ETAPA 3. (1er. día).
LISBOA se puede disfrutar de muchas maneras y cada uno tiene que decidir según sus gustos, así que no habrá dos los itinerarios iguales, pero si algo está claro es que para recorrer la ciudad no hay nada mejor que caminar (subiendo y bajando cuestas, jeje) y utilizar el transporte público, sobre todo el tranvía. Por lo cual no viene mal agenciarse un bono para utilizar los tranvías, autobuses, elevadores y metro a precio reducido (fue lo que hicimos). También se puede adquirir la “Lisboa Card”, que además de transporte ilimitado y entradas a museos y monumentos permite ir en tren a Cascais o Sintra, aunque a nosotros no nos interesaba. Lo mejor es consultar en Internet y que cada cual decida según el tiempo de estancia, sus gustos y necesidades.
Cuando se visita Lisboa hay un hecho clave que todo viajero debe conocer y recordar: el terrible terremoto de 1755, con varias sacudidas que ocasionaron el derrumbe de cientos de edificios, muchos de ellos iglesias que aplastaron a miles de fieles que asistían a las misas ya que eran las 9:30 de la mañana del 1 de noviembre, festividad de Todos los Santos; además, se produjeron incendios devastadores y enormes olas procedentes del Tajo que inundaron la parte baja. Más de 15.000 personas murieron en la capital y buena parte de sus mejores edificios, junto con las joyas, mobiliario, archivos y obras de arte que contenían, quedaron reducidos a escombros: casi la mitad de la ciudad quedó destruida. Inmediatamente, Sebastiao José de Carvalho e Melo, primer ministro del rey José I, puso en marcha la reconstrucción de la ciudad: a este hombre, más conocido como el Marqués de Pombal, es a quien Lisboa le debe su trazado moderno, una cuadrícula de calles paralelas desde los muelles hasta el Rossio.
Después de desayunar opíparamente en el hotel (llevábamos alojamiento y desayuno, salía mejor de precio y se gana tiempo), con una guía y un plano enfilamos la Avenida da Libertade, construida entre 1879 y 1882 a imitación de los Campos Elíseos de París como lugar de desfiles, fiestas y manifestaciones. Hoy en día buena parte de sus 90 metros de ancho acogen siete carriles de intenso tráfico que unen el centro con el norte de la ciudad, lo que no permite relajarse en un paseo tan agradable y tranquilo como debió ser antaño, pero que sí mete de lleno en el ritmo de la capital. Pasamos por la Estación del Rossio:
Cuando se visita Lisboa hay un hecho clave que todo viajero debe conocer y recordar: el terrible terremoto de 1755, con varias sacudidas que ocasionaron el derrumbe de cientos de edificios, muchos de ellos iglesias que aplastaron a miles de fieles que asistían a las misas ya que eran las 9:30 de la mañana del 1 de noviembre, festividad de Todos los Santos; además, se produjeron incendios devastadores y enormes olas procedentes del Tajo que inundaron la parte baja. Más de 15.000 personas murieron en la capital y buena parte de sus mejores edificios, junto con las joyas, mobiliario, archivos y obras de arte que contenían, quedaron reducidos a escombros: casi la mitad de la ciudad quedó destruida. Inmediatamente, Sebastiao José de Carvalho e Melo, primer ministro del rey José I, puso en marcha la reconstrucción de la ciudad: a este hombre, más conocido como el Marqués de Pombal, es a quien Lisboa le debe su trazado moderno, una cuadrícula de calles paralelas desde los muelles hasta el Rossio.
Después de desayunar opíparamente en el hotel (llevábamos alojamiento y desayuno, salía mejor de precio y se gana tiempo), con una guía y un plano enfilamos la Avenida da Libertade, construida entre 1879 y 1882 a imitación de los Campos Elíseos de París como lugar de desfiles, fiestas y manifestaciones. Hoy en día buena parte de sus 90 metros de ancho acogen siete carriles de intenso tráfico que unen el centro con el norte de la ciudad, lo que no permite relajarse en un paseo tan agradable y tranquilo como debió ser antaño, pero que sí mete de lleno en el ritmo de la capital. Pasamos por la Estación del Rossio:

En la Praça da Figueira subimos a nuestro primer tranvía, que nos llevaría al barrio de Alfama: el ascenso vertiginoso y posterior recorrido por sus estrechas y empinadísimas calles constituye toda una excursión en sí misma que se completa después a pie pasando por la Catedral, la Casa dos Bicos o el Miradoiro de Santa Luzia. Tras recorrer las pintorescas calles del minúsculo barrio de Santa Cruz, se llega al acceso al Castelo de Sao Jorge, que fue residencia de los reyes portugueses desde mediados del siglo XII hasta principios del XVI, y que se restauró completamente en 1938. Lo que más me gustó fue el paseo por las almenas y, sobre todo, los espectaculares miradores sobre Lisboa y el Tajo. Imprescindibles, realmente.

