una capital de doce millones de habitantes, como el pasaje Molière en Palermo Hollywood, entre las calles Arévalo y Ravignani, una isla de tranquilidad que podría estar en Andalucía o en Cartagena de Indias, con sus coloridas fachadas de una sola planta y sus aceras estrechas con naranjos.



O el pasaje Russell en Palermo Soho, que desemboca en una encantadora librería, “Libros del Pasaje”, una de tantas porque Buenos Aires es el paraíso de las librerías (ya hemos dedicado una entrada en el blog VIDA VIAJERA a las librerías de Buenos Aires, ¿tanto se lee en Argentina?) en donde además de libros hay espacios para el relax, para tomar algo mientras ojeas un libro que te interesa y que al final acabas comprando o no.



Otro ejemplo es la inmensa y original librería El Ateneo en la Avda. Santa Fe nº 1860 de Barrio Norte que ocupa todo el espacio de un antiguo teatro y en donde uno puede perderse entre miles de libros distribuidos por los diferentes espacios o descansar en alguno de los espacios relax, si se tiene la suerte de encontrar un sitio libre, claro.



Esta librería es única, pero librerías interesantes hay muchas más y librerías curiosas también. Como La Calesita en el entresuelo del 769 de la Avda. De Mayo, una librería de viejo, o más bien de compra-venta de libros usados y antiguos, partituras, discos y postales antiguos y, lo más sorprendente, una colección de juguetes y muñecas de porcelana antiguos que no están a la venta. Al pequeño local se accede por el hall de entrada de un espléndido edificio art-nouveau al que merece la pena echar un vistazo. Su responsable, un señor encantador, culto y conversador (como tantos de sus compatriotas) nos contó que el edificio había sido concebido como hotel para alojar a Isabel II en visita a Buenos Aires. Al final a la Reina no le gustó y se fue al Hotel Majestic, en la misma avenida, en el que Su Majestad ya se había alojado en otras ocasiones. A pesar del desplante real, o precisamente por ello, La Calesita es un rincón de Buenos Aires ineludible.


Esto es lo que le da interés a la ciudad, la variedad, la diversidad, el contraste, la heterogeneidad, los decorados de los comercios, bares o restaurantes. Es todo lo contrario de un escenario de “cartón piedra”, hay vida, hay gente amable, comunicativa, extrovertida, con verdadero interés por nuestro país del que quieren conocer cosas, por simple curiosidad o por tener ascendencia española, como ocurre en muchos de los casos, o por haber vivido en España y regresado a causa de la crisis.


También hay suciedad -las calles podrían estar más limpias- y a veces huele a caca de perro porque hay montones de perros y no siempre se recogen los excrementos. Por algunos barrios elegantes como Palermo Chico, o en la zona de los parques de Palermo, se ven paseadores de perros rodeados de una auténtica jauría que controlan a pesar de todo, pero que no sé si se paran a recoger lo que van dejando acá y allá. Claro que no son solamente los “paseadores” los que desatienden esa medida higiénica, y es una lástima porque hay que caminar con cuidado para evitar lo que no se quiere pisar.



En la misma zona de Barrio Norte en donde se encuentra la Librería Ateneo hay un edificio emblemático que merece una vista: el “Palacio de aguas corrientes“, en Córdoba nº 1950. El espectacular exterior fue construido a finales de siglo XIX para camuflar los tanques de agua que abastecían a una ciudad en constante crecimiento.



Al parecer los vecinos consideraban que la estructura de vigas de hierro no encajaba con este barrio elegante ni con el barrio de Retiro, también en sus inmediaciones. Y para que hubiera una armonía que no disgustase a los ojos de las clases adineradas que habían decidido alojarse por la zona, se ideó componer una fachada exterior que recubriese enteramente el interior y diese hacia fuera una imagen de edificio palaciego. Así es como se trajeron desde Inglaterra 300.000 piezas de terracota esmaltada, perfectamente numeradas que irían cubriendo poco a poco la fachada hasta conseguir el resultado que podemos contemplar hoy.



Además existe la posibilidad de acudir a una visita guiada en donde, además de ver las tripas del edificio y de escuchar la historia del mismo y del complejo funcionamiento de la traída de aguas en Buenos Aires, se pueden ver curiosidades como mobiliario de época, grifos, contadores, lavabos, bidets o la sorprendente colección de tazas de wáteres, todos diferentes.


