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DE QUEIJADAS, TRANVÍA Y FADO -Diarios de Viajes de Portugal- Merche137
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Diario: DE QUEIJADAS, TRANVÍA Y FADO  -  Localización:  Portugal  Portugal
Descripción: Diario de una escapada a Portugal en el puente de diciembre
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Etapa: PREPARATIVOS DEL VIAJE Y SALIDA HACIA ÉVORA  -  Localización:  Portugal Portugal
Fecha creación: 12/03/2011 02:43  
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Posiblemente no haya un tiempo mejor para iniciar un diario de viaje que las fiestas de Navidad, ese tiempo que puede hacerse interminable e insoportable si sólo nos fijáramos en: las inevitables comidas familiares en las que, a menudo, hay que hacer un esfuerzo ímprobo para no atragantarse con el pavo o el cordero o lo que cada uno tenga a bien ingerir en esos días, ya sea porque te toca aguantar y poner buena cara ante las archiconocidas anécdotas, reír con los supersabidos chistes o intentar desconectar las neuronas para que el hueco de los ausentes no aparezca una y otra vez hasta nublarte la vista desde los entrantes a los postres; los mil y un besos que repartes mientras balbuceas las mismas frases hechas que, no obstante, dices con cierto convencimiento; o los ejercicios de relajación que procuras efectuar en las interminables colas ante las cajas mientras esperas para abonar los regalos que eliges, casi siempre a última hora, aunque cada año te prometes que ese será el último porque, a partir de ahora, los vas a comprar a vueltas de las vacaciones de verano. Obviamente, también hay algo más, muchas cosas más y más importantes, que cada cuál puede ir enumerando según sus propias creencias o vivencias personales; entre ellas, un mayor tiempo libre y qué mejor que recordar los buenos momentos de un viaje reciente, así que me puse manos a la obra y me decidí a ocupar algunos de mis ratos de asueto empezando este diario donde contar los días pasados en Portugal durante el cercano puente de la Constitución o la Inmaculada, según la óptica con que se mire.

En esta ocasión, y allá por el mes de julio, hablamos de irnos a Lisboa en coche el grupo que, hace un año ya, pasamos el mismo puente en Bélgica, al que se uniría otra amiga que últimamente tiene también bastante presta la maleta, por lo que a principios de octubre me puse, en firme, a confeccionar el itinerario y a mirar páginas y páginas de hoteles y a empaparme toda la información que encontraba. Menos mal que, como siempre, los buenos consejos del foro (especialmente los de Thekat y Rosaan) y los magníficos diarios de Fran17, ROSAANA y Gemlua facilitarían la labor; a todos ellos, muchas gracias.

La salida sería el viernes día 3 por la tarde puesto que teníamos trabajo por la mañana y ya nos habíamos tomado el lunes para poder disponer de cinco días. En principio, yo tenía muchísimo interés en que hiciéramos noche en Monsaraz ya que unos amigos me habían comentado que, si habitualmente, el pueblo es precioso, lo está mucho más en estas fechas, cuando sus empinadas y empedradas calles se convierten en las de un nacimiento con figuras a tamaño natural que ocupan diversos escenarios dentro de la muralla, así que empecé a buscar alojamiento allí, pero fue imposible pues, en los lugares que vi dentro de la población, estaba todo ocupado o quedaba sólo alguna habitación aislada y necesitábamos tres dobles, ya que (esta vez mis hijos no quisieron acompañarme) seríamos seis. Como no me apetecía mucho quedarme en ninguna casa rural u hotel emplazado en algunos caminos u otros pueblecitos, puesto que seguro que llegaríamos ya de noche, por carreteras totalmente desconocidas y que, con bastante probabilidad, podría hacer mal tiempo, opté por buscar hotel en Évora, con lo cual, nos quedaría Monsaraz para otra ocasión; no era la idea que me había hecho, pero era la más razonable y tampoco sería ese el único planteamiento al que tendría que renunciar.

El alojamiento elegido fue el hotel Ibis Évora, que presentaba una oferta en su propia página www.ibishotel.com/ : el paquete Cultura, que incluía la habitación doble (sólo alojamiento) y la entrada a la Capella dos Osos por 49 euros. Bueno, ya tendríamos dónde dormir esa noche y, puesto que también había reservado el hotel de Lisboa, ahora sólo nos quedaba por decidir cómo viajaríamos. Al principio, pensamos en alquilar una furgoneta para ir todos juntos y que fuese mucho más ameno el trayecto; no obstante, el precio más barato que encontré en Internet era de 980 euros lo que, unido a que habría que hacerse a ella previamente y no disponíamos de mucho tiempo, hizo que optáramos por ir en dos coches, con lo cual tendríamos además uno de reserva siempre por si ocurría algún imprevisto.

Había mucha ilusión por emprender un nuevo viaje juntos; sin embargo, diversas circunstancias hicieron que pocos días antes de la salida nos encontráramos con que seríamos sólo cuatro, hecho que, en honor a la verdad, nos fastidió mucho puesto que nos obligaba a realizar ciertos cambios, por ejemplo, iríamos ya en un único coche, con lo que tendríamos que controlar el equipaje, había que hacer urgentemente las gestiones para anular una de las habitaciones reservadas y, sobre todo, nos veríamos privadas de una compañía especialmente grata. Esta era una de las eventualidades que más nos costaba asumir, y que únicamente menciono para que se puedan comprender algunos hechos a los que haré referencia más adelante.

Bueno, pues con el itinerario, a priori, perfectamente detallado gracias al Google Maps y con una puntualidad casi británica, nos pusimos en marcha algo antes de la hora prevista, a través de la carretera de Mérida (A66), la también llamada Autovía de la Plata, hasta la que sería nuestra primera parada: un área de servicio-restaurante (Leo) prácticamente en el cruce de Monesterio (Badajoz), con una arquitectura que nos recordaba al aeropuerto de Barajas, donde nos tomaríamos un café con unos donuts y aprovecharíamos para estirar las piernas. Cosas del azar, cuando nos disponíamos a salir para ponernos de nuevo en ruta me encontré a mi “amiga del alma”, que iba con su marido, su hermana y la pareja de ésta a pasar el puente a Madrid. Tras unos instantes en los que se sucedieron los saludos, algunos comentarios y los buenos deseos para que nuestros viajes fueran exitosos, continuamos camino hacia Évora, a la que llegaríamos en unas tres horas aproximadamente - que pasaron bastante rápido a pesar de la lluvia, debido al buen estado de la calzada y a la buena compañía personal y musical que llevábamos - después de pagar 5,35 euros por el peaje (en el primero que se encuentra existe una máquina expendedora, donde se obtiene una tarjeta que hay que entregar en el último puesto de control, junto con el importe).

Según las especificaciones del itinerario, cuando llegáramos a la ciudad, en la primera rotonda tendríamos que tomar la tercera salida en dirección R. dos Canaviais. Pues no, primer fallo que nos encontramos en el graficado (Google tampoco es perfecto) pues la elegimos y nos llevó directamente hacia un barrio bastante alejado del centro o incluso podía ser lo que aquí conocemos como una pedanía, tras cruzar una vía del tren con cierta precaución porque era de esas con paso a nivel con barrera, que no nos gustan nada. Como aquella no nos parecía que fuese la dirección correcta, paramos para preguntar y, efectivamente, había que volver hacia la rotonda, rodearla y tomar la salida en dirección a Lisboa-Beja. Para asegurarnos, puesto que había que preguntar nuevamente, hicimos otra parada para tomar un refresco en la primera cafetería que vimos (Snack-bar y Cafetería Horta das Tamâras) y la dueña, muy amablemente, nos indicó el camino hacia el hotel, que encontramos, sin ninguna dificultad, una vez que atravesamos el Aqueduto da Agua de Prata o Acueducto de Agua de Plata, construido en la primera mitad del siglo XVI y de tal magnitud (actualmente se conservan 9 kms.) que provocó incluso que Camôes lo describiera en su gran poema épico Os Lusiadas. Después sólo había que seguir la muralla, por la avenida de Lisboa, hasta Largo da Porta do Raimundo y ya a la derecha se encuentra el hotel.

El Ibis Évora está bien situado, un poco hacia las afueras de la población pero lo suficientemente céntrico como para dejar el coche en su aparcamiento y hacer la visita a pie. A pesar de haberme puesto en una ocasión en contacto telefónico con la recepción dado que, cuando hice la reserva por Internet, no me había llegado en su momento confirmación de la misma porque no les constaba, lo que me obligó a hacerla de nuevo unas semanas antes de la salida, no había podido contactar de nuevo para cancelar una de las habitaciones, ya que continuamente daba comunicando y no me fiaba mucho de realizar la cancelación vía Internet pues me pareció que no permitía hacerlo de manera parcial; es decir, me daba la opción de cancelar la reserva completa y no me atreví, debido a las fechas, a arriesgarme a que nos quedáramos sin posibilidad de alojamiento para esa noche, por lo que íbamos con la idea de que habría que pagar la habitación que no se iba a utilizar. Sin embargo, cuando llegamos (sobre las 21 h.) y le expliqué al joven de recepción lo que había ocurrido me indicó que había hecho bien en no cancelar a través de la web pues, a veces, se producían fallos, que no había que abonar nada y que la cancelaba él en ese mismo momento, hecho que me sorprendió, pero comprobando posteriormente su amabilidad y la de la chica de la mañana, a la hora de aconsejarnos lugares para comer, visitar o permitiéndonos que dejáramos el coche en el aparcamiento hasta que continuáramos el viaje por la tarde, no me pareció ya nada extraño.

El hotel era bastante correcto para su precio; la habitación y el baño estaban bien, sencillos, limpios, no muy amplios pero suficientes para pasar una sola noche, por lo que el que la decoración tuviera ya “cierta solera” no merecía ninguna objeción y, sin duda, repetiría alojamiento en caso de volver a la ciudad.




Interior del hotel Ibis Évora.

