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SINTRA, EL RECUERDO DE LORD BYRON -Diarios de Viajes de Portugal- Merche137
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Diario: DE QUEIJADAS, TRANVÍA Y FADO  -  Localización:  Portugal  Portugal
Descripción: Diario de una escapada a Portugal en el puente de diciembre
Autor:    Fecha creación: 
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Etapa:  SINTRA, EL RECUERDO DE LORD BYRON  -  Localización:  Portugal Portugal
Merche137  Autor:    Fecha creación:   
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Habíamos decidido que el lunes iríamos a Sintra, puesto que ese día están cerrados la mayoría de monumentos de Lisboa. También habíamos determinado que no moveríamos el coche sino que nos iríamos en tren, así que bastante temprano nos fuimos hacia Rossío en metro. Cuando fuimos a recargar las tarjetas, incomprensiblemente, dado que las sacamos el día anterior las cuatro a la vez, sólo tuvimos que recargar dos, pues las otras dos aún continuaban operativas. Nos acercamos a la pastelería Suiça para poder desayunar antes de salir. La sola visión del mostrador hace que a una se le haga la boca agua, a pesar de que yo no soy especialmente dulcera y más que en los pasteles con cremas, mucho azúcar y demasiados colorines, me fijo especialmente en los hojaldres y la bollería y, desde luego, tuve difícil el decidirme, pero me incliné, al igual que mis amigas, por un sonho (lo recomiendo sin ninguna duda) acompañado de una estupenda tostada y dos cafés, porque el día se preveía largo, con lo cual todas tomamos prácticamente lo mismo, excepto una que no tomó el dulce y otra que no repitió café. Aunque, en principio, la pinta de la pastelería y el lugar en el que se ubica, hacen temer que la cuenta va a ser muy subida, pagamos algo bastante razonable, en total 18,75 euros.

Nos encaminamos a la estación y tuvimos que sacar nuevas tarjetas Viva para el viaje pues las que llevábamos sólo cubrían el transporte en Lisboa. Creo recordar que ida y vuelta fueron 3,40 euros. Comprobamos que salía un tren en dos minutos, así que nos fuimos corriendo hacia el andén. Nos pilló un grupo bastante grande que llegaba en ese momento por otro, por lo que tuvimos que cruzar la larga fila. Por la premura del tiempo, y que estaba a punto de salir, nos montamos en el tren en fila india, sin percatarnos de que faltaba una. Cuando subo yo, que era la tercera, miro y veo que no está y en ese momento se cierran las puertas del tren. La vemos caminando por el andén, intentamos abrir la puerta pero no se puede, por lo que nosotras tampoco podemos bajar para esperarla; vemos que llega, junto a un ferroviario, y pensamos que le abriría la puerta. Cuál no es nuestra sorpresa cuando éste ni lo intenta y el tren empieza a ponerse en marcha, así que ella se queda en tierra, mal empezamos el día…El único consuelo que tenemos es que los trenes salen cada 10-12 minutos, así que la esperaríamos en la estación de Sintra. Empezamos a impacientarnos cuando vemos que llega un tren procedente de Lisboa y ella no aparece; habíamos intentado llamarla pero los móviles no daban la señal, así que le mandamos mensajes pero tampoco obtuvimos respuesta. Lo pasamos fatal y, hasta que no la vimos llegar no nos entró el cuerpo en caja y encajar, encajamos, pero el rapapolvo que nos tocó, con toda la razón del mundo, por no habernos percatado de que no iba el grupo completo pero, claro, entre las prisas y el mogollón del andén, pensamos que todas íbamos en la fila; en fin, ya estábamos de nuevo juntas y nos dirigimos a la parada que queda a la salida de la estación a coger el autobús circular 434, que nos llevaría al Palacio da Pena. El billete de ida y vuelta cuesta 4,60 euros, que nos pareció caro, en comparación con el de tren porque, a fin de cuentas, sólo cubre una parte del recorrido turístico, Castillo de Mouros, Palacio da Pena y Palacio Nacional, pero no va a la Quinta da Regaleira, ni al convento dos Capuchos ni a Monserrate.

Conforme íbamos subiendo, veíamos un paisaje sencillamente espectacular (no en vano la UNESCO calificó en 1995 esta sierra como “Paisaje Cultural Patrimonio de la Humanidad”), con una niebla que se iba haciendo cada vez más espesa y con una abundancia de vegetación que evidenciaba la humedad reinante en el lugar. Una de mis amigas la comparaba con la laurisilva canaria, presente en el Parque Garajonay en La Gomera, que yo no puedo corroborar, pues aún no lo conozco.







