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Islas Feroe: cuatro días entre fiordos, pueblos y viento

Islas Feroe: cuatro días entre fiordos, pueblos y viento ✏️ Blogs de Dinamarca Dinamarca

Cuatro días recorriendo en coche las Islas Feroe entre pequeños pueblos, cascadas, fiordos y paisajes espectaculares. Viento, cambios de planes y alguna sorpresa inesperada, antes de terminar el viaje con dos días en Copenhague.
Autor: JMGT  Fecha creación:  ⭐ Puntos: 0 (0 Votos)
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Unas islas pendientes

Unas islas pendientes


Un viaje pendiente desde hacía años nos lleva finalmente a las Islas Feroe. Llegamos de madrugada a Tórshavn, después de un retraso aéreo y una pequeña yincana para encontrar nuestro apartamento.
Localización: Dinamarca Dinamarca Fecha creación: 02/10/2026 17:08 ⭐ Puntos: 0 (0 Votos)
Hace unos años, unos buenos amigos habían preparado un viaje a Islandia que también incluía las Islas Feroe, pero un problema en casa les obligó a regresar antes de lo previsto y se quedaron sin poder visitarlas. Les había quedado aquella espinita clavada y un día nos comentaron que les gustaría volver a intentarlo.

Nosotros conocíamos las Feroe, naturalmente. Más de una vez, mirando un mapa, habíamos pensado que sería interesante ir algún día. Pero lo cierto es que nunca nos habíamos planteado seriamente organizar un viaje allí. Era uno de esos lugares que tienes en mente, pero que siempre quedan para más adelante.

Así que, cuando nuestros amigos nos propusieron ir juntos, no tuvimos que pensárnoslo demasiado. Decidimos que iríamos los cuatro.

Las Feroe son un archipiélago de dieciocho islas situado en el Atlántico norte, entre Escocia, Islandia y Noruega. Forman parte del Reino de Dinamarca, pero cuentan con un amplio autogobierno, lengua propia y una identidad bastante diferenciada. Viven allí unos 55.000 habitantes, repartidos entre unas islas que, con los años, han ido quedando conectadas mediante carreteras, puentes y túneles submarinos, aunque todavía hay lugares en los que dependes de los ferris.

El principal atractivo de las Feroe es el paisaje. Montañas verdes que caen directamente al mar, acantilados impresionantes, cascadas, fiordos y pueblos diminutos donde parece que hay más ovejas que personas. Y un clima atlántico que, según todo lo que habíamos leído, podía cambiar radicalmente en cuestión de minutos.

Preparamos un recorrido de cuatro días completos en coche, dedicando cada jornada a una zona diferente del archipiélago. Teníamos previsto llegar el 23 de septiembre hacia las ocho de la tarde, con tiempo suficiente para recoger el coche e instalarnos tranquilamente en el apartamento de Tórshavn.

Pero, por cortesía de Atlantic Airways y sus retrasos, acabamos aterrizando a las doce y media de la madrugada. Es decir, que cuando pusimos los pies en las Feroe ya era día 24.

Entre recoger las maletas, el coche y llegar a Tórshavn, ya pasaba de la una de la madrugada. Y todavía nos quedaba una última aventura: descubrir cuál era exactamente nuestro apartamento.

Las indicaciones no debían de ser demasiado claras, porque tuvimos que hacer una pequeña yincana hasta conseguir identificarlo. Y todo ello procurando no equivocarnos de puerta y acabar entrando en casa de otra persona. A aquellas horas, despertar a una familia feroesa porque cuatro turistas se han confundido de apartamento podría haber dado lugar a una situación bastante complicada.

Finalmente encontramos el nuestro, pudimos instalarnos y dar por terminada la jornada. El viaje apenas comenzaba y ya habíamos tenido el primer imprevisto.

Islas Feroe: cuatro días entre fiordos, pueblos y viento - Blogs de Dinamarca - Unas islas pendientes (1)
Vista de Tórshavn desde nuestro alojamiento.

Sabíamos que finales de septiembre no era precisamente la época de mejor tiempo. Los días ya empezaban a acortarse, las temperaturas serían frescas y la lluvia y el viento podían condicionarnos más de una excursión. Pero tampoco nos preocupaba demasiado. Ya hemos viajado lo suficiente como para saber que el tiempo no siempre acompaña y que, a veces, los imprevistos acaban formando parte de los recuerdos del viaje.

