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Lisboa y alrededores 2010 -Diarios de Viajes de Portugal- Lou83
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Diario: Lisboa y alrededores 2010  -  Localización:  Portugal  Portugal
Descripción: Viaje a Lisboa y alrededores realizado entre finales de agosto y principios de septiembre de 2010
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Etapas 1 a 3,  total 8
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Etapa: Día 0  -  Localización:  Portugal Portugal
Fecha creación: 03/09/2010 19:21  
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Hola,

Prácticamente acabo de llegar de Lisboa, así que tengo los recuerdos frescos. Os cuelgo a continuación la primera etapa del diario que ha ido redactando uno de los cuatro que hicimos el viaje.

Empieza esta historia un jueves 26 de septiembre en algún lugar de Marratxí. A, L y D despertamos alrededor de las 8 con el equipaje ya preparado, solo nos queda ducharnos y pedir un taxi hacia el aeropuerto. El destino del avión es Madrid, pero nuestro objetivo final queda un poco más allá hacia el oeste. Nos vamos a Lisboa.

El trayecto en taxi es ameno. Demasiado ameno, quizás. El taxista no necesita a nadie que le de conversación, pero aún así, D entra al trapo y le hace entender que él compartió el oficio hasta hace 5 años. Entonces el taxista saca todo su arsenal, a lo que le siguen unos 20 minutos de debate sobre como ha cambiado el mundo del taxi en Palma de Mallorca desde el 2005 hasta hoy.

Llegamos al aeropuerto media hora después y con 22 euros menos en el bolsillo. Solo con los suplementos por recogida, equipaje, y aeropuerto, ya se han ido 6 euros. Son Sant Joan en agosto es infalible, por mucho que haya crisis, sea jueves y apenas sean las 10 de la mañana. La zona de llegadas está atestada de autocares, esperando a los turistas con los brazos abiertos. Por el bien de la economía local, sean bienvenidos, euros extranjeros.

Como no facturamos, pasamos directamente hasta la puerta de embarque. Una vez más, vemos como las normas de seguridad se relajan a pasos agigantados. Apenas nadie necesita sacar de la maleta la bolsita de líquidos, y debo ser el único que saca de antemano el portátil por prudencia. Llegamos al pasillo de las puertas de embarque D, es decir, las de siempre.

En la puerta D80 permanece aparcado un avión de Air Europa. Teniendo en cuenta que el embarque de nuestro vuelo es supuestamente dentro de media hora, podemos empezar a intuir un retraso. Y efectivamente, no es hasta un buen rato después de marcharse el vuelo de Globalia cuando un avión de Iberia se acerca a nuestro finger y conecta con la pasarela. Sin embargo, un buen número de pasajeros ya estaba haciendo cola frente al mostrador, incluso sin avión en la puerta. Lo de hacer cola es un decir, ya que por nuestra experiencia parece que los españoles somos los únicos que preferimos el "efecto embudo" para acceder a los sitios en lugar de las colas ordenadas.

L arrastra ciertas dolencias estomacales desde la noche anterior. No es ninguna sorpresa: cuando pasa algo, allí está L. Por ahora lo aplaca tomando una manzanilla mientras esperamos que se abra el vuelo.

Horas antes, el servicio metereológico anunciaba máximas de hasta 39 grados para el día de hoy en Badajoz. Como no podía ser de otra manera, nuestra planificación implica cruzar Badajoz alrededor de las 6 de la tarde, cuando el sol tiene más presencia. Además, Lisboa está atravesando uno de los veranos más calurosos que se recuerdan. Nos espera un clima divertido.

Accedemos al avión aproximadamente a la hora a la que deberíamos estar ya dejando tierra, confirmando el retraso. La fila 5 deja un espacio con los asientos delanteros considerablemente mayor que el que hemos sufrido en vuelos transoceánicos, ya sean de Iberia o Air Europa. Probablemente sea debido a que, según las circunstancias, la clase business alcanza hasta la fila 8, aunque este no sea el caso.


Tomamos tierra en la T4 de Barajas alrededor de las 12. Nadie nos evita el eterno paseo que los aviones realizan desde que tocan la pista hasta que alcanzan la propia terminal. Al salir, vamos al punto de encuentro con J, justo en el arcén donde los coches paran frente a las salidas.

Por ahora todo el plan marcha según lo previsto: cuando llegamos allí está J y su Renault Scenic esperándonos. Cargamos maletas y nos ponemos en marcha, por ahora con dirección a Toledo.

Dan las 3 del mediodía justo cuando abandonamos la Comunidad de Madrid en favor de Castilla-La Mancha. Los estómagos rugen, así que paramos en el primer pueblo que se cruza en nuestro camino: Valmojado.

El pueblo parece desierto, en parte por tratarse de un día laborable en un destino no turístico y en parte por el calor que impregna las calles. Tras un par de vueltas damos con un Doner Kebab. No es que sea impregnarse de la gastronomía local, pero es lo que hay.

Tras la comida y avanzar unos cuantos kilómetros, paramos a repostar frente al pueblo de Maqueda. Lo preside un bonito castillo en lo alto de una colina. Miramos nuestros relojes, consultamos el mapa, y nos percatamos de que cuatro horas después de haber alcanzado Madrid, apenas hemos avanzado en dirección a la frontera. Habrá que ponerse las pilas, porque a este paso nos dan las uvas.


Siguiendo nuestro camino a unos 110 kilómetros por hora, un BMW azul metalizado nos pasa por la izquierda como una bala. Estimamos que debe circular a unos 150 km/h, si no más. Tan solo un minuto después, divisamos más adelante las luces de un coche de la guardia civil... que está ordenando al BMW que le acompañe hasta el próximo apartadero. Son tantas las ocasiones en las que ves a conductores imprudentes salir impunes, que cuando observas a uno recibiendo lo que se merece, no puedes evitar una reconfortante sensación de "te mereces eso y mucho más, gañán".