El autobús llega hasta una especie de pequeña meseta, donde se encuentran las casetas de venta de billetes y la cancela de entrada. Existe la opción de comprar entradas combinadas y, aunque estuvimos dándole vueltas al tema, pensamos que, por si acaso, era mejor comprar la entrada sólo para el palacio y ya adquiriríamos el resto posteriormente, dependiendo de donde fuéramos. La entrada general cuesta 9 euros y luego hay que pagar otros 2 euros (ida y vuelta) si se quiere subir en el autobús con forma de un antiguo tranvía de esos con jardinera. Como la cola era larga, continuamente se nos informaba de que, si íbamos a pie, posiblemente llegaríamos antes porque el autobús debía subir, descargar, cargar y bajar; al parecer había tres, por lo que no nos parecía que hubiera que esperar tanto y, de hecho, no se movió prácticamente nadie, excepto algunos valientes que, a pesar del tiempo empezaban la ascensión y, efectivamente, en pocos minutos, estábamos subiendo al autobús que nos llevaría hasta la puerta del palacio mientras dejábamos atrás a los andariegos que, posiblemente, se estarían arrepintiendo de haber sido tan vehementes, a juzgar por las caras con que nos miraban pasar.




Cuando llegamos, y tras traspasar una puerta almenada con un escudo blasonado y subir por un estrecho pasadizo, desembocamos en una pequeña explanada donde había que hacer de nuevo cola, esta vez era mucho más grande, pues pasaban algunos minutos de las 10 y acababan de abrir, por lo que tuvimos que esperar unos 45 minutos, a la intemperie, con un frío respetable dada la altura y una llovizna que calaba bastante. Mientras, aprovechamos para visitar, por tandas para no perder la vez, el patio dos Arcos, desde el que se aprecian unas preciosas vistas y al que se accede por el pórtico del Tritón, figura mitológica monstruosa, mitad hombre, mitad pez, que representa la creación del mundo y que, a modo de inmensa ménsula, sostiene un artístico balcón cerrado circular.










Detalle del Tritón


La niebla era tan densa que, junto con los chorreones negruzcos de la piedra, hacía que prácticamente no se pudieran apreciar los colores amarillos y rojizos de las torres y las cúpulas del palacio pero, precisamente por eso, el aspecto del mismo era aún más fantástico.
El palacio es una construcción romántica, erigido sobre lo que fue un antiguo monasterio que quedó prácticamente destruido con el terremoto de 1755 y, una vez extinguidas las órdenes religiosas de Portugal a mediados del siglo XIX, fue adquirido por D. Fernando II, rey consorte pues era el marido de la reina Dª María II, que fue el que recuperó parte del monasterio, del que se conserva la capilla, que tiene un precioso frontal de alabastro con escenas de la vida de Jesucristo y coro de palosanto, y construyó un palacio como de cuento, que sería la residencia de verano.