Otro de los barrios que descubrimos esta vez fue Belgrano, al norte de Palermo (hoy un importante barrio de Buenos Aires de clase media-alta, después de haber sido un pueblo cercano a Buenos Aires y más tarde una ciudad que llegó incluso a ser capital federal), en donde alternan los modernos edificios con las viviendas originales, muchas de ellas de importante porte, algunas destinadas ahora a embajadas, instituciones, colegios privados u otros usos.




En algunas de las calles ya no hay apenas casitas bajas pero tuvieron el acierto de conservar los viejos árboles que trepan hasta los pisos altos y arrancan sin miramiento las baldosas de las aceras. En algunas de esas calles, al igual que en Palermo, hay enormes plátanos, pero en otras hay viejas jacarandas que tiñen el barrio de lila cuando llega la primavera. No tuvimos la suerte de verlo, la primavera ya había quedado atrás y sólo pervivía algún que otro racimo azulado resistiéndose a morir.


Es una zona residencial moderna, con buenos edificios que conviven con antiguas residencias unifamiliares de lo más variopinto, con una arquitectura totalmente ecléctica, por lo que parece según el gusto y criterio del dueño. En la calle 3 de Febrero, por ejemplo, hay un conjunto de casitas de estilo normando, pero un poco más allá podemos ver una residencia de estilo racionalista, otra clasicista, más allá otra de estilo francés, otras son semejantes a las que encontramos en Palermo o en San Telmo, pero a todas les deben de quedar pocos años de vida porque la especulación acabará con ellas más pronto o más tarde.




Ese mismo día en el que habíamos ido caminando desde el domicilio de nuestra hija hasta Belgrano, descubrimos en la calle Ciudad de la Paz, 561 (todavía en el barrio de Colegiales, pegado a Belgrano) un edificio singular en otro pasaje, el Pasaje General Paz. Construido en 1925 por el arquitecto Pedro A. Vinent, presenta en la fachada un alto arco que da entrada a dos bloques gemelos separados por un callejón ajardinado con viviendas laterales y balcones con balaustrada tipo corrala. Es uno de los edificios más cinematográficos y originales de Buenos Aires, escenario de muchos rodajes. [align=justify]Estos edificios conocidos en su época como “viviendas colectivas” o “pasajes residenciales” siguen conservando hoy el ambiente de principios del siglo XX como una versión elegante de los humildes “conventillos” con todos los apartamentos dando al patio interior, lo que favorece el conocimiento y la comunicación entre los vecinos, tan alejado de las costumbres actuales. Además, uno de los bajos está ocupado por el original restaurante Pipi-Cucu frecuentado fundamentalmente por gente joven y moderna con una atractiva oferta gastronómica de cocina de autor.



Nuestro callejear continuó por la tarde, después de comer en Le Pain Quotidien, la cadena belga que está teniendo mucho éxito fuera de sus fronteras. En Buenos Aires vimos varios, todos en su estilo “décontracté y convivial”, con sus ensaladas, platos ligeros y postres caseros. Se encontraba ya cerca de la plaza principal del antiguo pueblo de Belgrano, en una calle con muchos restaurantes. En la plaza de grandes dimensiones (como muchas en Buenos Aires) hay también un mercado de artesanía y en los laterales dos edificios de interés muy distintos entre sí: la Iglesia de la Inmaculada Concepción, con fachada en el más puro estilo neoclásico y el Museo de Arte español, de fachada blanca en estilo colonial con uno de los mayores jardines de la ciudad.



Continuamos nuestro paseo por otras de las muchas calles que destacan en la zona más residencial del barrio, conocida como Belgrano R en donde se instalaron trabajadores ingleses que habían venido para la construcción de los ferrocarriles que dejaron su impronta, lo que explica muchas de las características arquitectónicas de las viviendas: calles Maure, 3 de febrero, Melián, de suntuosas casas con estilos arquitectónicos diversos y frondosa vegetación que se entrelaza en el cielo tamizando la luz del sol, la calle Juramento y sus característicos adoquines, con el Palacio Hirsch y la Plaza Castelli en donde se encuentra el Centro Cultural que tiene una cafetería en un patio soleado lleno de verdor para hacer un alto en el camino.