Damos esta vez un buen avance a la ruta, pasando ya Badajoz y cruzando la frontera. Resulta casi imposible echar una cabezada, J no para de hablar, reír, y hacer partícipes a todos en la conversación. Comprensible en parte para que no se le hagan pesadas las horas de conducción, pero en ocasiones le mataríamos por no permitirnos descansar un poco.

No me doy cuenta hasta ahora de que esta es la primera vez que cruzo una frontera por tierra, ya que todas las ocasiones anteriores lo había hecho a bordo de un avión. Sin embargo, pasar de un país a otro de la Unión Europea, y más aún en esta ocasión, no tiene ese encanto que se esperaba. Apenas una señal en plena carretera nos avisa de que hemos abandonado España, y lo único que parece cambiar es la tipografía de las señales de la vía.

Paramos en uno de los primeros pueblos portugueses que aparecen tras el cambio de país: Elvas. Tras dar un par de vueltas por lo que parece ser la parte amurallada, paramos frente a una pequeña plaza invadida por los supermercados. Tenemos un Lidl, y el local de una franquicia llamada Fontenova. Tras tomar algo en una de las terrazas -y probar por primera vez la cerveza Sagres, suave, muy buena-, entramos en los supermercados para comprar algunas cosas necesarias como gel de afeitar o desodorante.



Como habíamos anticipado, Portugal no es en absoluto barato. El precio de ciertos artículos, ya equiparable al de España, se ve todavía más perjudicado por el mayor impuesto que aquí se aplica: un 21%. Cosas que en casa nos cuestan 3 euros, aquí pasan de los 4. Teniendo en cuenta que el sueldo medio portugués está notablemente por debajo del español, no es de extrañar que el poder adquisitivo medio de nuestros vecinos salga perdiendo con mucho en la comparación.

Volvemos a la A-6, que es la autopista de peaje que conecta Badajoz con Lisboa. Durante los primeros 200 kilómetros, la carretera es prácticamente entera para nosotros solos. Volviendo a la cuestión económica, parece que 15 euros de peaje para ir hasta Lisboa es un precio demasiado alto para los conductores locales, que prefieren usar la carretera tradicional. Los pocos coches portugueses que se nos cruzan por el camino son Mercedes y BMW, casi sin excepción.

A 30 km del destino final, la afluencia de tráfico empieza a ser algo mayor, pero lejos de lo que nos esperaría en cualquier autopista española. El GPS nos dirige hacia el Puente 25 de Abril.

A 5 km del puente, ya divisamos la figura del Cristo Rei dándonos la espalda en su iluminado pedestal, que se ubica a escasos metros del lateral sur del río Tajo. Cruzamos el puente hermano del Golden Gate de San Francisco, que durante el mes de agosto pasa a ser gratuito. Ya en Lisboa, en apenas cuatro giros y tras divisar el Acueducto de las Aguas Libres, alcanzamos la Avenida Conde Valbom donde nos espera nuestro hotel de 3 estrellas, el Sana Executive.


Dejamos el coche en doble fila -todo el aparcamiento en la calle es de pago, y el hotel cuenta con parking aunque de dimensiones reducidas- y pasamos a hacer el check-in. Por un malentendido con los emails, la habitación para D y J tiene una sola cama de matrimonio, y no dos separadas. Pero el personal lo soluciona rápidamente asignándoles otra estancia dos plantas por debajo de la nuestra. Estarán en la quinta planta, y nosotros en la séptima.

Lamentablemente, a las diez de la noche las escasas 20 plazas del parking ya están ocupadas, por lo que el coche deberá dormir en la calle. Mañana a primera hora volveremos a intentarlo, con la esperanza de que algún huésped se haya marchado de excursión y dejado una plaza libre.

Dejamos nuestro equipaje tras dar un vistazo rápido a la habitación. En Portugal se cena temprano, así que preferimos no perder mucho tiempo y bajar a la calle para buscar un sitio en el que cenar. No necesitamos mucho tiempo: justo enfrente tenemos un restaurante chino con buffet. Lo de probar la comida autóctona lo dejaremos para los próximos días.

Mientras cenamos, la televisión portuguesa nos deleita con su versión nacional de Aquí no hay quien viva. Jose Luis Moreno debe estar todavía contando billetes.

Volvemos a nuestra habitación, ya con la intención de no salir hasta el día siguiente. Las llaves de las habitaciones son magnéticas, sin necesidad de introducirse en ninguna ranura. Los artículos de higiene dispuestos son bastante escasos: jabón de manos, pañuelos, un gorro de ducha, y dos irrisorios botes de champú y gel.

En la televisión, toda -sin excepciones- la producción extranjera está subtitulada, no doblada: series, late shows, documentales... Este es uno de los motivos por los que se alega que los portugueses tienen mucha más facilidad para los idiomas que los españoles. Por ahora, hemos podido contrastar que tanto el recepcionista del hotel como la camarera oriental del restaurante, dominaban el español con bastante fluidez pese a que no presuman de ello.

Ya duchados, nos metemos en la cama. Buenas noches, Lisboa.
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Ver Etapa: Día 0



Etapa: Día 1 - Rossio, Almada y Belem  -  Localización:  Portugal Portugal
Fecha creación: 06/09/2010 20:05  
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Comienza la acción de verdad en tierras portuguesas. A las 8 AM hora local -con el paso de la frontera pasamos a compartir el horario de las Islas Canarias- despertamos en la séptima planta del hotel. El aislamiento acústico de las habitaciones al exterior parece muy bueno, ya que no hemos oído ni uno solo de los numerosos aviones que sobrevuelan la ciudad. No ocurre lo mismo con las paredes interiores, ya que nos ha despertado la ducha del vecino de arriba.