Vistas del exterior del palacio


Iniciamos la visita, necesariamente en grupo numeroso y con un itinerario definido, que entiendo es imprescindible pero que no me gusta, en absoluto, pues no soporto llevar a alguien pegándose continuamente y apremiando para que sigas, con lo que vas pasando en fila sin poderte parar apenas para apreciar las muchas piezas de valor que guardan las distintas dependencias, con una mezcla de estilos que le confieren un delicioso eclecticismo: el comedor, con la mesa puesta con un menaje exquisito; la habitación del ayudante y el aposento de las damas, con un asombroso techo de estuco y guirnaldas florales, ambas con un extraordinario mobiliario, antesalas del increíble cuarto de la reina, en estilo mudéjar con la técnica del alforge (estuco moldeado y policromado) y suntuosos espejo, cama y vestidor; el atelier del rey D. Carlos, con numerosos cuadros y telas pintadas por él mismo, en un curioso monotema, por lo que sería el lugar preferido para su refugio y esparcimiento; la sala de lectura y la de estar, en un entrañable estilo victoriano; el bellísimo salón árabe, con un precioso sofá de palillería y crestería; la pequeña sala verde, que conserva el primer teléfono con centralita; la terraza de la reina, que no es visitable; la antigua sacristía, de estilo manuelino con azulejería y una exposición de objetos religiosos; los salones de paso, con notables piezas de cerámica; la delicada salita de papier-maché con incrustaciones de nácar; el salón chino con una asombrosa mesa; el del indiano, con estilizadas garzas en bronce; el de recepción, que da paso al salón noble o de embajadores que, a pesar de ser el mayor y más importante a tenor de lo que indican las guías, fue el que menos me gustó pues tiene tal mezcla de mesas, figuras, candelabros y demás elementos de desigual factura situados, en mi opinión, sin mucho orden ni concierto, que me dio la impresión de estar en un outlet de anticuario; el dormitorio del rey, bastante sencillo para ser el real y bastante alejado del de la reina, pero no es de extrañar tampoco pues, al parecer éste tenía como amante a una cantante de ópera, con la que se casó trece años después de morir su esposa. Llegados a la sala de los venados, la última, ya creía haber agotado el repertorio de adjetivos para calificar el interior palaciego hasta que acabamos en la cocina y no pude por menos que exclamar ¡asombrosa!; menos mal que es amplia, por lo que aquí pudimos deambular ya a nuestro antojo, así que me quedé no sé cuánto tiempo admirando esa cocina de hierro forjado francesa, al igual que esa increíble colección de cacharros de cobre: chocolateras, cazos, ollas, tapaderas, moldes de repostería…sobre estanterías y mesas de madera que a mi me encantan y me hicieron recordar esas antiguas ferreterías de las que, por desgracia, sólo se conservan algunas a modo de testimonio de nuestra antigua memoria y, salvando muchísimo las distancias, la cocina de mi abuela.

Para terminar la visita, sin que fuese de una manera abrupta, decidimos ir a tomar algo a la cafetería. Afortunadamente, para mi, en ese momento estaba casi vacía, por lo que pude disfrutar aún más de un estupendo té de jazmín con aroma de canela, que fue un digno broche para una visita que me había encantado y, sin duda, lo hubiera hecho más de haber ido en alguna fecha menos festiva.
Tras comprar algunos recuerdos en la tienda, nos dispusimos a salir para coger el tranvía-autobús de vuelta y, a pesar de ser ya las 12,30 h., la niebla no sólo no se había levantado sino que era aún más intensa por lo que, cuando ya nos bajamos, el reguero de personas que nos precedían se me antojaba la procesión de la Santa Compaña que aparecía en “El bosque animado”, una película que me encanta, e instintivamente agarraba mi bolso por si aparecía en cualquier momento el bandido Fendetestas.







La interminable cola que llegaba a la misma puerta me devolvió a la realidad y, allá que nos situamos, pensando que no sería cuestión de mucho tiempo, puesto que llegó rápidamente un autobús que se llenó completamente y eso hizo que avanzáramos bastantes metros. No podíamos imaginar entonces lo que nos esperaba y, aún ahora, cuando lo recuerdo no me puedo creer lo que seguiría: Pasaban los minutos y allí no aparecía autobús alguno; al principio no nos preocupamos mucho porque teníamos tema de conversación: no nos imaginábamos cómo iban a realizar la visita la cantidad de personas con carritos de bebé y, sobre todo, en silla de ruedas que habíamos visto, porque hay que ir subiendo y bajando escalones, algunos pasillos son pequeños, en fin, que no está para nada libre de barreras arquitectónicas; comentábamos la audacia de algunas personas de nacionalidad japonesa que pretendían ponerse al principio de la fila con carita de no entender nada, por si colaba; el intenso frío que nos estaba dejando heladas, la molesta lluvia acompañada de viento que nos estaba dejando caladas y la larga espera que nos tenía ya anonadadas. Algunas personas se fueron yendo a pie por lo que, en poco tiempo, estábamos entre las quince primeras, felicitándonos porque ya sería cuestión de casi nada. Pues, como diría Sabina, nos dieron la una y las dos y las tres y no exagero, en absoluto; no sabíamos qué pasaba, la fila de coches particulares llevaba un siglo sin moverse, ya habíamos realizado una prospección de los alrededores y estudiada toda la flora que albergaban las cortezas de los árboles (una de mis amigas es una gran aficionada a la botánica), hasta que una persona con chaleco reflectante apareció, comentando a algunos que le preguntaron que los vehículos no podían pasar porque había algunos coches mal aparcados e impedían el paso.












