Al día siguiente seguí callejeando; no llegué a visitar el Ark (había leído que no valía la pena) ni tampoco el parque de los Samánidas, pero sí que vi la mezquita que más me gustó, sobre todo por su pórtico de altas columnas bellamente decoradas, la de Bolo Hauz. Justo al lado hay un restaurante frecuentado sobre todo por locales donde comí unos shashliks buenísimos. Descanso en el hotel al mediodía, porque si no es insoportable, y de nuevo paseo sin rumbo fijo, tanto por las calles con cierto encanto al norte (incluyendo Chor Minar) como al sur (incluyendo la sinagoga), hablando con los locales, pero sin olvidar el centro donde, como he dicho, los edificios son realmente bellos.
Por la noche había celebración en la guesthouse, puesto que los propietarios acababan de ser abuelos (su hijo vive en Nueva York) y cocinaron plov (más completo que el de los nómadas, puesto que este contenía también garbanzos y uvas pasas). Estaba espectacular…además de dulces, sandías y melocotones y coñac y vodka. Fue bonito.