Dejamos las maletas y nos fuimos a cenar, no a uno de los lugares céntricos recomendados pues era ya algo tarde, por lo que nos decidimos por el primer restaurante que nos encontramos en nuestro camino, el O Alforge (Rua Catarina Eufémia 15, Horta Figueiras), al que se accede desde una pequeña escalera y que, por la carta, nos pareció que podía estar bien. Evidentemente acertamos, ya que cenamos estupendamente las cuatro y por un precio más que aceptable: el pan, cuatro cervezas Imperial de barril, una botella de vinho verde Quinta da Aveleda, dos de agua, un plato de Paio (una especie de morcón ibérico típico del Alentejo, generoso y que estaba buenísimo), tres platos de lombo grellado con esparregado (lomo de cerdo con guarnición de espinacas), uno de lombinos de porco preto (un filete grande de cerdo increíblemente tierno y muy gustoso) y dos ensaladas de frutas y dos dulces de la casa (una estupenda crema de leche con nueces, galletas y canela) de postre, todo por 54,30 euros. A la salida ya nos fuimos directamente al hotel pues estábamos algo cansadas y teníamos prevista la visita turística para el día siguiente.
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Ver Etapa: PREPARATIVOS DEL VIAJE Y SALIDA HACIA ÉVORA



Etapa: ÉVORA, PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD Y CUNA DE CAMÔES.  -  Localización:  Portugal Portugal
Fecha creación: 12/03/2011 03:03  
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El sábado amanecimos en Évora y, a la hora convenida, salimos a recorrer la ciudad. Nos pusimos en camino, rodeando la muralla que la circunda. La muralla, romana en sus inicios, fue sufriendo transformaciones en época árabe y medieval, con añadidos de torres y puertas; la que se aprecia actualmente tiene vestigios de estas civilizaciones, pero se construyó en el siglo XVII para incrementar la defensa de la ciudad. Entramos por la porta do Raimundo y continuamos por la calle del mismo nombre, que sube en ligera cuesta hasta la plaza principal, la Praça do Giraldo, que debe su actual nombre a Giraldo sin Miedo, un mercenario que conquistó Évora a los árabes en 1165 para el rey Alfonso Henríques. Era la antigua Plaza Grande donde se encontraba la puerta de Sueira, importante centro religioso, económico y político de la población, similar al foro romano y en la que se celebraban torneos, actos de fe, ajusticiamientos…También estaba la Casa do Peso Vero, en la que se aseguraba que el peso de las mercancías fuera el correcto y una de las manzanas estaba ocupada por la residencia real. Incluía además varios palacios en estilo gótico-manuelino que se destruyeron para construir el Banco de Portugal y ni que decir tiene que estando en ella me acordaba de nuestra plaza del Duque, en Sevilla, que siguió igual suerte en época relativamente reciente, para la construcción de un conocido centro comercial. Es una plaza grande, rectangular, en la que se encuentran importantes edificios civiles y también religiosos como la iglesia de San Antonio, renacentista construida sobre otra gótica y que no pudimos visitar por encontrarse cerrada. Cercana a ésta se ubica una fuente de mármol del siglo XVI, con unas pequeñas cabezas en bronce de donde mana el agua, construida sobre un antiguo depósito que abastecía a la población.




En esos días presentaba una especie de estructura metálica que, seguramente, se iluminaría y que formaba parte de la decoración navideña.

La plaza cuenta con unos soportales en un lateral, donde se inicia la rua 5 de Outubro, llenos de tiendas muy diversas: de ropa, zapaterías, de artículos religiosos… y algunas de comestibles, con escaparates curiosos como el de la foto, repleto de calabazas de diferentes formas y colores, pero todas con un cierto aire de otro tiempo.





Además, en la plaza se encuentra el café Arcada, con una puerta giratoria y unos expositores que invitaban a empacharse sólo con la mirada. El interior es amplísimo, con muchas mesas y, al fondo, tiene unos escalones que dan paso a la Cervejeira Lusitana.




Como aún no habíamos tomado nada, decidimos desayunar allí, pidiéndonos, por vez primera, un garoto, tres meia leite y un galâo, que son ni más ni menos que unos cafés, cortado y muy pequeño el primero, y con leche el resto, normal el segundo y en vaso largo, casi una leche manchada el tercero, acompañándolos con cuatro tostadas con la exquisita manteiga portuguesa; una tostada consiste en dos rebanadas parecidas a las de pan de molde pero bastante más grande, con corteza dura, masa más esponjosa y altura de unos 3 cms. aproximadamente, que presentaban cortadas en tiras y estaba buenísima (9 euros en total).

Una vez bien avitualladas nos encaminamos hacia la iglesia Real de San Francisco, del siglo XV, que fue capilla privada de los reyes portugueses, cuya residencia estaba adosada a la misma, en la que se alojaban los monarcas cuando visitaban Évora. La iglesia es de una única nave, con pequeñas capillas laterales.





Nada más entrar, un poco a la derecha, lo primero que encontramos es un atril con una recomendación de Anselmo de Cantuária, un poco extensa, pero yo me apresté a seguir al pie de la letra lo contenido en los primeros párrafos:

Deixa um momento as tuas ocupações habituais,
ó homem,
entra um instante em ti mesmo,
longe do tumulto dos teus pensamentos.

Pôe de parte os cuidados que te apoquentam
e liberta-te agora das
inquietações que te absorvem [...].


(ya en alguno de mis diarios he mencionado que viajo con una libretilla donde voy apuntando aquellas cosas que me resultarían difícil retener en mi memoria; luego, junto con los folletos, los tickets y cualquier otro elemento gráfico de interés, va a parar a una carpeta, con lo que tengo una por cada viaje que realizo, una manía como otra cualquiera).

Así que, dejando de lado mis ocupaciones habituales y pensamientos tumultuosos y liberada de las inquietudes que me pudieran absorber, me dispuse a visitar la iglesia con el mejor de los ánimos, recorriendo en primer lugar el lateral derecho, con diversas capillas como la de Santa Teresinha do Menino Jesus, donde se localiza una escultura cerúlea de la santa, o la que contiene un Cristo yacente, con aspecto casi natural, y un gran lienzo que representa distintas santas y ángeles como velándolo.








A mi este tipo de imágenes, desde pequeña, siempre me han dado un poco de cosa; de hecho, no soy nada asidua a las visitas a doña María Coronel o a San Fernando (cuando se exponen una vez al año para que se puedan contemplar sus cuerpos incorruptos), dos tradiciones muy arraigadas en Sevilla y que conocí sólo por una vez y hace relativamente pocos años por aquello de cumplir con el rito, y posiblemente para no tener que escuchar más ¿Pero cómo siendo de allí no has ido nunca?. Bueno, continúo que me desvío del tema.

El altar mayor contiene el coro, bastante vistoso, con sillería de madera y unos lienzos que representan a diversos santos y a la derecha se encuentran unas ventanas desde donde podían escuchar misa los reyes y así tenían al sacerdote de frente, puesto que éste oficiaba de espaldas al público, cuestión de privilegios.





A ambos lados hay unos pequeños retablos barrocos curiosos, el de la derecha dedicado a Nossa Senhora do Amparo y el de la izquierda a Nossa Senhora da Conceiçao, que albergan las pequeñas imágenes de las advocaciones respectivas y varios cuadros de ángeles y ermitaños.

También en el lateral derecho hay unos escalones que dan acceso a una capilla adosada, que es la Capilla de Oraçao, con una figura del Señor con la cruz a cuestas y larga melena de pelo natural que impone cuando no te lo esperas y te lo encuentras de pronto; posteriormente, veríamos algunas imágenes similares en diversos lugares durante el viaje, pero ya el efecto novedad había desaparecido, obviamente. Hay una mesita con una urna y unas tarjetas donde se pueden dejar las plegarias por las intenciones que cada cuál quiera escribir. Ni que decir tiene que aquí sí que cumplí con el ritual, guiada por ese puntito, llamémosle de fe o de superstición que creo todos podemos tener.





En el lateral izquierdo, la primera capilla, de la Orden Tercera, es la que me pareció más interesante de todas, consistente en un altar barroco con un Cristo crucificado rodeado de ángeles en la que se mezclan los dorados de la tribuna, las molduras y las columnas salomónicas que enmarcan las imágenes de San Francisco y Santa Clara (con los que guardo una especial vinculación, digamos sentimental), el mármol, diversas pinturas de caballeros de la orden - que, al igual que otras de otros retablos, eran de pintores portugueses de la corte -, unos preciosos lienzos de azulejos y unos ángeles lampadarios muy curiosos. A mí los ángeles lampadarios me gustan mucho y suelo fijarme especialmente en ellos cuando voy a alguna iglesia, en fin, un poco especial que es una, qué le vamos a hacer.




El resto de las capillas, lo mismo que las del lado derecho, en mi opinión, tenían más encanto por lo entrañable de las imágenes que albergaban que por su valor artístico, como la de la Virgen con las figuras de Jacinta y de Francisco Marto, dos de los pastorcillos a los que se apareció, según la tradición, en Fátima.




El pórtico me gustó especialmente, con unos arcos de medio punto y otros de herradura, estando representados en la fachada los símbolos reales: el pelícano de Juan II y la esfera armilar de Manuel I. Pero, posiblemente, el lugar más interesante de la iglesia está fuera, adosado a la misma: la Capella dos Ossos, a la que se accede por un pequeño claustro con arcos ojivales. A la entrada, en el lugar donde se ubica la taquilla (que no utilizamos más que para entregar el vale por los cuatro tickets que nos habían proporcionado en el hotel) existen unos vistosos paneles de azulejos típicos, que componen un Via Crucis.




Cuando se enfila el corredor que lleva a la capilla, la frase escrita en el dintel de la gran puerta ya nos prepara el cuerpo para lo que veremos en el interior:




Nos ossos que aquí estamos pelos vossos esperamos, que se podría traducir más o menos como: Nosotros, huesos que aquí estamos a los vuestros esperamos. La verdad es que se siente un cierto escalofrío, que aumenta al contemplar los cráneos (al parecer 5.000), tibias, peronés…, que conforman un macabro estucado que recubre todas las paredes y los pilares de la capilla, pero a mi lo que más me impresionó (aunque a estas alturas, y por diversas razones personales y profesionales, ya no me impresionan estas cosas) fue ver que hay colgados dos esqueletos completos, uno de adulto y otro de niño. El espectáculo no puede ser más dantesco y el tener estos dos cuerpos colgados de sendas cadenas, francamente, me parece de muy dudoso gusto.




La capilla era un lugar de oración y meditación de los monjes franciscanos y se construyó en el siglo XVI con restos de los túmulos e iglesias de la ciudad. Aunque no es muy grande, tiene tres naves y, además, del osario, un altar con un crucificado y a la derecha de éste el túmulo de uno de los fundadores: Jacinto Carlos de Silveira, muerto por los soldados de Napoleón en 1808.




Desde luego, no puedo negar que la capilla es muy singular y, tras darme un par de vueltas rápidas y tener, en un momento dado, la sensación de que algunas de aquellas cuencas vacías me miraban, salí y me concentré en los utensilios que se encontraban en unas vitrinas expositoras: llaves de sagrario, misales y un Antifonario Romano de 1748, entre otros.






Nos sentamos un momento en un banco de azulejería, donde nos hicimos algunas fotos. Para mí, por razones que ahora no vienen al caso, los bancos de azulejería tienen también un cierto encanto y constituyen un lugar en el que suelo sosegar mi espíritu cuando visito ciertos lugares donde, como en éste, se encierran tantos restos de vida.