Alguna de mis amigas sugería que nos fuéramos andando; yo, particularmente, me negaba en redondo porque no quería ni imaginarme bajando esa cuesta y, además, que, en cualquier momento, empezaran a andar porque pasarían rozando y, si había algún camino, que desconocíamos, nos podíamos quedar atascadas en el barro o algo peor; no soy nada aventurera, lo confieso, y mucho menos con esas circunstancias climatológicas, así que allí aguardamos estoicamente.
No sé cuánto tiempo habría pasado cuando ya se fue despejando el camino, lo que sí sé es que eran las tres muy pasadas cuando llegó el autobús, entre el aplauso de los desesperados que esperábamos y, casi sin poder andar porque no nos sentíamos ya los pies, nos subimos al fin; se llenó y nos lanzamos cuesta abajo hasta que, de pronto, se para. No nos lo podíamos creer, no se veía nada porque el vaho empavonaba los cristales, así que, otra vez sin saber lo que pasaba durante un buen rato, hasta que una compatriota da un grito: “Venga, los hombres, que se bajen y empujen”; al principio nadie se movió, pero no me atreví a sacar ninguna conclusión precipitada. Otra vez lo intentó, esta vez verbalizando lo que alguien, dada la evidencia, habría ya pensado: “¿Pero es que no hay aquí ningún hombre?. Como ya había pasado un buen rato desde que nos paramos, las miraditas empezaban a ser un poco incómodas desde esa voceada invitación y la alusión a la paridad de género hacía presagiar algún desagradable tumulto, un grupo de chicos (y alguna chica también) bajó del autobús y empezaron, todos a una, a coger en peso dos coches, uno rojo con matrícula española por cierto y otro blanco (no sé de dónde sería porque de éste no podía ver la matrícula desde donde estábamos) hasta que, afortunadamente y, de nuevo surgió el aplauso por ello, los apartaron lo suficiente para que el autobús pudiera seguir.







Gracias a los propietarios de estos vehículos, “tan increíblemente cívicos”, nos quedamos sin poder realizar la visita al castillo dos Mouros (no sería la única), y un poco más y nos quedamos sin comer, pues cuando nos bajamos del autobús eran ya las cuatro de la tarde.

Sin ganas de ir buscando ningún sitio de los que llevábamos apuntados para almorzar, nos metimos en el primer restaurante que encontramos, el Bristol, posiblemente atraídas por el cartel con el hombre de la capa negra de “Sandeman”, que hacía siglos que no veíamos. Estaba totalmente lleno pero, afortunadamente, acababa de quedarse libre una mesa; bueno, no tendríamos que ayunar y la verdad es que acertamos plenamente. Como teníamos muchísima hambre, mientras esperábamos, nos tomamos una ración de quesos variados buenísimos y luego, ya nos trajeron cuatro grandes tazones de sopa de cebolla francesa, que además de calentita, estaba magistral. Menos mal que se nos había ocurrido pedir sólo dos platos de bacalao braz, porque nos pusieron dos fuentes grandes, de las que nos dio pena dejar algo pero queríamos hacer sitio para el postre porque los que habíamos visto en la carta prometían y, efectivamente, tanto el babá de caramelo como la naranja al Oporto, el pudding-flan o el Doce nata bolacha, una finísima tarta de galleta que tomé yo, cumplieron con nuestras expectativas. El importe del almuerzo, con el pan, el agua y una jarra de 1 l. de vino tinto de la casa que no estaba mal, fue de 74,80 euros.

¿Qué podíamos hacer ya a las cinco y media de la tarde, lloviendo bastante y casi anocheciendo?. Estaba más que claro que no teníamos cuerpo para ir a la Quinta de Regaleira debido a lo tardío de la hora y a la humedad que se iba apoderando de nuestros huesos, por lo que me estuve acordando de los antepasados de los propietarios de los coches durante toda la tarde, ya que era el lugar al que yo tenía más ilusión por ir.

Tras admirar por unos momentos la belleza de las construcciones cercanas, que se sitúan a diferente altura en la ladera, nos acercamos a ver el palacio Nacional por fuera y nos encontramos con que había una parada de un trenecito turístico que hacía un recorrido por Sintra, así que, dado que no íbamos a llevarnos prácticamente ninguna idea más de la ciudad, decidimos esperarlo.







