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6 DÍAS DE ENERO DE 2012 POR MADEIRA -Diarios de Viajes de Portugal- Espitoni
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Diario: 6 DÍAS DE ENERO DE 2012 POR MADEIRA  -  Localización:  Portugal  Portugal
Descripción: 6 DÍAS DE ENERO DE 2012 POR MADEIRA
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Etapa: DE CAMARA DE LOBOS A CALHETA, Y LEVADA NOVA  -  Localización:  Portugal Portugal
Fecha creación: 09/02/2012 16:11  
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Por desgracia, no hay vuelos directos a Maderia desde Palma. No nos quedó más remedio que hacer escala en Lisboa. El vuelo Palma - Lisboa lo hicimos con Air Berlín (80 € por persona ida y vuelta). Salimos puntuales a las 14:50 y llegamos 15 minutos antes de la hora prevista, a las 15:20. Una hora y media de vuelo. ¡Que no cuadra! Ya lo sé. ¿Y la hora de diferencia horaria, qué?. A que ahora ya salen las cuentas.
Nada más recoger la maleta salimos a buscar el vuelo para Madeira en los paneles indicativos. Nos quedamos pasmados, teníamos que cambiar de terminal. Nuestro vuelo salía de la terminal 2. ¿Y ahora qué? La cosa tampoco fue tan grave. Unos letreros salvadores nos indicaron el camino hacia el bus que une ambas terminales. Estaba fuera de la terminal (¡claro, sólo faltaba que el bus se metiese en el edificio de la terminal!). Junto a la puerta de entrada a la zona de “salidas”. El autobús es gratuito, sale cada 10 minutos, y en 5 minutos se planta en la terminal 2, que por cierto, parece de juguete, es pequeñísima.
De Lisboa a Madeira volamos con Easyjet (66 € por persona ida y vuelta). Salimos a las 17:50 y una hora y media después ya estábamos en Madeira. Ya era noche cerrada, lo que nos privó de la primera atracción de Madeira. Su aeropuerto. Ese que está construido sobre el mar. Aterrizar en una pista como esa debe de ser todo un espectáculo. ¡Otra vez será!
Habíamos alquilado un coche con Sixt a través de Rental Car Group. 175 € por siete días de alquiler. Nos dieron un Wolgswagen Polo bastante nuevo. El hombre del rent a car, que chapurreaba español, nos explicó a su manera como llegar al parking. Un lío. Sólo entendimos que teníamos que subir con el ascensor que teníamos enfrente. Al final todo resultó muy sencillo. Simplemente nos dejamos llevar y acabamos en el parking de las agencias de alquiler.
Instalamos el GPS y ….. Mal empezamos, el cacharro no pillaba la señal. Aquello sólo fue un anticipo. Durante todo el viaje el GPS fue a su bola. Para los que uséis chismes de estos, el navegador era un TomTom, con un mapa de Iberia versión 8.65. Los cálculos de ruta fueron nefastos y en varias ocasiones pretendió que bajásemos con el coche por unas escaleras. Sin contar las veces que nos hizo dar vueltas absurdas o que se hizo un taco con la ruta a seguir y nos metió en calles sin salida. En resumen, no hace falta que busquéis un mapa muy actualizado (sobre todo si tenéis que pagarlo). Cualquier versión que tengáis os hará el mismo servicio.
Como el trasto no respondía, nos pusimos en marcha a ciegas. Aquello era una isla. Y no muy grande. Encontrar la carretera de Funchal no debería ser muy difícil. Y así fue. Casi sin darnos cuenta estábamos en la autovía en dirección a la capital. Si nosotros fuimos capaces de encontrar el camino a la primera, quiere decir que es muy, pero que muy sencillo. No os podéis ni imaginar lo torpes que somos para estas cosas. Somos capaces de perdernos con un GPS.
Por fin el GPS reaccionó. ¡Salvados! Con su ayuda resultó muy sencillo encontrar el hotel. Teníamos reservadas siete noches en el Hotel Escola. En teoría estaba en Funchal. Pero a la hora de la verdad estaba más cerca de Cámara de Lobos que de Funchal. El precio fue de 34 € por noche con desayuno incluido. Ah!, y con parking junto a la entrada. Muy cómodo.
La recepcionista, que hablaba español, fue muy simpática. Nos explicó varias cosas y nos dio las llaves de nuestra habitación, la 305. Una habitación bastante amplía limpia, con un baño grande y en perfecto estado. Y sobre todo con unas agradables vistas al mar. Muy buena relación calidad – precio. Un hotel muy recomendable.
Decidimos ir a cenar al centro de Funchal. ¡Qué originales!. Menos mal que teníamos coche. El hotel, en el centro de Funchal, lo que se dice en el centro, no estaba. En coche fueron diez minutos, pero andando hubiera sido una eternidad.
Nada más llegar al centro ya descubrimos dos de las peculiaridades de Funchal. La primera es que el parking no es que abunde precisamente. Y la segunda es que por la noche no hay mucha vida.
Dimos varias vueltas buscando un lugar donde aparcar. Pero no hubo manera de encontrarlo. Tuvimos que recurrir al plan B, ese que nunca falla. Dejar el coche en un parking de pago. No es la opción más barata, pero si la mas sencilla. Dejamos el coche en el parking de un centro comercial, “Amadia”, muy cerca del Mercado de los Labradores.
No nos complicamos mucho la vida, y nos metimos en el primer restaurante que vimos, el “Almirante”. Cenamos una espetada de carne, una espasa grillada, un bolo do caco y un agua. En total 31 euros. Raciones abundantes y bien acompañadas con su guarnición (una bandeja de patatas fritas y otra de verduras). Una cena deliciosa y a un precio razonable.
Salimos del restaurante a las diez. No quedaba nadie en la calle. Nos moríamos de ganas de dar nuestro primer paseo por Funchal. Pero ante un panorama tan desolador tuvimos que desistir.
Volvimos al hotel por la Estrada Monumental. Nos pareció la típica calle que hay en todas las poblaciones turísticas de playa. Hoteles, restaurantes y tiendas de recuerdos. Y más hoteles, más restaurantes y más tiendas. Eso sí, no se veía a casi nadie en las terrazas. Y ya no digo paseando.
A pesar de todo, la ciudad nos pareció agradable. Con una tenue iluminación de color amarillento que le daba un gran un encanto. No pudimos dar nuestro primer paseo, pero al menos tuvimos nuestro primer contacto con la ciudad.
Al día siguiente nos queríamos levantar a las 9. Si, ya sé que es un poco tarde. Pero estábamos de vacaciones. Y además, nos levantamos a la hora que nos da la gana. ¡Faltaría más!. Por desgracia cometimos un error de principiantes. No tuvimos en cuenta la diferencia horaria y programamos el despertador como si estuviéramos en España. Por eso sonó a las 9 hora española, las 8 en Portugal.
El desayuno volvió a sorprendernos. No se trataba del típico bufet. Nos hicieron sentar en la única mesa que estaba montada con los cubiertos. E inmediatamente nos sirvieron un plato con varios trozos de fruta pelada, piña, naranja, kiwi y papaya. También nos trajeron una bandeja con pan y un plato con mantequilla y mermelada. Cuando terminamos con la frutas nos trajeron un plato con fiambres y queso. Todo acompañado de zumo de naranja, café y té. Para acabar nos ofrecieron huevos, pero ya habíamos comido suficiente por lo que los rechazamos. Un desayuno peculiar y sobre todo excepcional. Además de nosotros sólo había otra mesa ocupada.
Nuestro primer día en la isla decidimos emplearlo en conocer la costa sur. Salimos en dirección a Cámara de Lobos. Utilizamos la carretera vieja; nada de via express. No teníamos prisa, y queríamos disfrutar de las bonitas panorámicas que esa carretera ofrece sobre la costa, a pesar de que ello significara avanzar más despacio.
Había leído hasta la saciedad que esas carreteras eran terribles. Muy bonitas, pero muy malas. Después de haber circulado varios días por ellas, tengo que decir que si y que no. Si, son muy bonitas. Y no, no son tan malas- El firme está en buen estado, y por lo general tienen una anchura correcta, que permite que dos coches se crucen cómodamente. Lo que no puedo negar es que están llenas de curvas, y que las pendientes son terroríficas; lo que obliga a circular muy despacio. Los desniveles son tan exagerados que hay que subirlos en segunda. Y con tanta curva tampoco se puede bajar muy deprisa. Aún así, las maravillosas vistas que se disfrutan durante todo el recorrido compensan sobradamente de las incomodidades de la carretera.
