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Costa este de EEUU septiembre 2013 -Diarios de Viajes de USA- Lou83
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Diario: Costa este de EEUU septiembre 2013  -  Localización:  USA  USA
Descripción: Relato de dos semanas recorriendo la costa este de EEUU: Boston, Acadia National Park, White Mountain National Forest, Nueva York, Lancaster y Washington DC.
Autor:    Fecha creación: 
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Etapas 1 a 3,  total 18
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Etapa: Introducción  -  Localización:  USA USA
Fecha creación: 26/10/2013 10:52  
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El siguiente espacio presenta las aventuras y desventuras de un viaje por placer realizado a la Costa este de los Estados Unidos de América entre agosto y septiembre del año 2013.

La experiencia combina la visita de grandes ciudades como Boston, Nueva York y Washington DC con el recorrido de Parques y Bosques Nacionales como Acadia en el estado de Maine y White Mountain en el de New Hampshire. La primera semana transcurre íntegramente en el área de Nueva Inglaterra, mientras que la segunda avanza hacia el suroeste del país añadiendo una visita al Condado de Lancaster aprovechando su ubicación entre algunas de las ciudades mencionadas.

En cuanto a compras, se incluyen visitas a los centros comerciales de descuento Woodbury Common Premium Outlet (al norte de Nueva York) y Tanger & Rockvale Outlets, en Lancaster.

El diario combina los hechos escritos con fotografías y videos tomados durante la experiencia. Dicho material ha sido capturado con alguno de los siguientes dispositivos:

Cámara réflex digital Canon EOS 550D + Focal fija 50mm 1.8 + Objetivo estándar 18-55mm
Cámara digital compacta Canon Ixus 100 IS
Teléfono móvil HTC Sensation equipado con Android 4.0
Teléfono móvil LG Nexus 4 equipado con Android 4.3

La mayoría de las fotos incluidas han sido capturadas directamente en formato JPG y retocadas de forma básica (encuadre, niveles, brillo y contraste…) mediante el software GIMP. Solo un pequeño conjunto de ellas han sido capturadas en formato RAW y reveladas digitalmente mediante la aplicación de edición fotográfica Photivo.

Para más información sobre éste y otros viajes: albertobastos.info/via... costaeste/
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Ver Etapa: Introducción



Etapa: Día 0: Palma de Mallorca, Madrid, Boston con Iberia  -  Localización:  USA USA
Fecha creación: 26/10/2013 11:09  
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31 de agosto de 2013

Allá vamos. Quince jornadas, diecisiete días en total, nos separan de uno de esos viajes a los que el calificativo “vacaciones” se le queda corto. Porque son algo más. Son una experiencia, una aventura, una vivencia de esas que te llenan la cabeza de recuerdos que han venido para quedarse y ya jamás se irán. Nos disponemos a recorrer parte del este de los Estados Unidos, y son las 4:30 de la mañana en Mallorca cuando todo empieza.

Pese a dejar todo preparadísimo la noche anterior, los últimos minutos antes de salir de casa siguen contando para pequeños ajustes sobre la campana. Me retracto a última hora de llevar una camiseta de Lost con la ubicación de un supuesto accidente aéreo sobre un mapa: nunca hay que subestimar la capacidad de escandalizarse y ofenderse del pueblo estadounidense. Y, sabia decisión de última hora como horas más tarde podría comprobar, decido finalmente cargar también con la cámara digital compacta en añadido a la cámara réflex.

Nos sincronizamos a la perfección con el taxi que habíamos solicitado vía telefónica la noche anterior: justo aparece en la esquina cuando salgo del portal cargado con las maletas. Como siempre, recurrimos a la estrategia de “muñeca rusa”: cada uno carga con una maleta grande que en su interior aloja una maleta pequeña. A la vuelta, usaremos la pequeña como equipaje de mano y la grande volverá a facturarse esta vez llena hasta arriba. Así disponemos de ese espacio extra que tan bien nos vendrán para acompañar a la locura de compras en dólares.

Son las 5:00 cuando ya estamos en el Aeropuerto de Son Sant Joan facturando nuestros 36 kilos de equipaje y empezando desde ya a sortear esa fauna autóctona que son los turistas extranjeros y su capacidad para plantarse embobados en plena zona de paso. Como siempre, el borreguismo hace que todos los turistas hagan fila frente a un único arco de seguridad, y no es hasta que nosotros nos dirigimos a otro de los arcos abiertos cuando el resto se dan cuenta de que estaban haciendo el tonto. ¿Tanto costará fijarse en las cosas? Nos quedan 50 minutos para despegar rumbo a Madrid cuando ya estamos frente a la puerta de embarque D90.

Turno de hablar de nuestros vuelos en este viaje: en esta ocasión contratados a través del portal Expedia, y operados por Iberia Express (de Palma de Mallorca a Madrid), Iberia (de Madrid a Boston), British Airways (de Washington DC a Londres) y Vueling (de Londres a Palma de Mallorca). El precio para dos personas, 1.114€, al que sumarle los 171€ de seguro de viaje Multiasistencia Plus de 30 días con Intermundial. Por apenas dos jornadas no podemos conformarnos con el de 15 días, que cuesta la mitad.

Volvemos a nuestra puerta de embarque, que se abre de forma prematura, transcurre de forma rápida y no requiere que la gente espere de pie durante los 60 minutos anteriores. Había olvidado ya lo que es volar con una compañía diferente de Ryanair (de la que no reniego en absoluto… de no ser por ella estaríamos condenados a no salir prácticamente nunca de la isla). Por haber adelantado el embarque y ser pocos pasajeros, nos toca esperar un rato en cabina hasta que el avión empieza a moverse.


Nos acompaña el escenario habitual durante los 80 minutos que cubren la distancia entre Mallorca y Madrid: un bebé que rompe a llorar con cada cambio de presión o maniobra del avión, y una niña dicharachera con voz aguda en la fila frente a la nuestra que al parecer ha dormido bien y tiene muchos temas de conversación con su madre, para nuestra desgracia.

