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LA LISBOA DE FERNANDO PESSOA -Diarios de Viajes de Portugal- Merche137
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Diario: DE QUEIJADAS, TRANVÍA Y FADO  -  Localización:  Portugal  Portugal
Descripción: Diario de una escapada a Portugal en el puente de diciembre
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Etapa:  LA LISBOA DE FERNANDO PESSOA  -  Localización:  Portugal Portugal
Merche137  Autor:    Fecha creación:   
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Cuando salimos a desayunar pensábamos que nos costaría encontrar algo abierto cerca, dado que era domingo y una hora más bien temprana; sin embargo, casi al lado del hotel había una cafetería-pastelería (Danubio) que habría abierto no hacía mucho y donde nos tomamos los cafés y las tostadas que sirvieron para que nos preparáramos para un día bastante ventoso y frío, en el que el color plomizo del cielo nos indicaba que, en cualquier momento, empezaría a llover.

Lo primero que hicimos fue encaminarnos al metro y comprar la tarjeta Viva en las máquinas expendedoras. Nos llevó un ratito porque, a pesar de tenerlo todo claro, hay que ubicarse y leer las distintas pantallas, sobre todo porque no hay nadie en ninguna de las cabinas de la estación a quien preguntar y, en un par de ocasiones, nos dio problemas con los billetes y, claro, no habíamos previsto llevar todo en monedas y no aceptaba bien el papel, así que hubo que cancelar e iniciar el proceso alguna vez que otra. Pagamos los 3,85 euros de rigor (0,50 por la tarjeta y 3,35 por el recargo para un día completo) y nos dirigimos hacia Rossío para ver la plaza con luz diurna.

La estructura de decoración navideña que circundaba la estatua central la afeaba algo más que de noche, así que ni nos paramos. Nos fuimos hacia Restauradores, contemplando e inmortalizándonos con la bonita fachada manuelina de la estación de ferrocarril a la espalda.



Estación de ferrocarril de Rossío



Detalle de la entrada


Al llegar a la Praça de Restauradores vimos que venían unos corredores, pues se estaría celebrando una maratón. Ya debía haber comenzado hacía algún tiempo la carrera porque algunos pasaban en solitario, o en varios pequeños pelotones de manera intermitente. Pensamos que era una buena manera de combatir el frío pues, a pesar de que había salido el sol, era facilísimo observar el vaho cada vez que hablábamos.


Tras aplaudir un poco a los esforzados atletas, nos dirigimos al callejón donde se ubica el elevador de Gloria, un viejo tranvía con asientos de madera corridos a modo de tablones, y muchísimo encanto (tendría aún más sin los vandálicos “graffiti”) que, tras una corta espera, nos fue subiendo despacio hacia el Barrio Alto; es sólo una cuesta, pero qué cuesta.




La lentitud obligada del ascenso hacía que se percibiera perfectamente el chirriar de las ruedas sobre los raíles engrasados y que diera tiempo suficiente para comprobar la picaresca de quiénes, como una señora que había subido con dos grandes bolsas como de haber hecho sus compras, se intentaban escabullir de pagar el importe del corto viaje (1,20 euros). Era tal el teatro que le estaba echando al asunto que nos daba pena y hasta hicimos ademán de pagárselo nosotras, pero una de las revisoras que estaba comprobando el estado de nuestras tarjetas, nos indicó por señas que no se nos ocurriera y, al final, como ya estábamos llegando, la dejó estar. Algo que nos sorprendió muchísimo es que, además de la conductora, que veía cuando se pasaba la tarjeta en la máquina o expendía el billete a quien no lo tuviera, subieron tres revisores, dos chicas y un chico; primero nos pidió los billetes una y, cuando ésta ya iba haciendo la comprobación de los viajeros del fondo, la otra volvió a pedirlos. Sinceramente, nos pareció un ejercicio de nula eficiencia en la gestión, porque tener tres sueldos para eso en un trayecto de apenas cinco minutos y, encima, para dejar a gente sin pagar, pues está claro que va en contra de cualquier medida de control del déficit presupuestario, pero bueno, tampoco pretendo ahora que dejen a nadie sin trabajo ni plantear medidas económicas alternativas a la crisis.