El plan era pasar cuatro días completos recorriendo las Feroe y marcharnos el 28 de septiembre al mediodía. Como el vuelo de regreso pasaba por Copenhague, decidimos aprovechar para quedarnos allí dos días y visitar la capital danesa antes de volver a Barcelona el día 30.

Y así, un destino que durante años había sido simplemente un punto en el mapa se convirtió en nuestro siguiente viaje. Esta vez, además, compartido con unos buenos amigos.
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Una bienvenida a la feroesa

Una bienvenida a la feroesa


Saksun, Fossá, Tjørnuvík, Gjógv y Funningur, en un día de lluvia casi horizontal y un viento que convertía cada fotografía en una pequeña expedición.
Localización: Dinamarca Dinamarca Fecha creación: 02/10/2026 17:15 ⭐ Puntos: 0 (0 Votos)
Después de haber llegado de madrugada, con el retraso del vuelo y aquella pequeña yincana para encontrar el apartamento, nos levantamos dispuestos a empezar a descubrir las Feroe.

Habíamos preparado una ruta por Streymoy y Eysturoy, dos de las islas principales del archipiélago, que debía llevarnos por algunos de sus pueblos más conocidos, entre fiordos, montañas, cascadas y pequeños puertos de pescadores. Sobre el papel era una jornada bastante tranquila, con tiempo para detenernos, pasear y disfrutar de los paisajes.

Pero nada más salir de Tórshavn empezamos a sospechar que las Feroe nos tenían preparada una bienvenida un poco especial.

Hacía un viento impresionante y llovía con ganas. De hecho, decir que llovía quizá no sea la mejor manera de explicarlo, porque con aquel viento el agua parecía ir más de izquierda a derecha que de arriba abajo. Habíamos leído que el clima de estas islas era imprevisible, pero una cosa es leerlo tranquilamente en casa y otra encontrarte en medio de aquel temporal el primer día de viaje.

La primera parte del recorrido nos llevó hacia el norte de Streymoy, la isla donde se encuentra Tórshavn. A medida que nos alejábamos de la capital, el paisaje empezaba a mostrarnos aquello que habíamos venido a ver: montañas cubiertas de hierba, valles profundos, pequeños cursos de agua y un mar que aparecía y desaparecía entre el relieve.

Una de las características más sorprendentes de las Feroe es la ausencia prácticamente total de árboles. El viento constante, las condiciones del suelo y el clima hacen que el paisaje esté dominado por la hierba, las rocas y las montañas. Esto da a las islas un aspecto muy particular, con un verde intenso que cubre incluso las pendientes más pronunciadas.

Las ovejas, que encontraríamos prácticamente por todas partes durante el viaje, completaban el paisaje. No es casualidad que el nombre feroés del archipiélago, Føroyar, se interprete habitualmente como «islas de las ovejas».

Pero aquella mañana, aunque el paisaje prometía, nuestra principal preocupación no era precisamente contemplar tranquilamente las montañas, sino ver cómo nos las arreglaríamos para salir del coche sin acabar por los suelos.

Una de las primeras visitas importantes era Saksun, un pequeño pueblo situado al fondo de un valle rodeado de montañas. Es uno de los lugares más fotografiados de las Feroe y, cuando llegas, entiendes perfectamente por qué. El pueblo está formado por unas pocas casas tradicionales, algunas con los característicos tejados cubiertos de hierba, una pequeña iglesia blanca y una laguna que se adentra entre las montañas.

Islas Feroe: cuatro días entre fiordos, pueblos y viento - Blogs de Dinamarca - Una bienvenida a la feroesa (1)
El valle y la laguna de Saksun.

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La pequeña iglesia de Saksun.

La laguna, conocida como Pollurin, está conectada con el mar y queda parcialmente cerrada por una barra de arena. Con la marea baja es posible caminar por la zona de arena, siempre teniendo presentes las mareas.

Nosotros, sin embargo, no llegamos ni a plantearnos bajar hasta allí.

De hecho, casi no nos atrevíamos ni a salir del coche. El viento soplaba con tanta fuerza que, cuando conseguías abrir la puerta, tenías que vigilar para no perder el control de ella. Y una vez fuera había que parapetarse y apoyar bien los pies porque una ráfaga podía hacerte perder el equilibrio.

Aprovechamos las pequeñas treguas que nos daba el viento para hacer unas cuantas fotografías desde la parte alta, con la iglesia y la laguna al fondo, y poco más.

