El itinerario que seguí en Uzbekistán fue algo raro…por falta de tiempo tuve que descartar Khiva (y, por lo que vi después, no me arrepiento en absoluto) y lo que hice es volar de Bishek a Bukhara (con una brevísima escala en Tashkent) y empezar mi ruta por esa ciudad. Me instalé en el hotel, llamado Yasmin, muy cerca de Lyavi Hauz, la plaza principal, y que regenta una familia encantadora. Se disculparon por llegar tarde a buscarme al aeropuerto y me ofrecieron un plato de plov. Tras descansar un poco (hacía un calor insoportable y me había despertado a las 3:45 de la madrugada para coger el avión), salí a dar una vuelta por la ciudad. Mi primera impresión fue algo agridulce: madrasas y mezquitas bellísimas, pero con sensación de “irrealidad”. La zona entre las escuelas coránicas (plagadas de tiendas de souvenirs por dentro, al igual que los bazares) Nadir Divanvegi y Kukeldash, en la plaza principal, y la mezquita Kalyan, a menos de un quilómetro de distancia, parece un museo al aire libre (en el sentido negativo del término)…como si fuera un parque temático, está lleno de restaurantes para turistas, todo lo han dejado tan bien arreglado que parece falso y me dio la sensación de parque temático, con todos los edificios perfectamente señalizados para el turista. Supongo que a algunos esto ya les estará bien, especialmente a los que van en grupos organizados. A mí me dio palo, así que me salté la ruta que tenía prevista y apliqué algo que haría en el siguiente día y medio que estaría en Bukhara: dedicar las horas de más sol de las mañanas a callejear por barrios más auténticos (no hace falta irse lejos, solo andando 10 metros hacia el norte o hacia el sur de Lyavi Hauz (en este último caso, en el barrio judío), y dedicar los atardeceres a visitar monumentos, puesto que la luz es más bonita y hay menos gente. Fuera del centro, en exceso “turisitificado”y sin vida local (a excepción del Lyavi Hauz por la noche), y con edificios para mí gusto demasiado rehabilitados, ya ves la ciudad más “real”, con casas de adobe y tocho y puertas de madera ricamente decoradas. En estos lugares es donde percibí, junto con el recibimiento en el hotel, uno de los aspectos que más me ha gustado de Uzbekistán: la hospitalidad de la gente. Por la calle muchas personas te paran para hablar, porque tienen curiosidad (no para venderte nada), pero es que además algunas te invitan a sus casas y te dan té e incluso comida. Sin duda Uzbekistán, y también Kirguistán, es el país donde he encontrado a la gente más amable. Viajar solo y salirse de los centros turísticos también ayuda a ello. En cuanto a lo más destacable del centro, lo que más me gustó fue el minarete Kolyan (de hecho, lo único original que queda) aunque cabe decir que con la mezquita del mismo nombre y la madrasa Mir Arab componen un conjunto bellísimo. Por la noche fui a un restaurante varias veces recomendado en el foro, el Minzifa. Sí, estaba bueno (pedí unos pelmeni en sopa…me encanta la comida rusa) pero es el típico sito donde van los turistas. Así que comer platos locales rodeado de italianos e ingleses, para mí al menos, resta mucho atractivo al lugar. Para el día siguiente ya buscaría algún lugar fuera del centro.