Nos recuerdan con insistencia por megafonía que el avión ha tomado tierra en Barajas con 10 minutos de antelación. Lo cual nos tranquiliza mucho, ya que tenía serias dudas de si iba a llegar a tiempo al embarque de mi próximo vuelo dentro de seis horas. Que la T4 es muy grande Riendo

Como el objetivo era poder apurar el sueño al máximo posible, decidimos no tomar nada en casa y esperar a nuestra llegada a Barajas para desayunar. La friolera de 10 euros nos cuesta dos cafés y dos pastas en una cafetería de Medas. En nuestro primer paseo por la terminal T4 ya percibimos una alarmante falta de enchufes que serían de agradecer para amenizar portátil en mano nuestra espera.

Anuncian por megafonía que debido a las medidas especiales de seguridad, los pasajeros que vuelen a Estados Unidos deben estar preparados para el embarque con 90 minutos de antelación. Nuestro vuelo sale a las 14:40, por lo que peligra levemente nuestro plan de tomar café con una amiga madrileña que no podrá llegar hasta las 12:00. Decidimos seguir adelante aunque el café vaya a ser más breve de lo previsto, y durante la espera conseguimos ver un capítulo de The Tudors enchufados a una de las estaciones de publicidad que Samsung tiene instaladas entre las puertas de embarque.

Terminan nuestros 50 minutos con Enrique VIII y, dado que nos queda tiempo, L echa mano de la Nintendo DS mientras yo empiezo a disfrutar de las BBC Proms de este año, dedicadas a Doctor Who con motivo de los 50 años del inicio de la serie británica. Lo que antes era una base Samsung con enchufes para dar y tomar, empieza a estar saturada y sin puertos libres según la T4 se ha ido llenando y la gente ha puesto a cargar sus iPhone. Y digo específicamente iPhone, porque teléfonos Android u otros de momento se están viendo poquitos.

Llega el momento en que nuestra querida amiga se pone en marcha para venir a vernos, así que salimos de la zona de tránsito para buscar la oferta de cafeterías que hay antes de los controles de la T4. E llega y acabamos hablando durante una hora de, principalmente, cuando vendrá a vernos a Mallorca, lo maravilloso que es Aaron Sorkin y su serie The Newsroom, y qué otros destinos visitaríamos a lo largo y ancho del planeta si fuéramos millonarios o nos dedicáramos a algo bien pagado y con poco trabajo. Políticos de élite, por ejemplo.

Nos despedimos y tardamos algo menos de 20 minutos entre volver a acceder a la zona de tránsito, tomar el tren lanzadera a la terminal T4S y alcanzar las puertas de embarque U. El control de pasaportes que debemos cruzar es anecdótico: podría llevar en el mío la foto de Batman y me hubieran dejado pasar del mismo modo.

Antes de alcanzar nuestra entrada al avión, nos queda un último control de seguridad que superar pero por ahora permanece cerrado. No hay premio para los primeros y la sala está llena de asientos libres, pero al parecer nuestros compañeros de vuelo consideran imprescindible permanecer sentado de pie haciendo cola frente a la cinta que bloquea el paso. Finalmente se abre el control y tras un rápido vistazo a la tarjeta de embarque, el pasaporte y la simple pregunta de “¿A qué vais a Estados Unidos?”, embarcamos puntualmente.

Quién nos va a permitir cruzar el Atlántico es el Airbus A340 “Agustina de Aragón”, que resulta que año y medio atrás sufrió daños en el morro tras impactar contra un buitre al poco tiempo de despegar. Obviamente esto no lo sabía en el momento de subir a bordo, lo he descubierto durante la documentación de este diario. Una vez más, rabia y envidia infinita al echar un vistazo a la primera clase que queda a mano izquierda cuando entramos al avión.


La suerte parece que esta vez está de nuestro lado cuando todo el pasaje ha llegado a sus asientos: ningún niño sentado a menos de dos metros de nuestra posición. Tardamos un rato, exactamente el que pasó hasta que quisimos levantar el reposabrazos que nos separa, en descubrir que bajo él quedaba escondido un módulo de corriente con un enchufe universal y un conector USB. La emoción inicial se disipa rápidamente cuando comprobamos que no funciona pero al cabo de un rato, con el avión ya estabilizado en el aire, el piloto verde junto al conector se encenderá y podremos utilizar nuestro portátil sin necesidad de gastar batería.



Reparten las azafatas versiones reducidas de la prensa nacional y anuncian que se servirá un almuerzo tras el despegue y una merienda antes del aterrizaje en Boston, eventos entre los cuales transcurrirán siete horas.

El almuerzo consiste en un plato a elegir entre lasaña de “verduritas” –en serio, así lo presentaban las azafatas- o una ración de albóndigas. Ninguno de los dos con muy buena pinta, y siempre acompañado de pastelito, pan y una ensalada tamaño Tyrion Lannister. Cuando un cómico menciona la comida de los aviones siempre es para referirse a que sabe a rayos, pero a mí lo que más me molesta es la cuestión del espacio. Con la minúscula bandeja en la que colocar estratégicamente todo el pack del almuerzo y el escaso espacio para maniobrar con los cubiertos, más que comer parece que estemos manipulando explosivos con tal de no derramar nada. Sé de lo que hablo, hace unos años pasé medio vuelo desprendiendo el atractivo aroma de una Coca Cola derramada sobre mi camiseta.

Como siempre, al almuerzo del avión le sucede poder elegir entre café o té. L, con razón, renunció hace mucho tiempo a probar el café de los aviones, pero a mí me gusta vivir al límite y nunca renuncio a una taza de sucedáneo en estos casos. Y en esta ocasión está sorprendentemente bueno.

Le resulta imposible a L conciliar el sueño, ya que pese a no ser un ruido de los que evocan a Herodes, un niño a seis asientos de distancia se pasa sollozando 2 de cada 3 minutos del vuelo. Yo seguiré con mi campaña por muy políticamente incorrecta que se considere, cosa que tampoco comprendo: un vuelo de más de una hora no es lugar para criaturas que todavía no están en edad de comprender cuando no se puede hacer ruido o consolarles para que dejen de hacerlo. Cuando un crío de 5 o 6 años te da un vuelo, la culpa es suya por cretino y de sus padres por no saber gestionarlo. Pero con un bebé ya no es una cuestión de negligencia: es que va a llorar sí o sí y no podrás hacer nada por evitarlo.