Dos de mis compañeras de viaje y yo


Desde allí, aún un poco atónitas por lo que habíamos visto nos encaminamos hacia la Catedral, un edificio mezcla de románico y gótico, dedicado a Santa María, construido en granito. Tiene dos torres asimétricas de tipo fortaleza y un pórtico con unas esculturas magníficas, y muy bien conservadas, que representan a los apóstoles.



Fachada de la catedral


Pagamos 2,5 euros por la entrada para visitar la catedral y el claustro (dos de mis amigas subieron también a la torre, desde la que se aprecia una estupenda vista, según comentaron, abonando por su entrada combinada 3,5 euros). La catedral tiene planta de cruz latina y consta de tres naves, las laterales tienen un número importante de lienzos, algunos de ellos con franco deterioro, de los siglos XVI y XVII, muchos de ellos anónimos y otros de pintores portugueses. En la nave derecha hay algunos curiosos como una Pietá, un Cristo y la Verónica, ambos de autor desconocido, un tríptico de la Santa Cena de Pedro Nunes y otro del Nacimiento de la Virgen de Benito Coelho da Silveira.

En la nave central, el presbiterio es barroco, todo de mármoles rosa, blanco y verde grisáceo, presidido por un gran lienzo de la Asunción de la Virgen, que da nombre a la catedral, bajo dosel dorado sobre el que descansa un gran crucifijo con dos ángeles orantes todos de mármol, y contrasta grandemente con el resto de la catedral por la mezcla ornamental.






Vistas del presbiterio


Toda esta nave se abre a las laterales a través de unas grandes pilastras con arcos ojivales y capitales sencillos; el conjunto me pareció de gran belleza, al igual que el segundo cuerpo de arcos más pequeños, todo ello en el color argamasa de la piedra con listado horizontal en blanco; el pequeño púlpito es también de mármol. Pero una de las cosas que más llamó mi atención fueron las grandes lámparas de cristal, no sé si portugués, pero a mi me parecieron checas, o al menos me recordaban algunas de este estilo que suelen tener guardadas ciertas hermandades y sacan especialmente para que iluminen los preciosos altares efímeros con que singularizan algunos de los cultos a sus imágenes titulares, aunque lo que las hacía diferentes es que, en lugar de esas fundas embellecedoras, generalmente de damasco rojo, que suelen ocultar las cadenas de las que penden y los cables, tenían ensartadas unas bolas de madera y cuentas y la central partía de una gran roseta de madera, con unos nervios o radios a modo de rueda.



Vista de la nave central de la catedral


Al lado del presbiterio se encuentra una curiosa capilla, la de las reliquias, de un barroco abigarrado, estando todas las paredes cubiertas de relicarios, lo que le da un aspecto a modo de rocalla. Las capillas estaban a oscuras y, para que se iluminen, hay que recoger una ficha en el mostrador de la entrada, previo pago obviamente, aunque desconozco el importe porque nos enteramos justo allí y no nos apetecía volver al principio, así que pude verla gracias a que otros visitantes habían sido algo más previsores.

La nave izquierda contiene otra colección de lienzos de diferente suerte, tanto a nivel de conservación como de valor artístico, aunque algunos me parecieron muy interesantes, especialmente dos de grandes dimensiones: el que plasma la “Llegada de Santa Inés al convento” de Antonio de Oliveira Bernardes (siglo XVII) que, si mi intuición no me falla, se representó a sí mismo a la izquierda como observador (aunque mira realmente al espectador) de la escena un tanto bélica, pues aparece la santa entre varios soldados en una especie de forcejeo que, al desconocer la historia, intuyo pueda ser alegórico y, muy especialmente, de nuevo por su asociación con determinados recuerdos y personas muy queridas, “El milagro de la Porciúncula”, del mismo autor, que representa la aparición de Jesús y la Virgen entre ángeles a San Francisco, momento en que se le concede la indulgencia o “Perdón de la Porciúncula”. En un intento de clarificar algo, especialmente para aquellas personas interesadas que lo desconozcan, la Porciúncula era una pequeña iglesia que reconstruyó San Francisco de Asís, en la que se convenció de su vocación y donde fundó la Hermandad de los Frailes Menores o Franciscana; posteriormente, junto a Santa Clara, fundaría también en ella la Orden de las Clarisas. Según la tradición, estando un día orando en ella, se le apareció Cristo para concederle el favor que quisiera. El santo pidió que se concediera indulgencia plenaria a todos los que visitasen la iglesia y se hubieran arrepentido de sus pecados y confesado; el Señor accedió a su petición con la condición de que el Papa ratificara la misma, cosa que hizo Honorio III, de ahí que cualquiera que, libre de pecados, visite el 2 de agosto la Basílica de los Ángeles en Asís, donde se encuentra la capilla de la Porciúncula, obtendrá la citada indulgencia.

Otro de los elementos que me parecieron singulares y que se encuentra en un pequeño altar barroco, que se divisa en la parte izquierda de la foto anterior, es una imagen de Nossa Senhora do Anjo, una preciosa talla gótica policromada de vivos colores en la que, por la disposición del manto, yo diría que representa a la Virgen embarazada, aunque no pude constatar este hecho pues no aparecía ni la imagen ni la referencia en la guía que llevaba; tampoco pude descifrar la leyenda que porta, por lo que me quedé con las ganas y la curiosidad, pero mi conocimiento del latín no daba para tanto y la paciencia de mis acompañantes tampoco.




Nossa Senhora do Anjo


Al lado de la puerta de salida se encuentra la capilla que contiene la pila bautismal, con un lienzo de azulejos con motivos florales y un fresco representando el bautismo de Jesús y un gran candelabro de pie, creo que de caoba de Brasil o de ébano por el color negro, con el cirio pascual.




Una vez visitada la catedral nos dirigimos al claustro, de estilo gótico, al que se accede bajando una pequeña escalera de piedra. En las esquinas están las figuras de los cuatro evangelistas y en la parte derecha según se sigue el sentido de la visita, existen tres túmulos, el primero de D. Manuel Trindade Salgueiro, “Arzobispo do Mar”, con la mitra, el báculo y una espada, todos de bronce y una placa ofrecida por “los armadores Capitaês e Oficiais da Frota Bacalhoeira”. El segundo es de mármol, corresponde a Emmanuel Mendes da Conceiçao Santos y tiene la esfinge del arzobispo y el tercero, también de mármol, con una cruz, el báculo y la mitra, de Augusto Eduardo Nunes. Todos son del siglo XX.



Vista del claustro



Detalle de uno de los evangelistas


Existe también una pequeña capilla con otro túmulo de mármol sobre leones y con unos ángeles sedentes. La verdad es que el lugar deprime un poco, no porque se encuentre allí un sarcófago sino por el deterioro de las paredes y de las imágenes que se alojan sobre pequeñas ménsulas de piedra, en especial una Virgen, también de época medieval, sobre una columna, por el mal olor como a cieno que existe y la gran suciedad debida a las palomas que entran en el claustro, llenándolo todo de guano. Estas cosas son, a mi modo de ver, difíciles de entender porque el claustro es precioso.




Enfrente de la escalera de acceso se encuentran los servicios, detrás de una puerta conventual, y al lado hay una pequeña escalinata con escalones de piedra formando caracol, para mí imposibles, que lleva a una terraza que recorre el claustro. Algunas de mis amigas son más aventureras que yo y pudieron captar estas imágenes desde arriba.



Patio del claustro



Detalle de los contrafuertes y chapiteles


No obstante, la vista desde abajo tampoco era nada despreciable.



Vista del exterior de la catedral desde el claustro


Menos mal que llevábamos en total tres cámaras de fotos porque la mía, a las primeras de cambio se quedó sin pilas y como el cargador y las de repuesto estaban en la maleta, tendría que esperar ya a Lisboa para poder captar alguna instantánea, por lo que debo dar las gracias a mis amigas por fijarse también en las pequeñas cosas y por su infinito aguante.

Cuando salimos de la catedral empezó a llover y hacía un frío tremendo, así que nos encaminamos hacia la Universidad, elemento prioritario para todas nosotras en nuestra visita a Évora, dada la vinculación que tenemos con la de Sevilla. No nos dimos cuenta de que, al lado de la catedral, hay una cuesta que lleva directamente a la entrada, pero el viento y el frío hicieron que no nos asomáramos a una especie de templete con una admirable vista y desde el que se apreciaba la misma. De esto nos apercibimos ya a la vuelta, por lo que salimos bajando las escalinatas, rodeando la catedral y dirigiéndonos hacia Largo da Porta de Moura ; tampoco nos importó mucho porque así pudimos ver algunas calles tan pintorescas como ésta





Y una casa, con una preciosa fachada con un ventanal “manuelino” que, por lo que vimos después en la guía, era la casa de García Resende, un poeta y diplomático renacentista.




Enfilamos ya por la Rua Duques do Cadaval, con la muralla a nuestra izquierda, hacia casi el final, donde nos encontramos un edificio que tenía un escudo con la inscripción “Universidade de Evora” pero estaba cerrado. Nos volvimos bastante decepcionadas, por cierto, y con la idea de una visita imposible, cuando vimos una especie de entrada con un portón de hierro abierto, que daba a un callejón donde estaban aparcados varios coches y en la parte izquierda había unas puertas acristaladas que dejaban ver unas dependencias y una puerta donde ponía “Secretaría”. Como no me gusta dar nada por perdido sin haberlo intentado, le comenté a mis amigas que iban en avanzadilla pues yo había encendido un cigarrillo, que por qué no miraban si alguna de las puertas de cristales estaba abierta y, efectivamente, una lo estaba. Yo no me quité, por si acaso y hasta que no encontraran a alguna persona, del portalón de entrada porque era sábado y casi las 13 horas, con lo que no me apetecía nada que pudieran cerrarlo y nos quedáramos dentro.

Llamaron y salió un chico negro y empezó a hablar con una de ellas. Ya me incorporé al grupo y veo que ésta le está diciendo que éramos profesoras de la Universidad de Sevilla y que queríamos visitar la de Évora si era posible. Le presentó la tarjeta identificativa que el chico confundió con una de visita porque la retuvo un rato e hizo ademán de guardársela en el bolsillo, tras decir que iba a llamar al “padre”. Nos quedamos esperando y al cabo de unos minutos apareció un señor, vestido con traje y corbata, de bastante buen ver, todo hay que decirlo, que se presentó como el padre y su apellido (que, por preservar su anonimato, voy a omitir, al igual que su origen), nos dijo que era español y que aquello no era la Universidad sino el Seminario, pues estaba adyacente a la misma, pero que si queríamos nos podía enseñar el claustro pues, si apreciábamos el arte, seguro que nos gustaría; evidentemente, todas asentimos porque era una ocasión magnífica que no podíamos desaprovechar puesto que no es un lugar que, a priori, salvo que se conozca su existencia, una piensa visitar ya que no aparece entre la información habitual para el viajero. Además, había empezado a contarnos la historia del Seminario-Universidad y no podíamos, ni queríamos, dejarlo a medias. En sus orígenes, la Universidad y el Seminario formaban un conjunto, el colegio del Espíritu Santo, fundado por el cardenal Henrique en 1559, de ahí que se conociera también como “Edificio Henriquino”, a quien habían nombrado dos años antes rey tras la muerte, sin descendencia, de su primo Juan III “el piadoso”, quien creó una casa de estudiantes, en la que estábamos, administrada, al igual que la Universidad, por los jesuitas. Actualmente conserva el refectorio primitivo, con suelo hidráulico y un pequeño púlpito, que no visitamos.