El tranvía deja justo al lado del mirador de San Pedro de Alcántara, desde donde se pueden observar unas espléndidas vistas de la ciudad, con sus preciosos tejados rojizos, el castillo de San Jorge al fondo, las torres de la (catedral) algo más a la derecha y, ya en el ángulo lateralizado de visión, el río Tajo.




Vistas desde el mirador de San Pedro de Alcántara


Después de un rato de contemplación, nos encaminamos, ya cuesta abajo, en dirección a la iglesia de Sao Roque (entrada gratuita). Está emplazada en lo que fue antaño una ermita y cementerio destinado a los enfermos de peste, consecuencia de la grave epidemia que sufrió Lisboa en 1505, introducida por un barco que llegó de Venecia, por lo que el rey Manuel I solicitó a esta ciudad una reliquia de San Roque (pues es el patrón de dichos enfermos) para que protegiera a la población y, para custodiarla, erigió la ermita en un descampado junto a la muralla; posteriormente, cuando se instaló la Compañía de Jesús en Portugal la eligieron para la construcción de su primera iglesia y casa profesa.

Cuando llegamos, iba a comenzar la misa dentro de un rato, por lo que una señora nos impidió el paso hacia el altar mayor y tampoco podíamos acceder por las naves laterales, aunque, amablemente, tras decirle yo que únicamente estaríamos un momento para echar un vistazo, nos dejó pasar, pero insistió mucho que hasta poco menos de la mitad; me señaló con su mano una especie de línea de seguridad imaginaria que no llegaba más allá de la segunda capilla, conminándome a que no se me ocurriera pasar de ahí; luego comprendí el por qué de tan arbitrario límite.

A mi y a mis acompañantes, obviamente, no se nos ocurrió poner el pie ni un centímetro más allá porque lo intenté y rápidamente se vino a decirme que no se me ocurriera, que me había dicho sólo hasta allí, por lo que recogí el pie para hermanarlo con el que me había dejado atrás y cogí de referencia un banco así que, “desde allí”, vi lo que se alcanzaba a ver. Era una pena, porque la iglesia es preciosa, amplísima, con una única nave central tipo salón, en la que se mezclan sus trazas neoclásicas con el barroco de algunas de las capillas laterales, ricamente ornamentadas con profusión de mármoles, pinturas, relicarios y diversas imágenes, según a quién estaban dedicadas. Algunas tenían también paneles de azulejos y lámparas con los embellecedores de madera que habíamos visto en Évora. Toda la iglesia estaba recorrida por una especie de segundo cuerpo donde se ubican las ventanas, repleto de cuadros y un techo que, desde mi punto de vista, resume bastante bien todo lo que se podría decir de esta iglesia, que representa perfectamente el ejemplo de las grandes obras vinculadas a la compañía jesuítica y que se pueden admirar también en otros lugares. Aunque la calidad de las imágenes deja bastante que desear, debido fundamentalmente a la iluminación del momento, las prisas, la lejanía, la potencia de la cámara y, sobre todo, el escaso virtuosismo de la fotógrafa (yo), no me resisto a dejar un ejemplo de lo poco que pudimos ver de tan magnífico interior.




Capilla de Nuestra Señora de la Doctrina


Al ser mañana de domingo, la visita al museo contiguo era también gratuita (la entrada general suele ser 2,5 euros), por lo que, en un intento de hacer tiempo mientras terminaba la misa, fuimos a verlo. Está distribuido en dos plantas y, aunque no es muy grande, tiene una muy interesante y amplia colección de piezas y ornamentos religiosos, así como relicarios, marfiles, pinturas y esculturas de los siglos XVI al XVIII que, en mi opinión, merece mucho la pena ver. Ante algunas piezas, por muy diferentes motivos y significado para mi, no me pude resistir y me las traje de recuerdo.



Menino Jesus Caminheiro (Anónimo, s. XVIII)



Saô Joâo Baptista (Taller de António Oliveira s. XVIII)



Saô Sebatiao (Anônimo)


Muchas de ellas provenían del tesoro de la capilla de San Juan Bautista, una de las joyas de la iglesia, junto con la del Santísimo Sacramento, entre otras. Estas estaban en la parte de la iglesia que no pudimos ver y yo me preguntaba si no sería por eso por lo que tuvimos vedado el adentrarnos algo más en la iglesia pues, probablemente, la señora de seguridad pensaría que hubiéramos estado más tiempo del debido admirándolas, de ahí que nos impidiera el acceso a las mismas.