A Recoleta volvimos varias veces por varias razones: nuestra hija trabaja en ese barrio y a veces quedábamos con ella y además muchos de los museos están también por allí. En nuestras visitas anteriores ya habíamos estado recorriendo el conocido cementerio del mismo nombre en la Plaza del Intendente Alvear (conocida como Plaza Francia). Regresamos allí para comer con nuestra hija cerca de su oficina, en el minúsculo restaurante italiano Moca, con plato del día rico y a precio económico, en la calle Callao 2034, interesante en una de las zonas más caras de la ciudad. Mientras la esperábamos volvimos a visitar la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar, sencilla y blanca, de estilo colonial, una de las más antiguas de Buenos Aires. Perteneció al convento de los Franciscanos Recoletos -que acabó dando nombre al barrio-. Inaugurada en 1732 es el segundo templo más antiguo de la ciudad y el que mejor conserva el estilo colonial barroco original.


Se puede visitar una exposición de objetos religiosos en lo que llaman “los claustros” y que son en realidad parte de las antiguas dependencias del convento. Lo que era en realidad el claustro del convento de los Franciscanos son hoy las dependencias de lo que se llama el Centro Cultural Recoleta, un lugar de exposiciones y actividades. Se pueden visitar los tres patios de viejos muros encalados, blancos, austeros, con pequeñas ventanas enrejadas, suelo empedrado y viejos naranjos en un clima de reposo y silencio. Me sorprendió la cercanía con nuestros conventos, misma arquitectura, mismo recogimiento. Todo el conjunto es uno de los edificios más antiguos de la ciudad y desde las ventanas del monasterio contiguo a la iglesia, lo que llaman los “claustros”, se tiene una bonita perspectiva del cementerio de La Recoleta y sus enormes mausoleos.




Uno de los más visitados es el de Eva Perón que tiene además su propio museo en Lafinur, 2899 en el barrio de Palermo. No sé si el museo merece la pena porque no aporta demasiado, depende de los intereses de cada cual, pero lo que sí merece la pena es el edificio y el restaurante, agradabilísimo, sobre todo en el patio, bajo los árboles, y con buena restauración.



Mucho más interesante es el Museo de Bellas Artes, en la Avda. Libertador 1473, una de las mayores colecciones de arte argentino y una buena colección de arte europeo, en donde en aquel momento había además una exposición sobre el Greco.


Merece la pena ver igualmente el Museo de las Artes Decorativas ubicado en el 1902 de la misma avenida, en una imponente residencia inspirada en las mansiones de la nobleza europea del s. XIX y que perteneció a una de las familias más importantes de la primera mitad del siglo XX en Buenos Aires, los Errazuri-Alvear. Aquí también, como en el Museo de Evita, se puede comer muy agradablemente en el jardín de la antigua mansión.



Toda esa zona de la Avda. del Libertador, seguramente la avenida más larga de la capital puesto que empieza en el barrio de Retiro y acaba 35k. más allá, en Tigre, es de visita imprescindible. Sobre todo la zona conocida como los Bosques de Palermo, un extensísimo pulmón verde de jardines y parques, estanques, jardín botánico, zoo, arbolado, rosaleda, lugar de expansión de los bonaerenses en sus días de asueto, quizás no precisamente los residentes en las elegantes viviendas situadas frente a los parques, que seguramente dispondrán además de segundas residencias, aunque sí frecuentarán los campos de tenis y de golf que también se encuentran por allí.




Y tampoco hay que dejar de pasear por la Avda. Figueroa Alcorta en donde se puede empezar viendo la escultura Floralis Genérica del escultor Eduardo Catalano, inaugurada en 2002, una flor metálica cuyos pétalos se cierran totalmente por la noche para volver a abrirse a la mañana siguiente (ahora en proceso de restauración). Si continuamos después por la avenida hasta el MALBA, en el nº 3415, tenemos otra dimensión de la ciudad: un Buenos Aires moderno, dinámico, con zonas que podrían estar en la Castellana o en cualquier otra zona elegante de Madrid.


En el MALBA (Museo de Arte Latinoamericano de BA), aparte de las colecciones permanentes del museo, tuvimos ocasión de ver y descubrir a Antonio Berni, uno de los pintores más originales de Argentina del pasado siglo. Creó dos personajes: Juanito Laguna y Ramona Montiel, reflejo de los niños de las “villas miseria” y, a través de sus cuadros en donde mezcla y superpone todo tipo de materiales, va llevando a cabo una especie de “historieta” plástica que convirtió a sus creaciones en personajes populares con vida propia conocidos de casi todo el mundo. Personajes que tenían una historia, una familia, crecían, cambiaban de vida… Todo desde la mirada lúcida y el compromiso social (nos extendemos más sobre ello en el post Antonio Berni en el MALBA).