Esta vez no toca un avión equipado con pantallas para entretenimiento tras el respaldo de cada asiento. En su lugar, la megafonía anuncia que durante el vuelo se proyectará la película “Un gran golpe”, una comedia protagonizada por Colin Firth y Cameron Diaz. Verla no entra en mis planes y, de todos modos, desde los asientos 14J y 14L ver y distinguir algo de la pantalla colectiva más cercana es misión imposible.

Antes de que se inicie la proyección reparten pequeños paquetes con unos auriculares de intrauriculares obsequio de la casa. Un contraste con la gente de Air Europa, que los alquilaba y además se trataban de supraaurales, un tipo de auricular que deja mucho de desear a la hora de aislar el ruido del motor y el pasaje de un avión.

Dado mi nulo interés por la película cortesía de Iberia, echo mano del enchufado portátil y por fin veo la tan cacareada Star Trek: Into Darkness. La verdad es que me deja un poco frío, como era de esperar tras elevar mis expectativas a raíz de comentarios de conocidos. No falla: el único truco para que una película te sorprenda es no exigirle nada de antemano. Personalmente me parece una película de aventuras futuristas correcta, pero mi falta de simpatía por los personajes –vale, excepto Scotty- y un guión plagado de agujeros “Marca Lindelof” la arruinan.

Terminada Star Trek, aprovecho que ya tengo el cine personal montado para terminar con los últimos 15 minutos de las Doctor Who BBC Proms. Tal y como dijo un amigo que estuvo viéndolas en Londres la versión emitida por televisión está muy cortada, pero resulta la dosis justa y necesaria para renovar las ansias por que el próximo noviembre la serie regrese con su esperadísimo capítulo especial de 50 aniversario.

A dos horas de aterrizar, llega el turno de la merienda. Una cajita alargada que contiene un bocata hecho con pan trenzado, un yogur de albaricoque, una chocolatina Kit Kat en miniatura y un bizcocho. Todo muy aceptable salvo el bizcocho, que amenaza con dejarte con sed hasta que termine Cuéntame Cómo Pasó si te lo comes.


A lo largo de todo el vuelo, de forma intermitente oímos una señal acústica que hace que siempre desviemos la mirada a la señal de abrocharse los cinturones para comprobar una y otra vez que no se ha encendido. A poco de aterrizar, mediante conversaciones ajenas entre un pasajero y un azafato descubrimos que se trata de que el pasajero en cuestión se ha pasado todo el viaje pulsando el botón de solicitar atención creyendo que era el que activaba la luz de lectura. Y claro, pedirle que asociara que cada vez que pulsaba el maldito botón se activaba la señal de atención y sonaba ese sonido, era mucho pedir.

Durante el anuncio inicial con las normas del vuelo se comunica literalmente que los móviles no pueden encenderse en ningún momento del recorrido, pero entre nuestros compañeros de viaje vemos numerosos smartphones encendidos utilizándose como reproductor de música. Así que nada, con la conciencia tranquila por haberlos apagado antes de subir a bordo con el modo avión activado, enciendo el mío para poder escuchar música y de paso entretenerme con alguna partida de parchís. L prefiere recurrir a esa Nintendo DS que arrastrará todo el viaje para encenderla solo hoy.

Una hora para alcanzar la ciudad de Boston y empiezan a repartir los habituales impresos de aduana. Por primera vez no vienen acompañados de otro papel que rellenar para entregar en los mostradores de inmigración. Echamos mano del pasaporte y la tarjeta de embarque, rellenamos todos los “no” necesarios para no provocar volvernos a casa, y llegan las 15:40 hora de la costa este cuando el avión toma tierra en el Aeropuerto Internacional de Logan. La toma de tierra tiene lugar segundos después de haber estado sobrevolando el lago poblado de embarcaciones ubicado exactamente justo a las pistas. A diferencia de otras ciudades donde la zona de rascacielos queda demasiado alejada, aquí ya podemos ver la silueta del distrito financiero de Boston desde nuestras ventanillas. El cielo de Massachussets nos da la bienvenida totalmente cubierto, pero lejos de esas nubes negras que anuncien una tormenta inminente.


Hace dos años, la espera para nuestro turno en el control de inmigración del Aeropuerto de Los Ángeles nos llevó una más que interminable hora, en gran medida porque a nuestro vuelo le precedió uno lleno de turistas asiáticos que provocaban enormes problemas de entendimiento con los agentes del Servicio de Inmigración. Esta vez en cambio tenemos la suerte totalmente opuesta, ya que nuestro vuelo parece ser el único que ha tomado tierra en los últimos minutos y no es hasta más tarde cuando otro pasaje procedente de París se añada a nuestra cola.

Como siempre, pasamos el control por separado al no ser oficialmente una familia. Algo que nos llama la atención en comparación con otras ciudades estadounidenses, es que ni uno solo de los agentes es latino. El que me toca a mí tiene un inquietante parecido a Zeljko Ivanek y su eterna cara de villano, lo cual sumado a que habla a toda prisa y que yo ando desentrenado en mi inglés, provoca que me entienda con él peor que con nadie más durante el viaje. Pese a ello nos acabamos entendiendo sobre la duración y motivo de mi visita y recibo luz verde para bajar a las cintas de equipaje.

Desciendo la escalera y no encuentro a L, que inició su turno en inmigración segundos antes que yo, por lo que imagino que ha tenido una urgencia y debe estar en el baño. Sin embargo, no veo indicaciones para los servicios por ninguna parte. Al cabo de un rato aparece y me descubre que a ella, como lo decimos entre nosotros, “se la han llevado p’alante". Es decir, que tras las preguntas habituales, en lugar de dejarle marchar la han invitado a entrar en otro cuarto donde le harán otra serie de preguntas. Esto, según hemos leído en varias ocasiones y creo que tiene bastante sentido, puede venir provocado por una coincidencia parcial o total en el nombre con algún latino que esté siendo perseguido por la justicia. En mi caso, con apellidos poco latinos además de no tan habituales, jamás me han llevado al cuarto. En cambio, L y su hermano ya han sufrido un “paseíllo” cada uno.

La maleta de L aparece bastante pronto tras ponerse en marcha la cinta de equipaje, y la mía se hace de rogar. Por fin puedo respirar aliviado: la única vez que tuvimos problemas fue en nuestro primer vuelo a Nueva York, cuando debido a un retraso nuestras maletas fueron facturadas demasiado pronto y llegaron al destino mucho antes que nosotros. Esta vez, debido a la larga escala en Madrid, era un caso similar, por lo que algún temor albergaba de que volviera a ocurrir lo mismo.