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Vista general del pueblo de Saksun y su entorno.

El paisaje era magnífico, pero aquel no era precisamente un día para bajar a pasear tranquilamente por el valle. Acabamos contemplando uno de los lugares más emblemáticos de las Feroe prácticamente desde dentro del coche.

Continuamos hacia el norte siguiendo la carretera que recorre la costa oriental de Streymoy. En este tramo se encuentra Fossá, una de las cascadas más altas del archipiélago, con unos 140 metros de desnivel repartidos en dos grandes saltos.

Las Feroe tienen una cantidad impresionante de cascadas, consecuencia de un relieve muy abrupto y de un clima en el que las precipitaciones son habituales. En muchos lugares el agua baja directamente de las montañas hasta los fiordos, formando pequeños saltos que aparecen prácticamente en cada curva de la carretera.

Aquel día, naturalmente, agua no faltaba.

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Uno de los saltos de la cascada de Fossá.

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La cascada de Fossá, vista desde más lejos.

Entre la lluvia, las nubes bajas y el viento, las montañas tenían un aspecto bastante espectacular, aunque contemplarlas desde fuera del coche seguía siendo una actividad poco recomendable. La sensación era que todo el paisaje estaba en movimiento: las nubes corrían entre las montañas, la lluvia atravesaba la carretera casi horizontalmente y las ráfagas sacudían el coche incluso cuando estábamos parados.

La carretera nos llevó hasta Tjørnuvík, un pequeño pueblo situado en el extremo norte de Streymoy, al fondo de una bahía rodeada de montañas.

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Tjørnuvík, junto a su bahía.

Es uno de los pocos lugares de las Feroe donde se puede encontrar una playa de arena negra relativamente extensa y desde allí, cuando el tiempo lo permite, se pueden contemplar dos grandes islotes rocosos que sobresalen del mar: Risin y Kellingin, el Gigante y la Bruja.

Según una leyenda local, estos dos personajes habían llegado desde Islandia con la intención de arrastrar las Feroe hasta su país. Pero se entretuvieron tanto intentándolo que les sorprendió la salida del sol y quedaron convertidos en piedra.

Es una de esas leyendas que encajan perfectamente con unos paisajes que, en determinadas condiciones, pueden parecer casi irreales.

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Los islotes de Risin y Kellingin, casi ocultos por la niebla.

Nosotros tuvimos que hacer un esfuerzo considerable para distinguir los dos islotes entre la niebla y la lluvia. La visibilidad era tan mala que por momentos prácticamente desaparecían.

Y en cuanto a pasear por la playa, ni hablar.

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La playa de arena negra de Tjørnuvík.

Continuábamos con la misma táctica que en Saksun: esperar a que el viento aflojara un poco, salir rápidamente del coche, hacer unas fotografías y volver a entrar antes de que la siguiente ráfaga nos hiciera cambiar de opinión.

El pueblo, con sus casas agrupadas al pie de las montañas, tenía mucho encanto, pero aquel día tuvimos que conformarnos con verlo en unas condiciones bastante diferentes de las que aparecen en las fotografías turísticas.

Después de Tjørnuvík continuamos hacia Eysturoy, la segunda isla más grande del archipiélago.

Las Feroe tienen una particularidad que facilita bastante recorrerlas en coche: muchas de las islas principales están conectadas por puentes o túneles, algunos de los cuales pasan por debajo del mar. Esta red de comunicaciones ha transformado enormemente la vida de sus habitantes, que antiguamente dependían mucho más de los ferris para desplazarse entre poblaciones relativamente cercanas.

A pesar de ello, las distancias continúan teniendo una dimensión especial en un territorio tan fragmentado. Puedes encontrarte en un pueblo situado justo al otro lado de un fiordo y tener que recorrer un buen trecho de carretera para llegar hasta él.

En general, las carreteras están en muy buen estado, aunque en muchos tramos son estrechas y obligan a conducir con cierta precaución. Y aquel día, con las ráfagas de viento que nos acompañaban, todavía más.

A cambio, el recorrido es extraordinario. Los fiordos, las montañas y los pequeños pueblos se suceden casi sin interrupción, y hasta los trayectos entre visitas acaban formando parte del atractivo del viaje.

Uno de los pueblos que queríamos conocer era Gjógv, situado al nordeste de Eysturoy.

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Las casas de Gjógv, junto a la costa.