También en Recoleta, en Agüero 2502, y al lado de la Avda. de Libertador se encuentra la Biblioteca Nacional, un edificio moderno, sin demasiado interés a no ser por ocupar la antigua residencia de Perón y Eva Duarte, un palacete de estilo francés que fue demolido para construir el actual edificio bastante más feo, seguramente con la intención de borrar las huellas del pasado. Hay sin embargo en los jardines que fueron los de la finca presidencial, un grupo escultórico que los representa a ambos sentados en un banco, testigos del paso del tiempo.


Merece la pena pasear por este barrio de Buenos Aires donde se encuentra la Plaza Mitre y algunas de las calles más elegantes de la ciudad, con residencias de estilo parisino situadas en una colina con bonitas vistas sobre la Avda. del Libertador.


Otra de las calles del barrio que merece la pena recorrer es la Avda. Alvear, donde se encuentra el Hotel Alvear, uno de los más emblemáticos de la ciudad, que acaba en la calle Arroyo, ya en el barrio de Retiro, posiblemente la calle más bonita de esta capital, tranquila, también de atmósfera parisina, llena de tiendas de antigüedades y galerías de arte. A los jóvenes les gustará conocer que se encuentra en esa calle uno de los bares de moda más originales de Buenos Aires: La Florería. Durante el día es una floristería y durante la noche, a través de una puerta de un enorme frigorífico se accede al piso inferior transformado en bar de copas. Originalidades como ésta hay muchas más pero, como las modas cambian, se necesita vivir allí para estar al tanto.

Nosotros mientras tanto ya estábamos preparando nuestra segunda escapada, esta vez a la playa.


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Etapa: Cariló  -  Localización:  Argentina Argentina
Fecha creación: 01/04/2015 12:08  
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CARILÓ


Nos quedaba aún una estancia de relax en la playa con nuestras hijas y fue así como tuvimos la ocasión de conocer Cariló, a unos 350 km. al sur de Buenos Aires y unos 50 km. al norte de Mar del Plata, la antigua estación balnearia hoy desplazada por nuevos lugares de veraneo más a la moda como Cariló, Ostende, Pinamar o Mar de las Pampas.



Habíamos alquilado un coche para hacer el viaje desde Buenos Aires, pero tuvimos la mala fortuna de hacer coincidir nuestra fecha de entrada no sólo con con sábado, sino además con cambio de quincena en temporada alta y con víspera de puente de carnaval. Todo un cóctel. Como no podía ser de otra manera el tráfico fue abundante desde que salimos de Buenos Aires, pero cien km. más allá ya empezaron las retenciones que fueron aumentando hasta la parálisis total provocada además por la reducción de los dos carriles de la autopista a uno solo, al parecer por problemas en un viaducto. Como consecuencia, las cuatro horas que hubiéramos debido invertir en recorrer los 350km. se convirtieron en catorce. Además, hasta poco tiempo antes de que se resolviese el tapón, no tuvimos ningún tipo de información sobre lo que estaba pasando, sin alternativas, atrapados con los demás vehículos sin saber cómo y cuándo se resolvería aquello. Y por fin, sobre las 24 h. llegamos a nuestro destino, difícil de encontrar en la oscuridad de la noche.



Esta zona costera del Océano Atlántico son kilómetros y kilómetros de playa y dunas frente a un mar bravo de aguas oscuras un tanto marronáceas. La temperatura del agua -más caliente que la de nuestro Cantábrico en verano- invitaba al baño pero no así las olas altas y envolventes ni la bandera, nunca verde. Supongo que será el paraíso de los surfistas, parapentistas y amantes en general de deportes náuticos favorecidos por el viento.




Para los terrestres, aparte de los paseos por la playa de arena clara y compacta, hacía furor el alquiler de quads para desplazarse por los médanos e imaginar cómo serían estos lugares antes del segundo cuarto del siglo XX, cuando era puro desierto, todavía un territorio virgen de arenas irreductibles movidas por los vientos, médanos y dunas que penetraban kilómetros tierra adentro, despobladas y estériles, propiedad de los herederos de Felicitas Guerrero, que a su vez las había heredado de su marido, un terrateniente inmensamente rico.