Cuando salimos nos quedamos un momento viendo la fachada, sencillísima, que no tiene absolutamente nada que ver con el interior y, si no fuera porque se sabe y se lleva previsto, igual ni te da por entrar.




Iglesia de San Roque


Yo caí en la tentación, como supongo que miles de personas más, de hacerme la foto con la estatua de la plaza, que parecía ofrecer lotería o algo así.




Continuamos bajando por la rua da Misericordia, contemplando algunos de los descuidados edificios con fachadas recubiertas de azulejos, hasta Largo do Chiado y Praça de Camoês, donde, nuevamente, el tranvía parecía transportarnos a épocas pretéritas, poniendo ese toque de romanticismo que impregna toda la ciudad.






Estábamos al lado de la rua de Garret y allí teníamos una cita obligada con Pessoa, que nos esperaba a la puerta del famoso café A Brasileira; pero, cuando llegamos, el café estaba abarrotado, por lo que sólo entramos a mirar y a tomar algunas fotos. Al lado del poeta se había atrincherado un joven, con vocación periodística que esta llevando a cabo una larga entrevista-monólogo, a juzgar por la cantidad de folios que portaba, mientras otro lo grababa en vídeo, no sabemos si como parte de algún trabajo académico o simplemente como modo de recordar su estancia en el lugar, dado que su familia contemplaba la escena divertida desde una de las sombrillas, así que nos limitamos a pasar de largo.




Tras pasear un poco por la zona, viendo los escaparates de las diversas tiendas de decoración y ropa de marca, y asomándonos a algunas de las empinadas calles que, sin duda, recorreríamos en otra ocasión, nos encaminamos hacia el enclave del elevador de Santa Justa, que se encuentra ubicado junto a las ruinas de la Igreja do Carmo. Esta iglesia gótica, que fue, en su momento, la más grande de Lisboa, está desprovista de techumbre, pues se destruyó completamente durante el gran terremoto que sufrió Lisboa en 1755 y actualmente se ha transformado en el Museo Arqueológico.




Está situada en una pequeña plaza en la que existe una especie de templete con una fuente del siglo XVIII, Chafariz do Carmo, bastante artística pero muy descuidada.




En el pavimento de la plaza, una placa redondeada expresa el homenaje de la ciudad a Salgueiro Maia, que fue uno de los más importantes líderes de la famosa “Revolución de los claveles”, que acabaría con el régimen dictatorial de Salazar el 25 de abril de 1974.




Al lado de la iglesia se encuentra la Comandancia General de la Guardia Nacional Republicana, alguno de cuyos miembros la custodiaba desde una garita.




Justo en el lateral de la iglesia se abre un estrecho callejón en obras, debido a prospecciones arqueológicas, donde se encuentra una estructura metálica que lleva al elevador de Santa Justa y desde la cual se tienen unas magníficas vistas, tanto de la iglesia como de la ciudad, aunque nos limitamos a verlas desde ahí y, ni siquiera las más intrépidas de mis amigas se atrevieron a subir la pequeña escalera de caracol que conduce al café situado en la parte superior del elevador desde donde serían mejores, debido a la presencia, cada vez más fuerte del viento. Yo, por supuesto, ni me lo había planteado, es más, estaba deseando meterme ya dentro, aunque la curiosidad pudo más que mi vértigo y me animé a echar un vistazo desde la terraza a la que se abre el ascensor.




Pudimos hacer la bajada en el elevador con nuestras tarjetas Viva y, en un momento, ya estábamos al pie de las escaleras que lo separan de la rua Aurea, dispuestas para pasear por esas calles gremiales, en dirección a la Praça do Comercio.






Alguno de los letreros despertó mi curiosidad, pero como la tienda estaba cerrada no pude comprobar a qué se refería exactamente.