Se acabaron los controles, al abandonar la sala de recogida de equipajes el agente de aduanas nos deja pasar sin más. Cogemos un mapa de una estantería con folletos de información, y seguimos las indicaciones de un empleado para tomar frente a la terminal el autobús gratuito número 33 que nos llevará a la estación de metro más cercana.

Por ahora el clima es cálido, y se nota humedad por estar en la costa. Sin embargo, no es nada insoportable para unos residentes en esa olla a fuego lento en agosto que es la isla de Mallorca.

Llegamos a la estación y todo resulta un poco caótico para poder tomar nuestro tren de la Blue Line. Queremos dos billetes sencillos, pero no existen. En su lugar, hay que indicar en las máquinas qué importe quieres que venga cargado en la tarjeta, y es labor tuya conocer qué cantidad te va a exigir el sistema para salir en tu estación de destino. Tras preguntarlo a un empleado, averiguamos que son 2,5 dólares por cabeza. Hubieran sido solo 2 dólares por persona en caso de haber tenido una “CharlieCard”, pero creo que para obtener una es necesario una identificación ya que se trata de tarjetas individuales. En su lugar pagamos los 5 dólares y obtenemos así una “CharlieTicket” cargada con lo necesario para llegar a nuestro hotel.

Cuatro paradas después, salimos finalmente a las calles de Boston en la estación de Government Center. Aparecemos junto al City Hall y rodeados de locales de Starbucks, Dunkin’ Donuts, Bank of America, CVS Pharmacy, 7 Eleven… sí, parece que hemos llegado al país previsto. Arrastramos las maletas dos manzanas hacia el sur y topamos a nuestra izquierda con el cementerio de King’s Chapel, pisando ya en la acera los adoquines rojos que indican el itinerario de la Freedom Trail. El siguiente cruce es el que sucede con School Street, y a 10 metros a mano izquierda nos encontramos nuestro hotel.

Nuestra elección de alojamiento ha sido el Omni Parker House. Se trata de un edificio que, tanto en su fachada y marquesina como en sus salones interiores, nos recuerdan enseguida a la arquitectura clásica del Roosevelt Hotel en Nueva York. En este caso la reserva la realizamos a través del portal Hoteles.com beneficiándonos de un código del 10% de descuento, y el importe total por una estancia de 3 noches es de 402,61€ que pagamos meses antes al realizar la reserva.

El proceso de check-in va como la seda, recibiendo la bienvenida a Nueva Inglaterra de la mano de la amable Stephanie, junto a dos tarjetas que nos dan acceso a la habitación 1452, ubicada en la planta más alta del edificio. Como siempre, unos días antes de nuestra llegada enviamos un correo al hotel con nuestras preferencias de un cuarto en la planta más alta posible y lejos de vestíbulos, máquinas de hielo y cualquier otra fuente de posible ruido. En esta ocasión, atienden nuestra solicitud de principio a fin.

Soltamos las maletas, desempaquetamos ciertas cosas y probamos la conexión a Internet de 3 Mbps de velocidad, la cual cuesta 10 dólares por día. A nosotros en cambio nos sale gratis gracias a habernos registrado sin coste en el programa de fidelidad “Select Guest” de la cadena Omni e indicar nuestro “número de cliente” en la reserva. El portátil me escupe un pantallazo azul de error si intento abrir demasiadas pestañas con el navegador, pero de eso no tiene culpa el hotel.

Hacemos una ronda mínima y rápida por las redes sociales, envío el correo electrónico de rigor a la familia avisando de que todo ha ido bien, y nos tumbamos a hacer zapping. Chorrocientos canales de deporte y todos se ponen de acuerdo para retransmitir fútbol americano. Unas emisoras más adelante, me encuentro con USA Network emitiendo Indiana Jones & The Last Crusade. Clásico de mi infancia me sé los diálogos en español al dedillo pero nunca la he visto en versión original, así que llega el momento de arreglarlo.

Voy al baño de la habitación y encuentro una grifería tan clásica como el resto del hotel, de la que quedo tan prendado que se merece una foto.


Tras descansar durante algo más de una hora mientras Indy y el Dr. Jones huyen de los nazis, salimos a la calle ya de noche para examinar los alrededores del hotel. Evidentemente, mucha oferta de cadenas de comida rápida, así como una curiosa concentración de joyerías con nombres que sugieren que están regentadas por judíos. Encontramos un enorme Walgreens, cadena de supermercados de la cual bastantes locales permanecen abiertos las 24 horas. Tiene una sección de yogur helado al estilo “háztelo tú mismo” que convendría revisitar. Compramos una bandeja de fruta para L y una ensalada para mí, y nos hacemos con un pack de cubertería de plástico sin coste poco antes de pasar por las cajas.



De vuelta al hotel, encuentro tirada en el piso del ascensor la tarjeta de otra habitación, y aprovecho el viaje hasta el mostrador de recepción para confirmar que no se me aplica ningún cargo adicional por el uso de Internet. Parece que mi nivel de inglés ha mejorado respecto al titubeo nervioso en inmigración. Vuelvo a disfrutar de estar en este país. Estamos en marcha.
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Ver Etapa: Día 0: Palma de Mallorca, Madrid, Boston con Iberia



Etapa: Día 1, Boston: Public Garden, Beacon Hill, Freedom Trail, North End  -  Localización:  USA USA
Fecha creación: 26/10/2013 11:31  
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1 de septiembre de 2013

Son las 4 de la mañana en la costa este cuando la diferencia horaria (6 horas menos que en España) hace acto de presencia. Encendemos las luces de nuestra habitación del Omni Parker House y no parece que vayamos a ser capaces de volvernos a dormir. Afortunadamente, la noche ha transcurrido tranquila y sin demasiados ruidos. A excepción de unos intensos y sentidos gritos femeninos que tuvieron lugar allá sobre la medianoche, pero que no duraron más de diez segundos.

El plan para nuestra primera jornada, que arrancará cuando la ciudad de Boston esté tan despierta como nosotros, ha quedado ya bastante definido siempre y cuando la meteorología acompañe. Tras nuestro primer desayuno, aprovecharemos la cercanía del hotel con el parque de Boston Common, y luego desde allí iniciaremos el recorrido “oficial” de la ciudad llamado Freedom Trail y que, siguiendo una línea roja marcada en las aceras, ofrece una visita guiada por los puntos históricos más emblemáticos de la ciudad.

