Amanece un día buenísimo, así que no tenemos tiempo que perder. Nuestro primer destino del día es Heidelberg. Es el sitio más alejado al que iremos en éste viaje, y no pertenece a la Selva Negra, pero es una especie de capricho mío, ya que le tenía ganas a ésta ciudad desde hace bastante tiempo. Es de ese tipo de sitios de los que siempre se habla bien en foros como LosViajeros.
A pesar de la distancia, llegamos en un pispas porque la mayor parte del trayecto es por autovía. Vamos directos al parking en el que tenía apuntado aparcar, que está en la Karlsplatz, muy cerca del funicular que sube al castillo. Como todos los días, el parking está en un sitio espectacular. No hay nada como leerte un par de diarios y aparcar a tiro hecho…
Salimos del parking, y lo primero que nos llama la atención son las hordas de turistas que hay en la ciudad. Supongo que influye el día tan bueno que hace, pero no estamos acostumbrados en lo que llevamos de viaje a ver tantísima gente.... Es el precio a pagar por visitar una ciudad tan turística como ésta jejeje. Lo segundo que nos llama la atención es el castillo, que se vé desde cualquier punto de la ciudad, imponente como él solo. La verdad es que parece un palacio más que un castillo… más adelante subiremos, pero primero hay que ver la ciudad.
De Heidelberg no llevamos mapa desde casa, así que lo primero es buscar la oficina de turismo y coger uno. Ésta se encuentra en la Marktplatz, la plaza principal de la ciudad, muy cerca de donde hemos aparcado, aunque no es fácil de ver, porque está dentro del ayuntamiento, en el que por cierto, se están celebrando 2 o 3 bodas, a tenor de la cantidad de novias que hay en la plaza jajajaja.
Markplatz
La plaza está llena de terrazas con muchísimo ambiente, algo que se ha convertido en habitual durante el viaje, y cerca de las terrazas, muchos sitios donde venden imanes, así que paramos en uno de ellos para que no vuelva a suceder la catástrofe del día de ayer y nos quedemos sin imanes… Con ellos en nuestro poder, ¡podemos empezar a turistear en condiciones!
Tenía apuntado que en el mapa venía una ruta recomendada por la ciudad, pero nada de eso, así que decidimos recorrerla un poco por libre. Desde la Marktplatz sale la calle principal de la ciudad, la Hauptstrasse, que atraviesa la ciudad de éste a oeste. Es bastante bonita, está llena de tiendas, restaurantes, y ¡abarrotada de turistas!
La Hauptstrasse abarrotada de turistas
Vamos paseando tranquilamente, sin pararnos a ver nada concreto, hasta llegar a la Universitätsplatz, donde se encuentra la biblioteca, muy bonita, y la Peterskirche, con sus torres de color verde tan típicas alemanas. La iglesia está cerrada, pero la zona es bien bonita y se merece el desvío desde la calle principal. Volvemos hasta ésta, y la recorremos hasta el final. Es bastante larga, pero el paseo se hace muy agradable, aunque el día se está empezando a poner un poco feo…
Se avecinan nubarrones...
Llegamos hasta la Bismarckplatz y cruzamos el puente hasta donde comienza el Paseo de los Filósofos (Phylosophenweg). Se trata de una ruta bastante larga, que va paralela al río, y desde donde se tiene una vista fantástica de la ciudad, pero tenemos entendido que la ruta pica hacia arriba y es bastante dura, y por mucho que merezca la pena, no queremos reventarnos subiendo, así que decidimos recorrer la ribera del río Nekkar por abajo.
Ribera del rio Nekkar por donde discurre el Paseo de los Filósofos
Las vistas de la ciudad vieja con el castillo al fondo son muy muy bonitas, además de que todo el margen izquierdo del río está lleno de palacetes.
Conforme nos vamos acercando al Puente de Carlos (Karlbrücke), el día se va abriendo de nuevo. El puente es muy bonito, se da un aire al puente de Praga, quizás no tan espectacular, pero aún así merece mucho la pena, sobre todo por la puerta con torreones que hacen de entrada a la parte vieja de la ciudad. Desde el mismo puente hay una vista muy chula de las dos riberas del río, tanto de la que hemos venido como de la parte vieja. Justo tras el puente se accede directamente a la Marktplatz por un calle que tiene mucho encanto, llena de restaurantes. Todavía el hambre no aprieta en exceso, así que decidimos visitar el castillo.
Hay dos formas de subir: a pata o en funicular. En mis tiempos mozos la subida a pata estaba garantizada, pero me estoy volviendo muy exquisito jajajaja. El funicular se coge en la Kornmarkt, muy cerca de la Marktplatz, y cuesta 6 euros, entrada al castillo incluida. Se llega arriba en un santiamén. Diría que lo mejor del Castillo son las vistas sobre la ciudad, porque el castillo-palacio en sí no tiene mucha cosa, salvo la plaza interior que sí que es preciosa.
Vistas desde el castillo
Lo que sí es curioso de ver es el pedazo de barril de vino que hay en el interior, con capacidad para contener… ¡228.000 litros de vino! Cuenta la historia que para fabricarlo hicieron falta 130 robles… éstos alemanes son unos borricos… La verdad es que el barril es enorme, en sus buenos tiempos se tardaba de 60 a 100 días en consumir todo el vino que había en su interior…
El que dicen es el barril de vino más grande del mundo...