Llegamos a Cámara de Lobos en diez minutos. Justo enfrente del puerto había una zona de aparcamiento. Era zona azul, pero al ser domingo no estaba operativa. Unos eurillos que nos ahorramos.
Dimos una vuelta por el pueblo. Empezamos por el puerto. Pequeñito. Con unas cuantas barcas de colores muy vivos con predominio del azul. Y dos grupos de hombres jugando a las cartas. Bueno, jugaban cuatro, el resto los rodeaban y miraban la partida con mucho interés. Como si se tratase de las series finales del campeonato del mundo. Después recorrimos el espigón de hormigón hasta el final. Tampoco os creáis, son unos pocos metros. A la vuelta disfrutamos de la que a nuestro gusto es la imagen más bonita de Cámara de Lobos. Delante la playa con unas pocas barcas. Detrás el pueblo con las casas que van subiendo por la ladera de la montaña. Y más arriba las plataneras sembradas sobre el acantilado. Muy chulo. Subimos por unas escaleras y llegamos a una especie de paseo marítimo, desde el que se tienen unas vistas fantásticas del Cabo Girao. Creo que es el punto desde el que se disfrutan de unas mejores vistas del Cabo.
El paseo acaba en una plaza de estilo moderno que contrasta con el resto del pueblo. Justo detrás esta la Iglesia matriz. La típica iglesia que luego vimos en todos los pueblos. Fachada blanca muy sencilla con una sola torre cuadrada. En ese momento estaban celebrando una misa. No quisimos molestar, por lo que nos limitamos a echar un vistazo desde la puerta. Una cosa que nos sorprendió fue que todavía no habían retirado la decoración navideña.
Dimos una vuelta por las calles de los alrededores. Nos limitamos a lo que vendría a ser el barrio marinero, sin subir a las calles de la parte alta del pueblo. No parecían tener nada interesante. Aunque el motivo principal para no ir a verlas fueron las cuestas. Hay que echarle mucho valor para atreverse con esas cuestas.
El pueblo resultó agradable, pero no nos llegó a enamorar. Esa fue la tónica general en todos los pueblos que visitamos. Y es que todos se parecen. Una foto de una calle elegida al azar podría ser de cualquier pueblo.
De todas formas Cámara de Lobos es de los más interesantes. Quizás al ser el primero que visitamos nos dejó mejor impresión. Lo recordamos como un pueblo con un cierto ambiente marinero. Como un pueblo que se había quedado anclado en el tiempo. Sin duda lo mejor es la imagen de las casas rodeadas de plataneras escalando los acantilados.
Volvimos al coche y salimos en dirección a Cabo Girado. De nuevo por la carretera vieja. Las cuestas para subir hasta allí arriba son tremendas. En mi vida había visto una carretera con una pendiente como esa. Me daba miedo pararme. Estoy convencido de que si nos llegamos a parar, el coche se hubiera ido para atrás. Con aquella pendiente ni freno de mano ni naaaa. Subimos de un tirón sin poder pasar de segunda. En ese momento pensé. “Seis días así. Este coche no aguanta, lo reventamos seguro”. Menos mal que me equivoqué. El coche cumplió como un jabato. Pudo con todas las cuestas y no se quejó ni una sola vez.
Un poco antes de llegar arriba hay un funicular que permite bajar casi en vertical por el acantilado hasta la orilla. No dudo de que las vistas sean magníficas. ¿Pero y el mal rato que se pasa colgado allí dentro?. Estar colgado de un cable a no sé cuentos metros de altura acojona al más pintado. Y lo peor es que cuando estás abajo tienes que volver a subir, todavía te queda otro viaje. Noooooo. A mi no me pilláis. ¡Invento del demonio!.
Por si a alguno no le ha quedado claro, no nos paramos, pasamos de largo. Al poco rato llegábamos al mirador. Está indicado y además hay un parking. Ante tanta evidencia no tardamos mucho en darnos cuenta que aquel era nuestro próximo destino.
El mirador está a unos 100 metros del aparcamiento. Lo primero que se hace al llegar a un sitio como este es mirar hacia abajo. Es como un ritual que todo el mundo está obligado a cumplir. Y si no os lo creéis sólo tenéis que sentaros un rato y observar a los turistas que vayan llegando. Todos cumplirán con el ritual. Nosotros somos unos guiris de manual, así que cumplimos con nuestra obligación; asomarnos al acantilado. Y sí, es alto. En teoría el segundo más alto de Europa, 580 metros. No llevábamos el metro, pero así, a ojo, yo diría que le falta un palmo para los 580 metros.
La verdad es que la altura impresiona. Pero lo que más llama la atención es que no cae directamente sobre el mar, sino sobre una faja, algo así como una pequeña franja de tierra dividida en parcelas de forma alargada. Y más curioso todavía, las parcelas estaban sembradas. ¿Pero a quién se le ocurre ir a sembrar algo allá abajo?.
Las vistas desde el mirador a mano derecha, no resultan muy espectaculares. Hacia el lado izquierdo si que resultan más atractivas. Se ven los acantilados, y alguna faja. Destacaría dos cosas. La primera es que la costa está urbanizada más allá de lo que sería deseable. Está totalmente construida. Sólo les falta meter casas colgando en las paredes de los acantilados. La segunda es que aprovechan cualquier espacio que queda sin construir para sembrar. ¿Y que tiene eso de curioso?. Pues que algunas parcelas están trabajadas hasta el borde del precipicio. Por decirlo de otra manera, las coles se asoman al acantilado y pueden saludar a sus primas las lechugas que están sembradas en las fajas que hay abajo.
Seguimos nuestro camino. Nuestro próximo destino era Ribeira Brava. Antes habíamos subido, así que ahora tocaba bajar. El descenso fue menos pronunciado. Las vistas sobre la costa eran muy bonitas. Al menos eso me dijo me mujer. Yo iba conduciendo y con tanta curva, no podía dejar de mirar la carretera. Me estaba perdiendo el paisaje. ¡Y eso si que no!. En cuanto vi un hueco me paré. La carretera está salpicada de de unos mini aparcamientos para un coche, máximo dos, donde es posible detenerse y disfrutar de las vistas. Algo así como pequeños miradores.
Pues si, le tuve que dar la razón a mi mujer. Las vistas eran fantásticas. Los acantilados y el mar son una combinación fantástica que nunca defrauda. Para nuestro gusto sobraban unas cuantas casas. Pero que se le va a hacer, nadie es perfecto.
Seguimos bajando, y un poco antes de llegar a Ribeira Brava, vimos indicado un mirador. Volantazo y a ver que era aquello. A los pocos metros pudimos disfrutar de unas encantadoras vistas sobre un nuevo tramo de la costa, con Ribeira Brava a nuestros pies. Muy bonito.
Sin más paradas por fin conseguimos llegar a Ribeira Brava. Aparcamos junto al puerto, y nos sentamos en la terraza del Bar Londres a descansar. ¡Qué dura es la vida del turista!. Nos tomamos una coca cola y un cortado, por los que tuvimos que pagar la friolera de 1’70 €. Por lo general todo resulta más barato que en España.
Enfrente estaba la playa. De piedras negras. Empezamos el recorrido por ese lugar. Yo a eso no lo llamaría playa, pero ……… No hacía tiempo de baños, pero aunque hubiera hecho calor, no creo que nos hubiésemos bañado allí. No eran piedrecitas, sino pedruscos. Parecían de lo más incómodo.
Después dimos una vuelta por las calles de la parte baja del pueblo. Lo único interesante fue la Iglesia Matriz. Una de las más bonitas que vimos en toda la isla. Nos gustó. Tanto la fachada, un poco más trabajada que la mayoría de las que vimos; como el interior, adornado con muchas flores y detalles navideños. Hasta la plaza en la que estaba la iglesia tenía encanto. Empedrada con piedras negras y blancas. Un conjunto precioso.
En cambio el resto del pueblo no tenía nada destacable. Si no fuera por la iglesia matriz no valdría la pena parar en Riberia Brava.