En nuestro blog VIDA VIAJERA dedicamos una entrada a explicar la epopeya que supuso el dominio de los médanos. Todo empezó con el Hotel Ostende, capricho de unos belgas que, encontrando que aquellos lugares propiedad de los Guerrero les recordaban a la ciudad-balneario de Ostende en el Mar del Norte, quisieron crear en medio de la nada un balneario semejante, aunque para ello hubiera que luchar con todas sus fuerzas contra la naturaleza. Consiguieron levantar el Hotel de Ostende que sigue existiendo y en donde se puede hacer una visita guiada por los lugares míticos en los que los clientes no podían saber si podrían entrar o salir por la puerta o se verían obligados a entrar o salir por las ventanas del primer piso cuando la arena había cegado la planta baja. Todo debía de tener su emoción.


Sin embargo hasta que no se consiguió retener la arena por medio de arbolado, fundamentalmente pinos (que por otra parte ya se había hecho en las Landas francesas a finales del XIX), no se pudo consolidar la urbanización porque los ilusionados pioneros que compraron parcelas para edificar su segunda residencia tuvieron que acabar abandonándola: la arena fue más fuerte y acabó ocultando las casas una tras otra.

El segundo intento de domesticación fue unos 25 km. al sur de Ostende, en lo que se conoce como Villa Gesell. Allí un testarudo argentino de origen alemán consiguió también vencer las difíciles condiciones del terreno con paciencia y tesón. Hoy sigue en pie -y se visita- su primera casa -la casa de las cuatro puertas- sobre un alto médano que dominaba hasta el mar construida ya con cuatro puertas para tener asegurada la entrada y la salida, según la dirección del viento, y que, gracias a las plantaciones vegetales, que consiguieron vencer al viento, sería el germen de lo que llegaría a ser Villa Gesell.


Los Guerrero, que habían ido desprendiéndose de aquellos terrenos, conservaron para la familia una enorme finca que consiguieron forestar tranquilamente, sin prisas y con mucho dinero.



Esta propiedad -Cariló- fue una finca privada hasta la década de los setenta cuando la familia decide vender parcelas a particulares surgiendo así un nuevo y original balneario de estrictas normas: respeto absoluto de la naturaleza, prohibición de talar árboles más que los estrictamente indispensables para la construcción de la vivienda que no podrá quedar oculta tras una valla o un cierre, con lo cual el conjunto de la urbanización, con campo de golf, tenis, calles de arena, sin farolas, y la vista de los jardines acondicionados con buen gusto, irregulares por los árboles y los médanos ahora cubiertos por el césped, forman un conjunto precioso.




Habíamos alquilado lo que allí llaman “cabañas”, en realidad un bungalow para cuatro personas en “Cariló Cottage” en torno a un jardín con piscina y jacuzzi climatizados. Todo muy agradable, atendido por gente amable, en un lugar muy tranquilo a pesar de estar sólo a dos cuadras (como dicen ellos) del Centro Comercial, adonde íbamos a hacer alguna compra, tomar algo o cenar en cualquiera de los restaurantes, todos ellos caros en relación con los precios de Buenos Aires. También el Centro Comercial está cuidadísimo, con pequeños edificios de madera pintados de distintos colores, una gran oferta de tiendas de ropa, cafeterías y sobre todo restaurantes. Pero ninguna discoteca, es un lugar de descanso más bien para personas con niños o personas que buscan la tranquilidad. Los jóvenes creo que se aburrirían quizás un poco.



Además en Cariló es imprescindible alquilar un coche para poder desplazarse y visitar los alrededores: Ostende, Pinamar, Villa Gesell o Mar de las Pampas parecido a Cariló, incluso más auténtico y con un ambiente más joven y más desenfadado.



Pero incluso dentro de Cariló las distancias pueden ser grandes, o sea que un coche es necesario. Lo ideal es un 4x4. Nosotros no lo habíamos hecho así y el par de días en que llovió (el clima parece bastante irregular, desde luego no hace mucho calor) las calles de arena se vuelven problemáticas para un coche normal.



La semana pasó pronto pero nos dejó una bonita experiencia, nos permitió pasar unos días de auténtico relax: paseos, playa, piscina, y descubrir un lugar interesante fuera de lo común.