La conexión a Internet desde el hotel no es una opción por ahora. Estamos hablando de 5 euros por acceso durante una hora, y 10 euros para un día completo. Prefiero invertir el tiempo escribiendo ya el "Día 0" de este diario mientras L se despereza.

Como siempre, en nuestra llegada de la noche anterior el cansancio manda y no examinamos al detalle ciertos aspectos del hotel. Es ahora cuando empezamos a descubrirlos: las plantas son pequeñas, de tan solo 8 habitaciones cada una. Al disponer de 9 plantas para huéspedes -siendo solo las dos superiores para fumadores-, nos da un total de 72 habitaciones. Se antojan demasiadas para un solo ascensor en todo el edificio, y no tardaríamos en confirmarlo.

Bajamos hacia el desayuno -de 7 a 10:30 de la mañana-, no sin antes preguntar en recepción si durante la mañana ha quedado libre alguna plaza del garaje. Un problema menos, ya que algunos huéspedes ya se han marchado y J puede meter su vehículo y se ahorra pagar el estacionamiento en la calle.

El desayuno es el correcto, quizás el más "suave" que hemos encontrado fuera de nuestras fronteras, ya que la única comida caliente consiste en tres recipientes con judías blancas, bacon y huevos revueltos. El resto, la clásica bollería, cereales e ingredientes para el pan, como jamón, queso o mermelada. A destacar el muy sabroso café de la máquina.

Sufrimos por primera pero no última vez la discutible disposición de mesas del comedor, gracias a la cual es imposible dar dos pasos sin tropezar con alguien, ya esté sentado en su mesa o bien de camino a alguno de los mostradores. Los dos espacios donde se dispone el desayuno se encuentran a lado y lado de la sala, con mesas que aprovechan al máximo el espacio entre uno y otro. Más sensato hubiera sido disponer a los comensales en el perímetro, y una única isla con toda la oferta de desayuno en el medio de la estancia.

Tras el desayuno, confirmamos nuestra primera impresión sobre el ascensor. En las horas punta del hotel, como puede ser la primera mitad de la mañana, las esperas pueden alargarse hasta los 5 o 10 minutos frente a la puerta automática. Nos armamos de valor y subimos a pie las 7 plantas, pero a partir de la quinta ya sabemos que es algo que no volveremos a hacer.

Tiempo ya para confirmar nuestro plan para hoy y echarse a la calle. Nos decantamos por ir a una de las zonas más populares -y con menos cuestas, todo hay que decirlo- entre los turistas: la zona de Rossio.

Tomamos el camino hacia la Praça de Espanha, a priori la estación de metro más cercana al hotel. La distancia es mayor de lo que presumíamos, y se agrava con las vueltas que damos fruto de nuestra odisea para encontrar la estación. Finalmente topamos con ella mucho más allá de lo previsto, y escasamente señalada para localizarla a cierta distancia.

Compramos cuatro billetes de metro con acceso para todo el día, conociendo de antemano el procedimiento. Primero hay que comprar la tarjeta física, que apenas cuesta 50 céntimos la unidad. Luego, hay que cargarla con el tipo de billete que se desea. Los billetes sencillos cuestan 0,85 céntimos, mientras que el acceso de 24h asciende a 3,75 euros. Como nuestra previsión es tomar varios trenes, elevadores y tranvías durante el día de hoy, nos merece la pena la segunda opción.

Tomamos la línea azul en dirección al río hasta la estación de Baixa-Chiado, donde hacemos transbordo para tomar la línea verde hacia el norte y recorrer una sola parada, hasta Rossio. Al salir, debemos volver a pasar el abono de transporte para abrir las compuertas.

Aparecemos en plena Praça de Don Pedro IV, una de las más grandes y vistosas de la ciudad. Los elementos principales son la estatua al rey Pedro IV y el teatro María II, en el extremo norte de la plaza. Los edificios colindantes están perfectamente restaurados, y se respira un ambiente de cierta festividad. Sabía que este lugar me recordaba a algo, pero no fue hasta días después cuando supe lo que era. Los paralelismos con la Puerta del Sol del Madrid se pueden contar a pares.



Ya desde aquí divisamos en lo alto de una colina el Castelo de São Jorge. Subir hasta él se sale de nuestro itinerario para el día de hoy, pero a buen seguro volveremos otro día para visitarlo.

Antes de tomar la dirección hacia el río, nos adentramos por las calles hacia el norte. Pasamos frente a la estación de tren de Rossio, cuyo edificio en si mismo es otro reclamo turístico. Alcanzamos la Praça dos Restauradores, presidida por un obelisco. Buscamos el mercado de la zona de Mouraria, del cual J guarda recuerdos de un mercado con cómida temática de diferentes orígenes. Sin embargo, cuando por fin localizamos el mercado ahora no es más que una sucesión de plantas con comercios orientales de ropa de imitación. Salimos por la puerta del nivel superior y volvemos hacia Rossio.




Ya de nuevo en la Praça Don Pedro IV subimos por la Rua do Carmo, en la esquina suroeste. No es difícil intuir donde encontrar nuestro próximo destino, ya que desde la plaza se divisa su mirador. El Elevador de Santa Justa se presenta antes nosotros a los pocos metros, y con él una cola de aproximadamente 30 personas.


No hay que dejarse engañar por la cantidad de gente que se acumula esperando su turno para usar el ascensor. El Elevador de Santa Justa consta de dos de ellos, por lo que es una cuestión de rachas en las que un buen número de turistas puede acceder al nivel superior. Además, se trata de un trayecto de alrededor de 20 segundos en cada sentido, por lo que la demora se debe únicamente al tiempo de carga y descarga del pasaje.