Nuestro siguiente destino era Punta do Sol. Nuevamente aparcamos junto a la playa. Como en Ribeira Brava, la playa era de piedras negras. No les llegué a coger el punto a esas playas. En cambio la fachada marítima si que era muy bonita. Pequeña pero con encanto. Edificios de cuatro alturas con las fachadas pintadas de diferentes colores. Y a ambos lados, los acantilados que delimitaban el pueblo. Un conjunto muy resultón.
Y las calles que se esconden en la parte posterior también son encantadoras. Casas blancas formando un conjunto muy armonioso que invita a pasear tranquilamente por sus calles. Y detrás los acantilados que rodean el pueblo. De color negro.
Punta do Sol fue el pueblo que más nos gustó. Es pequeño, pero muy armonioso. Resulta un conjunto muy agradable con varios rincones muy pintorescos.
Ya iba siendo hora de comer. En el pueblo vimos dos restaurantes. Uno encaramado en el acantilado y otro en la playa. Elegimos el de la playa. Estaba más cerca, y además no hacía falta subir ninguna cuesta. Creo que son dos razones de mucho peso que demuestran un análisis exhaustivo del asunto.
El restaurante se llamaba “Mare Alta”. Pedimos una mariscada para dos personas, un plato de patatas hervidas, pan y un agua grande. La mariscada consistió en cuatro raciones, una de pulpo con cebolla frita, una de almejas con salsa, otra de mejillones y una última de gambas a la plancha. Nos cobraron 36 € en total. Las raciones eran abundantes y nos costó terminárnoslas. Y sobre todo, la comida estaba de muerte, buenísima. Sobre todo el pulpo, que me volvió loco. Nos dimos un atracón.
Por la tarde decidimos cambiar de registro. Ya habíamos visto varios pueblos, Y sí, estaban bien, eran agradables. Pero no nos habían dejado boquiabiertos. Teníamos que buscar algo diferente. Era el momento de intentar hacer una levada. Y mira tú por donde, teníamos una muy cerca. La Levada Nova.
Nos montamos en el coche, y a la salida del pueblo, vimos un letrero naranja que indicaba el camino a la levada. Empezamos a subir. Pasamos por delante de dos letreros más. Íbamos bien. Pero tras un rato sin ver más letreros empezamos a dudar. Nos paramos a preguntar. Efectivamente nos habíamos pasado de largo. De nuevo para abajo. Volvimos a preguntar a una mujer y nos indicó donde estaba el inicio de la levada. Preguntar a la gente resulta una buena opción en Madeira. No resulta difícil entenderse con ellos, y sobre todo son muy simpáticos. Te dan toda clase de explicaciones. Siempre con una sonrisa. Muy buena gente estos madeirenses.
La entrada a la levada estaba justo enfrente del tercer letrero naranja. La verdad es que no quedaba muy claro hacia donde señalaba. Y la entrada no se veía. Son cuatro escalones que pasan inadvertidos. Incluso cuando estábamos de pie frente a la entrada teníamos nuestras dudas de si realmente aquello era el inicio de la levada. Lo único que nos empujó a meternos por allí fue la acequia. Al final una levada no es más que un camino junto a una acequia.
Recorrimos los primeros metros rodeados de cañas hasta llegar a una escalera que se cruzaba con el camino, y que nos hizo dudar nuevamente. Tras unos metros, por fin empezó la levada de verdad. Un recorrido totalmente llano de 10 km, 5 de ida y otros tantos de vuelta. En total tardamos unas dos horas y cuarto en hacer todo el recorrido. Y en todo ese tiempo tan sólo nos cruzamos con una persona. Creo que se trata de una levada poco conocida, por lo que muy poca gente se aventura a realizarla.
Era la primera levada que recorríamos, por lo que en aquel momento no fuimos conscientes de ello, pero esta levada es muy peculiar. Prácticamente todo el camino se hace sobre el muro de hormigón de la acequia. De unos 40 cm de ancho. A un lado la montaña con la levada a los pies. Al otro lado un precipicio. El vacío. No hay ningún tipo de protección, ni una simple cuerda a la que agarrarse. La sensación de vértigo era tremenda. La levada transcurre a 400 metros de altura, así que ya os podéis imaginar el panorama. Mirar hacia abajo daba yuyu. Un resbalón y no lo contamos. La verdad es que el peligro era más una sensación que una realidad. El muro estaba en buen estado y la anchura era más que suficiente para poder andar cómodamente. Pero aún así tengo que reconocer que se me pusieron de corbata.
La levada ni sube ni baja. Pero el fondo del valle si que va cogiendo altura, de manera que cada vez está más cerca de la levada, hasta que finalmente confluyen justo al final del camino. Por eso la sensación de vértigo es cada vez menor. Incluso llegue a pensar que me había acostumbrado. Pero a la vuelta, a medida que aumentaba la altitud volvió el acojone. Pues no, no me había acostumbrado a la altura.
Las vistas sobre el valle son impresionantes. Realmente espectaculares durante todo el recorrido. Primero sobre el mar y Ponta do Sol. Después sobre el valle. Un valle cubierto de vegetación, con una corriente de agua en el fondo. Por fin estábamos viendo algo diferente. Eso si que hacía que el viaje a Madeira mereciese la pena.
Durante el camino se tiene que atravesar un túnel bastante largo. Pero como es en línea recta, al fondo se ve un punto de luz, por lo que no resulta claustrofóbico. De todas formas es necesario llevar una linterna para poder cruzarlo tranquilamente. Había algunos charcos en el suelo y sin luz seguro que acabaréis metiendo un pie en el agua. ¡Patosos, que sois unos patosos! Nosotros llevábamos dos linternas, pero una no pudimos ponerla en marcha. Menos mal que la otra no nos falló.
También hay que pasar por debajo de dos cascadas. Mejor dicho, cascaditas. Pero con el suficiente volumen de agua como para mojarse. Así que necesitaréis un nuevo complemento, un chubasquero.
El paseo no presenta ninguna dificultad. No es nada exigente. Su única dificultad radica en la sensación de vértigo que produce. No es una levada apta para personas que tengan miedo a las alturas. Ni tampoco es recomendable hacerla con niños pequeños. El riesgo de caída es real, y con niños nunca se sabe.
Todavía se me ponen los pelos de punta al recordarlo. Es un paseo realmente precioso, y las vistas son de las mejores que se pueden disfrutar en Madeira. Y todo eso aderezado con un subidón de adrenalina motivado por la altura.
A una altura más baja, discurre la Levada do Muinho. El recorrido es el mismo, y acaba casi en el mismo punto que la Levada Nova. Lo ideal es ir por una y volver por la otra. Pero en ese momento no lo sabíamos, por lo que el camino de vuelta lo hicimos de nuevo por la Levada Nova.
Un último apunte sobre la levada. Estaba en obras. Al ser domingo no había nadie trabajando, pero había montones de grava y de arena que no dejaban lugar a dudas. Y sobre todo dos letreros, uno al principio y otro al final que así lo atestiguaban. Es probable que entre semana, mientras se desarrollen los trabajos de reparación de la levada no se pueda pasear por allí. Me parece una medida lógica. Tener que saltar por encima de las obreros con un precipicio a un lado no creo que sea lo más recomendable.
Todavía nos quedaba tiempo para alguna visita más. Pues nada, a por el próximo pueblo, Madalena do Mar. De nuevo buscamos la carretera vieja. Este tramo me encantó. No tanto por las vistas como por la carretera propiamente dicha. Atravesamos dos túneles excavados en la roca. Y entre los dos túneles una enorme cascada caía sobre la carretera. Al atravesarla el agua golpeó el coche con fuerza, como si nos estuvieran tirando cubos de agua desde mucha altura. Fue algo muy sorprendente. No nos esperábamos una cascada en medio de la carretera. Tal vez por eso nos quedamos prendados de ese lugar.
En Madalena do Mar no nos detuvimos mucho tiempo. Nuevamente una playa de piedras negras. La diferencia con las anteriores era la fuerza con la que el agua rompía en la orilla. No sé si siempre es así. Pero meterse en esa playa con esas olas es algo parecido a un suicidio.
El pueblo no tenía nada intersantel. Ni tan siquiera la iglesia, que resultaba bastante sosa. Por buscarle algo destacable, las plataneras. Hay muchísimas plataneras, tanto por en medio del pueblo, como por las laderas de las montañas que rodean el pueblo.
Volvimos a coger la carretera vieja y nos dirigimos a Calheta. Pero un poco antes de llegar, la carretera estaba cortada. No nos quedó más remedio que dar media vuelta y buscar la via express.