Decidimos ir por una calle peatonal, la rua Augusta, repleta de tiendas de corte más moderno y en la que había varios músicos callejeros y mimos y también un montón de gente, hasta desembocar en la plaza. La verdad es que, como no me gusta ver a priori las fotografías de los lugares a los que voy para no perderme la sensación de novedad, no tenía hecha ninguna idea anticipada de lo que podría ser esta plaza y, desde luego, creo que aunque hubiese visto alguna, difícilmente podría reflejar la magnitud de la misma. Cuando entramos por el magnífico arco de triunfo que le da acceso (¡qué me gustan esos arcos adosados a hileras de casas, porque me dan una expectativa de lo que no veo que me encanta!), conteniendo el equilibrio a duras penas, mientras atravesábamos los soportales, porque el viento había arreciado tremendamente y casi nos arrastraba - y ya tiene que hacer viento para que me mueva a mi -, desembocamos en una tremenda explanada, circundada por edificios de color amarillo y con una gran estatua ecuestre en el centro que parece pequeña cuando la ves en el conjunto del, para mi gusto, excesivo y descomunal espacio, pero que aprecias luego apropiadamente cuando te sitúas al lado y, sobre todo, pretendes que entréis ella y tú en alguna fotografía, sin que parezcas miembro de la tribu pigmea. No obstante, y como ocurre con bastante frecuencia, había determinados elementos que empañaban la visión, como algunas grúas y vallas, carteles y las casetas prefabricadas que se sitúan en el margen del río.








Dos cosas aparecían en mi mente de manera repetitiva, a modo de letanía: Im-pre-sio-nan-te y “Al vent, la cara al vent, el cor al vent, les mans al vent, els ulls al vent, al vent del món”, que cantara Raimon.

El cielo cada vez se estaba cubriendo más y hacía más frío, las olas eran cada vez más grandes, rompiendo contra los pequeños malecones de contención del río y los pobres corredores que habíamos dejado de ver hacía mucho tiempo, aparecían ahora exhaustos, algunos ya andando a duras penas como si no pudieran ni tirar de las zapatillas y con caras ateridas, incluso vimos a otros con grandes rozaduras en los pies, de hecho, una señora que parecía alemana iba hasta sangrando. Ante ese espectáculo una se pregunta si eso puede constituir un aliciente para alguien, en esas condiciones, la verdad.





Después de asomarnos un poco a ver el río y el puente Vasco de Gama a lo lejos, desde una distancia suficiente para que no nos lleváramos ningún chapuzón inoportuno, decidimos ir buscando ya algún sitio para comer, así que volvimos a emprender la travesía de la plaza en dirección a los soportales, pasando por el que dicen es el café más antiguo de Lisboa, el Martinho da Arcada; efectivamente, uno de los rótulos en su fachada indica que fue fundado en 1782.




Continuamos hacia la rua dos Bacalhoeiros ya que la teníamos casi al lado para ver la Casa dos Bicos y luego ya ir a almorzar. La casa de piedra es ciertamente curiosa, con un tallado muy particular, constituyendo un ejemplo del gótico tardío, aunque fue alcanzada también por el terremoto y la actual está restaurada siguiendo el original; pero, sobre todo nos alegramos de haber acabado allí, porque próxima a ella está la Loja dos Descobrimentos, una tienda-taller de cerámica, especializada en diseño artístico pintado a mano y regentada por un simpático matrimonio, donde efectuamos las compras de rigor, dada la calidad y magnífico precio de las piezas.




Como era ya cerca de las dos de la tarde y hacía un frío de muerte, optamos por no explorar mucho y nos fuimos a comer a uno de los tres restaurantes que están al final de la calle. Nos decidimos por la Churrasqueira “O Cofre”, tomando como entrante un surtido de quesos y como platos principales una lubina, un lenguado y 2 filetes de cerdo, todos con una calidad y presentación magníficas. No nos podía faltar el vino, nos tomamos dos botellas de Quinta de Aveleda y porque nos daba cosa pedir otra por no poder predecir las consecuencias, ya que bien frío es que no te das ni cuenta cuando has terminado ya la copa. De postre pedimos dos ensaladas de frutas, un Doce y un Doce Avozinha, éstas eran dos tarrinas con una especie de tarta de queso cremosa, la última con avellanas (importe del almuerzo: 65,76 euros, el pico este raro era por el pan, que pedimos doble).

