Hoy hemos quedado en desayunar temprano y salir hacia La Ceiba, que es donde nos espera Julia para tomar rumbo a los Cayos Cochinos.
Tras el desayuno y recoger nuestras maletas, nos despedimos con un fuerte y emocionado abrazo de Elisa, nuestro ángel particular durante la estancia en las cabañas, deseándole todo lo mejor y dejándole una merecida propina. Walter nos espera para llevarnos hasta nuestro nuevo destino.
Ya en carretera y tras haber recorrido unos cuantos kilómetros, pasamos por uno de los tantos controles policiales que nos habíamos encontrado a lo largo de nuestra estancia por el país, pero esta vez proceden a darnos el alto. Walter, tras detener la furgoneta, nos pide que pase lo que pase digamos que somos hondureños, a lo que yo le replico que no se lo van a creer, que nuestro acento nos va a delatar, pero él nos insiste. Enseguida llega un policía y le pide que le enseñe la licencia para ir trabajando con turistas, cosa que él niega sistemáticamente e insiste en decir que no está trabajando, que nosotros no somos turistas, a lo que el policía le responde pidiéndole su identificación, papeles y demás y diciéndole que lo acompañara que iban a aclararlo con su superior. En esas, nosotros nos quedamos solos en la cuneta de la carretera esperando acontecimientos y entonces llega un policía que se dirige a nosotros en inglés al que le entendemos que no nos preocupemos, que se trata de un control rutinario y que esto no va con nosotros. Al contestarle en castellano, se sorprende gratamente y nos pregunta que de donde somos, le decimos que somos españoles y entonces agradece nuestra visita al país y nos dice que para él es motivo de orgullo que vayamos a visitarlos. Pero también nos pregunta que adonde nos dirigíamos y cuanto nos había cobrado el chico, a lo que le respondo que no nos había cobrado nada, y que nos llevaba a La Ceiba para ver a una amiga llamada Julia que nos estaba esperando allí.
Él, dándose cuenta de la situación ya no nos insiste más, nos comenta que casualmente él es ceibeño, y se despide de nosotros agradeciendo de nuevo nuestra visita al país. Al momento llega Walter comentándonos que le acababan de poner una buena multa.
Continuamos nuestro camino y pasada una hora y media llegamos a nuestro destino donde nos esperan Julia y El Rasta, que de nuevo aparece en escena, subimos en la furgoneta y nos dirigimos hacia un pueblo llamado Nueva Armenia, que está en la rivera de un río, que es donde cogeremos nuestra embarcación para salir hacia los cayos.
Después de varios kilómetros y atravesar una población, cogemos una pista de tierra en muy mal estado, rodeada completamente de una plantación de palma africana y cuando ya llevamos un tiempo circulando por ella y tras coger uno de los tantos baches, la furgoneta se queda completamente ladeada. Walter detiene el vehículo en la cuneta, nos bajamos y observamos que se había roto una pieza del eje delantero, que hacía totalmente imposible continuar. Miro a mi alrededor y hasta donde alcanza mi vista sólo puedo distinguir miles y miles de palmas africanas, me resigno a mi suerte y nos refugiamos en una sombra. El Rasta, en un alarde de vena artística, saca sus malabares y nos deleita con una sesión particular, ¡sin comentarios!.
El calor aprieta, además hay una especie de avispas pequeñas que no paran de incordiar, y en medio de este panorama, Julia le hace el alto a un coche que en ese momento pasaba por allí, pidiéndole que por favor les lleve a la población más cercana para buscar un mecánico que nos arregle tamaño desaguisado. Se montan ella y El Rasta, dejándonos allí junto con Walter en espera de alguna solución. Transcurridos unos minutos, aparece por allí un pick-up, del que desciende una persona conocida por Walter, se trata de Don Mango, el cual se interesa por la situación, pregunta por Julia y después de estar un rato sin que aparezca nadie, le dice a Walter que su recomendación es que nosotros nos vayamos con él y que también carguemos nuestras maletas ya que era muy peligroso estar por allí en medio de la nada.