No nos paramos en el pueblo. Nos dirigimos directamente al paseo marítimo. Quedaba poco tiempo de luz y no queríamos perdernos la principal atracción de ese pueblo, las dos playas de arena tostada. Pequeñas, muy pequeñas. Resguardadas detrás de un espigón horrible formado por enormes piezas de hormigón. Para ser justos hay que reconocer que las playas no tienen el menor interés. Son peculiares porque en Madeira apenas hay playas de este tipo. Pero no por eso son bonitas. Hemos visto playas mucho más bonitas que las de Calheta. Pero es lo que tienen las guías de viaje, que a veces nos llevan a ver cosas que no tienen mayor interés. Por lo menos disfrutamos de una bonita puesta sol. El cielo se tiñó de unos precisos colores anaranjados y amarillentos. Ya teníamos algo que justificaba el haber ido hasta Calheta.
Ya eran casi las siete. Se había hecho de noche. Era hora de volver al hotel. Por la noche no tiene sentido utilizar la carretera vieja. Con la oscuridad no se puede disfrutar de las vistas, y la pare negativa, las curvas, siguen ahí. Así que mejor no arriesgarse a tener un accidente. Tomamos la vía express y en menos de media hora estábamos en el hotel.
Esa noche renunciamos a la cena. Todavía estábamos llenos de la comilona que nos habíamos pegado al mediodía.
En cuanto a la temperatura fue muy agradable todo el día. Rondando los 18º. Incluso por la noche. De día lució el sol, lo que acrecentaba la sensación de calor. Con un jersei fino era más que suficiente. Por la noche, a pesar de que la temperatura era la misma refrescaba un poco, y una chaqueta fina no venía nada mal.
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Ver Etapa: DE CAMARA DE LOBOS A CALHETA, Y LEVADA NOVA



Etapa: DE SAO VICENTE A SANTANA, Y LEVADA DEL CAMINO DE LA COSTA DE SAO JORGE  -  Localización:  Portugal Portugal
Fecha creación: 09/02/2012 16:40  
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Esta vez el despertador si que sonó a las 9. Bajamos a desayunar sin prisas. Se repitió toda la ceremonia del día anterior. Sólo dos diferencias. Estábamos solos, no había ninguna otra mesa desayunando. Y esta vez dijimos que si a los huevos. Unos huevos fritos con bacon exquisitos. Recién hechos. Y fritos de verdad, nada de plancha. Con un poquito de sal por encima. Mmmmmmmm.
Nuestro plan para esa mañana era hacer la Levada das 25 Fontes. La más conocida y la más visitada por los turistas. Todo un clásico.
El día anterior ya nos había quedado claro que el GPS no estaba en su mejor momento. A pesar de ello nos encomendamos a su criterio. Pero esta vez no seguimos la carretera vieja. Optamos por la vía Express, ya que la intención era llegar cuanto antes al inicio de la levada. A la altura de Madalena de Mar, la amable señorita del GPS nos indicó que abandonásemos la vía Express y nos adentráramos en el tortuoso mundo de las carreteras secundarias. Por lo menos esta vez había una carretera por la que meterse. El día anterior en varias ocasiones nos había señalizados cruces inexistentes y en otras pretendía que realizamos un descenso por una escalera. Nuestro nivel de conducción no da para tanto, así que ignoramos esas instrucciones.
Pero esta vez si que había carretera. Empezamos a ascender por una carretera estrecha y retorcida. Curva a la derecha, curva a la izquierda. A la derecha, a la izquierda. Así kilómetros y kilómetros. No sé que distancia habíamos recorrido ni cuanto tiempo llevábamos en esa carretera, pero de repente desaparecieron las casas y nos encontramos en medio de un bosque de eucaliptos. Árboles enormes, con unos troncos muy gruesos. Un paseo muy agradable. Pero se prolongaba demasiado, y por la carretera no había nadie. Empezamos a dudar de que realmente estuviésemos en la dirección correcta. Nuestra salvación se presentó en forma de trabajadores forestales. Les dijimos que queríamos llegar a Paul do Serra, y muy amablemente nos indicaron que íbamos bien, que en unos cinco kilómetros llegaríamos a nuestro destino.
Creo que fueron algo más de cinco kilómetros, pero por fin se acabaron las rampas infernales y entramos en un llano. Al menos eso parecía, porque la carretera ya no ascendía. La niebla ya hacía un buen rato que se había apoderado del paisaje. No se veía nada, íbamos casi a ciegas. Lloviznaba a ratos. Hacía un tiempo terrible.
Sin ninguna duda habíamos llegado a Paul de Serra. Lo poco que veíamos era desolador. Un terreno árido, casi desolado, donde sólo crecían matas. Sorpresivamente se nos aparecía un enorme molino de viento que estaba oculto tras la niebla, para desparecer a los pocos segundos. La carretera estaba mojaba y patinaba una barbaridad. Y el viento soplaba con fuerza. Tuvimos que circular a paso de tortuga para no salirnos de la calzada
Llegamos a un cruce, y por fin pudimos orientarnos. Estábamos a un par de kilómetros de Rabaçal, nuestro destino. No tardamos en llegar. Bajamos del coche y casi nos quedamos helados en el sitio. No bastaban la lluvia y la niebla. Hacía un frío del carajo. En Fuchal, una hora antes el termómetro marcaba 17’5º. En Rabaçal no pasaba de los 5º. Y con el tiempo tan desapacible que hacía parecían menos todavía.
Eso fue suficiente para convencernos de que no era un buen día para hacer la excursión. Nos íbamos a helar de frío, nos íbamos a empapar, y total para nada. Con aquella niebla no íbamos a poder ver nada. Mejor dejarlo para otro día.
Salimos en dirección Sao Vicente. Volvimos a atravesar Paul do Serra. Si ya de por si es un lugar bastante desolado, con aquel tiempo todavía lo parecía más.
Empezamos a bajar y al poco rato la niebla empezó a desaparecer. Mejor dicho, se quedó sobre nuestras cabezas. Por lo menos podíamos volver a disfrutar el paisaje. Llegamos a la Encumeada. Como habíamos recuperado la visibilidad decidimos parar para disfrutar de las vistas. Lo que no habíamos recuperado era la temperatura. Seguía haciendo un frío tremendo. Eso sí, las vistas impresionantes. Tanto a un lado de la carretera como al otro. Y eso que sólo veíamos el valle, ya que los picos de las montañas estaban cubiertos por las nubes. Nos gustó tanto el paisaje que hasta nos olvidamos del mal tiempo que hacía.
Tras un descenso vertiginoso llegamos a Sao Vicente. Casi de inmediato nos topamos con los letreros que indicaban el Centro de Vulcanismo. No teníamos nada mejor que hacer, por lo que nos paramos. La entrada cuesta 8 € por persona. Y la temperatura había vuelto a subir hasta los 16º.
La visita se divide en dos partes. Primero nos hicieron entrar en un pequeño museo, en el que había un par de maquetas y varios paneles explicativos sobre la actividad volcánica y el origen de Maderia. A continuación nos hicieron pasar a una sala en la que proyectaron un documental sobre la formación de Madeira. Lo emitieron en portugués con subtítulos en ingles. Entre lo que leímos y lo que pillamos de las explicaciones nos enteramos de un par de cosas. Pero como siempre pasa con estas cosas a los dos días ya no nos acordábamos de casi nada. Al terminar pasamos a una nueva sala donde proyectaron una nueva película de temática similar a la anterior, pero esta vez en 3-D.
Cuando termino la parte informativa, pasamos a la práctica. La visita de los túneles volcánicos. La visita que se realiza a pie permite ver hasta 7 tubos volcánicos. Se sube por uno de los tubos. Después se atraviesan los otros a través de un pasillo artificial. Y finalmente se vuelve al punto de partida a través de otro de los tubos. Son unas cuevas diferentes. Nada de estalactitas ni estalagmitas. Sólo la roca, con diferentes colores, negros, grises, marrones. Y pequeños helechos que han ido naciendo al amparo de la luz artificial que ilumina los túneles. En el último túnel, el más grande, también había una pequeña corriente de agua.
Lo que nos interesaba a nosotros era la segunda parte. Y no nos decepcionó. No es que los túneles sean bonitos. Distan mucho de serlo. Pero son diferentes, y en eso radica su encanto. Resultó una visita muy interesante, sobre todo la segunda parte. Entre una cosa y otra estuvimos algo más de una hora.