Nos explicó que parte de las habitaciones (60) se utilizaban actualmente como hospedería, pero sólo alojamiento, tenían un precio de 20 euros la noche la sencilla y 30 euros la doble y que, quién quisiera pernoctar allí, no tenía más que solicitarlo, cuando llegara encontraría un sobre con la llave de la habitación y que, en ese mismo sobre, a la salida, debía depositar de nuevo la llave y el importe, sin que tuviera que hacer nada más ni tener contacto con nadie, pues no había recepcionista. Está claro que la seriedad y confianza mutua es imprescindible.


Entramos a través de la cocina, a la que me referiré posteriormente, hasta desembocar en un claustro precioso, sencillísimo, pero sólo la estructura y el color de sus paredes, ya le daban su belleza. Es un doble patio del siglo del siglo XVI que mantiene unos pozos primitivos en mármol y una pequeña fuente, que era también la original, para lavarse las manos antes de entrar en el refectorio. Como nuestro amable cicerone nos dijo, los naranjos, el blanco y el amarillo albero, le conferían un aspecto muy sevillano, otra de sus gentilezas.



Vista del primer patio, con los primitivos pozos



Detalle del aguamanil


En uno de los patios existían dos pequeñas estatuas, una de Jesús adolescente, que se erigió para conmemorar las bodas de plata del prelado D, Manuel Mendes da Conceiçao Santos, el 3 de mayo de 1941, mira por dónde recordé que era el mismo del que hacía un rato habíamos visto su sepulcro en la catedral; la otra era una imagen de la Virgen de Fátima, que como no indicó nada más, supongo que se debería simplemente a la gran devoción mariana que se profesa por esta advocación en Portugal, pero mi curiosidad me llevó a leer en el pedestal su fecha, 31 de octubre de 1942, por lo que el motivo debía ser distinto al anterior.




Cuando estábamos en el patio oímos de pronto un órgano y a una especie de coro entonando unos cánticos. El sacerdote nos explicó que eran unos chicos de Cabo Verde, seminaristas, que estaban esos días allí y que celebraban el séptimo aniversario de la fundación del Seminario en su país, al igual que el que nos había abierto la puerta y todos los que encontramos en la cocina.

Cuando atravesamos anteriormente la cocina, habíamos visto a un grupo de seis o siete personas jóvenes que estaban haciendo la comida; ahora nos enterábamos que todos iban a reunirse a festejar la efeméride, compartiendo un plato típico de su país, que se llamaba “Cachupa”. Todo ésto nos lo fue contando mientras volvíamos hacia la cocina que era un espacio con un gran encanto, repleto de cachivaches antiguos (que a mi me gustan muchísimo), platos de cerámica por las paredes y los estantes, quinqués, objetos de cobre, depósitos para el agua, el aceite y la leche, mesas de madera con tapa de mármol y los fogones, en los cuales estaba hirviendo en una gran cacerola la mezcla de harina de mandioca, carne y verduras, denominada con ese nombre tan original.




Vista de la cocina


Habían hecho también una especie de empanadillas rellenas de carne picada con otros ingredientes y fritas, que tenían ya sobre unas bandejas y, muy amablemente de nuevo, nos las dieron a probar. Además, accedieron a que tomáramos fotos de la cocina y una de mis amigas se fotografió también del brazo de aquellos muchachos sin que se hubiera dado cuenta de que eran seminaristas; las risas, obviamente, llegaron luego, cuando se lo hicimos saber porque ella no se había enterado de esa parte de la explicación (o eso nos dijo). Estas, también por motivos obvios, quedarán sólo para nosotras; las demás están publicadas con permiso pues lo pedí, una vez que expliqué que pensaba escribir el diario de viaje y publicarlo.

Una vez degustamos las deliciosas empanadillas y después de despedirnos de los amables y sonrientes muchachos, salimos en dirección a la Universidad, junto con el padre que se brindó a acompañarnos y a enseñárnosla. Al contemplar la muralla, hizo que nos fijáramos en los vestigios de las “Tres culturas”, pues se percibían perfectamente las piedras romanas abajo, encima las árabes y en la cúspide las cristianas, representadas por los palacios, la verdad es que no hubiéramos reparado en ello.
Recorrimos la galería de acceso al claustro y, gracias a él, pudimos contemplar un aula por dentro, pues todas las puertas estaban cerradas, algunas con llave, en otras estaban dando clase y no se nos hubiera ocurrido abrir ninguna. Providencialmente, al final había una abierta y vacía, con lo cual pudimos admirarla a placer. Desde luego, era un gustazo poder estar allí, en un espacio reducido, donde las sillas de pala, la mesa y la pantalla y el proyector de transparencias eran los únicos elementos más o menos actuales y estándar que existían pues, como nos fue explicando nuestro acompañante (y comprobaríamos posteriormente ya sin él), no había dos aulas iguales, aunque todas mantienen similar disposición: azulejos cubriendo todas las paredes hasta media altura - en ésta primera que vimos en la que se impartía Física, representaban escenas del Génesis, concretamente la expulsión del Paraíso -, un banco corrido de madera, que eran donde se sentaban los antiguos discentes y un púlpito, también de madera, desde donde el docente dictaba sus lecciones.






Detalle de los azulejos del aula


Al lado del aula, ya en la galería, decorada también con azulejos de diferentes motivos, algunos geométricos, otros florales, otros con personajes de época… estaban los tablones de anuncios, muchos sin ningún anuncio, y en el del fondo un reloj en el que el tiempo también se había detenido, lo mismo que en el techo, con las vigas originales, o en las puertas.




Fuera ya de la clase, nosotras continuamos recibiendo nuestra particular lección de Historia: El Estado incautó todos los bienes cuando la Desamortización de Mendizábal y el famoso Marqués de Pombal, entonces ministro, expulsó a los jesuitas, por lo que dejó de ser Universidad hasta que se recuperó de nuevo, en el año 1979. Es la segunda más importante del país, tras la de Coimbra, y se calcula que puede acoger a unos 10.000 estudiantes. Llegado a este punto, dada la hora y que, sin duda, estarían esperando al padre para el almuerzo, se despidió de nosotras con un fuerte apretón de manos, el deseo de que tuviéramos un buen viaje y que regresáramos alguna vez por Évora.

No sabiendo agradecer bastante su dedicación, salimos de la galería hacia el gran patio central para poder admirar la asombrosa portada que se sitúa sobre la balconada principal.





En uno de los arcos del piso superior se divisaba una figura que no sé por qué, a mi se me antojó que podía ser Darwin, quizás por el parecido fisonómico, pero, una vez que me enteré que allí no se cursaban estudios de ciencias, sospeché que no podía ser él, por lo que, a la vuelta, indagué para filiarlo: se trata de Tulius, un importante personaje autodidacta que llegó a ser nombrado Doctor Honoris Causa.




Entramos en otras aulas, una que tenía el letrero de Secretaría, en la que los azulejos estaban dedicados a Baco y otra en la que acababan de finalizar las clases, por lo que aprovechamos para escurrirnos hacia su interior, con escenas de personajes de la época. Dimos por terminada nuestra visita tras hacernos algunas fotografías y enfilar la puerta y la cuesta al lado de la catedral que mencioné anteriormente.

Nuestros estómagos ya exigían que parásemos a almorzar, por lo que nos dirigimos hacia uno de los restaurantes que nos habían recomendado en el hotel, pasando por la plaza donde se encuentran el convento dos Loios (del que vimos únicamente la fachada) y el templo romano. El templo es de mediados del siglo I, se denomina de Diana aunque no se sabe ciertamente si se dedicó a esta diosa. Originariamente estaba rodeado de un estanque, en el centro de la plaza, donde se situaba el foro y se conservan bastante bien, tanto las columnas como la planta de alzado.





Cuando llegamos al restaurante, al ser éste pequeñito y no tener reserva tendríamos que esperar casi una hora, pero allí mismo nos dieron otras recomendaciones, además de alguna que yo llevaba recogida en el foro. Todos estaban igual de llenos, seguía lloviendo con mayor intensidad, hacía más frío y teníamos más hambre, así que lo intentamos en otro que, aunque no figuraba en ninguna de las notas, nos pareció que tenía una pinta estupenda y, como era también pequeño y sólo quedaba un par de mesas libres pero venía gente detrás, no nos lo pensamos más y nos sentamos. Se llama “1/4 para as 9” (hora reflejada de manera perpetua en el reloj de madera sobre el mostrador) y comimos extraordinariamente (la verdad es que no se puede decir que haya algún día que no lo hayamos hecho, pues la gastronomía y amplia oferta de restaurantes hacen que sea difícil comer mal en Portugal). Pedimos que retiraran los entrantes que habían puesto porque el aliño de pulpo y las huevas no nos apetecían demasiado y en su lugar solicitamos un plato de Paio, dado que nos gustó mucho cuando lo tomamos en la cena y unos pimientos asados, que estaban riquísimos. Como platos principales, decidimos compartir (porque debíamos coger el coche y no queríamos llenarnos demasiado) un Arroz de perdiz, que sirven en una olla de barro, de la que nos apartamos las cuatro un buen plato y aún sobró para otro y Carne de porco con ameijas a l’alentejana, era una bandeja también generosa de carne de cerdo a trozos con almejas, de la que también sobró un poco. Lo regamos todo con cinco cervezas, una botella de Quinta da Aveleda, que no abandonamos en ninguna comida porque está buenísimo frío y dos botellas de agua (la conductora, obviamente, no probó nada de alcohol) y pusimos el punto final con una Encharcada (crema realizada con almendras, coco, canela y almíbar) y un trozo de Doce maravilla de chocolate (Tarta de galletas con nata, mantequilla y virutas de chocolate), también compartidos. El importe del almuerzo fue de 54 euros.