Cuando estábamos empezando el segundo plato oímos que estaba cayendo agua a mansalva y los truenos se percibían con gran estruendo desde el propio comedor, pero no creímos lo que estaba lloviendo hasta que intentamos salir a fumar un cigarro. El agua corría a modo de grandes riachuelos por la calle, con espuma formada por el viento, que hacía volar con violencia los toldos y doblaba y volvía los escasos paraguas que se veían por la calle. Afortunadamente, nos dejaron consumar el vicio en la entrada techada del restaurante, pero ante esa perspectiva no nos quedaba otra que esperar en el interior calentito del restaurante. Dudando entre pedirnos una copa o un café, optamos por lo segundo, aunque algunas nos tomamos también la copa, total, había que esperar y entrar en calor…

Cuando amainó un poco el temporal, decidimos ir a ver lo que teníamos más cerca, la catedral. Intentamos coger el camino más corto, un callejón con escalones por los que vimos bajaba gente; bueno, pues la avanzadilla comprobó que daban directamente a una casa particular, así que no nos quedaba otra que remontar la cuesta.

La fachada es bastante armónica y simple, con dos torres cuadradas amuralladas prácticamente simétricas y el rosetón en el centro, encima de la portada, que me recuerda las normandas. Lo primero que hice cuando entré fue sentarme porque la lucha contra el viento, el frío, el esfuerzo para que el paraguas siguiera vivo, la subida y las escaleras de acceso me habían dejado un poco exhausta y, dada mi condición de “jartible de las piedras”, no podía disponerme en esos momentos a apreciar absolutamente nada más que el galope tendido de mi corazón y, aún así, luego durante la visita tuve que volverme a sentar y empezar a quitarme ropa de abrigo porque casi me da un “jamacuco”.
Pasados esos momentos de agobio, me puse ya en marcha. La catedral, que se llama de Santa Maria Maior, tiene forma de cruz latina y tres naves separadas por pilastras con columnas simples y capiteles poco labrados, bastante austera, si la comparamos con otras catedrales o incluso iglesias, pero a mi eso me encanta, porque así se puede apreciar mejor la belleza del trazado. Es románica, de la segunda mitad del siglo XII, aunque tiene también algunas zonas y el claustro góticos, de magníficas trazas que, afortunadamente, se han mantenido a pesar de las profundas restauraciones a la que ha sido sometida, tras el famoso terremoto y luego posteriormente en los siglos XIX y XX. No obstante, y ésta es una opinión muy personal, creo que no pudimos contemplar en su justa medida la belleza de la catedral por varias razones: En primer lugar por la mala iluminación; es cierto que el día no acompañaba, por lo que no podía esperar que entrase luz por las vidrieras, pero no me estoy refiriendo a cantidad, que una catedral debe tener la que le corresponda según su arquitectura, sino precisamente al aspecto cualitativo, pues aquí había una iluminación artificial un tanto extraña y con gran contraste entre zonas, no sé si sería por la direccionalidad de los focos y apliques, por la intensidad, el tipo de bombilla o qué, pero ofrecían una coloración rara, e incluso en aquellos lugares que, a priori, estaban resaltados con algunos puntos digamos estratégicos, como era el caso de las capillas absidales, era manifiestamente mejorable; por ejemplo, en una que tiene un Nacimiento precioso de Joaquim Machado de Castro (siglo XVIII), los reflejos y la refracción en el cristal protector hasta molestaban.















Por otro lado, es una pena el estado en que estaba el claustro, y no me refiero a las excavaciones arqueológicas que tienen todo el patio levantado desde 1990, en las que se han encontrado una serie de estructuras y restos de los siglos V y VI a.C.; no, no me refiero a eso, sino a las tremendas humedades que están cargándose la piedra; de hecho, veíamos cómo rezumaba el agua y formaba grandes charcos por las zonas que, teóricamente, están más protegidas de la intemperie, como son algunas capillas e incluso por las nervaduras de algunos arcos. Esto probablemente no sea evitable y requeriría indudablemente otros trabajos de restauración y, sobre todo, mucho dinero, pero lo que sí creo que se puede obviar es tener el deambulatorio del claustro como si fuera la galería de una mina en la que, al amparo de la oscuridad, se almacenan trastos viejos: piedras amontonadas y lápidas rotas por algunos sitios, aquí unas imágenes que, aunque algunas no tengan un notable mérito, el simple hecho de su antigüedad y curiosidad creo que justifica algún enclave y fijación más dignos, allá unas cerámicas, en fin no sigo, pero creo que era franca mi decepción al contemplar este conjunto.