Tras pasar nuestro abono de 24 horas por el lector y desmontar el mito de que el recorrido es de tan solo 5 segundos, la persiana metálica vuelve a abrirse y nos encontramos 45 metros más arriba.

Aunque no es un dato confirmado, basta un simple vistazo para entender los rumores de que el trabajo de Gustave Eiffel en París sirvió de inspiración para los creadores del elevador. Los materiales, la estructura de vigas visible para el pasajero... todo recuerda a la Torre Eiffel. Y la sensación se acentúa todavía más en el nivel superior, desde el primer mirador hasta la terraza de la zona más alta, a la que se accede mediante escaleras de caracol.



Las vistas desde este nivel más alto merecen la pena, especialmente si se han recorrido con anterioridad algunos de los escenarios que desde aquí se divisan. Por el este tenemos, una vez más, el Castelo de São Jorge preside la postal. Girando el cuello hacia el norte y al nivel de la calle, la extensa Plaça Don Pedro IV enlazando con la estación de Rossio. Y en dirección opuesta, el enorme caudal del río Tajo, a pocos kilómetros de finalizar su recorrido en el océano Atlántico.


A estas alturas, los cuatro miembros del equipo estamos necesitados de un buen trago de algo fresco, pero no parece muy aconsejable para nuestros bolsillos buscar una botella de agua bien fría en un kiosko del lugar más turístico de la ciudad. Aprovechando que ya estamos en pleno mediodía, entramos en el McDonalds de la Praça Don Pedro IV para reponer fuerzas.

Con una buena cantidad de calorías añadidas, salimos esta vez en dirección al río, esperando encontrar la Praça do Comércio.

El paseo desde Don Pedro hasta Comércio consiste en una calle peatonal solo atravesada en un par de ocasiones por carreteras en las que circulan tanto vehículos y autobúses como los característicos tranvías de Lisboa. Las cafeterías -que aquí se presentan como pastelerías- compiten por el dinero de los turistas durante todo el recorrido.









Lo primero que destaca de la Praça de Comércio es su extensión. Y si bien es de dimensiones considerables, no es eso lo único que alimenta dicha percepción: la ausencia total de kioskos, terrazas u otro tipo de elementos así como las vistas al río en uno de sus laterales aumentan dicha sensación. Tan solo la Estatua de José I ocupa el paisaje, al que se accede mediante el Arco Triunfal de la Rua Augusta.



Dicha ausencia de elementos conlleva también una falta absoluta de sombras, por lo que no tardamos en atravesar la plaza y empezar a caminar junto al río en dirección al oeste.

Tras alrededor de 30 minutos bordeando el río en una zona en obras, alcanzamos Cais de Sodré, otro punto de notable afluencia por estar conectado por estaciones de metro, tren y la estación fluvial para ir a destinos al otro lado del río. Precisamente este último es nuestro objetivo, ya que pretendemos ahora alcanzar el Cristo Rei que se eleva en el barrio de Almada.

Comprobamos en la estación fluvial que el abono de transporte de 24 horas no sirve, aunque las explicaciones que recibimos en el puesto de atención no nos terminan de aclarar el porqué. Sacamos billetes sencillos para ir a Cacilhas por 1,35 euros cada uno, de los cuales 0,50 son para la tarjeta física, por lo que solo hay que pagarlos la primera vez.

Ya a bordo de uno de los barco, comprobamos que éstos se mueven más cuando están parados que cuando emprenden la marcha. Este vaivén es característico del río, ya que cualquier subida o bajada de la marea conlleve que las aguas abandonen o remonten el caudal según sea el caso. Por ello, todas las estaciones fluviales de la zona son flotantes, de modo que las pasarelas y amarres suben y bajan junto a las embarcaciones.



El paseo en barco apenas dura 10 minutos, durante los cuales se puede disfrutar de buenas vistas de Lisboa, especialmente del Puente 25 de Abril. La Torre de Belém y el Monumento a los Descubrimientos quedan demasiado lejos y se confunden con la bruma.

Atracamos en Cacilhas, donde nada más salir de la estación fluvial nos espera la estación de autobuses. Encontrar la parada del bus 101 nos cuesta un par de vueltas y acudir a uno de los puestos de información, pero finalmente estamos listos para subir la colina hacia el cristo. El billete de autobús cuesta 1,20 euros por trayecto.

El autobús finaliza su recorrido justo frente al recinto del Cristo Rei, que es de libre acceso aunque cierra por las noches. No tan libre es el ascenso por el pedestal hasta el mirador a los pies de la estatua, ya que la entrada se cobra a 5 euros. El precio es desorbitado, teniendo en cuenta que las vistas ya son espectaculares sin necesidad de pagarlo.



Desde aquí es posible ver como la ciudad de Lisboa se extiende desde el río hasta las colinas. El Puente 25 de Abril sigue siguendo la estrella del paisaje, con su innegable parecido al Golden Gate de San Francisco.





El sol sigue apretando y la sombra de los árboles plantados en el césped al pie del pedestal parece ideal para descansar los pies durante largo rato, disfrutando del viento que aquí corre fruto de la altura.

Este momento de relajación nos da tiempo para pensar en varias cosas. La primera, que las mismas vistas por la noche deben merecer la pena, aunque habría que buscar el modo de disfrutarlas sin acceder a un recinto que a buen seguro permanecerá cerrado. La segunda, que no parece haber ningún método alternativo para ir a Belém que volver sobre nuestros pasos. Así que cuando damos por terminado el relax, repetimos el trayecto a la inversa. Autobús hasta Cacilhas, y barco hasta Cais de Sodré.


Con varias horas ya recorriendo las calles de Lisboa y alrededores, nos percatamos de que todavía no hemos visto ni un solo supermercado. Y justo entonces, desde el autobús divisamos el primero de ellos, de la cadena Mini-preço. Así que "haberlos, haylos", aunque pueda costar encontrarlos.