A la salida volvemos a coger el funicular de bajada, que hay hambre. Comemos en una terraza de la Marktplatz, en la que por enésima vez nos ponemos moraos de salchichas…
En una de estas terrazas de la Markplatz comimos
Después de comer volvemos al parking y nos dirigimos a nuestro siguiente destino: Speyer. Íbamos a Speyer un poco a ciegas, simplemente porque habíamos leido que tenía la catedral románica más grande de Europa. No teníamos ningún tipo de referencia turística, y sin embargo ha sido una de las sorpresas más agradables del viaje. Para empezar, tuvimos que aparcar casi en Mordor, porque la ciudad estaba literalmente invadida por gente disfrazada de lo primero que tuviesen en el armario y que pasase por medieval. Todo valía, desde lo gótico a lo manga, pasando por elfos, hadas, o cualquier tipo de ser mitológico que se os ocurra. Algunos daban verdadero miedo, y otros tantos se notaba que vestían así todos los días, así que estaban en su salsa. La excusa era una especie de festival de música, aderezado con feria medieval y gente bebiendo vino en cuernos vikingos. Sencillamente memorable jajajajaja.
Pero aquí nosotros hemos venido a hacer turismo, aunque daban ganas de comprarse un cuerno y llenarlo de cualquier brevaje salvaje… Llegamos a la Domplatz, la plaza principal, donde está la Catedral. Es enooorme y bonita por fuera, pero por dentro está un poco desangelada. Aún así nos siguen impresionando una mole así en el año 1030, cuando empezaron a construirla. Imaginad lo que tuvo que ser para la época.
Catedral de Speyer
De la plaza de la Catedral sale la calle principal, la Maximilianstrasse, una calle amplia, semipeatonal y sencillamente preciosa, llena de casas de colores, terracitas, y que termina en la Altpörtel, la entrada con torreones de la ciudad.
Maximilianstrasse
La ciudad es muy coqueta y nos está encantando, además, no sabemos si por el festival o por ser sábado, pero hay bastante buen ambiente. Atravesamos las puertas de la ciudad y vamos paseando hasta dos iglesias muy grandes que se ven casi desde la Catedral.
Altpörtel
Una no recuerdo como se llamaba, pero la otra es la Gedächtniskirche, que destaca por su estilo gótico y su techo de colores. Es sorprendente que en una ciudad tan relativamente pequeña, haya semejante proporción de iglesias importantes, pero si tenemos en cuenta que la ciudad fue fundada por los romanos, algo de historia debe tener…
Gedächtniskirche
Retornamos sobre nuestros pasos, y vamos regresando hasta la plaza de la Catedral, pero ésta vez pasando por la Korngasse, que discurre paralela a la calle principal, por no ir a la vuelta por el mismo sitio, y de ahí de nuevo hasta el coche atravesando el fiestón que hay liado por el festival.
La Korngasse a la izquierda, y la Maximilianstrasse con la Catedral al fondo
Speyer nos ha encantado, como será, que se nos ha hecho demasiado tarde para ver lo que teníamos planeado para el resto de la tarde, que era recorrer la B500 parando en el lago Mummelsee y en las ruinas de la abadía Allerheiligen. Así que decidimos ir directos a Gengenbach, la cuál teníamos pensado visitar al día siguiente, pero la previsión del tiempo es un poco agorera y lo mismo nos quedamos con las ganas, así que más vale aprovechar el día de hoy al máximo, que sigue haciendo una tarde muy buena.
Y claro, para aprovechar el tiempo no hay nada mejor que una autovía sin límite de velocidad jajajaja. ¡Qué gustazo! Lo mejor es cuando vas conduciendo plácidamente a 200 km/h por una carretera recta y perfectamente asfaltada, y una ráfaga de luces largas te deslumbra por el retrovisor… miras, y ves a 300m un coche que viene “un poco rápido”. Te apartas a la derecha y de repente te pasa un puñetero avión a 300 km/h jojojojo, ¡qué borricos! Eso es viajar al futuro y no lo del Delorean… El camino hasta Gengenbach está salpicado de praderas y lagos, y en uno de ellos vemos reflejado un castillo espectacular: el castillo de Ortenberg. Nos planteamos visitarlo al día siguiente por la mañana, pero resulta que es un albergue… ¡para que luego diga la gente que los albergues son cutres!
Llegamos a Gengenbach y el sol ya se ha ido, aunque todavía queda un poco de luz natural. Aparcamos fácil muy cerca de la plaza principal, y nos acercamos a la oficina de turismo, que obviamente está más que cerrada jajaja, de modo que sólo nos queda nuestra intuición para recorrer el pueblo, o no… porque nos damos cuenta que en suelo hay una serie de flechas, que si las sigues, te va llevando por los lugares más pintorescos, es como un juego jejeje.
Calle principal de Gengenbach
Y lo mejor de todo es que es sencillamente precioso, no hay un rincón del pueblo que no sea bonito, y además se nota que no es un decorado, de hecho en la calle más destacada, la Engelgasse, hay una casa con una familia tomando unas cervecillas tan ricamente.
Engelgasse, aunque la foto no le hace justicia...
No sabríamos decir si es el pueblo con más encanto de los que hemos visitado, pero es un colofón maravilloso del viaje, una especie de resumen de los pueblos que hemos visto estos días: casas de entramado de madera decoradas con flores de mil colores, calles estrechas, empedradas, todo impecable, perfectamente cuidado…
Ya anocheciendo en Gengenbach
Nos planteamos cenar allí, pero ni hay hambre ni hay mucha oferta, así que ponemos rumbo al apartamento, parando previamente en un supermercado para comprar algo para picar cuando lleguemos. El día ha sido completísimo, pero el viaje se acaba pronto...