Seguía lloviendo y había que bajar un poco la comida, así que tomamos la cuesta donde se ubica el restaurante, la rua de Pedro Simôes, que desemboca en la comercial 5 de Outubro e hicimos un poco de tiempo mirando los escaparates. Aunque esta vez no visitara la Duty Free de un aeropuerto, los gustos siguen siendo los mismos, así que recalé, cómo no, en una perfumería y, ante la genial propuesta del dueño en cuanto a precio, hice una magnífica compra, ya que dos frascos de 100 ml. del perfume de Givenchy que uso últimamente y una barra de labios de Dior (ésta por primera vez) me los dejó a un precio un poco menor del que, en el aeropuerto, tendría sólo uno de los perfumes. Por tanto, no me lo pensé, a fin de cuentas iba a ser el único capricho que me iba a dar.

Nos fuimos hacia el hotel a recoger el coche y nos pusimos en marcha hacia Lisboa, con la segunda hoja del itinerario presta a seguirse, una magnífica opinión sobre Évora y, personalmente, con el deseo de volver para conocer aquello que, bien por estar cerrado, o por cuestión horaria, había quedado por admirar.

Tomamos la autopista en dirección a Lisboa y, tras una hora aproximadamente de camino, nos encontramos con algo que no aparecía en la ruta que había impreso desde Gogogle maps; llegamos a un punto en que había que elegir: ¿Lisboa norte o sur?, sin tiempo apenas para decidir ni posibilidad de abrir otro mapa para poder elegir adecuadamente, la conductora lo tuvo claro: Norte y que sea lo que Dios quiera, total, ya estábamos cerca de Lisboa y, por un sitio o por otro, llegaríamos (importe de la autopista: 8,35 euros). Bueno, pues no resultó tan sencillo, en principio, pues era ya de noche, la velocidad, sin ser excesiva, impedía que la copiloto (o sea, yo) tuviera tiempo y luz suficiente para comprobar a la vez el itinerario impreso, el mapa de la guía y las diferentes salidas de lugares múltiples, que había también que leer; el tráfico era bastante denso, con lo que mi amiga ya tenía bastante con ir pendiente de la conducción y, hasta que no encontramos una salida que llevaba a un centro comercial, no pudimos parar para preguntar y volvernos a orientar, pues no podíamos tomar otras salidas ya que llevaban a distintas localidades. Bien, ya reubicadas, enfilamos el puente Vasco da Gama, pagamos los 2,35 euros de la tarifa del nuevo peaje y llegamos, a pesar de todo, más fácilmente de lo que pensábamos, al hotel.

El hotel que habíamos reservado en Lisboa era el Luxe by Turim, en rua dos Passos Manuel, no exactamente en el centro sino en una zona un poco más periférica que, cuando llegamos como era de noche, nos impresionó peor que cuando ya la vimos a la luz del día, pues es una zona normal, con comercios, empresas, gente transitando hacia sus trabajos o sus compras etc. Tuvimos suerte y encontramos un aparcamiento cerca del hotel, donde dejamos el coche, mientras llevábamos nuestras maletas y hacíamos los trámites de inscripción en el hotel.

No es muy grande, pero está todo muy nuevo pues se inauguró hacía menos de un año, subimos a nuestras habitaciones (dos contiguas), bastante espaciosas, con dos camas individuales pero más grandes de lo habitual, y un baño no excesivamente amplio pero suficiente; la única pega, por decir algo, era la racanería a la hora de dejar gel de baño, parecía que lo tenían racionado pues era sólo un botecito para dos, con lo cual, nos compramos uno a las primeras de cambio, porque yo, aunque sin derrochar, odio eso de no poder usar el que quiera.

Preguntamos en recepción dónde dejar el coche en un aparcamiento controlado, pues aunque la calle no parecía insegura no nos atrevíamos a dejarlo y, además, era zona azul, aunque esa tarde no había ya que pagar nada. Nos recomiendan el parking de Martin-Moniz y allá que lo llevamos; desde luego, es seguro, con cantidad de cámaras, muy grande y fácil, y también muy caro, pues fueron 22 euros por día completo. Según las informaciones que yo llevaba, en la calle de al lado del hotel había uno público pero nosotras no lo vimos y, ya que estábamos allí y nos había gustado, no íbamos a andar buscando. Un día después, la rotura de los cristales de un coche y del escaparate de una farmacia en la misma calle del hotel, nos hizo alegrarnos de haberlo dejado a buen recaudo.

Rápidamente llegamos a la praça da Figueira, bastante recoleta, con una estatua ecuestre de Juan I, muy armónica; al lado, prácticamente, se encuentra la praça dom Pedro IV, más conocida como Rossío, que se considera realmente el centro de la ciudad. La plaza, que tiene un pavimento muy vistoso, realizado con teselas en blanco y negro, formando unas ondas; es grande, rectangular, con bastantes comercios y lugares donde tomar algo, entre ellos dos muy afamados, el café Nicola y la pastelería Suiça, que visitaríamos en otro momento. En el centro de la plaza hay también otra estatua sobre un alto pedestal que, según la guía tenía una serie de figuras femeninas, pero no se podían apreciar porque habían colocado, como adorno navideño, una estructura rodeándola, con bombillas que asemejaban las ramas de un árbol; posiblemente a la luz del día se pudieran ver; y en ambos extremos, dos fuentes.





Al final de la plaza, a la derecha, si nos situamos en la acera donde se encuentra la salida de metro (norte para quien se oriente con los puntos cardinales), está el Teatro Nacional Doña María II, hija de Don Pedro. El teatro, de estilo neoclásico, presentaba igualmente iluminación navideña y nos hicimos algunas fotos, solicitando a una pareja de españoles como nosotras, y como los miles que debíamos haber tenido la misma idea a la hora de escoger lugar donde pasar el puente, que nos inmortalizasen para así tener una todas juntas; es una de las pocas que tenemos de estas características, aunque la escasa iluminación hace que sea más que nada, testimonial.



Teatro Nacional Doña María II



Las cuatro protagonistas de este viaje


Ya era hora de que buscáramos un sitio para cenar y, por la proximidad, nos decidimos por la Rua das Portas de Santo Antao, una calle paralela a la vecina praça do Restauradores, que nos recordaba muchísimo a la conocida Rue des Bouchers de Bruselas, al estar repleta de restaurantes, de gente que iba y venía y, sobre todo, de camareros que intentaban que entráramos en sus establecimientos; algunos tenían expositores para que se viera lo que ofrecían, pero nosotras llevábamos dos posibles destinos, el primero, Gambrinus, miramos la carta y decidimos que no merecía la pena pagar un precio tan alto por una cena porque tampoco teníamos tanta hambre, así que nos dirigimos al segundo, la Casa do Alentejo.






Está claro que, si uno no sabe que existe, no se le ocurre siquiera mirar porque la entrada no invita para nada a ello, pero cuando se asciende la escalera se entra en un lugar que combina una mezcla de estilos árabe, rococó, tradicional portugués…en un ambiente decadente y que me recordaba, en algunas de sus dependencias, a los antiguos casinos, no los de juego, sino aquéllos de grandes sillones y barra de madera y latón, en los que se iba a leer el periódico, cerrar algún trato, hablar de fútbol o de política y jugar al ajedrez, a las cartas o las damas, mientras se tomaba un café o un vino. Dejamos el patio morisco de la primera planta y seguimos subiendo hasta el segundo piso, en el que hay dos partes diferenciadas: un salón grande, antiguo salón de baile, donde se comía de menú, y unos comedores más reducidos, donde se hacía a la carta.




Vista general del salón de baile o de los espejos



Vista de uno de los comedores


Dado que éstos en ese momento estaban llenos (la fotografía la hicimos ya a la salida), por lo que tendríamos que esperar y que nos apetecía sentarnos en una mesa de ese salón dorado lleno de espejos, de arañas de cristal y apliques y con un pequeño escenario donde se situaría antaño la orquesta, decidimos que comeríamos de menú, aunque no nos lo terminásemos completamente pues nos parecía que sería demasiado.



Dispuestas para la cena


Un camarero nos atendió inmediatamente, informándonos sobre el mismo, donde había varios platos para elegir, al igual que el postre; los entrantes eran fijos (aceitunas, una bandeja de paio y otra de queso) y comiéramos lo que comiéramos, el precio también (27 euros), pudiendo repetir la bebida que quisiéramos. Pedimos una sopa de verduras, que estaba muy buena y un plato de lomo de bacalao al horno cada una, que efectivamente no pudimos terminar pues era un trozo muy generoso, gustosísimo y bien hecho, sobre un lecho de espinacas y una especie de puré hecho con harina, perejil y patatas (nos dijeron que se llaman migas) que ya nos gustó menos; los acompañamos con una botella de tinto y otra de vino blanco (no era a elegir, sino el que solían poner habitualmente, Vizconde de Borba) más que aceptables, agua y terminamos con dos cafés, un té verde y yo tomé un té de manzana y canela que estaba bastante bueno.

Sobre la mesa había un cartel donde se describía la historia del lugar y, por él, nos enteramos que la casa era un palacio, construido extramuros de la ciudad, que formó parte de la muralla Fernandina. A mitad del siglo XV era un lugar donde permanecía y se mataba el ganado. Dos siglos más tarde se asentó el club Majestic y, posteriormente, se convirtió en Liceo y después en casino; además hubo una tienda de antigüedades, llamada “La Liquidadora”. Luego, por razones desconocidas tomó el nombre de club Monumental, hasta 1928, y cuatro años después se alquiló al gremio alentejano.
Cuando ya salíamos del salón, leímos que los sábados y domingo por la tarde seguía habiendo baile con orquesta, pero no fuimos a comprobarlo, aunque sí que nos echamos unas buenas risas imaginándonos sentadas en los pequeños sofás laterales con el carnet de baile en la mano…

Tras la opípara cena, nos encaminamos hasta Rossío para coger un taxi que nos devolviera al hotel (precio de la carrera: 5,35 euros) pues era ya una hora tardía para ir caminando, aunque no nos hubiera venido nada mal, y guardar fuerzas para el día siguiente, donde conoceríamos la ciudad a la luz del día.
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Ver Etapa: ÉVORA, PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD Y CUNA DE CAMÔES.



Etapa: LA LISBOA DE FERNANDO PESSOA  -  Localización:  Portugal Portugal
Fecha creación: 12/03/2011 19:25  
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Cuando salimos a desayunar pensábamos que nos costaría encontrar algo abierto cerca, dado que era domingo y una hora más bien temprana; sin embargo, casi al lado del hotel había una cafetería-pastelería (Danubio) que habría abierto no hacía mucho y donde nos tomamos los cafés y las tostadas que sirvieron para que nos preparáramos para un día bastante ventoso y frío, en el que el color plomizo del cielo nos indicaba que, en cualquier momento, empezaría a llover.