Su nombre significa «desfiladero» en feroés y hace referencia a una estrecha grieta natural que penetra desde el mar hacia el interior de la costa. Durante siglos, esta formación rocosa sirvió de puerto a los pescadores del pueblo, que aprovechaban la protección de las paredes de roca para resguardar las embarcaciones.

Todavía hoy pueden verse las instalaciones que permitían sacar las barcas del agua.

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La estrecha garganta que forma el puerto natural de Gjógv.

Es un puerto muy diferente de los que estamos acostumbrados a ver, sin grandes espigones ni muelles artificiales, simplemente una entrada natural del mar entre dos paredes de roca.

Nosotros lo contemplamos desde arriba, pero no bajamos. Las condiciones meteorológicas seguían sin invitar demasiado a hacer excursiones, aunque en este punto tuvimos una pequeña tregua que decidimos aprovechar.

Durante unos minutos dejó de llover y nos animamos a caminar por la parte superior del desfiladero en dirección a Mary's Bench, un banco situado en un mirador sobre la costa.

El recorrido no era especialmente largo, apenas unos centenares de metros, pero con aquel viento casi parecía una expedición. Cuando soplaba de cara costaba muchísimo avanzar. Había que inclinar el cuerpo hacia delante y hacer fuerza con las piernas para poder continuar caminando. Y cuando venía de lado todavía era más desagradable, sobre todo teniendo en cuenta que estábamos en la parte superior de unos acantilados.

La lluvia nos había dado un pequeño descanso, pero el viento no parecía dispuesto a concedernos ninguna tregua.

Aun así, conseguimos llegar hasta la punta y contemplar el paisaje desde aquella posición elevada. Debajo teníamos el pequeño puerto natural, más allá las montañas verdes y, frente a nosotros, el Atlántico.

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La costa de Gjógv, en la isla de Eysturoy.

Era un lugar magnífico, pero tampoco nos entretuvimos demasiado. Aquel banco debía de ser muy agradable en un día tranquilo, pero nosotros no estábamos precisamente para sentarnos a contemplar el paisaje.

Hicimos las fotografías que pudimos y volvimos hacia el coche, esta vez con el viento empujándonos en algunos tramos en lugar de frenarnos.

La última parte del recorrido nos llevó hasta Funningur, otro pequeño pueblo de Eysturoy situado al fondo de un fiordo y rodeado de montañas.

Según la tradición feroesa, este fue uno de los primeros lugares del archipiélago donde se establecieron los colonos nórdicos. El pueblo conserva una pequeña iglesia tradicional de madera, con el tejado cubierto de hierba, y está situado en un entorno que, como tantos otros lugares de las Feroe, parece hecho expresamente para salir en una fotografía.

Nosotros llegamos hasta el puerto, pero esta vez ni siquiera bajamos del coche. A aquellas alturas del día ya habíamos tenido suficientes experiencias con el viento y la lluvia y no nos apetecía demasiado repetir la operación de salir, aguantarnos como podíamos y volver a entrar.

Contemplamos el pueblo y el fiordo desde el coche y continuamos el camino de regreso hacia Tórshavn.

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Casas y costa en el norte de Eysturoy.

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Una carretera entre las montañas de Eysturoy.

Aquella primera jornada nos sirvió para descubrir algunos de los paisajes más característicos de las Feroe, pero también para entender hasta qué punto el clima puede condicionar la vida en estas islas.

Habíamos preparado un recorrido con la intención de pasear por los pueblos, acercarnos a las cascadas y hacer pequeñas caminatas, y al final buena parte del día consistió en calcular cuándo podíamos salir del coche sin acabar volando.

El problema no era tanto la lluvia, que al fin y al cabo ya esperábamos encontrar, sino aquel viento que convertía cualquier parada en una pequeña aventura.

En algún momento llegamos a comentar que, si todos los días tenían que ser como aquel, ya podíamos plegar. Porque una cosa es saber que visitas unas islas en medio del Atlántico, donde el tiempo acostumbra a ser imprevisible, y otra pasarte toda una jornada intentando mantenerte en pie cada vez que bajas del coche.

Por suerte, aquel fue el peor día de todo el viaje.