A la salida nos dirigimos al centro del pueblo. Era hora de comer. Nos paramos en el primer restaurante que vimos, el “Ferro Velho”. Pedimos una bola de caco, unos mejillones gratinados, una tosta de atún, un plato de espada con banana y dos aguas. En total 26 €. Todo muy bueno y raciones abundantes.
Después de comer aprovechamos para dar una vuelta por el centro del pueblo. Resultó muy similar a los que habíamos visto el día anterior. Una pequeña iglesia blanca con su torre cuadrada y varias calles de casas también blancas. Agradable pero sin pasarse.
La lluvia no tardó en volver a hacer acto de presencia. Una lluvia ligera pero lo suficientemente molesta como para hacernos volver al coche. Nos dirigimos a Ponta Delgada. Otro pequeño pueblo rodeado de acantilados. Su mayor encanto radica en que la iglesia y el cementerio están junto al mar. Y a unos pocos metros las piscinas. Menudo contraste. A parte de eso poco cosa más. Un pueblo más.
A poca distancia se encuentra Boa Ventura. Un pueblo pequeño sin mucho interés. A las afueras había un mirador y decidimos hacer una parada. Las vistas eran preciosas. Un largo tramo de costa que nos dejó embrujados. Pero al darnos la vuelta para volver al coche nos quedamos nuevamente sorprendidos. La imagen del pueblo al fondo subiendo la montaña resultaba mucho tan interesante como las vistas del mirador. Curioso.
Pasamos por el pueblo, pero decidimos no parar. En esos dos días ya habíamos visto bastantes pueblos, y todos eran parecidos. Y este no parecía tener nada diferente. También pasamos por Arco de San Jorge. Y tampoco paramos.
Nuestro destino era Sao Jorge. Pero como no nos habíamos parado en los pueblos que habíamos encontrado por el camino nos sobraba algo de tiempo. Y lo empleamos en hacer un par de paradas para disfrutar de la costa, de los acantilados, del mar golpeando contra las rocas. La verdad es que la costa norte resulta más atractiva que la costa sur. Está mucho menos edificada. Resulta mucho más natural. Tiene un punto salvaje que le falta a la parte sur de la isla. Por cierto, para pararse no hay que buscar un lugar preparado para ello. Basta elegir un punto cualquiera de la carretera desde donde se disponga de vistas sobre la costa, y aparcar. Allí todo el mundo aparcar donde le viene en gana. No hay que preocuparse mucho por eso.
Una vez en Sao Jorge, seguimos los letreros que indicaban el inicio de una levada. Nos condujeron a un aparcamiento desde el que se disfrutaba de unas buenas vistas sobre la costa. Y allí estaba el camino. El inicio era una bajada muy pronunciada que conducía hasta el nivel del mar. Bajar no daba miedo, pero a la vuelta habría que subir la cuesta, y eso ya no hacía tanta gracia. Dudábamos que hacer, si bajar o dejarlo pasar, cuando de repente la lluvia volvió a hacer acto de presencia. Parecía que nos perseguía, que estaba empeñada en no dejarnos ver nada. Y lo hacía bien. De momento sirvió para sacarnos de dudas y convencernos de que no era un buen momento para hacer esa levada.
Sin salir del pueblo, nos dirigimos al faro. Aquello resultó un pequeño fracaso. El faro estaba cerrado, no se podía visitar. Y estaba en medio de las casas. Nada de vistas sobre los acantilados.
Abandonamos Sao Jorge con la sensación de haber perdido el tiempo. Dos intentos de visitar algo. Dos fracasos.
Todavía nos quedaba un as en la manga. Entre Sao Jorge y Santana hay otra levada. El Camino de la Costa de Sao Jorge. Para llegar sólo hay que coger un desvio que hay a mano izquierda un poco antes de llegar a Santa. Está indicado con un letrero amarillo que pone “piscina”. Al final del camino hay unas piscinas junto a las que se puede aparcar el coche. Por cierto las piscinas estaban cerradas. Es más, estaban vacías. Confirmado, enero es temporada baja en Madeira.
La levada que queríamos hacer empezaba junto al aparcamiento. Lo teníamos claro, llegar, aparcar y hacer la levada. Pero la cosa no resultó tan sencilla. Del aparcamiento salían dos caminos, uno a la derecha y otro a la izquierda. ¿…..? No sabíamos cual teníamos que escoger. Teniendo en cuenta nuestros antecedentes, eligiésemos el que eligiésemos seguro que la pifiábamos. Y así fue. Elegimos el de la derecha, y empezamos a subir. Menuda cuestecita. Ahí me gustaría ver a Edurne Pasaban, y no en la tontería esa del Himalaya. A media subida ya estábamos reventados. Nos habíamos equivocado seguro. Por las referencias que teníamos en la levada no había ninguna subida tan dura. Media vuelta y de nuevo al aparcamiento.
Probamos el camino de la izquierda. Era mucho más suave. Ligeramente en subida. Casi ni se notaba. Ese era el camino correcto. Estaba seguro, un sexto sentido me lo decía. Ah, y un letrero junto al camino. No entendí muy bien lo de poner el letrero una vez empezada la levada. A mi me parece más razonable ponerlo en la entrada del camino. Pero si allí lo hacen así, por algo será. Y no la van a cambiar porque un guiri no alcance a entender las evidentes ventajas de tan peculiar ubicación.
Se trata de un paseo bastante corto, unos 3 km entre ida y vuelta. En tiempo unos 45 minutos. Al principio el camino sube para después ir descendiendo. Pero lo hace suavemente. Por eso el recorrido se hace sin apenas esfuerzo. Resulta muy sencillo.
El paseo empieza a nivel del mar y poco a poco va cogiendo altura. De esta manera casi todo el camino discurre a unos 50 metros de altura. No es una levada propiamente dicha, ya que falta la acequia. Pero el concepto es el mismo, un agradable paseo desde el que se disfruta de unas vistas espectaculares. En este caso sobre la costa.
El camino está protegido a un lado por la pared. En cambio en el otro lado no hay nada, no hay ningún tipo de protección. De todas formas el camino es lo suficientemente ancho para que dos personas puedan caminar juntas. Salvo que uno se acerque demasiado al filo del acantilado no genera sensación de vértigo.
La levada es corta, pero no por eso pierde espectacularidad. Las vistas sobre los acantilados son fantásticas. Una combinación de colores. Los marrones de la tierra. Los grises de la roca. El verde de las plantas que crecen en las paredes de los acantilados. El azul intenso del mar. El blanco de la espuma que se forma al golpear las olas contra la pared. Una variedad cromática de gran atractivo. Y si eso no parece suficiente, el cuadro se completa con el estruendo del agua al romper contra las rocas. Un ruido intenso que acompaña perfectamente al paisaje. Sencillamente encantador.
En esta levada no hay túneles. Si que hay un par de caídas de agua sobre la levada. Pero como el camino es ancho resulta sencillo sortearlas sin mojarse demasiado. No hace falta un equipamiento especial para hacer la levada.
Por fin el tiempo nos dio un respiró. Llevábamos todo el día huyendo de la lluvia. En cuanto parábamos en algún lugar no tardaba en aparecer. Pero en la levada no nos molestó. No cayó ni una gota. Incluso la temperatura nos acompañó. Al bajar a nivel de mar, había subido a 16º. No es que hiciera calor, pero con una chaqueta fuimos la mar de a gusto. Lo único que desentonó fue el viento, que sopló con fuerza. De los males, el menor.
Al terminar la levada nos dirigimos a Santana. Justo en la entrada estaba el Parque Temático de Madeira. Nos acercamos hasta la entrada, pero estaba cerrado. ¡Pues nos vamos, tú te lo pierdes! Subimos al centro del pueblo y aparcamos, junto al ayuntamiento. Al lado estaban los famosos palheiros. Seis en total, cinco a un lado y uno solo al otro lado. Empezamos por el grupo de cinco palheiros. Cinco casas perfectamente restauradas. Tan perfectamente que parecían de pega. No resultaban naturales. Y encima, sólo una parecía una vivienda de verdad. Tres eran tiendas y la otra la oficina de información turística. Todas estaban rodeadas de unos jardincitos muy coquetos y arreglados.