Lo primero que hicimos fue encaminarnos al metro y comprar la tarjeta Viva en las máquinas expendedoras. Nos llevó un ratito porque, a pesar de tenerlo todo claro, hay que ubicarse y leer las distintas pantallas, sobre todo porque no hay nadie en ninguna de las cabinas de la estación a quien preguntar y, en un par de ocasiones, nos dio problemas con los billetes y, claro, no habíamos previsto llevar todo en monedas y no aceptaba bien el papel, así que hubo que cancelar e iniciar el proceso alguna vez que otra. Pagamos los 3,85 euros de rigor (0,50 por la tarjeta y 3,35 por el recargo para un día completo) y nos dirigimos hacia Rossío para ver la plaza con luz diurna.

La estructura de decoración navideña que circundaba la estatua central la afeaba algo más que de noche, así que ni nos paramos. Nos fuimos hacia Restauradores, contemplando e inmortalizándonos con la bonita fachada manuelina de la estación de ferrocarril a la espalda.



Estación de ferrocarril de Rossío



Detalle de la entrada


Al llegar a la Praça de Restauradores vimos que venían unos corredores, pues se estaría celebrando una maratón. Ya debía haber comenzado hacía algún tiempo la carrera porque algunos pasaban en solitario, o en varios pequeños pelotones de manera intermitente. Pensamos que era una buena manera de combatir el frío pues, a pesar de que había salido el sol, era facilísimo observar el vaho cada vez que hablábamos.


Tras aplaudir un poco a los esforzados atletas, nos dirigimos al callejón donde se ubica el elevador de Gloria, un viejo tranvía con asientos de madera corridos a modo de tablones, y muchísimo encanto (tendría aún más sin los vandálicos “graffiti”) que, tras una corta espera, nos fue subiendo despacio hacia el Barrio Alto; es sólo una cuesta, pero qué cuesta.




La lentitud obligada del ascenso hacía que se percibiera perfectamente el chirriar de las ruedas sobre los raíles engrasados y que diera tiempo suficiente para comprobar la picaresca de quiénes, como una señora que había subido con dos grandes bolsas como de haber hecho sus compras, se intentaban escabullir de pagar el importe del corto viaje (1,20 euros). Era tal el teatro que le estaba echando al asunto que nos daba pena y hasta hicimos ademán de pagárselo nosotras, pero una de las revisoras que estaba comprobando el estado de nuestras tarjetas, nos indicó por señas que no se nos ocurriera y, al final, como ya estábamos llegando, la dejó estar. Algo que nos sorprendió muchísimo es que, además de la conductora, que veía cuando se pasaba la tarjeta en la máquina o expendía el billete a quien no lo tuviera, subieron tres revisores, dos chicas y un chico; primero nos pidió los billetes una y, cuando ésta ya iba haciendo la comprobación de los viajeros del fondo, la otra volvió a pedirlos. Sinceramente, nos pareció un ejercicio de nula eficiencia en la gestión, porque tener tres sueldos para eso en un trayecto de apenas cinco minutos y, encima, para dejar a gente sin pagar, pues está claro que va en contra de cualquier medida de control del déficit presupuestario, pero bueno, tampoco pretendo ahora que dejen a nadie sin trabajo ni plantear medidas económicas alternativas a la crisis.

El tranvía deja justo al lado del mirador de San Pedro de Alcántara, desde donde se pueden observar unas espléndidas vistas de la ciudad, con sus preciosos tejados rojizos, el castillo de San Jorge al fondo, las torres de la (catedral) algo más a la derecha y, ya en el ángulo lateralizado de visión, el río Tajo.




Vistas desde el mirador de San Pedro de Alcántara


Después de un rato de contemplación, nos encaminamos, ya cuesta abajo, en dirección a la iglesia de Sao Roque (entrada gratuita). Está emplazada en lo que fue antaño una ermita y cementerio destinado a los enfermos de peste, consecuencia de la grave epidemia que sufrió Lisboa en 1505, introducida por un barco que llegó de Venecia, por lo que el rey Manuel I solicitó a esta ciudad una reliquia de San Roque (pues es el patrón de dichos enfermos) para que protegiera a la población y, para custodiarla, erigió la ermita en un descampado junto a la muralla; posteriormente, cuando se instaló la Compañía de Jesús en Portugal la eligieron para la construcción de su primera iglesia y casa profesa.

Cuando llegamos, iba a comenzar la misa dentro de un rato, por lo que una señora nos impidió el paso hacia el altar mayor y tampoco podíamos acceder por las naves laterales, aunque, amablemente, tras decirle yo que únicamente estaríamos un momento para echar un vistazo, nos dejó pasar, pero insistió mucho que hasta poco menos de la mitad; me señaló con su mano una especie de línea de seguridad imaginaria que no llegaba más allá de la segunda capilla, conminándome a que no se me ocurriera pasar de ahí; luego comprendí el por qué de tan arbitrario límite.

A mi y a mis acompañantes, obviamente, no se nos ocurrió poner el pie ni un centímetro más allá porque lo intenté y rápidamente se vino a decirme que no se me ocurriera, que me había dicho sólo hasta allí, por lo que recogí el pie para hermanarlo con el que me había dejado atrás y cogí de referencia un banco así que, “desde allí”, vi lo que se alcanzaba a ver. Era una pena, porque la iglesia es preciosa, amplísima, con una única nave central tipo salón, en la que se mezclan sus trazas neoclásicas con el barroco de algunas de las capillas laterales, ricamente ornamentadas con profusión de mármoles, pinturas, relicarios y diversas imágenes, según a quién estaban dedicadas. Algunas tenían también paneles de azulejos y lámparas con los embellecedores de madera que habíamos visto en Évora. Toda la iglesia estaba recorrida por una especie de segundo cuerpo donde se ubican las ventanas, repleto de cuadros y un techo que, desde mi punto de vista, resume bastante bien todo lo que se podría decir de esta iglesia, que representa perfectamente el ejemplo de las grandes obras vinculadas a la compañía jesuítica y que se pueden admirar también en otros lugares. Aunque la calidad de las imágenes deja bastante que desear, debido fundamentalmente a la iluminación del momento, las prisas, la lejanía, la potencia de la cámara y, sobre todo, el escaso virtuosismo de la fotógrafa (yo), no me resisto a dejar un ejemplo de lo poco que pudimos ver de tan magnífico interior.




Capilla de Nuestra Señora de la Doctrina


Al ser mañana de domingo, la visita al museo contiguo era también gratuita (la entrada general suele ser 2,5 euros), por lo que, en un intento de hacer tiempo mientras terminaba la misa, fuimos a verlo. Está distribuido en dos plantas y, aunque no es muy grande, tiene una muy interesante y amplia colección de piezas y ornamentos religiosos, así como relicarios, marfiles, pinturas y esculturas de los siglos XVI al XVIII que, en mi opinión, merece mucho la pena ver. Ante algunas piezas, por muy diferentes motivos y significado para mi, no me pude resistir y me las traje de recuerdo.



Menino Jesus Caminheiro (Anónimo, s. XVIII)



Saô Joâo Baptista (Taller de António Oliveira s. XVIII)



Saô Sebatiao (Anônimo)


Muchas de ellas provenían del tesoro de la capilla de San Juan Bautista, una de las joyas de la iglesia, junto con la del Santísimo Sacramento, entre otras. Estas estaban en la parte de la iglesia que no pudimos ver y yo me preguntaba si no sería por eso por lo que tuvimos vedado el adentrarnos algo más en la iglesia pues, probablemente, la señora de seguridad pensaría que hubiéramos estado más tiempo del debido admirándolas, de ahí que nos impidiera el acceso a las mismas.

Cuando salimos nos quedamos un momento viendo la fachada, sencillísima, que no tiene absolutamente nada que ver con el interior y, si no fuera porque se sabe y se lleva previsto, igual ni te da por entrar.




Iglesia de San Roque


Yo caí en la tentación, como supongo que miles de personas más, de hacerme la foto con la estatua de la plaza, que parecía ofrecer lotería o algo así.




Continuamos bajando por la rua da Misericordia, contemplando algunos de los descuidados edificios con fachadas recubiertas de azulejos, hasta Largo do Chiado y Praça de Camoês, donde, nuevamente, el tranvía parecía transportarnos a épocas pretéritas, poniendo ese toque de romanticismo que impregna toda la ciudad.






Estábamos al lado de la rua de Garret y allí teníamos una cita obligada con Pessoa, que nos esperaba a la puerta del famoso café A Brasileira; pero, cuando llegamos, el café estaba abarrotado, por lo que sólo entramos a mirar y a tomar algunas fotos. Al lado del poeta se había atrincherado un joven, con vocación periodística que esta llevando a cabo una larga entrevista-monólogo, a juzgar por la cantidad de folios que portaba, mientras otro lo grababa en vídeo, no sabemos si como parte de algún trabajo académico o simplemente como modo de recordar su estancia en el lugar, dado que su familia contemplaba la escena divertida desde una de las sombrillas, así que nos limitamos a pasar de largo.




Tras pasear un poco por la zona, viendo los escaparates de las diversas tiendas de decoración y ropa de marca, y asomándonos a algunas de las empinadas calles que, sin duda, recorreríamos en otra ocasión, nos encaminamos hacia el enclave del elevador de Santa Justa, que se encuentra ubicado junto a las ruinas de la Igreja do Carmo. Esta iglesia gótica, que fue, en su momento, la más grande de Lisboa, está desprovista de techumbre, pues se destruyó completamente durante el gran terremoto que sufrió Lisboa en 1755 y actualmente se ha transformado en el Museo Arqueológico.




Está situada en una pequeña plaza en la que existe una especie de templete con una fuente del siglo XVIII, Chafariz do Carmo, bastante artística pero muy descuidada.




En el pavimento de la plaza, una placa redondeada expresa el homenaje de la ciudad a Salgueiro Maia, que fue uno de los más importantes líderes de la famosa “Revolución de los claveles”, que acabaría con el régimen dictatorial de Salazar el 25 de abril de 1974.




Al lado de la iglesia se encuentra la Comandancia General de la Guardia Nacional Republicana, alguno de cuyos miembros la custodiaba desde una garita.




Justo en el lateral de la iglesia se abre un estrecho callejón en obras, debido a prospecciones arqueológicas, donde se encuentra una estructura metálica que lleva al elevador de Santa Justa y desde la cual se tienen unas magníficas vistas, tanto de la iglesia como de la ciudad, aunque nos limitamos a verlas desde ahí y, ni siquiera las más intrépidas de mis amigas se atrevieron a subir la pequeña escalera de caracol que conduce al café situado en la parte superior del elevador desde donde serían mejores, debido a la presencia, cada vez más fuerte del viento. Yo, por supuesto, ni me lo había planteado, es más, estaba deseando meterme ya dentro, aunque la curiosidad pudo más que mi vértigo y me animé a echar un vistazo desde la terraza a la que se abre el ascensor.