Los días siguientes el viento continuaría acompañándonos, pero la lluvia desaparecería y podríamos recorrer las islas en unas condiciones mucho más agradables. De hecho, acabaríamos haciendo algunas caminatas que aquel primer día nos habrían parecido absolutamente imposibles.
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Un cambio de planes que valió la pena

Un cambio de planes que valió la pena


No conseguimos plaza en el ferry a Kalsoy, pero la ruta por Klaksvík, Viðareiði, Kunoy y Hvannasund nos deparó paisajes y pequeñas sorpresas inesperadas.
Localización: Dinamarca Dinamarca Fecha creación: 02/10/2026 17:24 ⭐ Puntos: 0 (0 Votos)
El segundo día nos levantamos con la esperanza de que el tiempo nos diera un poco de tregua. Después de la jornada anterior, durante la cual el viento y la lluvia nos habían hecho pasar más tiempo dentro del coche que paseando, cualquier mejoría sería bienvenida.

Y, efectivamente, el tiempo había mejorado, aunque tampoco era para tirar cohetes. El viento seguía soplando con fuerza y la lluvia aparecía de vez en cuando, pero al menos ya no teníamos la sensación de que debíamos agarrarnos a cualquier cosa para no salir volando.

Aquel día teníamos previsto visitar las islas del norte, una zona del archipiélago formada por varias islas relativamente pequeñas, algunas de las cuales están conectadas por puentes, carreteras y túneles excavados en la roca.

Nuestra intención inicial era ir a Kalsoy, pero antes de salir ya sabíamos que aquello no sería posible. Y esta vez no podíamos echarle la culpa al tiempo ni a Atlantic Airways. La culpa era exclusivamente nuestra.

Para llegar a Kalsoy hay que tomar un ferry desde Klaksvík, y las plazas para vehículos son limitadas. Por lo visto, es una de esas cosas que conviene reservar con bastante antelación, especialmente si quieres embarcar con el coche y aprovechar bien la jornada.

Nosotros, como buenos improvisadores que somos, esperamos hasta la tarde anterior para intentar hacer la reserva. Y, naturalmente, nos encontramos con que todos los horarios que nos podían venir bien ya estaban completos. No solo para el día siguiente, sino también para el otro.

Estuvimos mirando las posibilidades que quedaban, pero ninguna nos permitía hacer la visita que habíamos previsto. Así que de Kalsoy, nada de nada.

Nos quedábamos sin poder ver una de las islas que más interés teníamos en visitar, conocida por sus paisajes abruptos, sus pequeños pueblos y el faro de Kallur, situado en uno de los extremos de la isla, sobre unos acantilados que se han convertido en una de las imágenes más conocidas de las Feroe.

Pero tampoco tenía demasiado sentido lamentarse. Teníamos todo un día por delante y muchas otras cosas por descubrir. Decidimos dedicarlo a recorrer las islas del norte accesibles por carretera, especialmente Viðoy y Kunoy, dos lugares que inicialmente habían quedado en un segundo plano en nuestra planificación.

La primera parada fue Klaksvík, la segunda población más importante de las Feroe, situada en la isla de Borðoy. A pesar de su condición de segunda ciudad del archipiélago, Klaksvík sigue siendo una población relativamente pequeña, con poco más de cinco mil habitantes.

Su desarrollo ha estado muy ligado a la pesca y a la industria del pescado, una actividad que continúa desempeñando un papel fundamental en la economía feroesa. El pueblo se encuentra al fondo de una bahía estrecha, rodeado de montañas, con un puerto que ocupa buena parte del frente marítimo.

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El puerto de Klaksvík, rodeado de montañas.

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El puerto de Klaksvík entre montañas.

Paseamos un poco por la zona central y por el puerto, pero sin entretenernos demasiado. El tiempo era mejor que el día anterior, aunque seguía sin invitar a dar grandes paseos, y aquella lluvia intermitente parecía tener una habilidad especial para aparecer justo cuando decidíamos bajar del coche.

Mientras conducíamos, todo parecía bastante tranquilo, pero bastaba con encontrar un sitio para aparcar y salir para que empezaran a caer cuatro gotas. A los pocos minutos, naturalmente, volvía a parar. Acabamos acostumbrándonos a aquella particular manera que tenía el tiempo de tomarnos el pelo.

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Casas y embarcaciones en el puerto de Klaksvík.

En Klaksvík también tuvimos una pequeña urgencia que no figuraba en ningún programa de viaje. A nuestra amiga se le habían roto los zapatos que llevaba y necesitaba encontrar otros.

Una cosa es que el tiempo no acompañe demasiado y otra tener que recorrer las Feroe con el calzado hecho polvo. Así que aprovechamos que estábamos en una de las poblaciones más grandes del archipiélago para buscar una tienda donde comprar unos de recambio.