La catedral también alberga algunas pinturas interesantes, como las del retablo de la capilla de San Bartolomé, la primera que se encuentra a la izquierda de la entrada o la última si se sigue el sentido de la visita, de Cristóbal de Figueiredo y García Fernández, del siglo XVI, que representan el martirio del santo y diversas escenas de la vida de la Virgen y de la Pasión de Cristo, aunque como estaba cerrada, sólo acertamos a vislumbrarlas a través de la reja.




A mi me había llamado la atención, no obstante, un lienzo situado en la nave lateral, en la antesala de la capilla del Santísimo, de la que no constaba autoría, que me resultó especialmente curioso: Jesús impartiendo la Eucaristía a los discípulos, pero no era la imagen habitual a que estamos acostumbrados en la última cena, puesto que ésta se desarrollaba en el interior de una iglesia y, viendo su figura, su disposición, el manto y, haciendo una abstracción, quitándole la escasa barba, me quedaba una imagen muy feminizada del mismo. No he podido encontrar ningún dato sobre la misma, ni siquiera aparece cuando se efectúa una búsqueda en internet, pero sigue despertando mi curiosidad; la casualidad es que otra de mis amigas hizo la misma lectura que yo del cuadro, ¡ay, ese Dan Brown, que sigue haciendo estragos!.




Cuando salimos, ya estaba oscureciendo y fuimos a esperar el tranvía 28 para que nos subiera a la parte más alta del barrio de Alfama, pues teníamos pensado dedicar la tarde de ese día al mismo y cenar por allí en alguno de los restaurantes de fado que yo llevaba anotados. Aunque habíamos desistido de la visita al castillo de San Jorge, dada la hora y como estaba el día, pretendíamos pasear por las callejuelas del barrio y entrar en lo que pudiéramos encontrar abierto. Pasó un tranvía repleto de gente que no paró, así que nos tocó esperar un buen rato al siguiente, por lo que ya se hizo totalmente de noche. Cuando llegó, también estaba bastante lleno aunque conseguimos subir, no sin ciertos apuros pues mi espalda quedaba justo contra la puerta de entrada, hasta que conseguí avanzar un poco. El vaho sobre las ventanillas hacía que no pudiéramos apreciar absolutamente nada del exterior, así que, cuando oímos al conductor decir Castelo, nos preparamos para bajar en la próxima parada, que estaba en una calle ya un poco cuesta abajo. Como no teníamos ni la más mínima idea de en qué punto nos encontrábamos, remontamos un poco la cuesta y llegamos a Largo das Portas do Sol. Nos fuimos a la explanada del mirador con la esperanza de asomarnos y apreciar las vistas, pero era totalmente imposible porque sólo se veía negrura en el horizonte. La iglesia de Santa Luzia estaba cerrada, así que intentamos encaminarnos hacia el monasterio de San Vicente a Fora o la iglesia de Santa Engracia, que veíamos iluminados a lo lejos, pero diversos motivos hicieron que no fuera así. Por un lado, la bajada era considerable, por lo que había que ir frenando un poco, dado que el pavimento estaba muy resbaladizo y yo, especialmente, tengo diversas hipótesis contrastadas científicamente: si existe la más mínima posibilidad de resbalarse, me resbalo y si hay algún defecto o agujero en la calzada o en la acera que haga que meta el pie y se tuerza, pues yo lo pillo, así que no quería tentar la suerte; además, no había ni un alma por las calles y empezó a llover con mayor intensidad, con lo que teníamos todas las claves para decidir, por unanimidad, que tendríamos que conocer el barrio en una mejor ocasión, así que nos pusimos a esperar el tranvía de vuelta.

Como era aún bastante temprano nos bajamos en Chiado y nos fuimos a ver si ya se habría acabado la entrevista a Pessoa, con lo que nos haríamos las típicas fotos, y de paso tomarnos algo en el café A Brasileira porque nos habíamos quedado con las ganas por la mañana.





