Hemos pensado en ir a visitar Porvoo, la segunda ciudad (que parece un pueblo) más antigua de Finlandia, con sus fotogénicas casitas rojas al lado del río. Está más o menos a una hora de Helsinki y nos dicen que la mejor manera de llegar es en bus, así que vamos hasta la estación de Kamppi para tomarlo. No hemos madrugado mucho porque hoy llevamos un plan bastante relajado: visitar Porvoo y volver por la noche a la playa de Lauttasaari.
El paisaje que se ve desde el bus es igual de bucólico que el que se veía desde el tren del día anterior. En Finlandia, en cuanto se sale un poco de la ciudad, todo se vuelve verde.
Llegamos a la estación de autobuses de Porvoo y caminamos en dirección al centro, que está a unos 5 minutos de allí.
Empezamos a ver casitas de colores pastel, con algún restaurante y alguna tienda de segunda mano. Entramos a una que tiene una puerta de garaje grande, y nos pasamos allí un buen rato. Se llama Kellarikirppis. Hay de todo, en cantidad y a buen precio. Lo que más gracia nos hace son las postales antiguas escritas, que podrían haber quedado olvidadas en el fondo de algún cajón, o que nunca llegaron a su destino. Nos llevamos una postal, una mochila antigua del ejército alemán, muy buena para ir de acampada, y dos jerseys por 2€ cada uno, en perfecto estado.

En el centro, las casitas de madera de colores pastales combinan a la perfección con las flores que hay al lado de sus fachadas. Casi todo es peatonal y de adoquín. Vemos un parquecito con unas cuantas muñecas viejas colgadas de una planta. Será porque las casitas de Porvoo parecen casas de muñecas? No lo creo...

Llegamos a la catedral de Porvoo (Porvoon tuomiokirkko), de dimensiones reducidas, del siglo XIII, aunque lo que se conserva y podemos ver, data del siglo XV, porque era de madera y se incendió varias veces. El interior es sencillo, sin grandes adornos, y conserva algunos elementos de madera.

Bajamos por una de las calles que salen de la plaza de la iglesia y llegamos a una plaza con el edificio del museo de Porvoo. Parece la plaza central del casco antiguo, con restaurantes, cafeterías y tiendas de ropa y recuerdos a ambos lados y en las calles colindantes. Todas las tiendecitas invitan a entrar, o, como mínimo, mirar sus escaparates. Las ventanas de las casas que dan a la calle también están decoradas ”de cara a la galería”, con figuritas, barcos de vela, cortinas de encaje... todo muy mono.

Buscamos un restaurante y encontramos Hanna-Maria, una especie de buffet con comida del estilo de la que se puede encontrar en el restaurante del archiconocido gigante sueco de la decoración, decorada como si fuese la casa de tu abuelita en una película de los 90. Muy mono también. Y la comida muy buena para quien no sea de paladar muy exigente.
Bajamos hasta el río y cruzamos el puente a la altura de algunos edificios industriales de ladrillo rojo. Desde la otra orilla del río, empezamos a ver las casitas rojas, que eran los antiguos almacenes de las fábricas. El partido que ha sacado Finlandia a su pasado industrial no tiene precio.

Paseamos por la orilla del río y vemos como, en el conjunto del casco antiguo, las casitas van cambiando de perspectiva, y aparece la catedral entre ellas. Seguro que Porvoo fue lugar de inspiración para muchos artistas, porque las vistas desde esta orilla es una de las cosas más bonitas que hemos visto durante el viaje.

Paseando, llegamos hasta la antigua estación de trenes de Porvoo, que está rodeada de naturaleza y de algunas casitas de los pocos afortunados que viven en esta ciudad de postal. El edificio de la estación está bien conservado, y no parece que haya sido abandonado porque, mirando a través de las ventanas, vemos una cocina que parece recién reformada.

Volvemos al centro y entramos en algunas tiendas de recuerdos (”recuerdos” queda mejor que ”souvenirs” en Porvoo) y compramos algunos, todos con forma de animal.
Los helados en finlandia tienen fama de ser specialmente cremosos, así que probamos uno de un puesto de helados que hay en una de las calles del centro. !Está buenísimo!
Decidimos acabar así la visita a la ciudad y volvemos a la estación de autobuses.
En una hora de paisaje finlandés, llegamos a la estación de autobuses de Helsinki, cogemos el metro para dejar las compras en el apartamento, y de allí, nos vamos directos al supermercado para comprar la cena que nos llevaremos a la playa que visitamos el día anterior en Lauttasaari.

Llegamos a la playa antes de la puesta de sol. Es extraño, pero no parece la misma. El agua está algo más movida que el día anterior y no consigue reflejar los colores que le proporcionaban ese carácter onírico del día anterior. Sigue siendo un entorno bonito pero no nos parece tan mágico como ayer, que habíamos llegado justo después de que el sol se escondiera. Es curioso ver cómo los cambios en el cielo, aunque a nosotros nos parezcan mínimos, afectan a la naturaleza. Está claro que la mejor hora para ir a esa playa es justo después de la puesta de sol, no antes.
Paseamos por el bosque que hay en los alrededores esperando ese momento, y, de repente, unos rayos de sol atraviesan un claro en el camino. ”Ve hacia la luz” es una frase que resuena en el inconsciente colectivo de la mayoría de nosotros, así que lo hacemos. Y nos llevamos otra sorpresa: una puesta de sol maravillosa al lado del mar, con embarcadero incluido.

Nos quedamos a cenar allí mismo, viendo como las nubes van transformando el paisaje. Lauttasaari no deja de sorprendernos.