No es precisamente el tipo de visita que acostumbras a incluir en un diario de viaje, pero estas pequeñas incidencias también forman parte de la experiencia, y en aquel momento encontrar unos zapatos pasó por delante de cualquier monumento o mirador.

Con el problema resuelto, todavía tuvimos tiempo de tomar un café en un hotel nuevo situado en el puerto, un rato de descanso que, teniendo en cuenta el tiempo que hacía fuera, tampoco nos pareció nada mal.

Una de las construcciones más conocidas de Klaksvík es la Christianskirkjan, una iglesia inaugurada en 1963 que destaca por su arquitectura, inspirada en las antiguas construcciones de madera de los países nórdicos.

A diferencia de muchas de las pequeñas iglesias tradicionales que encontraríamos por los pueblos, esta es una construcción de dimensiones considerables, con un tejado muy pronunciado y un interior en el que la madera tiene un protagonismo especial.

Desgraciadamente, cuando fuimos estaba cerrada por obras, de modo que no pudimos visitarla por dentro.

En cualquier caso, tampoco dedicamos mucho más tiempo a Klaksvík. Nos interesaba sobre todo continuar hacia el norte y descubrir los paisajes de Viðoy, una de las islas más septentrionales del archipiélago.

Para llegar seguimos por la carretera que atraviesa Borðoy, rodeados de montañas que se levantan directamente desde el mar.

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Acantilados y costa en las islas del norte.

Una de las particularidades de esta zona es la cantidad de túneles que permiten comunicar poblaciones que, hasta hace relativamente pocos años, dependían de trayectos mucho más complicados. Algunos son túneles modernos, amplios y bien iluminados, pero otros conservan un carácter bastante más rudimentario, como descubriríamos más adelante.

Las islas del norte tienen un relieve especialmente abrupto, con montañas muy altas en relación con la superficie del territorio, y eso hace que las comunicaciones hayan representado históricamente uno de los grandes retos para sus habitantes.

Hoy resulta relativamente fácil recorrerlas en coche, pero cuando contemplas los fiordos y los pueblos situados en rincones aparentemente inaccesibles es fácil imaginar hasta qué punto debía de ser complicado desplazarse antes de la construcción de toda esta infraestructura.

Nuestro principal destino era Viðareiði, un pequeño pueblo situado en el extremo norte de Viðoy.

Y aquí sí encontramos uno de los lugares que más nos gustaron de aquel día.

El pueblo ocupa una especie de altiplano verde entre dos grandes montañas, con el mar a ambos lados y unas vistas extraordinarias sobre las islas del norte. A un lado se levanta el Villingadalsfjall, una montaña de más de ochocientos metros, y al otro domina el paisaje Enniberg, uno de los grandes acantilados del archipiélago.

Es un entorno espectacular, con una sensación de amplitud que contrasta con los valles estrechos y los fiordos que habíamos recorrido hasta entonces.

El pueblo es pequeño, con casas dispersas entre prados verdes, y tiene una iglesia blanca situada muy cerca del mar, en un emplazamiento que por sí solo ya justifica la visita.

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La iglesia blanca de Viðareiði, cerca del mar.

Fuimos hasta la iglesia y paseamos por los alrededores, aprovechando que la lluvia nos daba un poco de tregua. El edificio actual es del siglo XIX y, como muchas de las iglesias feroesas, tiene una arquitectura sencilla, sin grandes ornamentos, que encaja perfectamente con el paisaje.

Pero más que la iglesia en sí, lo que nos gustó fue su situación, con los prados, las montañas y el mar formando un conjunto difícil de superar.

Después decidimos subir un poco por encima del pueblo para tener una perspectiva diferente. Desde aquella posición se apreciaba mucho mejor la disposición de las casas, la iglesia y los dos lados de la isla.

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Casas de Viðareiði y vistas hacia el mar.

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Casas tradicionales con las montañas de Viðareiði al fondo.

También fuimos hacia el otro lado para contemplar el paisaje en dirección contraria, porque Viðareiði tiene esa particularidad: no hay una única vista que destaque por encima de las demás. Mires hacia donde mires, aparecen montañas, fiordos o islas que sobresalen del mar.

Y aquel día, con las nubes moviéndose rápidamente y la luz cambiando continuamente, el paisaje tenía todavía más fuerza.

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Vista de la costa desde Viðareiði.