Por ahora las impresiones sobre el hotel escogido están siendo muy buenas. A la buena ubicación y las clásicas instalaciones, se le suma un trato muy agradable, y la satisfacción de ver cumplidas nuestras preferencias solicitadas días antes de la llegada. Además, por pertenecer al programa de fidelidad de la cadena hotelera, disponemos de unos folletos que, a razón de uno por día, nos permite solicitar una bebida (zumo, té, café, etc.) para que nos sirvan en la habitación cada mañana a la hora que indiquemos. También encontramos junto a nuestra puerta un sobre personalizado de bienvenida y sendas botellas de agua.

A las 6:15 suenan unos nudillos contra la puerta y al abrirla no encontramos a nadie, pero sí una bandeja con sendos zumos de naranja tapados para no oxidarse. Se acerca el momento de salir al exterior y, tras una puesta a punto en forma de ducha y preparar la ropa del día gracias a la plancha disponible en el armario, cargamos con nuestro equipo de turista (a saber: cámara de fotos, pasaportes, mapas, cartera y botella de agua) y nos echamos a la calle bajo la amenaza de 40% de probabilidad de lluvia. Es por ello que al salir solicitamos en recepción si disponen de paraguas para los huéspedes, y así nos hacemos con uno que viene acompañado del logotipo del hotel.

Un primer día en Estados Unidos no sería tal si no se inicia desayunando en el Starbucks más cercano. En nuestro caso es casi imperativo, ya que el estómago de L es especialmente intolerante con el café estadounidense y los que sirve la famosa franquicia son los únicos que parecen no poner en peligro su integridad física. En nuestro caso bastan unos pocos pasos a mano derecha para estar a pidiendo sendos cafés con leche y algo de bollería. Es un Starbucks algo extraño, ya que no todo lo que estamos acostumbrados a encontrar en el expositor de bollería está disponible aquí. Si vemos sin embargo pequeñas ensaimadas bajo el título de “Mallorca sweet bread” (pan dulce mallorquín).

El empleado de Starbucks nos ofrece conversación mientras anota nuestro pedido y nos hace saber que, pese al tiempo con el que ha amanecido el día, acaban de vivir uno de los mejores veranos de los últimos años en la ciudad.

(Aquí nuestro compañero de viaje Pato, tomándose su café Ojos que se mueven )

Apenas dos giros y unos cuantos pasos después de salir de la cafetería nos llevan hasta la entrada sureste del Boston Common. Con todas las reservas del mundo, estaríamos hablando del “Central Park” particular de la ciudad de Boston, en lo que se refiere al parque público por excelencia para los habitantes de la ciudad.



Definitivamente nuestro primer día presenta una meteorología bastante adversa: el gris que cubre el cielo no hace más que oscurecerse y coincidiendo con nuestros primeros pasos por el parque debemos abrir el paraguas que nos ha cedido el hotel. No son buenas noticias ni para el itinerario que nos habíamos fijado para hoy, ni para retratar el lugar en fotografías. Motivos más que suficientes para empezar nuestras vacaciones con los ánimos algo tocados, aunque afortunadamente la situación no haría más que mejorar.



El Boston Common es un parque correcto, agradable, con un pequeño estanque de apenas unos centímetros de profundidad bautizado como “Frog Pond”, tal y como corroboran las dos ranas de bronce dedicadas a la pesca que tiene en uno de sus extremos. Dispone también de largas extensiones de césped con buenas vistas a los rascacielos de la ciudad así como al Beacon Hill (la casa del estado de Massachussets, que veremos más adelante). Sin embargo, su reducido tamaño provoca que no soporte comparación posible con el parque urbano por excelencia de la ciudad de Nueva York. Ni siquiera puede competir en superficie con el Parque del Retiro de Madrid, que también le supera holgadamente. De lo que sí anda sobrado es de cantidad de ardillas, que por lo inquietas que parecen cabría pensar que se han pasado la noche entera tomando café. En su extremo más al norte, el parque se encuentra con la calle de Beacon Street, cuyas cuidadas y clásicas fachadas ya podemos admirar durante el paseo.




Justo a continuación del Boston Common y tras cruzar un solo paso de peatones, llegamos a su hermano pequeño, el parque Public Garden. En lo personal, resulta nuestro favorito. Es todavía más pequeño pero su vegetación parece más cuidada, probablemente gracias a la prohibición de utilizar el césped para transitar o realizar actividades. Y sobre todo, lo preferimos gracias a su enorme lago en el que los patos son los reyes. Pero no son estas las primeras aves que veremos: nada más entrar nos espera la estatua de Make Way of Ducklings, una familia de patos de bronce situados aquí en honor a un cuento ilustrado infantil del mismo nombre que, con 2 millones de copias vendidas, ayudó a popularizar en todo el mundo el lugar en el que nos encontramos.




El lago recibe el nombre de “Swan lake” y, como decía, es el hábitat de la mayor concentración de patos que haya visto en mi vida. Están por todas partes, y prácticamente ni un solo metro de orilla queda exento de unos cuantos de ellos dándose un chapuzón o dormitando a centímetros del agua. Irónicamente, el lago de los cisnes solo cuenta con dos de estos animales, siempre y cuando no contabilicemos las embarcaciones para turistas ahora aparcadas en cuyo lateral aparecen figuras de cartón de estos. En los aledaños del lago así como en el resto de rincones del Public Garden todavía quedan algunas ardillas, pero está claro que los patos son los amos y señores de este pulmón de Boston.




Damos una vuelta completa a la orilla, cuando de fondo empiezan a sonar campanas. Claro, es domingo, se acerca la hora de la misa, y no hay que perder de vista la notable presencia que el cristianismo tiene en este país. Salimos del Public Garden por el mismo acceso que entramos pasando de nuevo junto a los patos de bronce, y enfilamos la pendiente ascendente que nos ofrece Beacon Street, casi coincidiendo con el punto de inicio de la Freedom Trail.