Las casas son curiosas. Tienen la fachada blanca, con la parte inferior de color rojo y una línea de color azul enmarcando la puerta y las ventanas. Sólo una, la que parecía una casa estaba cerrada, había sustituido el color rojo por un azul claro. La casa que estaba al otro lado, seguía el modelo clásico con la base pintada de color rojo. También era una tienda.
Lo que todas tenían en común era la techumbre. De paja a dos vertientes. Con una inclinación muy pronunciada, que hacía que casi llegase al suelo.
En conjunto todo resultaba muy artificial. Parecía que lo habían preparado específicamente para los turistas. Bonito sí, pero ….. Nos dejó fríos. Y no tuvo nada que ver con que volviera llover e hiciera viento.
El pueblo parecía más grande que los que habíamos visitado en esos dos días. Por eso; pero sobre todo por el mal tiempo que hacía, decidimos dar una vuelta por el pueblo montados en el coche. Bueno, la verdad es que el motivo real es que somos un poco vagos. Y para que caminar si uno pueda moverse cómodamente en coche. Vimos un par de palheiros más. No tan artificiales como los del centro. Pero eran casas aisladas, muy distantes entre sí. Y rodeadas de viviendas normales, lo que les restaba cualquier encanto que pudieran llegar a tener.
Con esta visita dimos por terminada la jornada cultural. Quedaba poco tiempo de luz, no nos daba tiempo de nada mas. Pusimos rumbo Funchal. Pero no fuimos por el camino más corto, por la carretera que atraviesa la isla. Fuimos bordeando la costa por la vía express. Creo que resultó un gran acierto, porque aunque la distancia sea bastante mayor se necesita menos tiempo. Y sobre todo se conduce más tranquilo y se evitan sobresaltos. Curvas, pendientes pronunciadas y la oscuridad de la noche no son una buena combinación.
A medida que nos acercábamos a Funchal, el tiempo mejoraba. Dejó de llover, el viento se calmó, y aunque la temperatura era similar, hasta parecía que hacía más calor.
Todavía era pronto para ir al hotel. Aproveché para darle una alegría a mi mujer y busqué un centro comercial. Así la compensaba un poco por tenerla todo el día en danza de un lado para otro. La cultura y la naturaleza están muy bien, pero unas compras tampoco vienen mal de vez en cuando. El elegido fue el Forum Madeira. No es muy grande y la mayoría de las tiendas que había eran las mismas que se pueden encontrar en un centro comercial de cualquier ciudad española. Aunque eso no sé si es una ventaja o un inconveniente.
Cenamos en el mismo centro comercial, en el restaurante “Prato, Prego y Compañía”. Un bistec de ternera con queso, un sándwich de queso y dos aguas. Nos cobraron 14 €. La cena fue muy barata, pero no fue nada del otro mundo. Las raciones fueron abundantes, pero no nos entusiasmo. Una de nuestras peores comidas en la isla.
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Ver Etapa: DE SAO VICENTE A SANTANA, Y LEVADA DEL CAMINO DE LA COSTA DE SAO JORGE



Etapa: DE CURRAL DAS FREIRAS A PORTO DA CRUZ, Y LEVADA DE LA PENINSULA DE SAO LOURENÇO  -  Localización:  Portugal Portugal
Fecha creación: 09/02/2012 17:27  
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Siguiendo nuestra costumbre nos levantamos a las 9. Bajamos a desayunar nuestro plato de fruta, la ración de fiambres y ese huevo frito con bacon que quitaba el hipo.
Antes de salir preguntamos en recepción si sabían como estaba el tiempo por la zona de Rabaçal. Nos dijeron que la predicción del tiempo era la misma que el día anterior. Ante esa perspectiva, volvimos a renunciar a hacer la Levada das 25 Fontes ese día. ¡Otra vez a improvisar!.
Decidimos salir hacia la zona este de la isla. Para ello teníamos que atravesar Funchal. En esas vimos un letrero que indicaba la carretera hacia Curral das Freiras. Y puestos a improvisar, ¿por qué no nos acercamos?
Nos pareció un buen momento para visitar ese lugar. Cogimos el desvío y hacia Eira do Serrado. Empezamos a subir, y a subir. Primero por los barrios altos de Funchal. Después por la montaña. Cuanto más subíamos mayor era la pendiente. Y cuanto mayor era la pendiente más estrecha era la carretera. No sé que ingeniero de caminos diseñó esta carretera, pero tendrían que haberle obligado a subir caminando hasta el mirador. Se le hubieran quitado las ganas de volver a hacer algo parecido.
Fue la primera ocasión en la que nos cruzamos con autocares de turistas. Y con lo estrecha que era la carretera, gracia no nos hizo. Pero nos apañamos.
Subiendo hicimos un par de paradas para disfrutar de las vistas. Preciosas. Y eso que todavía no habíamos llegado a arriba. Si el mirador de Eira do Serrado estaba a la altura de lo que anunciaba la subida, habría valido la pena acercarse hasta allí.
Tras un par de apuros motivados por la combinación de autocares, carretera estrecha, y guiri al volante (yo), conseguimos llegar de una pieza al Parador. Dormir en ese sitio debe de ser toda una experiencia. Pero tengo mis dudas que compense la tortura que puede suponer subir hasta allí de noche después de todo un día dando vueltas por la isla.
Lo estrecha que era la carretera lo compensaban con un parking la mar de amplio. Como si fuera un premio por haber superado la subida. Tampoco es que fuese el parking de larga de distancia de Barajas. Pero para estar en la cima de una montaña no estaba mal.
El mirador está a unos 200 ó 300 metros. Solo hay que seguir un camino empedrado que sale de detrás del Parador. Y sí, su fama está totalmente justificada. Las vistas sobre el Curral das Freiras y sobre el resto del valle son increíbles. De las mejores que se pueden disfrutar en Madeira. ¡Guauuuuuuu!. Y por si el paisaje no era suficientemente espectacular, un precioso Arco Iris nacía desde el fondo del valle. Creo que nunca me olvidaré de esa imagen, fue un momento mágico.
Nos costó abandonar ese lugar. Tenía un magnetismo especial que nos atrapó. Pero no podíamos quedarnos allí eternamente, por lo que con todo el dolor de nuestro corazón volvimos al parking.
En los escasos 300 metros que nos separaban del coche nos cruzamos con dos grupos bastantes grandes. Parecían cruceristas. Eira do Serrado es la zona con mayor densidad de población de toda la isla. Y no lo es por la cantidad de gente que pueda vivir allí, sino por todos los turistas que lo visitan. Todas las excursiones organizadas paran allí.
La carretera para bajar a Curral das Freiras estaba unos metros más abajo. Pero estaba cerrada al tráfico. No nos quedó más remedió que bajar hasta el pie del puerto y pasar por el túnel. Lo de la bajada no tiene nombre. Una salvajada. ¡Vaya desnivel!. Subimos en segunda porque sino el coche no tenía fuerza. Y bajamos en segunda porque sino el coche se lanzaba y no había quien lo parase.
Una vez abajo, atravesamos el túnel, y a la salida ya estábamos en Curral das Freiras. Aparcamos en el primer sitio que vimos y dimos una pequeña vuelta caminando. El pueblo en sí no tiene nada que ver. Lo único interesante es ver el valle desde la parte de abajo. No está mal, pero resulta mucho más bonito desde Eira do Serrado.
Por todo el pueblo había letreros que indicaban como llegar al monasterio. Pero ponía un nombre muy raro y no lo entendí. Y mira que lo pensé. ¿Qué debe ser eso que anuncian tanto? Tuvo que ser mi mujer la que me abrió los ojos. Pero ya era tarde, ya estábamos más allá del túnel. En ese momento me vinieron unas ganas locas de visitar el monasterio. ¡Qué se le va hacer! Otra vez será.
Pusimos rumbo a Santa Cruz. Aparcamos a la entrada del pueblo. Fuimos caminando hasta el centro. Lo que más nos llamó la atención fue la gran cantidad de flores que había. Le concedimos el premio al pueblo más florido de la isla. Primero pasamos por delante del ayuntamiento. Diferente y señorial. Y justo al lado, una especie de torrente sin agua. El cauce estaba cubierto de flores naranjas.