A la vuelta aún nos quedaron unos días en Buenos Aires para ir despidiéndonos poco a poco de la ciudad, saboreándola, haciendo una vida relajada, tranquila y sin prisas. Para celebrar este reencuentro de los cuatro que llegaba a su fin, fuimos a un restaurante del barrio, El Paraje de Arévalo, en Arévalo esquina Gorriti. Es un restaurante caro, de cocina de autor, con un único menú degustación de muchos platos, algunos mejores que otros por lo que el precio nos pareció un poco excesivo. Nosotros regresábamos ya y nuestra otra hija un poco más tarde, así que esa fue nuestra despedida, contentos y al mismo tiempo algo tristes de volver a separarnos y volver a reencontrarnos con la realidad que habíamos dejado en España.


Y como siempre al final montones de recuerdos, de imágenes, de experiencias. Felices de haber estado juntos y satisfechos de haber conocido un poco más de ese país tan creativo y tan variado. Lástima que las distancias sean tan enormes. Aunque eso será siempre una disculpa para volver y seguir conociendo un poco más.


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  Últimos comentarios al diario  RETAZOS DE ARGENTINA
Total comentarios 3  Visualizar todos los comentarios

marimerpa  marimerpa  01/04/2015 13:42   
un relato estupendo, Ambior. Me ha traído recuerdos de mi paso por Salta, y me ha descubierto otras zonas de este país maravillosos que es Argentina. Muchas gracias.

spab  spab  06/04/2015 23:34   
Nuevamente, me encantan vuestros diarios. Muy bueno! Gracias por compartirlo y olé mis paisanos *****

universo18  universo18  23/04/2015 01:12   
Ambior saber que este viaje que se torcia, al final no se trunco me alegra un monton, ya tu sabes jejeje....Os veo felices con tus hijas y veo que seguis siendo unos aventureros de tomo y lomo.

Mañana lo termino pero ya te adelanto las estrellitas como siempre. Lo poco que entro al foro tus diarios son visita ineludible para mi. Un abrazo

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Pais Tema: Viaje a Argentina
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beche
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Feb 15, 2008
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Fecha: Mie Oct 11, 2017 11:59 am    Título: Re: Viaje a Argentina

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lagartija84
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May 13, 2010
Mensajes: 93

Fecha: Mie Oct 11, 2017 03:49 pm    Título: Re: Viaje a Argentina

Hola, nos casamos a finales de julio del año que viene y teníamos pensado en visitar argentina durante agosto, la idea era hacer 18 noches en Argentina visitando BA, Península Valdes, Ushuaia, Calafate e Iguazú, haciendo una escapada desde Calafate en un coche de alquiler a Torres del Paine y hacer allí dos noches. Es tanta locura el tema de ir a nuestro aire con el coche? Aunque haga frío que tal está para hacer las excursiones en Ushuaia, Puerto Madryn y el Calafate? Es mejor contratar las excursiones desde aquí o en destino nada más llegar?

Un saludo y muchas gracias
marcelolaury
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Sep 05, 2014
Mensajes: 41

Fecha: Mie Oct 11, 2017 04:15 pm    Título: Re: Viaje a Argentina

Buenos dias. ARGENTINA es un pais muy grande y las distancias enormes. Desde BUENOS AIRES
a icatarstas del iguazu 1500km
A Ushuaia 3300km
Al noroeste 1600km

Digan q quieren hacer y especifico q ver o hacer
Saludos
marcelolaury
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Sep 05, 2014
Mensajes: 41

Fecha: Mie Oct 11, 2017 07:31 pm    Título: Re: argentina en noviembre-diciembre

la forma mas economica es en bus , las distancias son muy largas pero vale la pena si dispones de tiempo . puerto madyn es una ciudad bellisima . desde ahi a puerto piramides 100 km desde ahi se embarca para ver la ballena franca austral,a la vuelta te recomiendo que pases por la playa EL DORADILLO es un lugar de apareamiento y cria de ballenas en esa epoca es muy facil ver a los cachorros y sus madres a escasos metros de la playa 10/15metros punta tombo es una pinguinera q esa a 150 km de MADRYN excelente paseo junto a los pinguinos , los seres humanos estamos entre cercos ellos...  Leer más ...
lagartija84
lagartija84
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May 13, 2010
Mensajes: 93

Fecha: Mie Oct 11, 2017 08:28 pm    Título: Re: Viaje a Argentina

Más o menos las rutas tenemos ya planificadas todo con vuelos internos y con excursiones en cada destino es por eso de las preguntas, del tiempo, las excursiones, muchas gracias.
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