El viernes 31 me levanté bastante descansado. Desayuno tarde, escribo y cuando salgo del hotel, la calle Illampu cambia los puesto de ropa habitual por los de máscaras y disfraces.

Paseo por la calle Sagárnaga y plaza San Francisco, pasando por los puestos de la feria, rumbo a los museos de la calle Jaen. Por el camino unas muchachas disfrazadas de cebra saludan a la gente. No se trata de una temprana celebración de Halloween, sino de un programa de educación en las calles promovido por la alcaldía, que lleva ya seis años. Con él se forma a muchachos excluidos de entre 18 y 23 años para vigilar, con humor, que los paceños cumplan las normas básicas de urbanidad (no botar basura, cruzar las avenidas por los pasos superiores, ayudar a discapacitados…). Paso por el mercado de Lanza y veo expuesto el libro que me recomendó Cora: Las venas abiertas de América Latina, de Alberto Galeano. Lo compro y lo ojeo mientras almuerzo en un comedor popular sopa y pique macho. Al camarero le cuesta hablar español. Paso a saludar a Claudia y quedo con ella para pasar un día en el pueblo de su familia, Palca. Visito los museos y bajo a Sopocachi, el barrio donde he quedado con los compañeros que hollamos el Huayna Potosí.

Cenamos fondue y raclette con vino blanco boliviano. De allí empezamos a vagar sin éxito en busca de una discoteca. Hace frío y nos paramos para discutir al calor del bar Manolo’s, abierto desde 1980. El local tenía un aire al de la primera escena de Reservoir Dogs, mesa semicircular ante un banco de skay de la misma forma. Los cinco tomamos cerveza y analizamos las opciones. Ninguna de las canciones que suena es posterior al año de apertura. Se anima la cosa cuando suena los Bee Gees de fondo. Preguntamos a tres personas y nos dan la misma respuesta Love City, una discoteca que está en un barrio lejano. Finalmente preguntamos a una camarera enrollada, la que destacaba por un mechón rojo. Nos recomienda El Gurú, una discoteca cercana donde hay ‘harto chicas guapas’. Entramos y sobre el escenario un grupo de unas diez personas lo dan todo en un minúsculo escenario tocando toda suerte de música latina. Allí acabamos la noche entre diablesas, payasos, zombis y otros monstruos.
El sábado 1 de noviembre es el día en que las ánimas bajan a la tierra para pasar unos días con sus familias. La mía estaba por los suelos. Qué resaca. Aquí Todos los Santos tiene un carácter festivo y las familias pasan el día en los cementerios rezando por ellos y compartiendo este corto espacio de tiempo.
Descanso bien y me dirijo a El Alto. Tomo la línea roja del funicular sobrevolando el cementerio donde se ve colorido y animación. El Alto, la ciudad nueva que se ha formado para albergar el sector más pobre de la zona, está parado. Los puestos de yatiris (brujos), que parecen contenedores portuarios azules, están cerrados. Algunos tienen delante restos de piras de ofrenda a la Pachamama (madre tierra).

El Alto está poblada en un 68% de indígenas aymaras. Aunque la Iglesia haya levantado sus templos sobre lugares sagrados, los indígenas acuden a ellos no para venerar los santos, sino a los soles que forman sus aureolas o las lunas sobre las que se sitúan las vírgenes.

De regreso a La Paz, paso por el mercado donde abundan los puesto de flores y elementos que se ven en las mesas de difuntos. En las calles el ambiente es silente, tranquilo, sintiendo la paz de todos los santos.