El viento continuaba soplando, pero ya no tenía aquella intensidad casi absurda del día anterior, y eso nos permitió disfrutar mucho más de la visita. De vez en cuando todavía aparecía algún chaparrón, pero duraba pocos minutos y volvía a desaparecer.

A diferencia del primer día, cuando prácticamente nos habíamos limitado a contemplar muchos de los lugares desde dentro del coche, aquí pudimos movernos un poco, buscar diferentes puntos de vista y dedicar tiempo a observar el paisaje.

Viðareiði nos gustó mucho. Quizás porque no lo habíamos situado entre las visitas principales del viaje, o quizás simplemente porque es un lugar magnífico, pero lo cierto es que acabó convirtiéndose en uno de los grandes aciertos de la jornada.

Y pensar que, si hubiéramos conseguido las plazas para el ferry de Kalsoy, probablemente no habríamos dedicado tanto tiempo a descubrirlo.

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La carretera junto a la costa en la isla de Viðoy.

Después de Viðareiði decidimos acercarnos hasta Kunoy, otra de las islas del norte.

Para llegar hay que atravesar un túnel que, a diferencia de los más modernos, conserva una característica bastante curiosa: solo tiene un carril de circulación.

Eso significa que los vehículos que circulan en sentidos opuestos tienen que compartir el mismo espacio y, para hacerlo, hay pequeños apartaderos excavados en la roca aproximadamente cada cien metros. El funcionamiento es sencillo: cuando te encuentras un vehículo de frente, uno de los dos debe detenerse en uno de esos apartaderos para dejar pasar al otro.

No es una infraestructura especialmente espectacular desde el punto de vista arquitectónico, pero conducir por un túnel estrecho, excavado directamente en la roca, con los apartaderos apareciendo a intervalos regulares, tiene su encanto.

Es otra muestra de cómo los feroeses han tenido que adaptar las comunicaciones a un territorio donde las montañas y el mar complican considerablemente cualquier desplazamiento.

Kunoy es una isla alargada y montañosa, situada justo al oeste de Borðoy, con muy poca población y unos paisajes que mantienen aquella combinación tan característica de las Feroe: laderas verdes, montañas abruptas y pequeños núcleos de casas agrupadas junto al mar.

Llegamos hasta el pueblo de Kunoy y aprovechamos para comer unos bocadillos dentro del coche, contemplando el paisaje. No era precisamente una comida sofisticada, pero con aquellas vistas tampoco necesitábamos mucho más.

Desde allí podíamos ver, al otro lado del mar, la isla de Kalsoy, precisamente aquella que habíamos tenido que descartar por no haber reservado el ferry con suficiente antelación.

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El fiordo visto desde Kunoy.

Teníamos delante el lugar al que inicialmente queríamos ir y, en cambio, estábamos en una isla que no había tenido demasiado protagonismo en nuestros planes.

Pero tampoco nos supo especialmente mal. Nos estaba gustando mucho el recorrido que habíamos acabado haciendo y, después de la visita a Viðareiði, ya teníamos la sensación de que el cambio había valido la pena.

De regreso de Kunoy todavía hicimos una parada en Hvannasund, un pequeño pueblo situado en la isla de Viðoy, junto al estrecho que la separa de Borðoy.

Es uno de esos lugares donde las montañas parecen cerrarse sobre el mar, formando un paso estrecho entre las dos islas. El pueblo se extiende a lo largo de la costa y tiene un pequeño puerto que continúa siendo un elemento importante de las comunicaciones marítimas de la zona.

Desde aquí salen los ferris que conectan con Fugloy y Svínoy, dos de las islas orientales del archipiélago que todavía dependen del transporte marítimo para mantener el contacto con el resto del territorio.

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Panorámica de Hvannasund y el fiordo.

Nos acercamos hasta el puerto, donde hicimos unas cuantas fotografías y contemplamos el paisaje del estrecho, con las montañas levantándose a ambos lados del agua.

Después de haber pasado por el túnel de Kunoy y de ver las grandes infraestructuras que conectan buena parte de las Feroe, resultaba curioso encontrarnos en un lugar donde el ferry continuaba siendo imprescindible para llegar a otras poblaciones.

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Hvannasund, entre el mar y las montañas.

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Casas junto al agua en Hvannasund.

Hvannasund no es uno de esos pueblos que suelen aparecer entre las visitas más destacadas del archipiélago, pero nos pareció una buena parada antes de emprender definitivamente el camino de regreso.