Pudimos hacer la bajada en el elevador con nuestras tarjetas Viva y, en un momento, ya estábamos al pie de las escaleras que lo separan de la rua Aurea, dispuestas para pasear por esas calles gremiales, en dirección a la Praça do Comercio.






Alguno de los letreros despertó mi curiosidad, pero como la tienda estaba cerrada no pude comprobar a qué se refería exactamente.





Decidimos ir por una calle peatonal, la rua Augusta, repleta de tiendas de corte más moderno y en la que había varios músicos callejeros y mimos y también un montón de gente, hasta desembocar en la plaza. La verdad es que, como no me gusta ver a priori las fotografías de los lugares a los que voy para no perderme la sensación de novedad, no tenía hecha ninguna idea anticipada de lo que podría ser esta plaza y, desde luego, creo que aunque hubiese visto alguna, difícilmente podría reflejar la magnitud de la misma. Cuando entramos por el magnífico arco de triunfo que le da acceso (¡qué me gustan esos arcos adosados a hileras de casas, porque me dan una expectativa de lo que no veo que me encanta!), conteniendo el equilibrio a duras penas, mientras atravesábamos los soportales, porque el viento había arreciado tremendamente y casi nos arrastraba - y ya tiene que hacer viento para que me mueva a mi -, desembocamos en una tremenda explanada, circundada por edificios de color amarillo y con una gran estatua ecuestre en el centro que parece pequeña cuando la ves en el conjunto del, para mi gusto, excesivo y descomunal espacio, pero que aprecias luego apropiadamente cuando te sitúas al lado y, sobre todo, pretendes que entréis ella y tú en alguna fotografía, sin que parezcas miembro de la tribu pigmea. No obstante, y como ocurre con bastante frecuencia, había determinados elementos que empañaban la visión, como algunas grúas y vallas, carteles y las casetas prefabricadas que se sitúan en el margen del río.








Dos cosas aparecían en mi mente de manera repetitiva, a modo de letanía: Im-pre-sio-nan-te y “Al vent, la cara al vent, el cor al vent, les mans al vent, els ulls al vent, al vent del món”, que cantara Raimon.

El cielo cada vez se estaba cubriendo más y hacía más frío, las olas eran cada vez más grandes, rompiendo contra los pequeños malecones de contención del río y los pobres corredores que habíamos dejado de ver hacía mucho tiempo, aparecían ahora exhaustos, algunos ya andando a duras penas como si no pudieran ni tirar de las zapatillas y con caras ateridas, incluso vimos a otros con grandes rozaduras en los pies, de hecho, una señora que parecía alemana iba hasta sangrando. Ante ese espectáculo una se pregunta si eso puede constituir un aliciente para alguien, en esas condiciones, la verdad.





Después de asomarnos un poco a ver el río y el puente Vasco de Gama a lo lejos, desde una distancia suficiente para que no nos lleváramos ningún chapuzón inoportuno, decidimos ir buscando ya algún sitio para comer, así que volvimos a emprender la travesía de la plaza en dirección a los soportales, pasando por el que dicen es el café más antiguo de Lisboa, el Martinho da Arcada; efectivamente, uno de los rótulos en su fachada indica que fue fundado en 1782.




Continuamos hacia la rua dos Bacalhoeiros ya que la teníamos casi al lado para ver la Casa dos Bicos y luego ya ir a almorzar. La casa de piedra es ciertamente curiosa, con un tallado muy particular, constituyendo un ejemplo del gótico tardío, aunque fue alcanzada también por el terremoto y la actual está restaurada siguiendo el original; pero, sobre todo nos alegramos de haber acabado allí, porque próxima a ella está la Loja dos Descobrimentos, una tienda-taller de cerámica, especializada en diseño artístico pintado a mano y regentada por un simpático matrimonio, donde efectuamos las compras de rigor, dada la calidad y magnífico precio de las piezas.




Como era ya cerca de las dos de la tarde y hacía un frío de muerte, optamos por no explorar mucho y nos fuimos a comer a uno de los tres restaurantes que están al final de la calle. Nos decidimos por la Churrasqueira “O Cofre”, tomando como entrante un surtido de quesos y como platos principales una lubina, un lenguado y 2 filetes de cerdo, todos con una calidad y presentación magníficas. No nos podía faltar el vino, nos tomamos dos botellas de Quinta de Aveleda y porque nos daba cosa pedir otra por no poder predecir las consecuencias, ya que bien frío es que no te das ni cuenta cuando has terminado ya la copa. De postre pedimos dos ensaladas de frutas, un Doce y un Doce Avozinha, éstas eran dos tarrinas con una especie de tarta de queso cremosa, la última con avellanas (importe del almuerzo: 65,76 euros, el pico este raro era por el pan, que pedimos doble).

Cuando estábamos empezando el segundo plato oímos que estaba cayendo agua a mansalva y los truenos se percibían con gran estruendo desde el propio comedor, pero no creímos lo que estaba lloviendo hasta que intentamos salir a fumar un cigarro. El agua corría a modo de grandes riachuelos por la calle, con espuma formada por el viento, que hacía volar con violencia los toldos y doblaba y volvía los escasos paraguas que se veían por la calle. Afortunadamente, nos dejaron consumar el vicio en la entrada techada del restaurante, pero ante esa perspectiva no nos quedaba otra que esperar en el interior calentito del restaurante. Dudando entre pedirnos una copa o un café, optamos por lo segundo, aunque algunas nos tomamos también la copa, total, había que esperar y entrar en calor…

Cuando amainó un poco el temporal, decidimos ir a ver lo que teníamos más cerca, la catedral. Intentamos coger el camino más corto, un callejón con escalones por los que vimos bajaba gente; bueno, pues la avanzadilla comprobó que daban directamente a una casa particular, así que no nos quedaba otra que remontar la cuesta.

La fachada es bastante armónica y simple, con dos torres cuadradas amuralladas prácticamente simétricas y el rosetón en el centro, encima de la portada, que me recuerda las normandas. Lo primero que hice cuando entré fue sentarme porque la lucha contra el viento, el frío, el esfuerzo para que el paraguas siguiera vivo, la subida y las escaleras de acceso me habían dejado un poco exhausta y, dada mi condición de “jartible de las piedras”, no podía disponerme en esos momentos a apreciar absolutamente nada más que el galope tendido de mi corazón y, aún así, luego durante la visita tuve que volverme a sentar y empezar a quitarme ropa de abrigo porque casi me da un “jamacuco”.
Pasados esos momentos de agobio, me puse ya en marcha. La catedral, que se llama de Santa Maria Maior, tiene forma de cruz latina y tres naves separadas por pilastras con columnas simples y capiteles poco labrados, bastante austera, si la comparamos con otras catedrales o incluso iglesias, pero a mi eso me encanta, porque así se puede apreciar mejor la belleza del trazado. Es románica, de la segunda mitad del siglo XII, aunque tiene también algunas zonas y el claustro góticos, de magníficas trazas que, afortunadamente, se han mantenido a pesar de las profundas restauraciones a la que ha sido sometida, tras el famoso terremoto y luego posteriormente en los siglos XIX y XX. No obstante, y ésta es una opinión muy personal, creo que no pudimos contemplar en su justa medida la belleza de la catedral por varias razones: En primer lugar por la mala iluminación; es cierto que el día no acompañaba, por lo que no podía esperar que entrase luz por las vidrieras, pero no me estoy refiriendo a cantidad, que una catedral debe tener la que le corresponda según su arquitectura, sino precisamente al aspecto cualitativo, pues aquí había una iluminación artificial un tanto extraña y con gran contraste entre zonas, no sé si sería por la direccionalidad de los focos y apliques, por la intensidad, el tipo de bombilla o qué, pero ofrecían una coloración rara, e incluso en aquellos lugares que, a priori, estaban resaltados con algunos puntos digamos estratégicos, como era el caso de las capillas absidales, era manifiestamente mejorable; por ejemplo, en una que tiene un Nacimiento precioso de Joaquim Machado de Castro (siglo XVIII), los reflejos y la refracción en el cristal protector hasta molestaban.















Por otro lado, es una pena el estado en que estaba el claustro, y no me refiero a las excavaciones arqueológicas que tienen todo el patio levantado desde 1990, en las que se han encontrado una serie de estructuras y restos de los siglos V y VI a.C.; no, no me refiero a eso, sino a las tremendas humedades que están cargándose la piedra; de hecho, veíamos cómo rezumaba el agua y formaba grandes charcos por las zonas que, teóricamente, están más protegidas de la intemperie, como son algunas capillas e incluso por las nervaduras de algunos arcos. Esto probablemente no sea evitable y requeriría indudablemente otros trabajos de restauración y, sobre todo, mucho dinero, pero lo que sí creo que se puede obviar es tener el deambulatorio del claustro como si fuera la galería de una mina en la que, al amparo de la oscuridad, se almacenan trastos viejos: piedras amontonadas y lápidas rotas por algunos sitios, aquí unas imágenes que, aunque algunas no tengan un notable mérito, el simple hecho de su antigüedad y curiosidad creo que justifica algún enclave y fijación más dignos, allá unas cerámicas, en fin no sigo, pero creo que era franca mi decepción al contemplar este conjunto.












La catedral también alberga algunas pinturas interesantes, como las del retablo de la capilla de San Bartolomé, la primera que se encuentra a la izquierda de la entrada o la última si se sigue el sentido de la visita, de Cristóbal de Figueiredo y García Fernández, del siglo XVI, que representan el martirio del santo y diversas escenas de la vida de la Virgen y de la Pasión de Cristo, aunque como estaba cerrada, sólo acertamos a vislumbrarlas a través de la reja.




A mi me había llamado la atención, no obstante, un lienzo situado en la nave lateral, en la antesala de la capilla del Santísimo, de la que no constaba autoría, que me resultó especialmente curioso: Jesús impartiendo la Eucaristía a los discípulos, pero no era la imagen habitual a que estamos acostumbrados en la última cena, puesto que ésta se desarrollaba en el interior de una iglesia y, viendo su figura, su disposición, el manto y, haciendo una abstracción, quitándole la escasa barba, me quedaba una imagen muy feminizada del mismo. No he podido encontrar ningún dato sobre la misma, ni siquiera aparece cuando se efectúa una búsqueda en internet, pero sigue despertando mi curiosidad; la casualidad es que otra de mis amigas hizo la misma lectura que yo del cuadro, ¡ay, ese Dan Brown, que sigue haciendo estragos!.