Seguimos caminando hasta la plaza de la iglesia. Pequeña, blanca y con una solo torre cuadrada. Esto ya empieza a repetirse mucho. Pero no es culpa mía, es que todas las iglesias eran iguales. Volvimos por la orilla de la playa. De piedras negras, como no podía ser de otra manera. Pero esta era más larga que las que habíamos visto hasta ese momento. Pasamos por delante del mercado pero no entramos. No había nadie. Al final de la playa se veían las columnas que soportan el aeropuerto. Aunque eso es más anecdótico que otra cosa. La carretera pasa por debajo de la pista del aeropuerto. La perspectiva es mucho mejor que desde el pueblo.
Durante el paseo atravesamos varias plazas muy bonitas. Todas con unos jardines preciosos y con muchas flores. De muchos colores. Esto le da un toque diferente al pueblo y lo convierte en uno de los más bonitos e interesantes de la isla. Sin duda lo pondríamos en uno de los primeros puestos en el ranking de pueblos de Madeira.
Durante el trayecto hasta Santa Cruz había estado lloviendo ligeramente. Un poco antes de llegar al pueblo se paró. No salió el sol, pero al menos no nos mojamos. Por cierto para llegar hasta Santa Cruz fuimos por la vía express. Sé que me he cansado de recomendar lo contrario. Que hay que utilizar las carreteras viejas. Pero no fuimos capaces de encontrarla. Ni con el GPS. ¡No se admiten comentarios al respecto!.
Salimos en dirección a Machico. Esta vez si que encontramos la carretera vieja. Un poco antes de llegar a Machico vimos un mirador. Tuvimos que pararnos. Creo que es obligatorio. Si pasas por delante de un mirador y no te paras pueden multarte. Y no estamos para gastos inútiles. Desde allí se disfrutaban de unas vistas fantásticas sobre Machico y su bahía. Y al fondo la Punta de San Lorenzo.
Era pronto para comer, pero el sitio nos pareció muy bonito y decidimos disfrutar del paisaje. Nos sentamos allí mismo, sacamos nuestras reservas alimenticias y dimos cuenta de ellas. La comida no era gran cosa. En realidad era bastante pobre. Pero las bonitas vistas que teníamos delante nos compensaban. Demasiado bonito para ser verdad. Aquello no podía durar demasiado. Y así fue. No tardó mucho en empezar a llover de nuevo. Nos refugiamos en el coche y terminamos de comer. ¡Qué remedio!.
Bajamos a Machico y aparcamos muy cerca del centro. Lo primero que hicimos fue buscar una pastelería. Nos sentamos y tomamos un cortado y un pastel de hojaldre con crema. El pastel fue flojillo. Por lo menos nos salió barato. Nos cobraron 1’20 €.
A continuación salimos a dar una vuelta por el pueblo. Pasamos junto a la iglesia matriz. Es que todas son iguales. Y no sólo por fuera, también por dentro. Una sola nave con capillas laterales, y artesonado de madera. En todas, el altar mayor estaba decorado con motivos navideños. Son cucas.
Recorrimos el centro. No vimos nada interesante. Es un pueblo sin demasiado interés. Ni tan siquiera cuenta con una bonita ubicación. No hay acantilados que caigan a plomo sobre el pueblo. Lo único, una pequeña playa de arena tostada. Artificial evidentemente.
Había dejado de llover nuevamente. Pero el cielo seguía estando cubierto. Negro plomizo. Parecía que estaba esperando nuestra decisión para ponerse a llover si no le resultaba satisfactoria. Desde Machico se puede hacer la Levada del Espigao Amarelo. Era una de las que tenía marcadas en nuestro libro de ruta. Pero con aquellos nubarrones a punto de desplomarse sobre nuestras cabezas nos pareció muy arriesgado. Hasta ese momento el tiempo nos había avisado casi de inmediato cuando nuestro destino no le gustaba. Pero y si ahora estaba despistado y reaccionaba tarde. Tenía narices de ponerse a llover a media levada. Mejor no tentar a la suerte.
Otra vez a improvisar. Al fondo, por donde debía estar la Península de Sao Lourenço parecía que lucía el sol. No nos costó mucho tomar la decisión. Salimos hacia allí a toda prisa. Y acertamos plenamente. Un poco antes de llegar a Caniçal el sol volvía a hacernos compañía. Pasamos rápidamente por el pueblo sin pararnos. A esas alturas ya teníamos claro que lo interesante de verdad eran las levadas, y que si nos perdíamos algún pueblo tampoco pasaba nada. Desde Caniçal una carretera lleva directamente al inicio de la levada, pasando por delante del puerto comercial y de una planta de placas solares. No sé cual de las dos cosas resultaba más horrorosa.
Al final de la carretera había numerosas plazas de aparcamiento. Menos mal, porque sino, con la cantidad de coches que había allí, hubiéramos tenido que volver a aparcar a Caniçal.
Desde el parking, un letrero señala el inicio del camino. Nada más empezar a caminar ya notamos que aquella era una levada diferente a las dos que ya habíamos hecho. El camino estaba bien trazado, con protecciones laterales en todos los puntos que pudieran presentar la más pequeña dificultad o el más ligero peligro. Y sobre todo, había gente. Tanto en la Levada Nova como en la Levada del Camino de la Costa de Sao Jorge no nos habíamos cruzado con nadie, estuvimos solos durante todo el recorrido. En cambio en esta levada se notaba que no iba a ser así. Tampoco había que ser muy listos para llegar a esta conclusión. Bastaba ver el número de coches que había aparcados fuera.
La levada es un recorrido de 9 km en total, 4’5 de ida y otros tantos de vuelta. Tardamos tres horas y cuarto en hacer todo el recorrido. Paradas en los miradores incluidas. El camino de ida lo hicimos acompañados del sol. Para volver cambiamos el sol por unos feos nubarrones negros. El que no nos abandonó durante todo el camino fue el viento. Como el típico amigo pesado que se te pega aunque no lo hayas invitado a venir contigo, y que no sabes que tienes que hacer para quitártelo de encima.
Desde un principio empezamos a subir y a bajar. Tramos no demasiado largos, pero bastante duros. Es un rompepiernas continuo. Subes, bajas, subes, bajas, y así todo el camino. Sin ninguna duda la levada más dura de las seis que hicimos.
La levada recorre un paraje descarnado, pelado, sin apenas vegetación. ¡No me extraña, con ese viento!. Piedras, rocas. Un paisaje muy duro. Y por eso nos sorprendió mucho. Hasta ese momento habíamos visto una isla verde, exuberante. Con agua por todas partes y plantas cubriéndolo todo. Sin embargo la Península de Sao Lourenço es todo lo contrario. Una especie de desierto rodeado de mar, rodeado de agua salada. Apenas crecen algunas matas. No hay agua, excepto la del mar. Y el color verde brilla por su ausencia. Todo es marrón, o como mucho gris. Pero aun así tiene un gran encanto. Su dureza, su contraste con el resto de la isla, la hacen un lugar diferente y muy interesante. Resulta un lugar muy llamativo a pesar de su sencillez.
Pero sin duda lo mejor de la levada, son los miradores que salpican todo el recorrido. Realmente no sé si son miradores. Pero a lo largo del camino hay varios puntos desde los que se disfruta de una vista espectacular de la costa. De los acantilados que caen directamente sobre el mar desde gran altura. Con rocas de diferentes formas y tamaños a sus pies; rompiendo las olas antes de que golpeen contra la orilla. Unas olas que golpean con tanta fuerza que la espuma blanca que producen salta por encima de las rocas haciéndolas desaparecer por unos momentos. Imágenes impactantes y espectaculares. De esas que se graban en la retina y no se olvidan nunca.
Aproximadamente a mitad del recorrido, a mano derecha, hay una pequeña playa de arena negra. Poca cosa. Si uno dispone de tiempo y la climatología es más benigna puede aprovechar para darse un chapuzón. Pero nosotros no disponíamos de tiempo y la temperatura no invitaba a bañarse. Por eso pasamos de largo y nos limitamos a observar la playa desde las alturas. Bueno por eso, y porque la bajada parecía larga. Y la subida todavía más. Tenemos una especie de alergia a las cuestas. Un día de estos deberíamos ir al médico para que nos recete una cura. A la vuelta, vimos a tres individuos dándose un baño en la playa. Vaya pirados. Se estaban bañando desnudos. Lo de pirados no es porque fueran desnudos, sino porque hacía frío para nadar. Y encima no llevaban toallas. Cuando salieron del agua, empezaron a correr de un lado para otro sin secarse. Se debían estar muriendo de frío. Ah, no seáis mal pensados, no mirábamos por morbo. Estábamos tan lejos que no se veía nada indecoroso.