Una de las cosas que más me gustan cuando viajamos es precisamente esa posibilidad de modificar los planes sobre la marcha.

Evidentemente, hay lugares que quieres visitar y que te sabe mal perderte, pero tampoco creo que tenga demasiado sentido convertir un viaje en una carrera por cumplir un programa preparado desde casa.

En este caso, además, la improvisación había sido en parte consecuencia de una falta de previsión nuestra. Podríamos haber reservado el ferry con más antelación y seguramente habríamos visitado Kalsoy, pero no lo hicimos.

Y el resultado fue una jornada diferente de la prevista, en la que descubrimos pueblos y paisajes que probablemente habrían quedado fuera del recorrido original.

Habíamos cambiado un faro muy conocido y unos acantilados espectaculares por un pueblo situado entre montañas, una isla poco visitada, una comida de bocadillos con vistas a la isla que no habíamos podido pisar y una parada en un pequeño puerto entre dos montañas.

Y la verdad es que no podíamos quejarnos.

Cuando regresamos hacia Tórshavn, el tiempo seguía siendo variable, con viento y alguna lluvia ocasional, pero nada comparable con el temporal que habíamos sufrido el primer día.

Aquella jornada nos había permitido empezar a disfrutar de las Feroe de una manera más tranquila, sin tener que estar constantemente pendientes de si una ráfaga nos haría perder el equilibrio.

También habíamos comprobado que, más allá de los paisajes que aparecen en todas las fotografías y en las guías de viaje, las islas esconden muchos otros rincones que merecen una visita.

Viðareiði había sido un buen ejemplo, y Kunoy, con su túnel estrecho y las vistas sobre Kalsoy, había acabado de redondear el día.

Al final, no haber podido ir a Kalsoy no nos pareció ningún desastre.

Nos quedaba pendiente para otra ocasión, si es que algún día volvíamos a las Feroe, pero aquel segundo día habíamos descubierto una zona que nos había gustado mucho y que difícilmente habríamos recorrido con la misma calma si hubiéramos conseguido embarcar en el ferry.

A veces los cambios de planes salen mal, pero en esta ocasión nos habían llevado a descubrir unos lugares que no esperábamos.

Y, sobre todo, por primera vez desde que habíamos llegado, habíamos podido pasar buena parte de la jornada fuera del coche sin tener la sensación de que el viento quería echarnos de las islas.
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comment_icon  Últimos comentarios al diario Islas Feroe: cuatro días entre fiordos, pueblos y viento
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Imagen: Salodari  Salodari  06/10/2026 21:37   📚 Diarios de Salodari
Qué paisajes, espectaculares!! No sabes las ganas que les tengo a las Feroe. Gracias por compartir Amistad
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Fecha: Dom Ago 11, 2024 05:06 pm    Título: Re: Dinamarca: Consejos para Viajar

Buenas a tod@s. Del 26 al 30 voy con una amiga a Dinamarca. Llegamos al aeropuerto de Aalborg. Tenemos pensado visitar Aalborg e ir a Aarhus.
Alguna recomanación de algún lugar más cerca de Aalborg? He visto en el mapa que podríamos ir a la punta del norte a skagen (vale la pena) todo será bienvenido
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Fecha: Dom Ago 11, 2024 05:07 pm    Título: Re: Dinamarca: Consejos para Viajar

Que no puedo dejar de visitar en Aarhus?
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Fecha: Dom Ago 11, 2024 06:05 pm    Título: Re: Dinamarca: Consejos para Viajar

"moshita" Escribió:
Buenas a tod@s. Del 26 al 30 voy con una amiga a Dinamarca. Llegamos al aeropuerto de Aalborg. Tenemos pensado visitar Aalborg e ir a Aarhus.
Alguna recomanación de algún lugar más cerca de Aalborg? He visto en el mapa que podríamos ir a la punta del norte a skagen (vale la pena) todo será bienvenido

Yo acabo de venir de allí. Nos gustó mucho la zona norte: punta Grenen, donde se unen los dos mares es muy curioso, la duna Rabjerg Mile y el faro Rabjerg Knude también paisajes muy chulos, como estar en el desierto pero en Dinamarca.
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Fecha: Dom Ago 11, 2024 06:17 pm    Título: Re: Dinamarca: Consejos para Viajar

Se llega bien en transporte público? @upheka
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Fecha: Jue Sep 18, 2025 01:00 am    Título: Dinamarca comprará por primera vez armas de largo alcance an

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