En el centro de esta foto se aprecia perfectamente las ruinas de la iglesia do Carmo.


De nuevo en la zona Baixa, nos dirigimos al elevador de Santa Justa (o elevador do Carmo). Es un ascensor neogótico de acero con filigranas, construido a principios del Siglo XX por un arquitecto francés (Raoul Mesnier du Ponsard), discípulo de Eiffel.

En realidad es un medio de transporte, ya que comunica las partes alta y baja de la ciudad, pero se ha convertido en una atracción turística más debido a su peculiar arquitectura y a que sus 45 m. de altura regalan estas preciosas vistas del Rossio (Praça Dom Pedro iV):

Aquí se distingue al fondo, a la derecha, la Catedral (Sé) y el barrio de Alfama:


Y aquí se tiene una estupenda perspectiva del Castelo de Sao Jorge:


Volvemos a la Baixa y caminando por la Rua Augusta (una animada calle peatonal con suelo de bonitos mosaicos, repleta de tiendas, cafés y artistas callejeros), pasamos el Arco del Triunfo hacia la Praça do Comercio (o plaza del Palacio). Se trata de un enorme espacio abierto que albergó el palacio real durante 400 años. El terremoto de 1755 destruyó el palacio primitivo junto con sus tesoros, archivos y biblioteca; Pombal diseñó el nuevo palacio en unos edificios con soportales que ocupaban tres lados de la plaza, el lado sur es un mirador sobre el Tajo. Después de la revolución de 1911, las fachadas se pintaron de rosa y las dependencias se destinaron a edificios administrativos; hoy en día han recuperado su inicial color amarillo.

Después de comer y descansar un rato en el hotel, fuimos al Santuario do Cristo Rei. Cogimos un trasbordador en la Praça do Comercio hasta la otra orilla del Tajo y allí un autobús te acerca hasta su base en un corto trayecto. La estatua es una copia del Cristo Redentor de Río de Janeiro, tiene 28 m. de altura y se eleva sobre un enorme pedestal.


Un ascensor interior sube hasta los pies de la estatua, que a 82 m. de altura, ofrece unas vistas impresionantes de Lisboa y del estuario del Tajo.



Incluso en su base, constituye un mirador espectacular sobre el Puente 25 de abril. También se puede aprovechar al salir o al entrar a Lisboa para verlo.

De nuevo en la Baixa, fuimos al elevador de Gloria, un funicular amarillo, parecido a un tranvía, todo pintarrajeado, que sube hasta el Barrio Alto:

Desde el Miradouro de San Pedro de Alcántara se contempla toda la zona oeste de Lisboa. La verdad es que los amantes de las vistas panorámicas y los miradores tenemos mucho trabajo en Lisboa, jeje.

Dimos una vuelta por la zona de Chiado. No sé si era por la hora, pero había muy poco ambiente y apenas gente en la calle, así que quedamos un poco decepcionados.
Habíamos pensado cenar en alguna de las terrazas de la Praça dos Restauradores, pero los nubarrones que acechaban por la tarde convierten en realidad su amenaza y empieza a diluviar. Corre que te corre las multitudes se refugian en el interior de los establecimientos y resulta imposible encontrar sitio libre. Al final, cenamos unos emparedados muy ricos en la barra de un café; después volvemos en metro hasta el hotel. Ha sido un día muy intenso y agotador pero ha merecido la pena: nos gusta Lisboa.
Habíamos pensado cenar en alguna de las terrazas de la Praça dos Restauradores, pero los nubarrones que acechaban por la tarde convierten en realidad su amenaza y empieza a diluviar. Corre que te corre las multitudes se refugian en el interior de los establecimientos y resulta imposible encontrar sitio libre. Al final, cenamos unos emparedados muy ricos en la barra de un café; después volvemos en metro hasta el hotel. Ha sido un día muy intenso y agotador pero ha merecido la pena: nos gusta Lisboa.