El barco del camino de vuelta no es el mismo que hace unas horas. Éste tiene una sección en la que transportar vehículos y la cabina para pasajeros tiene pasarelas exteriores, por lo que disfrutamos muchísimo más del trayecto. Podemos observar mucho mejor el espectáculo que supone el dique flotante que acompaña a la marea.





No hay que caminar más que un puñado de metros para llegar a la parada de tranvía de Cais de Sodré. Lo tomamos en dirección a Belém, y las diez paradas hasta nuestro destino se hacen eternas. El tranvía no dispone de aire acondicionado y realiza el trayecto al pie del río, por lo que no se esconde del sol en prácticamente todo el día. La consecuencia es que nos sentimos como patatas en una olla a presión. Es aquí donde empiezo a notar los síntomas de lo que al finalizar el día anduvo cerca de terminar en una insolación.


Llegamos a la altura de la Torre de Belém para, tras cruzar uno de los puentes que sortean la carretera, descubrir que el acceso a la torre ha cerrado hace 10 minutos. En cualquier caso, el acceso es de pago y me aventuraría a decir que lo mejor de la torre es la propia estructura vista desde fuera, por lo que acceder al interior no parece imperativo.



En los minutos que pasamos al pie de la torre el sol, en su camino hacia las Américas, se sitúa justo tras el edificio, dando lugar a más fotografías.


Caminamos ahora remontando el curso del río para encontrar el Monumento a los Descubrimientos, levantado hace 50 años en honor a todos los ilustres nombres que participaron en la Era de los Descubrimientos, encabezados por Vasco da Gama. Durante nuestro paseo nos acompañan algunas embarcaciones, que con el río en ascenso apenas avanzan en nuestra dirección.




Frente el Monumento a los Descubrimientos, que más adelante revisitaríamos, se encuentra una gran rosa de los vientos grabada en el suelo, la cual alberga un mapa mundi que ilustra el mundo conocido en la época que homenajea. Este grabado se puede disfrutar en todo su esplendor desde lo alto del Monumento, pero el acceso ya está cerrado desde hace una hora.



Volvemos a cruzar el paseo a pie de río para topar con el Monasterio de los Jerónimos, una colosal estructura que forma parte del Patrimonio de la Humanidad según la Unesco. Al igual que el resto de atracciones de la zona, su acceso ya está cerrado por lo que no llegamos a tiempo de disfrutar de su claustro interior que todos aconsejan visitar.




En la manzana contigua al Monasterio se encuentra otro punto de visita obligada. La Casa Pastéis de Belém lleva sirviendo los pasteles de Belém desde 1837, conservando siempre entre el secreto y la leyenda la fórmula para su elaboración. Como buenos turistas hambrientos, no podemos dejar pasar la oportunidad de probarlos, por lo que entramos en una de sus numerosas salas, ya que el establecimiento consiste en varias estancias debidamente ornamentadas por azulejos.




Los pasteles de Belém se sirven calientes, cuando todavía conservan su crujir característico. En esencia el relleno sabe a yema de huevo, si bien es cierto que tiene un regusto que hace pensar que hay algo más detrás de la composición. Personalmente creo haber notado cierto aroma a castaña asada. Todas las mesas disponen de dispensadores de canela y azucar en polvo, para así degustar los pasteles al modo tradicional. Cada unidad cuesta 0,90 céntimos, ya sea para tomar in situ o bien para llevar.



Las horas de sol ya han quedado atrás y ha sido un día mucho más intenso de lo previsto, así que iniciamos el camino de regreso al hotel, que no es poco. La combinación de tranvía -nuevamente una sauna- y metro con transbordo termina de aniquilarme, y llego a la habitación con la cabeza ardiendo, los labios cortados y náuseas. Solo hay tres cosas que poder hacer: darse un buen baño, caer rendido en la cama y, a la mañana siguiente, comprar una gorra.
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Ver Etapa: Día 1 - Rossio, Almada y Belem



Etapa: Día 2 - Castelo, Cascais, Boca do Inferno, Sintra y Cabo da Roca  -  Localización:  Portugal Portugal
Fecha creación: 10/09/2010 19:49  
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Empieza el día con síntomas de mejoría tras el mal rato con el que finalizó el anterior. Ya no hay mareo ni náuseas, así que la noche parece haberse llevado el inicio de insolación. El potente sol que alumbra a Lisboa estos días me ha pillado por sorpresa.

No estamos descansando demasiado bien en el colchón de nuestra habitación. No es que sea de mala calidad, pero recientemente estrenamos un buen colchón en casa y la diferencia resulta abismal. Así que cada mañana necesitamos un poco de tiempo para colocar todos los huesos y músculos en su sitio. En esta ocasión lo pasamos viendo un poco de Scrubs -en versión original, claro- antes de bajar a por el desayuno.

Con el estómago servido, L y yo salimos a la calle a dar un pequeño paseo por los alrededores del hotel, que todavía no hemos explorado. La sombra todavía conserva una temperatura fresca, pero el sol ya se hace notar cegándonos con su reflejo en los adoquines de las calles.

El paseo resulta bastante fructífero, ya que comprobamos que la estación de metro de São Sebastião resulta más cercana y accesible que la de Praça de Espanha. En cualquier caso, no es una información que nos vaya a ser útil en el día de hoy, ya que el metro no forma parte de la agenda. Damos también de bruces con El Corte Inglés, sabiendo ya de antemano que no tenía que andar muy lejos.


Regresamos camino del hotel todavía sin encontrar un solo supermercado en la zona. Y cuando ya estamos a punto de darnos por vencidos, topamos con un Lidl en una manzana colindante a la Avenida Conde Valbom. Aquí, tal como ocurría en Elvas, los supermercados Lidl tienen un rasero de calidad algo mayor que en España, donde son establecimientos "de bajo coste" en los que prima la batalla por el menor precio posible. Compramos agua para las habitaciones -impensable pagar los precios del minibar- y un botín de emergencia para guardar en la nevera del coche, ya que se avecinan algunas excursiones. Encontramos patatas chips Ruffles con sabor a Cheeseburger, y no podemos resistir la tentación de llevarnos una bolsa.