Dicho y hecho, subimos nuestras maletas a la parte de atrás del todoterreno, y nosotros nos subimos en la cabina delantera con Don Mango, nos dice que no nos preocupemos, que nos va a llevar a un sitio más seguro y que tranquilos por las maletas porque ya sabe que éstas no pueden viajar a los cayos, pero que se quedaran con él en su casa a buen recaudo. Atónitos por la situación, no nos quedaba más remedio que confiar en este personaje que acababa de aparecer y confiar en que todo fuera bien, como así fue.
Llegamos a un pequeño núcleo de varias casitas, al lado de un río, donde se encontraba el cayuco que nos iba a transportar hasta los Cayos Cochinos. Nos bajamos, cogimos nuestra mochila y nos presentó al que sería nuestro capitán, Malaca.
Nos quedamos bajo la sombra de un gran árbol, observando las maletas y pensando: …¡ madre mía, ya veremos si a la vuelta estarán de nuevo con nosotros, en fin, que se le va a hacer!. Y lo peor era que en ellas estaban nuestros pasaportes, y dinero para el resto del viaje, que no habíamos querido coger por si sufríamos algún percance y se hubieran podido perder, ¡qué contradicción!.
Algunas personas se encontraban en el río, unos niños jugando, una familia que había parado con una furgoneta y estaba cargando toda el agua posible en unos barriles que llevaban consigo y también vimos algunos que cogían su botellita de gel o champú, se metían en el río y se daban su ducha matutina. ¡Toda una estampa!. Nosotros seguíamos pendiente de saber cuando partiríamos de allí rumbo al Paraíso, cuando en esas llegaron Julia y El Rasta, en el mismo coche que les había recogido con anterioridad. Bajaron, saludaron a Don Mango y acordaron que éste se encargaría de arreglar el tema de la furgoneta y que al día siguiente estaría dispuesta para la vuelta al nuevo destino.
Sin más demora, procedimos a cargar los bultos que llevábamos y a subirnos al cayuco para emprender el viaje. Por suerte este cayuco no era como el de la selva, éste ya tenía mejor pinta e incluso tenía su motor y todo, ja, ja, ja,. Otra vez se daba la situación de tener que pasar del río al mar, y ¡claro!, ahí estaba Inma pendiente de la maniobra, por momentos sorteamos varias olas y aquello parecía un parque de atracciones, cosa que para nada le gustó, pero no tuvo más remedio que aguantar el momento.
Salvada la situación, cogimos rumbo a nuestro destino: Cayo Chachauate. La embarcación iba pegando pequeños botes sobre el agua, al tiempo que nos íbamos mojando poco a poco, hasta el punto de que muchas veces nos era imposible ni siquiera el poder ver y eso con gafas de sol puestas y todo.
Cuando ya llevábamos aproximadamente una hora, empezamos a vislumbrar los Cayos Cochinos, ahí estaban frente a nosotros, los famosos Cayo Paloma, Cayo Culebra, etc, que tantas veces habíamos visto en películas, documentales y más recientemente en el reality de televisión “Supervivientes”. Ahí estábamos deleitándonos con las vistas, cuando ya empezamos a acercarnos a nuestro cayo, que como he dicho anteriormente se llama Cayo Chachauate.
La visión del cayo desde el mar era espectacular, imaginad una pequeña porción de tierra, completamente rodeada de cocoteros y totalmente poblada por pequeñas cabañas y casitas, y por supuesto rodeada de un impresionante Mar Caribe con las distintas tonalidades de azul imaginables.
Este cayo, es propiedad exclusiva de la comunidad garífuna y así lo tienen reconocido por el gobierno de Honduras, por lo tanto allí mandan ellos y el estilo de vida es totalmente autóctono. Son gentes dedicadas exclusivamente a la pesca, casi como único medio de vida, tarea que compaginan con algo de turismo que se suele acercar durante el día. Allí no existen alojamientos turísticos, por lo que nosotros tendríamos que hacer noche en una casa particular de una familia garífuna.