El café seguía hasta los topes y había bastante gente en la puerta, pero, como habíamos comprobado que habían decrecido en intensidad, tanto el frío como la lluvia, y había una mesa libre bajos los grandes parasoles que, en este caso, protegían totalmente del agua, allá que nos sentamos. A estas alturas aún no habíamos probado la ginja, por lo que ya iba siendo hora de reparar este hecho, con lo que serían tres, pues yo seguí fiel a mi ron con coca-cola, en este caso un Capitán Morgan, porque que no me gusta demasiado el licor de guindas.




Los pedimos, junto a dos botellas de agua y dos pastelitos de manzana para acompañar, al camarero, un chico negro joven, muy risueño, que nos sirvió enseguida. A mi me puso un vaso, sin hielo, de estos largos pero algo más corto que los de tubo habituales y le dije que me pusiera el combinado cortito de ron y, menos mal, porque empezó a echar el ron, yo diciéndole ya está ya está y lo llenó hasta casi el borde, con lo que le dije: pero bueno, qué haces, ¿cómo me voy a tomar ésto?, me contesta, no hay problema, voy por un vaso; lo trae y echa más de la mitad del ron en el mismo diciendo, ahora me lo bebo yo; pensé que era una forma de hablar, pero cual no sería mi sorpresa cuando abre la botella de coca-cola, de esas de 20 cl., la añade a “su ron” y se toma un buen trago. A mí me dejó como dos dedos para el mío, con lo que tuve que pedirle otra. Esta vez me trajo otro vaso vacío y una lata del refresco y le dije: ni se te ocurra tocarla, porque aunque había bajado la cantidad de ron seguía estando demasiado fuerte para mí, así que lo repartí y me lo tomé en dos veces. Todo ésto, claro, entre risas y comentarios de lo más variopintos porque, lo cierto, es que era supersimpático; se dedicó exclusivamente a servirnos a nosotras, trajo un plato lleno de las pequeñas guindas del licor para que las probáramos, se quedó un buen rato charlando, nos dijo su nombre, que era de Mozambique y accedió a hacernos una fotografía y a posar con mi amiga para el álbum particular, que ya contaba en su haber con los de Cabo Verde.

La sentada fue de esas que duran media tarde porque estábamos muy a gusto y, si no hubiera sido porque de pronto empezó otra vez la lluvia más fuerte y, aunque se había echado el viento, seguía siendo un poco racheada, con lo que ya salpicaba, hubiéramos estado aún más tiempo, pero no era plan. Pagamos los 21,90 euros de la consumición y fuimos paseando un poco bajo la lluvia, viendo Chiado con la iluminación navideña, mientras hacíamos tiempo para la cena.










Como teníamos previsto ir a la Cervejaria Trindade, nos encaminamos hacia la rua do Nova da Trindade, donde se ubica la misma, que queda casi al lado, aunque la cervecería está bastante arriba de la cuesta. Cuando llegamos la cola era tremenda, por lo menos tendríamos 40 personas delante y había división de opiniones pues una de mis amigas decía que era absurdo esperar la cola, que parecía que estábamos en la cola del Auxilio Social y las demás pensábamos que era complicado salir a buscar otro sitio como estaba la noche, ya que había vuelto a llover con mayor intensidad y, por otro lado, iban saliendo comensales a buen ritmo y la cervecería, aunque no lo parece desde la entrada, tiene dos comedores grandísimos, así que ganó la mayoría y nos quedamos.

Tras unos 20 minutos de espera, más o menos, nos situaron en una mesa del primer salón, que tiene todas las paredes cubiertas de azulejos y en un lateral un púlpito de madera. La explicación para ello es sencilla: la cervecería se ubica en lo que fue un antiguo monasterio, que desapareció a principios del siglo XIX cuando se extinguieron las órdenes religiosas de Portugal. En 1836 lo compró un industrial gallego y construyó en él la primera factoría cervecera de Portugal. El salón donde estábamos era el antiguo refectorio y los azulejos son alegóricos, representan los cuatro elementos, las cuatro estaciones, la Industria y el Comercio. Dentro tiene otro salón inmenso, decorado con mosaicos modernos y, según creo, aún hay otro salón más; así que, como estaba llena, allí estaríamos comiendo más de 200 personas.