Por lo poco que vamos observando respecto al tráfico de la ciudad, podríamos concluir que los conductores portugueses son muy dados a no tener en cuenta los ceda el paso, y en usar compulsivamente el claxon incluso en situaciones en las que no hay motivo aparente. De todos modos, la afluencia de coches en los aledaños del hotel es bastante baja, aunque puede ser todavía una consecuencia del periodo vacacional.

Cuando volvemos al hotel no encontramos a J y D, que seguramente deben estar desayunando. Aprovechamos la ocasión para subir hasta la décima planta del hotel, en la que no hay habitaciones si no dos salas de reuniones. No nos interesan las salas, si no la supuesta terraza que aparece en la página web prometiendo vistas de la ciudad.





Ya con el equipo recompuesto, iniciamos nuestra primera excursión fuera de la ciudad. En esta ocasión nos desplazaremos en coche al oeste y norte de Lisboa, con la visita al Cabo da Roca como estrella del día. Marcamos como destino Estoril en el GPS y por ahora ignoramos sus indicaciones, ya que nos intenta guiar hasta la autopista pero deseamos hacer el camino siguiendo el río. Vamos cruzando desde el asfalto gran parte de los puntos de interés que visitamos ayer.

A la altura de la Praça Don Pedro IV, nos desviamos del camino para subir la colina del Castelo de São Jorge, pero enseguida descartamos la idea de visitar hoy el Castillo. La mezcla del bullicio propio de un sábado y las estrechas calzadas empinadas que recorren la colina no invita a seguir ascendiendo. Por si fuera poco, este es el recorrido principal de muchas de las líneas de tranvía de la zona, por lo que no dejamos de toparnos con un tren tras otro provocando un caos circulatorio.



No obstante, paramos en un arcén frente a una típica tienda de souvenirs para subsanar uno de los mayores errores del día de ayer. Compramos dos gorras con motivos de Portugal por 5€ cada una. Son caras, pero el miedo a otra insolación no entiende de economía.


Llegamos, esta vez si, hasta la carretera N6 que va más allá de Lisboa por el oeste acompañando al río Tajo. Los edificios bajos levantados en colinas dejan paso a construcciones de aspecto portuario, señal de que nos acercamos a Oerias. Hasta aquí el paseo resulta bastante agradable, con cierto recuerdo a las carreteras a pie de mar del sur de la isla de Mallorca. La cosa cambia según nos adentramos en Estoril, que muestra un aspecto mucho más artificial, teniendo su colofón en el paso frente al famoso Casino. Paramos a respostar. Como ya nos había anticipado en J, el gasoil en Portugal cuesta de 6 a 8 céntimos más por litro que en España.

Atravesamos el municipio de Cascais, parándonos en la mitad oeste del pequeño saliente de tierra que se adentra en el río, que cada vez resulta más difícil distinguir del océano. Aquí nos encontramos con la Boca del Infierno, un pequeño abismo en el que las aguas golpean las rocas formando una serie de cuevas que pueden contemplarse desde una zona más elevada. Aquí ya no cabe duda de que el Atlántico está a la vuelta de la esquina, gracias a los fuertes vientos que nos golpean desde que salimos del coche.







Dejando atrás la Boca do Inferno, volvemos a apartarnos de la carretera tan solo 3 km más allá, y la temperatura ha bajado drásticamente -hasta 10 grados- desde la última parada. El viento ya es casi huracanado, costando en ocasiones mantener el equilibrio. Ya se divisa perfectamente el acantilado saliente que es el Cabo da Roca.



Llegados hasta aquí, la próxima parada si no cambiamos el rumbo sería Cabo da Roca. Sin embargo, estamos en pleno mediodía y nuestra intención es hacer coincidir la visita con la puesta del sol. Decidimos pues dar un pequeño rodeo para alcanzar la Sintra, tomando carreteras en dirección al noreste. Ya de paso, buscaremos un restaurante en el trayecto.

Por primera vez terminamos sentados en un restaurante tradicional, nada de cenas de comida china de emergencia o visitas a McDonalds. Se trata del "Quinta do Farta Pao", en la población de Malveira da Serra. Así que por primera vez, comprobamos por nuestros propios ojos una de las mayores advertencias que un turista español debería recibir: los platos de entrante.

En Portugal, no queda claro si solo a los turistas o a todos los comensales, es tradición servir platos con paté, queso u otros entrantes mientras se espera la comida. Sin embargo, lo que el turista no sabe es que este "detalle" no va a cargo de la casa, si no que puede provocar algunas sorpresas a la hora de pedir la cuenta, superando incluso el precio de los platos fuertes. Lo mejor es declinar amablemente los platos según los trae el camarero, o bien apartarlos en un lateral de la mesa para que capten la indirecta. Así lo hacemos con el plato de quesos que nos traen tras hacer nuestro pedido.

Pido para esta ocasión la otra cerveza que copa los carteles y vallas publicitarias de Lisboa: la Super Bock. Creo notarla algo más fuerte que Sagres, aunque a menos que seas un sibarita de la cebada no se aprecia una gran diferencia.


Pedimos bistecs para L y para mí, J pide lo que cree que debe ser escalope y D opta por el cabrito. Nuestra elección resulta ser la peor, ya que los bistecs resultan algo mediocres. La supuesta escalopa, que al final resulta no estar empanada, apunta mejores maneras, y lo que si aprueba con nota es el cabrito, servido en bandeja con una más que suficiente ración de patatas asadas. Los postres en cambio cumplen integramente, tanto con la muy generosa tarta de whisky como con el helado de la casa, que resulta ser de turrón. La cuenta asciende a 22 euros por persona, siendo el restaurante más caro y "peor" que nos encontramos.