Bueno, una vez desembarcamos, nos dirigimos a una casita, que estaba a cuatro pasos del agua, y cuando digo cuatro pasos, son en sentido literal y estricto, en la que nos esperaba Betty, la que iba a ser nuestra anfitriona en el cayo. Después de las oportunas presentaciones, nos acompañó a la que iba a ser la casita donde pernoctáramos. Ésta, estaba apenas diez metros hacia el otro lado del cayo, pegada literalmente al mar, es decir, que si te descuidabas ya estabas dentro del agua. La familia que nos iba a alojar (“la casa de Jairo”), tenía una pequeña casita de madera y habían hecho como un pequeño nido en la parte de arriba, al que se accedía por unas escaleras de madera. Allí había una pequeña habitación, de apenas unos cuatro o cinco metros cuadrados, pero la verdad es que estaba muy curiosa, con una cama de matrimonio, todo muy limpio, e incluso tenía luz, todo un lujo, ya que en el cayo no habían ni luz ni agua. Además tenía como un pequeño recibidor en la puerta, que hacía las veces de terraza, y una gran ventana, donde podéis imaginar como eran las vistas: ¡¡¡¡¡ IMPRESIONANTES !!!!!.
Una vez dejamos nuestra mochila, con las cuatro cosas que habíamos llevado, nos dirigimos a la casa de Betty, quien nos estaba esperando para preguntarnos cuando queríamos que nos sirviese la comida. Le dijimos que por nuestra parte la podía ir preparando y aprovechamos para pegarnos un baño en aquellas maravillosas aguas, que aunque ese día estaban algo movidas, no ocultaban su belleza.
Después de un gratificante baño, y tras los cuatro pasos de rigor, Betty nos había preparado una mesita, casi pegada al agua, bajo un techadito de palma, que nos daba una sombra perfecta. Y ahí estaba nuestra comida, dos estupendas langostas, que nuestro capitán, el señor Malaca, nos había pescado ese mismo día para nosotros, creo que sobran los comentarios, a medida que estábamos degustando nuestra comida, estábamos extasiados mirando el mar, y todos los cayos que nos rodeaban. Como ellos mismos dicen: “….si existe el Paraíso, esto debe ser lo más parecido”.
Después de dar buena cuenta de nuestra comida, y tras el merecido reposo, fuimos a prepararnos para la excursión que teníamos programada para esa tarde. Se trataba de ir al Cayo Mayor, para hacer toda una serie de actividades.
Volvimos a coger la misma embarcación que nos había llevado hasta allí, pero esta vez el capitán era algo más joven, se trataba de Jairo, el hijo adolescente de la familia donde estábamos alojados. Yo calculo que tendría entorno a los diecisiete o dieciocho años, más o menos, y el resto de la tripulación la componían dos niños de unos ocho años, uno de ellos, Pedro (hijo de Betty), que sería nuestro guía en Cayo Mayor y un amiguito de éste.
Nos subimos en el cayuco y partimos hacia Cayo Mayor, que quedaba justo a la derecha de Chachauate. Por el camino, Jairo tiró un sedal por la borda y mientras navegábamos, íbamos curricando. No pasaron muchos minutos, cuando ya teníamos el primer pescado, se trataba de un bonito de un tamaño mediano. Pedro se apresuró en cogerlo, desengancharlo del anzuelo y tirarlo al fondo de la barca, procediendo a pisarlo con su pie descalzo, hasta que el animal dejó de moverse. Esto se repitió en varias ocasiones, e incluso en una de ellas capturamos un bonito de unas dimensiones nada despreciables.
Seguíamos navegando cuando Jairo nos advirtió que en las inmediaciones había una tortuga, y efectivamente vimos una tortuga Carey que asomaba su cabeza fuera del agua para respirar, fue muy bonito. A todo esto ya llegamos al Cayo Mayor y desembarcamos para adentrarnos en la espesa vegetación que había, una vez salvada la playa.