Pagamos los 5 euros del billete y empezamos el circuito Vila dos Mil Encantos, que existen, evidentemente, pero que no se pueden admirar, para nada, en este viaje pues, salvo el Ayuntamiento, que casi no vimos porque aún no estaba iluminado y el edificio de la Biblioteca Municipal, el tren recorre algún barrio pintoresco de la ciudad pero no mucho más (por lo que no se justifica, para nada, el precio), una auténtica pena, así que necesariamente tendré que volver algún día para admirar bien sus singulares edificios y empaparme más del ambiente mágico de la ciudad, porque lo poco que vi, desde luego, me gustó muchísimo y me daba bastante coraje no haber podido seguir más la estela de lord Byron, un auténtico enamorado de Sintra.




Biblioteca Municipal



Lo que sí que no perdonamos fue enfilar la cuesta de una de las calles comerciales, la rua das Padarias, donde, al principio de la misma, se encuentra el café-pastelería Piriquita.






En aquel momento estaba a rebosar, así que continuamos subiendo, pues más arriba han abierto una sucursal de la misma, “Piriquita 2”, algo más espaciosa, por lo que no nos fue difícil encontrar una mesa, en la que poder entrar un poco en calor, con un estupendo café y unos deliciosos pasteles típicos de allí, las queijadas y los travesseiros (dos cafés con leche, dos travesseiros y 1 queijada fueron 5,50 euros). Como había que probar ambos, hice “el esfuerzo” y, así, pude cumplir con una de las promesas hechas, días antes de mi partida, a algunas amigas del foro, quedando la constancia gráfica del momento.







¡A vuestra salud, compañer@s viajer@s!



Compramos también algunos para regalar y, después de curiosear un poco por los escaparates de las tiendas de recuerdos, decidimos que lo mejor sería acercarnos ya hacia la estación. En esta ocasión, no cogimos el autobús porque, cuando íbamos en el trenecito turístico pudimos comprobar lo cerca que se encuentra. Además, la distancia se recorre en unos 15 minutos a través de un agradable paseo repleto de estatuas que representan a la mujer, especialmente la maternidad, y se pasa por delante del Ayuntamiento, un edificio precioso, que habíamos visto antes durante el circuito, pero que podíamos admirar mejor ya más de cerca. Bueno, lo de admirar es un decir, porque a esa hora habían encendido ya las ristra de luces con las que lo habían ¿adornado?, y éstas impedían que se pudiera apreciar en detalle. Yo comprendo que las fechas son las que eran pero, personalmente, odio que se envuelvan los edificios con esas bombillas, porque no se puede ver absolutamente nada, con lo bien que quedan con unos focos indirectos bien colocados…







Ayuntamiento



En fin, seguimos hasta la estación y tomamos el tren de las 19,36 horas de regreso a Lisboa. Cuando llegamos a Rossío, decidimos pasear un poco y hacer algo de tiempo hasta la cena, pero como habíamos almorzado tan tarde y tanto, decidimos que ésta sería a base de fruta, que tomaríamos en el hotel, por lo que fuimos a un supermercado, el Pingo Doce, situado en la rua 1º Dezembro, antes de que cerraran. Con nuestras bolsas, y como aún era algo pronto, nos acercamos a tomar una cerveza al famoso café Nicola. A pesar de la llovizna, nos sentamos en un velador de la puerta, bajo el toldo, para contemplar el ambiente variopinto de las personas que pasaban por allí, entre los que se encontraban muchos grupos de aficionados alemanes, con bufandas, gritando y cantando, bueno más bien haciendo ruido, pues al día siguiente se jugaba un importante partido de fútbol de la liga europea entre el Benfica y el Schalke04 (que, por cierto, ganó el visitante, con lo que no quiero imaginar como sería esa noche) y aquello estaba plagado de gente.