El Freedom Trail es un itinerario que recorre los lugares históricos y de especial relevancia más emblemáticos de la ciudad de Boston. Su recorrido está indicado mediante una línea de color rojo implantada con adoquines de colores o pintura sobre el asfalto cuando requiere cruzar una calle. Es una iniciativa de incalculable valor para el turismo, ya que le proporciona una visión de gran parte de los atractivos de la ciudad sin ser necesaria ningún tipo de preparación previa para poder atravesarla. Es difícil de perder (salvo que de vez en cuando te distraigas por estar hablando sin darte cuenta de que ya no se encuentra bajo tus pies), y organiza por ti media jornada de tu estancia en Boston.


La subida por Beacon Street resulta más intensa de lo que podía parecer en un primer vistazo, pero se compensa por el colorido y arquitectura de sus edificios. Las viviendas de este tramo mezclan características de las “Painted Ladies” de San Francisco con los apartamentos de lujo al oeste de Central Park. Nuestro plan inicial es seguir el camino hasta alcanzar la fachada que simulaba ser el bufete de Richard Fish y John Cage, escenario principal de la serie Ally McBeal. Sin embargo, lo acusado de la cuesta y el encontrarnos con el Freedom Trail cuando alcanzamos la State House provoca que cambiemos nuestra agenda. Lo que no encontramos es demasiada presencia de vehículos americanos: el mercado asiático con sus Honda, Hyundai y Toyota y en menor medida el europeo con sus Audi, Mercedes y BMW han desplazado drásticamente lo que antes era una mayoría de Chevrolet, Dodge o Ford, por citar algunos ejemplos.



El State House es el edificio estrella de la colina de Beacon Hill, y alberga en su interior las instalaciones de la Corte General del Estado de Massachusetts así como las oficinas del gobernador, que en estos momentos es un demócrata Deval Patrick (lo he tenido que buscar). El edificio guarda inevitables similitudes con el Capitolio de los Estados Unidos en Washington DC, con la principal diferencia de tener su cúpula completamente recubierta de un dorado en que brilla con el reflejo del sol.




Suenan truenos a nuestra espalda cuando empezamos a recorrer el Freedom Trail, primero atravesando de nuevo el Boston Common de norte a sur, y luego alcanzando los cementerios de Granary y King’s Chapel. En el primero destaca el obelisco central levantado en honor de los padres y familiares de Benjamin Franklin, además de las lápidas de otras personalidades como Samuel Adams, otro de los responsables de la Declaración de la Independencia. Resulta interesante en líneas generales como los estadounidenses hacen de los cementerios un sitio muy normalizado, con una alta frecuencia de visitas y extremadamente cercanos a la vida diaria de la gente, ya que lejos de encontrarse en instalaciones apartadas a las afueras no es difícil encontrarse con uno al pasear por cualquier ciudad o poblado.




Justo en el momento que estamos recorriendo algunos de los pasillos del cementerio de King’s Chapel, con el día todavía teñido de negro y ni un solo turista haciéndonos compañía, de la mochila de L empieza a surgir una voz femenina con tono solemne que no conseguimos entender. Os imaginaréis que la situación era, cuanto menos, inesperada. Al final resultó ser el sistema de alertas de radiodifusión que venía activado de serie en su Google Nexus 4, y la voz nos estaba alertando de las fuertes tormentas que iba a sufrir la zona hasta bien entrada la tarde.

El camino de la libertad, tal y como ya sabíamos, nos lleva a pasar justo frente a nuestro hotel y seguir hacia el noreste, donde descubrimos la calle Washington y como se suceden infinidad de locales para comer con una pinta estupenda. Nos van a faltar días (y estómago) para todo lo que querríamos probar.




Como no podía ser de otra forma, lo peor de la tormenta llega en forma de diluvio universal en el preciso instante que estamos atravesando una zona amplia y abierta, con lo que urge encontrar refugio. Lo conseguimos siguiendo la estela de otros tantos turistas que se esconden bajo el arco de entrada de una especie de edificio público. Resulta ser el Quincy Market, un edificio histórico que en su interior aloja a lo largo de un enorme pasillo decenas de franquicias en las que poder comer absolutamente de todo. No es ni mucho menos hora de saciar el apetito, pero la lluvia no nos deja otra opción que descubrirlo y atravesarlo en toda su extensión.

La cantidad y variedad de lo que se puede comer aquí es impresionante, llegando a lamentar haberlo descubierto cuando ya habíamos desayunado. Comida italiana, oriental, hamburguesas, perritos, marisco, fruta, gastronomía típica de Nueva Inglaterra, helados, bollería… el Quincy Market no deja casi opciones sin tratar. Si lo piensas desde el punto de vista de que a buen seguro hay ciudadanos que comen aquí a diario, la fascinación se convierte en preocupación. Nos sentamos durante un rato en la zona central, ocupada por una pequeña plaza de dos plantas repleta de mesas y sillas que más adelante descubriríamos insuficientes para la cantidad de gente que acude a este lugar. Por ahora, el aforo basta y sobra para los que pretendemos escapar del aguacero, y además nos ameniza la espera gracias a una conexión a Internet municipal gratuita.



Mientras esperamos, una familia de japoneses se sienta en una mesa próxima a la nuestra y empieza a poner sobre la mesa una serie de Clam Chowder, plato típico de Nueva Inglaterra consistente en una densa sopa de almejas con nata que, por si no fuera suficiente, puede venir servida en un cuenco construido a partir de vaciar una pieza de pan. Como es el caso, claro. Nuestros vecinos japoneses planean comerse una de esas por cabeza cuando todavía son las 10 de la mañana.



Lo peor de la tormenta no está previsto que acabe hasta que llegue el mediodía, pero a través de las ventanas parece que se acerca una pequeña tregua. Decidimos correr el riesgo y volvemos al exterior con la intención de seguir el Freedom Trail. Los adoquines rojos a veces serpentean sin un motivo aparente, ya que no hay ningún punto de interés en dichos tramos que justifiquen los rodeos que te obliga a realizar.


El giro del camino a North Street supone la bienvenida al barrio de North End. El barrio italiano de Boston se caracteriza por la constante irrupción de edificios construidos con adoquines rojizos. El efecto consigue que pasear por dicha calle resulte muy agradable, y se van sucediendo restaurantes de temática italiana de los que sospechamos que los precios están concebidos teniendo muy en mente el generoso y despreocupado bolsillo de los turistas. Lo que queda fuera de toda duda es que este particular “Little Italy” ha resistido el paso del tiempo mucho mejor que su equivalente neoyorkino, en peligro de extinción tras ver como a lo largo de los años su vecina Chinatown le ha ido conquistando terreno.