Con respecto a la carta, decir que merece la pena tener un buen ratito para leerla completamente por su originalidad y su cuidada presentación. Pedimos 4 cervezas Sagre y luego 4 Imperial, un tazón de caldo verde con broa de maiz a la Franciscana, tres sopas del día “A fray Hortelano” (una sopa de verduras), un buey de mar en paté, dos bacalao Espiritual y un arroz de marisco “A Fray Pillo”. De postre, nadie quiso nada, pero yo no me podía ir sin probar la Trouxa de Santa Clara, un rollito de yemas, claras y azúcar, con canela y frambuesa, que estaba “divino”. Hubo, de nuevo, opiniones contrarias respecto al estado de los platos, pues el buey parecía que era de los que venden preparados; sin duda, aunque lo preparen ellos deben hacerlo con algún tiempo, pues viene envuelto en papel de plástico, y eso se nota; el bacalao estaba demasiado seco, pero la verdad es que como llevaba patatas, salsa bechamel espesa y pan rallado en el gratinado, debíamos haberlo previsto y las que tomaron el arroz de marisco tampoco le daban una puntuación alta (La cuenta ascendió a 70,30 euros). A mí me encantó el sitio y no me disgustó lo que tomé, aunque es verdad que, de todos los lugares en los que comimos, fue posiblemente donde menos satisfechas quedamos, en general.

Yo hubiera querido ir a rematar la noche con una caipirihna, pero ya eran más de las 11,30 y pensamos que sería mejor buscar un taxi para que nos volviéramos al hotel pues al día siguiente teníamos que levantarnos temprano, porque nos esperaba Sintra.
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  Últimos comentarios al diario:  DE QUEIJADAS, TRANVÍA Y FADO
Total comentarios 21  Visualizar todos los comentarios

Merche137  Merche137  10/04/2011 01:16   
Muchísimas gracias por tu valoración, cristoforo, pero ten en cuenta que se me quedaron muchas cosas para el próximo...así que no te va a quedar más remedio que completar la información por otra fuente...Seguro que lo disfrutarás pues Lisboa y Sintra son maravillosas. Saludos.

beatbcn  beatbcn  28/06/2012 12:29
Genial !!! Que diario más bien escrito, con todo máximo detalle, genial! Aquí tienes mis cinco estrellas!

Merche137  Merche137  15/07/2012 22:37   
Muchas gracias beatbcn, me alegra que te haya gustado. Saludos

Gulpiyuri  Gulpiyuri  23/02/2013 04:50   
Muchas gracias, es un bonito diario con temas muy interesantes.
Te lo estrello.
Jo, he puesto el comentario en otro sitio, es que no son horas

Merche137  Merche137  17/04/2013 23:59   
En cualquier caso, gracias Gulpi...Saludos

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macdidia
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Sep 14, 2008
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Fecha: Jue Sep 28, 2017 09:24 pm    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Que currazo. Me quito el sombrero, esta genia. Espero tener un poco de tiempo y acabar el diario que has colgado mío. De verdad chapeau!! Y una idea fenomenal.
spainsun
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Sep 01, 2000
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Fecha: Jue Sep 28, 2017 09:50 pm    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Magnifica recopilación de datos. Gran trabajo. Aplauso Aplauso Aplauso Aplauso
rocmat
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Mar 11, 2012
Mensajes: 482

Fecha: Vie Sep 29, 2017 06:40 am    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Menudo curro, gracias porque será de utilidad seguro!
Molleda
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Super Expert
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May 23, 2009
Mensajes: 261

Fecha: Jue Oct 12, 2017 07:59 pm    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Hola a todos. Estoy pensando en mis próximas vacaciones de verano y tengo el ojo echado en Portugal. Vaya por delante q no conozco Portugal

Somos un matrimonio con una hija de 4 años. He pensado alojarnos por Cascais y desde allí visitar los lugares de mayor interés como Sintra, Lisboa, etc...

Queremos un hotel familiar, el típico cerca de la playa, con animación nocturna, media pensión. Alguna sugerencia?

He pensado en Cascais porque cercano a Lisboa parece q es lo más turístico, si alguien se le ocurre otra zona bienvenida sea.

Muchas gracias por adelantado
chamiceru
chamiceru
Moderador de Zona
Moderador de Zona
Feb 05, 2009
Mensajes: 29716

Fecha: Vie Oct 13, 2017 11:59 am    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Hola
En el Foro de Cascais tienes varios hilos con información sobre la zona Guiño
Saludos
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