A mi no me gusta tomarme la cerveza “a palo seco” pero tampoco me apetecía nada de lo que había en la carta, pues todos eran ensaladas o platos grandes y el estómago estaba lleno, así que le pedí al camarero unas patatas fritas, que son otra de mis pequeñas debilidades, pensando que serían de esas tipo “chips”; no obstante, tardaba bastante en traerlas, así que me entretuve un momento leyendo, en la carta, la curiosa historia del café. Lo abrió un italiano llamado Nicola, que lo denominó Taverna de Nicola y, desde el principio, fue frecuentado por famosos artistas, políticos y escritores, como Manuel Mª Barbosa del Bocage. Se construyó originariamente en la arquitectura de estilo Pombalino de la reconstruida Lisboa y fue muy célebre durante el reinado de Dª María. Tuvo varios propietarios hasta que en 1928 fue adquirido por Joaquín Fonseca, quien le dio el nombre actual y lo decoró con profusión de tallas de madera, hierro forjado y muchos candelabros, así como con una escultura de Bocage sorprendido por el nuevo café, y numerosos cuadros de Fernando Santos en los que también aparece el poeta. La mayor parte de esos elementos decorativos se perdieron porque fue redecorado en 1935 en estilo decó moderno y geométrico, conservándose únicamente la citada escultura del poeta y cambiándose también los cuadros que fueron sustituidos por otros del mismo autor, representando las mismas escenas.También se conservan algunos elementos de la fachada como dos peces mitológicos en jaulas de piedra, una mujer con sombrero de bronce y un busto de Bocage, del que hay impreso un poema bucólico en la carta.

Después de un rato, comprendí la tardanza, ya que me trajo un plato pero de las normales y al preguntarle si no tenía de las otras me dijo que no, que no solían ponerlas solas pero que no habían tenido inconveniente en freirlas, así que le agradecí el detalle. A pesar de no tener nada de hambre, las cervezas y las patatas cayeron en un momento pues todas picamos ya que estaban francamente buenas. Era hora ya de retirarse al hotel, para dar cuenta de nuestra frugal cena, pues había que dejar hueco para los pasteis de Belém que nos esperaban al día siguiente.

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  Últimos comentarios al diario:  DE QUEIJADAS, TRANVÍA Y FADO
Total comentarios 21  Visualizar todos los comentarios

Merche137  Merche137  10/04/2011 01:16   
Muchísimas gracias por tu valoración, cristoforo, pero ten en cuenta que se me quedaron muchas cosas para el próximo...así que no te va a quedar más remedio que completar la información por otra fuente...Seguro que lo disfrutarás pues Lisboa y Sintra son maravillosas. Saludos.

beatbcn  beatbcn  28/06/2012 12:29
Genial !!! Que diario más bien escrito, con todo máximo detalle, genial! Aquí tienes mis cinco estrellas!

Merche137  Merche137  15/07/2012 22:37   
Muchas gracias beatbcn, me alegra que te haya gustado. Saludos

Gulpiyuri  Gulpiyuri  23/02/2013 04:50   
Muchas gracias, es un bonito diario con temas muy interesantes.
Te lo estrello.
Jo, he puesto el comentario en otro sitio, es que no son horas

Merche137  Merche137  17/04/2013 23:59   
En cualquier caso, gracias Gulpi...Saludos

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macdidia
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Fecha: Jue Sep 28, 2017 09:24 pm    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Que currazo. Me quito el sombrero, esta genia. Espero tener un poco de tiempo y acabar el diario que has colgado mío. De verdad chapeau!! Y una idea fenomenal.
spainsun
spainsun
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Sep 01, 2000
Mensajes: 69046

Fecha: Jue Sep 28, 2017 09:50 pm    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Magnifica recopilación de datos. Gran trabajo. Aplauso Aplauso Aplauso Aplauso
rocmat
rocmat
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Mar 11, 2012
Mensajes: 481

Fecha: Vie Sep 29, 2017 06:40 am    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Menudo curro, gracias porque será de utilidad seguro!
Molleda
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May 23, 2009
Mensajes: 261

Fecha: Jue Oct 12, 2017 07:59 pm    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Hola a todos. Estoy pensando en mis próximas vacaciones de verano y tengo el ojo echado en Portugal. Vaya por delante q no conozco Portugal

Somos un matrimonio con una hija de 4 años. He pensado alojarnos por Cascais y desde allí visitar los lugares de mayor interés como Sintra, Lisboa, etc...

Queremos un hotel familiar, el típico cerca de la playa, con animación nocturna, media pensión. Alguna sugerencia?

He pensado en Cascais porque cercano a Lisboa parece q es lo más turístico, si alguien se le ocurre otra zona bienvenida sea.

Muchas gracias por adelantado
chamiceru
chamiceru
Moderador de Zona
Moderador de Zona
Feb 05, 2009
Mensajes: 29672

Fecha: Vie Oct 13, 2017 11:59 am    Título: Re: Viaje a Portugal : Consejos

Hola
En el Foro de Cascais tienes varios hilos con información sobre la zona Guiño
Saludos
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