Superamos la Old North Church y la lluvia vuelve a sus momentos más salvajes. Nos refugiamos en un parking, y la bajada de intensidad que sucede media hora después solo dura apenas cinco minutos antes de que volvamos a necesitar refugiarnos en el portal de unas oficinas de North Washington Street.

Mientras contemplamos la cortina de agua, consultamos en la aplicación de Trip Advisor que traemos preparada sin necesidad de conexión a Internet cuánto nos queda por recorrer de la Freedom Trail. Desde nuestra posición, solo faltan tres hitos más superar: cruzar el puente de Charlestown, atravesar el parque conmemorativo de la Guerra de la Independencia en Bunker Hill y visitar la fragata bicentenaria USS Constitution. Lo de cruzar caminando sin refugio posible los más de 300 metros de longitud del puente suponen todo un riesgo dada la meteorología, y aunque nos gustaría poder completar en su totalidad el camino decidimos que los otros dos puntos no merecen la pena la aventura. Llega el momento de deshacer lo andado para descansar un poco.

Llegamos al hotel al mediodía, con el tiempo justo para que L descanse un poco y yo haga el primer pase de fotografías y notas al ordenador portátil. Tanto una cosa como la otra son material demasiado valioso como para arriesgarse a perder la única copia.

Para comer hoy traemos los deberes hechos de casa. A partir de varias fuentes, en su mayoría blogueros especializados en hamburgueserías, tenemos en nuestra agenda una visita obligada a alguno de los locales de la franquicia UBurger. El más cercano a nuestro hotel se encuentra frente al Boston Common, pero durante nuestra travesía de la mañana hemos visto uno con aspecto de ser estar mucho menos transitado en las cercanías del Quincy Market. Efectivamente la elección es un acierto: el local es amplio, moderno, muy limpio y está medio desierto.


Pedimos una Cheeseburger y una Cowboy Burger. El tamaño es medio, ni muy grande ni muy pequeño, pero tanto el pan como la hamburguesa que alojan están exquisitos. Junto a las hamburguesas hemos pedido un único cesto de patatas, pero cuando nos entregan el pedido hay patatas tanto dentro del cesto como en la mitad de la bandeja, es decir, más bien el triple de la ración esperada. Son caseras, pero de corte muy fino. Todo bañado con refrescos self-service, por lo que primero me tomo una Pink Lemonade y luego cato el té helado de frambuesa. El precio alcanza los 19 dólares. Al tratarse de una franquicia de comida rápida, aquí no hay camareros y por lo tanto no hay que calcular propinas.


Salimos satisfechos con nuestra elección y ponemos rumbo al Waterfront, el puerto de la ciudad. En concreto alcanzamos la zona del Long Wharf y Commercial Wharf. La verdad es que no hay gran cosa que ver, salvo la interminable cola de gente esperando embarcar en los ferry que ofrecen avistamiento de ballenas y, lo más curioso, la torre de control y pistas del aeropuerto que como ya pudimos saber en nuestro aterrizaje se encuentran en primera línea de la costa.






El día no invita a alejarse mucho por si acaso vuelve a aparecer la tormenta, así que dedicamos el resto de la tarde a pasear por la zona comercial próxima al hotel. En un local de Skechers no tardo ni 3 segundos en encontrar unas zapatillas deportivas de mi estilo, cosa que rara vez ocurre cuando busco género en España. Sin embargo, con una visita ya prevista en futuras fechas a un conocido outlet, carece de sentido adelantar las compras.

Entramos en el Macy’s de la zona, que como todos nos resulta imposible asociar a El Corte Inglés cuando su planta baja nos recibe llena de expositores y demostraciones de perfume y maquillaje. Al contrario de su equivalente en Nueva York, este no tiene sección de electrónica, aunque sí que encontramos una máquina de vending en la que hacerte con el iPad que quiera. Como un Apple Store, pero sin el incordio de los polos azules ofreciéndote ayuda cada 2 minutos.

Por primera vez en lo que va de día el sol se deja ver entre las nubes y nos ofrece un escenario más bonito del que hemos sufrido hasta el momento, iluminando las fachadas. Volvemos a la que fue una de nuestras primeras paradas del día, el Public Garden tras atravesar el Boston Common. Salvo el inconveniente de que ahora hay muchísima más gente que a las 8 de la mañana, el ambiente soleado mejora el lugar. Nos sentamos en un banco con la única ocupación de ver a las ardillas corretear, trepar y enterrar los cacahuetes que un asiático les va tirando. Evidentemente, tenemos que pasar a saludar a nuestros amigos los patos antes de marcharnos. Pese al día constantemente nublado y lluvioso, el calor y la humedad han sido una constante durante toda la jornada.









La poco más de una hora de sol llega a su fin, así que llega la hora de recoger definitivamente y volver a la habitación. Antes de salir a buscar algo de cenar, nos da tiempo de trazar las líneas generales de nuestra agenda para mañana, que consistirá en desplazarnos al otro lado del río para visitar el Instituto de Tecnología y el campus de la Universidad de Harvard. Conectándonos a Internet recibimos recomendaciones para primero visitar el museo de robótica del MIT, y a continuación movernos hacia el suroeste para entrar en la casa natal de John Fitzgerald Kennedy. Por desgracia, el día de mañana será festivo pese a ser lunes con motivo del Labor Day, y nunca de las dos instalaciones estará abierta al público.

Descubrimos al usar otra de las salidas del hotel que tenemos un completo gimnasio con máquinas de cardio y pesas a nuestra disposición. No es algo que descarte: por regla general me gusta aprovechar las vacaciones para hacer un poco de ejercicio, cosa impensable en el día a día cuando llego a casa ávido de ocio tras tantas horas de oficina. Tomamos la calle para ir a buscar la cena, si es que se le puede llamar así. L se decanta por el B. Good, un local cuya carta en el expositor promete un batido de fresa y plátano al que no puede renunciar. Yo entro en un local de Fro.zen.yo, una franquicia que te permite construir tu propio yogur helado y pagarlo en función de su peso. Me construyo una obra maestra de yogur de cookies & cream con pequeñas nubes y fresas. El dependiente tasa la obra en 5 dólares. Mientras tanto, L recoge su batido y descubre que han debido confundirlo con el de otro cliente, ya que las fresas y plátano saben sospechosamente a chocolate. Pero está igualmente rico y no tenemos muchas ganas de retroceder para enmendar el error, por lo que así se queda.