Retomamos el camino hacia Sintra, una villa de 33.000 habitantes popular entre los turistas, gracias en gran parte al Palacio de Pena y el Castelo dos Mouros que la vigilan desde lo alto de una colina.

Sin embargo, dar con la carretera que asciende hasta ambas instalaciones resulta toda una odisea, probablemente porque hemos accedido al municipio desde el lado oeste, en lugar de por el este como suele hacer cualquier turista que tenga su base en Lisboa. No es hasta que simulamos entrar por ese lado cuando empezamos a divisar indicaciones que nos indican el camino, pero todavía nos esperaría una sorpresa más: un buen rato avanzando por calles estrechas colapsadas tras la sombra de un autocar.

Aparcamos al poco de empezar a divisar coches parados en la cuneta, deduciendo que no deben quedar plazas libres más adelante. Sería muy inocente creer que el acceso al castillo y el palacio sería gratuito, pero desde luego tampoco esperábamos unos precios como los que encontramos en la taquilla: 6 euros por persona para acceder a cada instalación. Es decir, 12 euros si se quieren visitar ambas construcciones. Como nuestra idea era hacer una visita fugaz haciendo tiempo para el atardecer, concluímos que no merece la pena el precio. Una lástima, ya que especialmente el Palacio de Pena entra por los ojos desde que se divisa desde el poblado.


Descendemos la carretera para volver a atravesar Sintra, ya con la mirada puesta en Cabo da Roca. El pueblo está saturado de turistas, dando una sensación similar a visitar el centro de Sóller en un día de agosto. Junto al calor, provoca una sensación de agobio que nos deja un muy mal sabor de boca según abandonamos el municipio.

Nos cruzamos con varios Renault Grand Modus en el camino, los cuales se suman ya a varios vehículos del mismo modelo que hemos divisado en Lisboa y que, casualmente, son iguales al que yo compré hace un año. En dos días en Lisboa, ya he visto más coches como el mío que en un año en Mallorca.

Al igual que en el resto de travesías, las indicaciones jamás indican la distancia restante para llegar a los destinos. El trayecto entre Sintra y el Cabo da Roca nos supone alrededor de media hora en carretera.

Según enfilamos el tramo final para alcanzar el Cabo da Roca, un banco de nubes llega a Europa por el oeste. No es una buena noticia: a más nubes, peor definida será la línea del horizonte y, en consecuencia, la puesta de sol -para la que faltan dos horas- perderá muchos enteros.

Aparcamos ya entre el faro y el monumento que indica que hemos llegado a Cabo da Roca. A pocos metros se encuentra la tienda de souvenirs, donde los turistas consiguen un diploma que atestigua que estuvieran en el punto más occidental de la Europa continental, a cambio de un módico precio. Es decir: una soberana tontería.



Consejo para viajantes: llevad siempre una chaqueta en el coche. Entre nosotros cuatro solo L fue lo bastante prudente como para traerla en la maleta y llevarla consigo al salir por la mañana. El viento no da tregua y además es frío, por lo que la sensación térmica es más propia de un otoño frío que de pleno agosto. Basta con echar un vistazo a las nubes, que pasan por nuestras cabezas -y bastante cerca- a toda velocidad.



Resulta imposible hacer una foto sin que nadie se entrometa de la roca alargada con una placa que identifica el lugar, junto a las coordenadas exactas de latitud y longitud. Los turistas esperan su turno para hacer la foto frente a ella. Ya aquí, vivimos una de esas experiencias que nos persiguen allá donde vamos: la del grupo de turistas españoles -andaluces, en esta ocasión- que se empeñan en que todo el público se entere de su conversación, que suele ser bastante banal.




A mano izquierda tras alcanzar el mirador "oficial", existe un paseo hasta otro saliente que apunta en dirección al sur. Desde arriba se ve como un saliente relativamente estrecho se adentra en el agua, y la primera impresión de los que llegan al ver a personas que han llegado hasta su extremo es la de que están locos. Sin embargo, la bajada hasta ese saliente es mucho menos impresionante de lo que parece, ya que existe un sendero muy definido y la caída al agua solo se produce en uno de los laterales, por lo que basta con no acercarse a éste para no atravesarlo con miedo.









Esperamos hasta la puesta del sol, que está programada para las 20:14 hora local. El termómetro del coche marca ya los 18 grados centígrados, cuando horas antes se había acercado de forma alarmante a los 40.




La puesta de sol queda empañada por la metereología. El sol se difumina tras las nubes y su movimiento en descenso no queda tan perceptible como hubiéramos deseado. Ni siquiera podemos disfrutar del característico cielo rojizo que un cielo nublado puede provocar según las circunstancias.



Emprendemos el camino de vuelta, parando poco después de la playa de Guinxo, a escasos metros del restaurante O Faroleiro. Es prácticamente el mismo punto en el que nos paramos horas antes, tras atravesar la Boca do Inferno. Ahora podemos disfrutarlo desde otro punto de vista. Mirando al suroeste tenemos a Venus, y hacia el norte vemos ya el faro de Cabo da Roca en funcionamiento. De haber permanecido el tiempo suficiente para que la oscuridad fuera absoluta, podríamos ver el haz de luz del faro recorriendo las aguas.

La ruta junto al río resulta mucho más atractiva de lo que parecía con la luz del día. Según alcanzamos Cascais, Estoril y finalmente Lisboa, se suceden los restaurantes a pie del río. Sin embargo, no entorpecen el paisaje, ya que están instalados en un nivel inferior al que circula la carretera, dejando así magníficos miradores en el nivel de la calle. Las luces de los comedores se reflejan en las aguas.