Cuando salimos, ya estaba oscureciendo y fuimos a esperar el tranvía 28 para que nos subiera a la parte más alta del barrio de Alfama, pues teníamos pensado dedicar la tarde de ese día al mismo y cenar por allí en alguno de los restaurantes de fado que yo llevaba anotados. Aunque habíamos desistido de la visita al castillo de San Jorge, dada la hora y como estaba el día, pretendíamos pasear por las callejuelas del barrio y entrar en lo que pudiéramos encontrar abierto. Pasó un tranvía repleto de gente que no paró, así que nos tocó esperar un buen rato al siguiente, por lo que ya se hizo totalmente de noche. Cuando llegó, también estaba bastante lleno aunque conseguimos subir, no sin ciertos apuros pues mi espalda quedaba justo contra la puerta de entrada, hasta que conseguí avanzar un poco. El vaho sobre las ventanillas hacía que no pudiéramos apreciar absolutamente nada del exterior, así que, cuando oímos al conductor decir Castelo, nos preparamos para bajar en la próxima parada, que estaba en una calle ya un poco cuesta abajo. Como no teníamos ni la más mínima idea de en qué punto nos encontrábamos, remontamos un poco la cuesta y llegamos a Largo das Portas do Sol. Nos fuimos a la explanada del mirador con la esperanza de asomarnos y apreciar las vistas, pero era totalmente imposible porque sólo se veía negrura en el horizonte. La iglesia de Santa Luzia estaba cerrada, así que intentamos encaminarnos hacia el monasterio de San Vicente a Fora o la iglesia de Santa Engracia, que veíamos iluminados a lo lejos, pero diversos motivos hicieron que no fuera así. Por un lado, la bajada era considerable, por lo que había que ir frenando un poco, dado que el pavimento estaba muy resbaladizo y yo, especialmente, tengo diversas hipótesis contrastadas científicamente: si existe la más mínima posibilidad de resbalarse, me resbalo y si hay algún defecto o agujero en la calzada o en la acera que haga que meta el pie y se tuerza, pues yo lo pillo, así que no quería tentar la suerte; además, no había ni un alma por las calles y empezó a llover con mayor intensidad, con lo que teníamos todas las claves para decidir, por unanimidad, que tendríamos que conocer el barrio en una mejor ocasión, así que nos pusimos a esperar el tranvía de vuelta.

Como era aún bastante temprano nos bajamos en Chiado y nos fuimos a ver si ya se habría acabado la entrevista a Pessoa, con lo que nos haríamos las típicas fotos, y de paso tomarnos algo en el café A Brasileira porque nos habíamos quedado con las ganas por la mañana.





El café seguía hasta los topes y había bastante gente en la puerta, pero, como habíamos comprobado que habían decrecido en intensidad, tanto el frío como la lluvia, y había una mesa libre bajos los grandes parasoles que, en este caso, protegían totalmente del agua, allá que nos sentamos. A estas alturas aún no habíamos probado la ginja, por lo que ya iba siendo hora de reparar este hecho, con lo que serían tres, pues yo seguí fiel a mi ron con coca-cola, en este caso un Capitán Morgan, porque que no me gusta demasiado el licor de guindas.




Los pedimos, junto a dos botellas de agua y dos pastelitos de manzana para acompañar, al camarero, un chico negro joven, muy risueño, que nos sirvió enseguida. A mi me puso un vaso, sin hielo, de estos largos pero algo más corto que los de tubo habituales y le dije que me pusiera el combinado cortito de ron y, menos mal, porque empezó a echar el ron, yo diciéndole ya está ya está y lo llenó hasta casi el borde, con lo que le dije: pero bueno, qué haces, ¿cómo me voy a tomar ésto?, me contesta, no hay problema, voy por un vaso; lo trae y echa más de la mitad del ron en el mismo diciendo, ahora me lo bebo yo; pensé que era una forma de hablar, pero cual no sería mi sorpresa cuando abre la botella de coca-cola, de esas de 20 cl., la añade a “su ron” y se toma un buen trago. A mí me dejó como dos dedos para el mío, con lo que tuve que pedirle otra. Esta vez me trajo otro vaso vacío y una lata del refresco y le dije: ni se te ocurra tocarla, porque aunque había bajado la cantidad de ron seguía estando demasiado fuerte para mí, así que lo repartí y me lo tomé en dos veces. Todo ésto, claro, entre risas y comentarios de lo más variopintos porque, lo cierto, es que era supersimpático; se dedicó exclusivamente a servirnos a nosotras, trajo un plato lleno de las pequeñas guindas del licor para que las probáramos, se quedó un buen rato charlando, nos dijo su nombre, que era de Mozambique y accedió a hacernos una fotografía y a posar con mi amiga para el álbum particular, que ya contaba en su haber con los de Cabo Verde.

La sentada fue de esas que duran media tarde porque estábamos muy a gusto y, si no hubiera sido porque de pronto empezó otra vez la lluvia más fuerte y, aunque se había echado el viento, seguía siendo un poco racheada, con lo que ya salpicaba, hubiéramos estado aún más tiempo, pero no era plan. Pagamos los 21,90 euros de la consumición y fuimos paseando un poco bajo la lluvia, viendo Chiado con la iluminación navideña, mientras hacíamos tiempo para la cena.










Como teníamos previsto ir a la Cervejaria Trindade, nos encaminamos hacia la rua do Nova da Trindade, donde se ubica la misma, que queda casi al lado, aunque la cervecería está bastante arriba de la cuesta. Cuando llegamos la cola era tremenda, por lo menos tendríamos 40 personas delante y había división de opiniones pues una de mis amigas decía que era absurdo esperar la cola, que parecía que estábamos en la cola del Auxilio Social y las demás pensábamos que era complicado salir a buscar otro sitio como estaba la noche, ya que había vuelto a llover con mayor intensidad y, por otro lado, iban saliendo comensales a buen ritmo y la cervecería, aunque no lo parece desde la entrada, tiene dos comedores grandísimos, así que ganó la mayoría y nos quedamos.

Tras unos 20 minutos de espera, más o menos, nos situaron en una mesa del primer salón, que tiene todas las paredes cubiertas de azulejos y en un lateral un púlpito de madera. La explicación para ello es sencilla: la cervecería se ubica en lo que fue un antiguo monasterio, que desapareció a principios del siglo XIX cuando se extinguieron las órdenes religiosas de Portugal. En 1836 lo compró un industrial gallego y construyó en él la primera factoría cervecera de Portugal. El salón donde estábamos era el antiguo refectorio y los azulejos son alegóricos, representan los cuatro elementos, las cuatro estaciones, la Industria y el Comercio. Dentro tiene otro salón inmenso, decorado con mosaicos modernos y, según creo, aún hay otro salón más; así que, como estaba llena, allí estaríamos comiendo más de 200 personas.






Con respecto a la carta, decir que merece la pena tener un buen ratito para leerla completamente por su originalidad y su cuidada presentación. Pedimos 4 cervezas Sagre y luego 4 Imperial, un tazón de caldo verde con broa de maiz a la Franciscana, tres sopas del día “A fray Hortelano” (una sopa de verduras), un buey de mar en paté, dos bacalao Espiritual y un arroz de marisco “A Fray Pillo”. De postre, nadie quiso nada, pero yo no me podía ir sin probar la Trouxa de Santa Clara, un rollito de yemas, claras y azúcar, con canela y frambuesa, que estaba “divino”. Hubo, de nuevo, opiniones contrarias respecto al estado de los platos, pues el buey parecía que era de los que venden preparados; sin duda, aunque lo preparen ellos deben hacerlo con algún tiempo, pues viene envuelto en papel de plástico, y eso se nota; el bacalao estaba demasiado seco, pero la verdad es que como llevaba patatas, salsa bechamel espesa y pan rallado en el gratinado, debíamos haberlo previsto y las que tomaron el arroz de marisco tampoco le daban una puntuación alta (La cuenta ascendió a 70,30 euros). A mí me encantó el sitio y no me disgustó lo que tomé, aunque es verdad que, de todos los lugares en los que comimos, fue posiblemente donde menos satisfechas quedamos, en general.

Yo hubiera querido ir a rematar la noche con una caipirihna, pero ya eran más de las 11,30 y pensamos que sería mejor buscar un taxi para que nos volviéramos al hotel pues al día siguiente teníamos que levantarnos temprano, porque nos esperaba Sintra.
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  Últimos comentarios al diario  DE QUEIJADAS, TRANVÍA Y FADO
Total comentarios 21  Visualizar todos los comentarios

Merche137  Merche137  10/04/2011 01:16   
Muchísimas gracias por tu valoración, cristoforo, pero ten en cuenta que se me quedaron muchas cosas para el próximo...así que no te va a quedar más remedio que completar la información por otra fuente...Seguro que lo disfrutarás pues Lisboa y Sintra son maravillosas. Saludos.

beatbcn  beatbcn  28/06/2012 12:29
Genial !!! Que diario más bien escrito, con todo máximo detalle, genial! Aquí tienes mis cinco estrellas!

Merche137  Merche137  15/07/2012 22:37   
Muchas gracias beatbcn, me alegra que te haya gustado. Saludos

Gulpiyuri  Gulpiyuri  23/02/2013 04:50   
Muchas gracias, es un bonito diario con temas muy interesantes.
Te lo estrello.
Jo, he puesto el comentario en otro sitio, es que no son horas

Merche137  Merche137  17/04/2013 23:59   
En cualquier caso, gracias Gulpi...Saludos

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macdidia
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Fecha: Jue Sep 28, 2017 09:24 pm    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Que currazo. Me quito el sombrero, esta genia. Espero tener un poco de tiempo y acabar el diario que has colgado mío. De verdad chapeau!! Y una idea fenomenal.
spainsun
spainsun
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Sep 01, 2000
Mensajes: 69048

Fecha: Jue Sep 28, 2017 09:50 pm    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Magnifica recopilación de datos. Gran trabajo. Aplauso Aplauso Aplauso Aplauso
rocmat
rocmat
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Mar 11, 2012
Mensajes: 481

Fecha: Vie Sep 29, 2017 06:40 am    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Menudo curro, gracias porque será de utilidad seguro!
Molleda
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May 23, 2009
Mensajes: 261

Fecha: Jue Oct 12, 2017 07:59 pm    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Hola a todos. Estoy pensando en mis próximas vacaciones de verano y tengo el ojo echado en Portugal. Vaya por delante q no conozco Portugal

Somos un matrimonio con una hija de 4 años. He pensado alojarnos por Cascais y desde allí visitar los lugares de mayor interés como Sintra, Lisboa, etc...

Queremos un hotel familiar, el típico cerca de la playa, con animación nocturna, media pensión. Alguna sugerencia?

He pensado en Cascais porque cercano a Lisboa parece q es lo más turístico, si alguien se le ocurre otra zona bienvenida sea.

Muchas gracias por adelantado
chamiceru
chamiceru
Moderador de Zona
Moderador de Zona
Feb 05, 2009
Mensajes: 29680

Fecha: Vie Oct 13, 2017 11:59 am    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Hola
En el Foro de Cascais tienes varios hilos con información sobre la zona Guiño
Saludos
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