Volvemos a nuestra habitación para disfrutar de la cena soñada por cualquier niño pequeño, y solo queda darnos un baño y descansar en vistas al día siguiente. L, al igual que en casa, no necesita mucho para caer dormida, pero yo que soy de sueño más difícil todavía tengo tiempo de invertir 90 minutos en ver Premium Rush (Sin Frenos), una película de premisa horrible pero que me inclino a ver por la mera presencia de Joseph Gordon Levitt y me acaba sorprendiendo. Quién iba a pensar que hora y media sobre persecuciones de repartidores ciclistas huyendo por Nueva York podía resultar tan atractiva.

Y ahora sí, a dormir.
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Ver Etapa: Día 1, Boston: Public Garden, Beacon Hill, Freedom Trail, North End

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  Últimos comentarios al diario  Costa este de EEUU septiembre 2013
Total comentarios 21  Visualizar todos los comentarios

DonAlvaro  DonAlvaro  29/04/2015 10:44   
Bueno, no tengo palabras para expresar lo mucho que he disfrutado este diario tan tan tan magnífico¡¡¡ He tenido la sensación de viajar con vosotros¡¡¡ y la verdad ahora que estoy en paro....pues me temo que no podré viajar si no es gracias a estos diarios. Así que Mil gracias por hacer un diario tan genial . Las fotos, tus descripciones, tus comentarios, en fin todo. es genial¡¡¡
Te felicito¡¡¡ un abrazo

Lou83  lou83  29/04/2015 17:38   
Hola DonAlvaro!

Me alegro que te haya gustado, muchas gracias por tu comentario!

Alidani  alidani  08/06/2015 00:48   
Comentario sobre la etapa: Día 14, Washington DC: Capitolio. Jefferson, Roosevelt, Luther King, Korean War
Estupendo diario y muy buenas fotos. Tomo notas para viaje a la costa este el año que viene .Espero que sea tan increible como el que realizamos a la costa oeste.
Gracias por compartirlo!!!te dejo 5*

Siles  Siles  28/08/2015 10:59   
Por las especificaciones, las fotos y la buena calidad literaria os pongo las cinco estrellas. He llegado aquí porque no hay demasiados diarios de la costa este diferenciados de las ciudades importantes (New York-Washington-Boston) y mucha gente sube hasta Niagara (que nosotros hicimos en un viaje de Canadá costa este). Pillamos ideas muy interesantes.

Josep7778  josep7778  20/12/2016 13:57   
Comentario sobre la etapa: Día 8: De White Mountain a Newburgh
Hola Lou!

Enhorabuena, me encantan tus diarios. Además coincidimos bastante en las rutas... Ahora mismo estoy empezando a preparar el de la costa este (norte), para verano 2017, con un recorrido similar (sin NY, añadiendo Shenandoah y Finger Lakes si puedo cuadrarlo). Vimos la peli "Un paseo por el bosque" y nos dio el puntazo de hacer algún tramo del sendero de los Apalaches, que veo no está muy presente en diarios de viajeros. A ver si podemos solucionarlo...

Saludos!

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ethilicccr
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May 03, 2016
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Fecha: Mie Ago 30, 2017 02:14 pm    Título: Re: Rutas Costa Este de USA

Muchas gracias! Yo te quería preguntar si es suficiente con estar 2 días en cada ciudad (excepto Nueva York) y con qué compañía cogisteis el coche. Sonriente
El_Errante
El_Errante
Silver Traveller
Silver Traveller
Ago 30, 2017
Mensajes: 13

Fecha: Mie Ago 30, 2017 04:30 pm    Título: Re: Rutas Costa Este de USA



dos dias es poco para casi cualqueir cosa, son ciudades grandes con muchas cosas que ver pero digamos que para poder echarle un vistazo a lo principal si da tiempo, se quedan muchas cosas fuera pero cunde si te organizas
el coche lo cogí en Boston con Alamo y lo entregué en NY, ningún problema, todo perfecto, sin demoras y el coche que me entregaron practicamente nuevo, no tennía ni 5000 kms
ethilicccr
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Travel Adict
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May 03, 2016
Mensajes: 25

Fecha: Mie Ago 30, 2017 04:31 pm    Título: Re: Rutas Costa Este de USA

Genial. Muchas gracias de nuevo! Guiño
manuelguijarro
Manuelguijarro
Super Expert
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May 22, 2007
Mensajes: 570

Fecha: Lun Sep 25, 2017 07:59 am    Título: Re: Rutas Costa Este de USA

Buenos dias, Le estoy organizando el viaje de la costa Este a mi madre y sus amigas (en total 5 Guiño ) y después de leer y revisar me ha quedado algo asi: Día 1. Vuelo Madrid-Boston Directo. Día 2. Boston. Día 3. Boston. Día 4. Camino a Cataratas Niagara. Dormir en Finger Lakes. Día 5. Cataratas del Niagara. Día 6?. Toronto. No se si verlo o acercarme el dia de Cataratas. Día 6. Camino a Washington. Dormir y ver Lancaster. Día 7. Washington. Día 8. Washington. Día 9. Camino a NY. Ver Filadelfia. Parada Outlet mas vacío que Woodboury. Día 10. Nueva York. Día 11. Nueva...  Leer más ...
boom_3210
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Travel Adict
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Nov 09, 2015
Mensajes: 27

Fecha: Lun Sep 25, 2017 11:19 am    Título: Re: Rutas Costa Este de USA

Hola viajeros, Tengo en mente el año que viene por la mitad de junio irnos a la costa este. Seremos 4 adultos y un bebe de 1 año en el momento del viaje( esto nos limita a 400 km como muy mucho por etapa). Despues de leer mucho informarme, y descubrir que es lo que nos interesa de verdad en la costa este, os paso un planing con algunas dudas que espero que me ayudeis. La llegada seria desde Boston y la salida desde nueva york( es la combinacion de vuelos y alquiler de coche mas barata que he encontrado “de momento”) Dia 1 boston….. ver algo del centro en el tiempo que nos quede desde...  Leer más ...
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