En primer lugar nos dirigimos a una zona del cayo, donde se encuentran unas serpientes endémicas de este sitio, únicas en todo el mundo, son las boas rosadas. Eran muy curiosas, pues adaptaban su color al de los árboles donde se encontraban para camuflarse y Pedro nos comentó que cuando les da el sol, adquieren ese color rosado que les ha dado su nombre. Bueno, fue una experiencia que merecía la pena, ya que estos animales jamás podremos verlos, si no es que volvemos otra vez a Cayo Mayor.
Después de las serpientes, Pedro nuestro guía oficial, nos propuso subir hasta el faro que había en la parte más alta del Cayo, y puedo dar fe de que éste se encontraba a una altura considerable, no en vano era el único faro que señalizaba todos los Cayos Cochinos. Aceptamos la propuesta, y emprendimos el camino de subida.
Por momentos la cuesta arriba se iba haciendo bastante empinada y como a Inma se le estaba haciendo un poco más duro, enseguida Pedro buscó un palo para que le sirviera como apoyo y continuamos subiendo hasta llegar a la cima. Después de un rato andando por la cresta de la montaña, llegamos al punto más alto que era donde estaba el faro, momento que aprovechamos para descansar un poco y continuar hacia el extremo más oriental del cayo. Durante el camino, Pedro que toda la ruta la estaba haciendo descalzo, nos iba indicando las distintas variedades de plantas y animales que nos íbamos encontrando, a su corta edad, he de reconocer que poseía un amplio conocimiento de toda la zona y nos estaba dando toda una lección de pasión por su entorno.
Ya llevábamos un buen rato, cuando por fin comenzamos a bajar al otro lado de Cayo Mayor, llegando nuevamente a la playa y en este punto había otro pequeño núcleo de casas de garífunas y también estaba la escuela donde estudian todos los niños de los Cayos Cochinos. Pedro nos presentó al profesor del colegio, se llamaba Francisco y enseguida, en un alarde de amabilidad se ofreció para enseñarnos un aula de la naturaleza que ellos mismos habían hecho, así como también nos mostró el colegio y nos explicó todas las vicisitudes de llevarlo adelante.
Nosotros le comentamos que habíamos traído desde España algo de material escolar (libretas, lápices, bolígrafos, lápices de colores, etc), y también algún juguetito y chucherías, que era una pena no haber sabido que lo íbamos a conocer, pero al final encontramos la solución con el compromiso de enviarlo con Pedro al día siguiente, cosa que por supuesto hicimos.
Una vez nos despedimos de Francisco, Pedro nos acompañó hasta la parte de la playa donde nos estaba esperando Jairo, nuestro barquero, quien nos animó a tomar un baño y disfrutar del snorkel, pues allí había una zona de corales muy bonita. Yo enseguida cogí el testigo y sin dudarlo me puse gafas y tubo y me tiré al agua a disfrutar de un espectáculo precioso, Inma en cambio estaba algo cansada y no le apetecía, aunque sí se pegó un bañito para refrescarse. Tras el baño, subimos en el cayuco y ya atardeciendo, nos dirigimos de vuelta a Chachauate. El paisaje era idílico, el sol ocultándose en el mar, y nosotros navegando entre unos pequeños cayos para llegar a nuestro destino.
Una vez en nuestro cayo, fuimos a nuestra casita y la dueña nos había preparado una zafa con agua dulce, a pie del mar, para que nos aseásemos. Cambiados y aseados, nos dispusimos a bajar a casa de Betty para tomar la cena. Como he comentado anteriormente, salvo muy raras excepciones, no había luz, por lo que cogimos dos linternas que nos habíamos llevado y en medio de la oscuridad llegamos hasta la playa. Allí nuevamente nos habían preparado una mesita con su mantel y una vela, sirviéndonos un plato de pescado fresco a la plancha, con una ensalada de tomate, aderezado con una cervecita bien fría.
Tras la cena, cogimos las sillas y nos fuimos a la arena, casi al lado del agua y en total oscuridad nos relajamos mirando el cielo estrellado y oyendo el rumor de las olas. ¡Qué buena manera de acabar este día!.