Llegamos al hotel, que esta noche todavía tiene plazas libres en el aparcamiento. De nuevo mucho maniobrar para sortear las ajustadas esquinas del aparcamiento. Vemos un coche cuyo conductor no tuvo tanta pericia: un Kia con menos de un año de antigüedad tiene todo un lateral dañado. Pero no con rasguños, no: toda la chapa de la puerta trasera ha quedado desgarrada, como si la hubieran pasado por un abrelatas. La matrícula, por cierto, era española.

Salimos a la calle para buscar un sitio en el que cenar. J guarda recuerdos de la época en la que visitaba Lisboa cada semana, trabajando como chófer de autocares. Recuerda un lugar perfecto para cenar junto a la estación de autobuses, y sabe que la zona era cercana a la de nuestro hotel. Sin embargo no conoce su ubicación exacta, así que damos vueltas durante 15 minutos hasta que, a punto de darnos por vencidos, encontramos la estación, que ya está abandonada. En una calle paralela, encontramos el local Super Chefe.

Super Chefe es un restaurante que en su carta ofrece platos en apariencia "sencillos", como hamburguesas, pizzas o ensaladas. El local resulta algo curioso, ya que dispone de un comedor principal "normal", precedido de pequeños comedores más reducidos con una decoración más elaborada, como si estuvieran destinado a reservas de grupos que desean un ambiente más íntimo.

Cenamos estupendamente a razón de 8 euros por cabeza -nada de postres-. Pido la pizza Super Chefe, por llevar el nombre del local y por la curiosidad que me entra al ver uno de los ingredientes: plátano. Muy buena.




Para el postre -y el café que J jamás perdona- preferimos ir a un McDonalds. Y lo encontramos, vaya si lo encontramos. El McDonalds de Saldanha es el mejor local de la franquicia de comida rápida que he visto jamás. Dispone de una cafetería anexa con sillones y prensa y, lo que más me sorprendió, los pedidos se pueden realizar con máquinas automáticas, acudiendo al mostrador solo para la recogida tras pagar con tarjeta.

Dando cuenta de un café y un sundae -el clásico helado cremoso de McDonalds- volvemos a la calle. En nuestro camino al hotel, se cruzan aficionados con la camiseta del Benfica y rostro sonriente. Esa noche había liga portuguesa, y el equipo local acababa de vencer por 3 a 0 al Vitoria de Setúbal en el Estadio Da Luz. Como plan de emergencia por si no teníamos nada que hacer esa noche, había investigado con anterioridad los precios de las entradas. Por 20 euros, podría haber disfrutado del partido en la grada más elevada de uno de los goles.

Antes de llegar al hotel para preparar el día de mañana, una última curiosidad: los semáforos para peatones de Lisboa no parpadean para avisar de su inminente cambio a rojo. En su lugar, desde que el verde desaparece hasta que los coches pueden retomar la marcha pasa un tiempo mayor que en España, por lo que no hay riesgo de atropello en caso de que algún peatón permanezca en pleno paso de cebra cuando ocurre.
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  Últimos comentarios al diario  Lisboa y alrededores 2010
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EYS97  EYS97  22/05/2011 09:16   
Muchisimas gracias LOU83, me he empapado de tu diario, yo voy una semana en julio y me ha servido de mucha ayuda, asi da gusto!!

lou83  lou83  22/05/2011 09:17   
Me alegro de que te haya ayudado. Buen viaje!

bettbal  bettbal  02/10/2011 14:37
Excelente relato! que caminata han hecho, por favor! me has traído muchos recuerdos...
Te dejo estrellitas.
Saludos desde Argentina!

luciamarcos  luciamarcos  26/02/2016 11:53   
Gracias por el diario. Súper completo y con muchos detalles. Muy útil

Miguelbilbao  Miguelbilbao  25/03/2016 00:20   
Comentario sobre la etapa: Día 7 y último - Vuelta a casa
Excelente guia
Gracias por el trabajo realizado

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macdidia
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Sep 14, 2008
Mensajes: 26

Fecha: Jue Sep 28, 2017 09:24 pm    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Que currazo. Me quito el sombrero, esta genia. Espero tener un poco de tiempo y acabar el diario que has colgado mío. De verdad chapeau!! Y una idea fenomenal.
spainsun
spainsun
Site Admin
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Sep 01, 2000
Mensajes: 69077

Fecha: Jue Sep 28, 2017 09:50 pm    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Magnifica recopilación de datos. Gran trabajo. Aplauso Aplauso Aplauso Aplauso
rocmat
rocmat
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Mar 11, 2012
Mensajes: 482

Fecha: Vie Sep 29, 2017 06:40 am    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Menudo curro, gracias porque será de utilidad seguro!
Molleda
Molleda
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May 23, 2009
Mensajes: 261

Fecha: Jue Oct 12, 2017 07:59 pm    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Hola a todos. Estoy pensando en mis próximas vacaciones de verano y tengo el ojo echado en Portugal. Vaya por delante q no conozco Portugal

Somos un matrimonio con una hija de 4 años. He pensado alojarnos por Cascais y desde allí visitar los lugares de mayor interés como Sintra, Lisboa, etc...

Queremos un hotel familiar, el típico cerca de la playa, con animación nocturna, media pensión. Alguna sugerencia?

He pensado en Cascais porque cercano a Lisboa parece q es lo más turístico, si alguien se le ocurre otra zona bienvenida sea.

Muchas gracias por adelantado
chamiceru
chamiceru
Moderador de Zona
Moderador de Zona
Feb 05, 2009
Mensajes: 29698

Fecha: Vie Oct 13, 2017 11:59 am    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Hola
En el Foro de Cascais tienes varios hilos con información sobre la zona Guiño
Saludos
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