El punto que más nos impresionó fue un paso elevado, en donde la península se estrecha tanto que queda reducida a un par de metros de anchura. A ambos lados un acantilado enorme, de impresión, y delante y detrás unas vistas preciosas de la península y de la costa. Un sitio único.
El camino acaba en la Casa do Sardinha. Una especie de puesto forestal, en medio de la nada. Se encuentra casi en la punta de la península rodeada de palmeras. Parecía estar totalmente fuera de lugar. Una casa en medio de aquel secarral. ¡Y las palmeras!, pobrecitas.
El tramo final de la levada consiste en un pequeño recorrido circular que pasa junto a la Casa do Sardinha. Según la información que había encontrado, desde allí es posible subir hasta un pico que hay en la punta de la península, el Pico Furao, si no recuerdo mal. Pero no lo vimos nada claro. No parecía que hubiese un camino para subir hasta arriba. Y además más que una subida aquello parecía una escalada. Vaya pendiente que tenía el pico. Nos limitamos a sentarnos junto al acantilado y verlo desde abajo.
En un principio esta era una de las levadas que llevaba en la reserva. No entraba en nuestros planes. Pero al tener que ir improvisando por culpa de la lluvia casi nos vimos obligados a hacerla. Por eso, ¡Muchas gracias lluvia!. Disfrutamos de un paseo fantástico. Resultó todo un descubrimiento. A toro pasado, tengo que reconocer que estábamos equivocados, y que se trata de una levada totalmente indispensable. No dejéis de hacerla, porque es totalmente al resto de levadas. Merece muchísimo la pena.
Salimos en dirección Caniçal. Antes de llegar vimos una señal marrón que indicaba el camino para ir a un mirador. Llegamos enseguida. Aparcamos y a disfrutar del lugar. Nuevamente unas vistas espectaculares. Desde un punto tan alto, las vistas sobre el acantilado son de vértigo. Pero guapas, guapas, guapas. Se veía toda la costa norte de la Península de Sao Lourenço. Era como juntar en una sola imagen lo que habíamos visto durante la caminata. Un complemento perfecto a la levada.
Para acabar con las visitas del día nos acercamos hasta Porto da Cruz. Un pueblo sin mucha gracia. Uno de sus principales atractivos es una antigua fábrica de azúcar de caña, ahora abandonada. Pero que queréis que os diga. Una nave blanca con una chimenea de ladrillo. Y punto. Para ver eso no hace falta ir hasta allí. Eso si una cosa tenemos que reconocérsela; estaba abandonada. Poco más se puede decir de la fábrica.
Lo que si que nos pareció un rincón con encanto, fue la playa de arena negra, sobre la que se erguía una enorme pared de roca también negra. El fuerte viento, el día gris por las nubes que cubrían el cielo, la negrura del acantilado, el negro intenso de la arena de la playa y la fuerza del agua al romper contra la orilla, creaban un ambiente especial.
Pero nada más. Ni siquiera la iglesia tenía encanto. Una iglesia moderna que rompía con la homogeneidad de las iglesias que habíamos observada hasta ese momento. Era diferente, pero para peor. Cosa fea.
No perdimos demasiado tiempo en ese pueblo. Y eso que la playa tenía su encanto. Pero tampoco tanto como para mudarse a vivir allí.
Siguiendo la costumbre de días anteriores, volvimos a Funchal por la vía express. Además del recurrente motivo de la comodidad, hay dos razones más para recorrer la vía rápida al este de Funchal. La primera es la vista que se tiene de Funchal. Una imagen impactante. Probablemente la mejor que se puede llegar a tener de Funchal. Se ve perfectamente toda la ciudad. Una extensión sin límites de viviendas y más viviendas que lo cubren todo. Elevándose por las laderas del valle que queda totalmente cubierto de ladrillo. Un consejo para los ecologistas; evitad este tramo si no queréis sufrir un infarto al ver esa barbaridad. El resto no os lo perdáis por nada del mundo.
El segundo motivo es que esa carretera pasa por debajo de la pista del aeropuerto. La sostienen unas columnas enormes. Simplemente el hecho de saber que allí arriba aterrizan varios aviones al día hace que merezca la pena pasar por ese tramo de carretera. Más que lo que se ve, es la sensación de conducir por ese lugar.
Al llegar a Funchal, nos dirigimos a un nuevo centro comercial, al Madeira Shopping. Es un poco más grande que el Forum Madeira. Siguiendo a mi mujer tuve la sensación de entrar en las mismas tiendas que el día anterior. Pero tampoco os fiéis mucho de mí. Mi interés por estos lugares es escaso, por lo que apenas me fijo en las tiendas y demás. La experta en estos temas es mi mujer. Su opinión sobre los dos centros comerciales que visitamos en la isla se puede resumir en que son un poco cutrillos.
¿Dónde cenamos? A mí me da igual. A mi también. Donde tú digas. No, elige tú. Y a lo tonto, a lo tonto, nos plantamos en Cámara do Lobos. Aparcamos en el parking del puerto, y nos dirigimos directamente a una plazoleta que está al lado y que está llena de bares. Para nuestra desgracia, eran eso, bares. Nada de restaurantes. Y eso que olía que alimentaba. Pero no pudimos concretar de donde salía el olor. Nos metimos en uno de los bares al azar. Y como no podía ser de otra manera, la cagamos. Tenemos el sexto sentido oxidado. La carta era muy reducida. Acabamos cenando una pizza de atún, una cuatro estaciones, una ración de alitas de pollo y dos aguas. Nuestra peor comida en los seis días en la isla. Por lo menos nos salió barato, pagamos 19 € por todo. Fue tan malo que no quise ni fijarme en el nombre del chiringuito.
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  Últimos comentarios al diario  6 DÍAS DE ENERO DE 2012 POR MADEIRA
Total comentarios 3  Visualizar todos los comentarios

Gulpiyuri  Gulpiyuri  20/08/2012 13:56   
Muchas gracias por tu diario, me ha encantado.
Es un destino pendiente.
Te dejo las estrellas.

Alejandria  alejandria  24/01/2013 23:51   
Me ha parecido un diario estupendo, ameno, fácil de leer. Y lo que es más importante, de utilidad para los que, como yo, estamos preparando un viaje a Madeira básicamente para andar por sus levadas. Gracias por compartirlo. Te he dejado mis estrellas

Marimerpa  marimerpa  19/10/2014 16:27   
Gracias por el diario, me ha gustado mucho. Y me viene muy bien, que la semana que viene me voy a Madeira. 5 estrellas.

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macdidia
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Sep 14, 2008
Mensajes: 27

Fecha: Jue Sep 28, 2017 09:24 pm    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Que currazo. Me quito el sombrero, esta genia. Espero tener un poco de tiempo y acabar el diario que has colgado mío. De verdad chapeau!! Y una idea fenomenal.
spainsun
Spainsun
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Sep 01, 2000
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Fecha: Jue Sep 28, 2017 09:50 pm    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Magnifica recopilación de datos. Gran trabajo. Aplauso Aplauso Aplauso Aplauso
rocmat
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Mar 11, 2012
Mensajes: 494

Fecha: Vie Sep 29, 2017 06:40 am    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Menudo curro, gracias porque será de utilidad seguro!
Molleda
Molleda
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Super Expert
May 23, 2009
Mensajes: 263

Fecha: Jue Oct 12, 2017 07:59 pm    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Hola a todos. Estoy pensando en mis próximas vacaciones de verano y tengo el ojo echado en Portugal. Vaya por delante q no conozco Portugal

Somos un matrimonio con una hija de 4 años. He pensado alojarnos por Cascais y desde allí visitar los lugares de mayor interés como Sintra, Lisboa, etc...

Queremos un hotel familiar, el típico cerca de la playa, con animación nocturna, media pensión. Alguna sugerencia?

He pensado en Cascais porque cercano a Lisboa parece q es lo más turístico, si alguien se le ocurre otra zona bienvenida sea.

Muchas gracias por adelantado
chamiceru
Chamiceru
Moderador de Zona
Moderador de Zona
Feb 05, 2009
Mensajes: 30250

Fecha: Vie Oct 13, 2017 11:59 am    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Hola
En el Foro de Cascais tienes varios hilos con información sobre la zona Guiño
Saludos
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