Menudo reloj biológico tengo. A las seis en punto se me abren los ojos como si alguien hubiera tirado de una cuerda invisible. Mi sobrino, en cambio, sigue enroscado en el saco, ajeno al mundo. Salgo de la tienda y doy una pequeña vuelta. El fresquito de la mañana es intenso, casi cortante, pero tiene ese punto revitalizante que se agradece. Mejor aún me sienta el café caliente que decido prepararme mientras veo cómo los primeros rayos de sol empiezan a iluminar las montañas del oeste. Cuando el aburrimiento y el hambre se me juntan, decido que es hora de despertar al chaval. Más chips ahoy y otro café para empezar el día.

Como finalmente no vamos a subir a Telephone Basin ni a completar la vuelta que teníamos planeada, sino continuar hacia el sur por el Buffalo Fork Trail, y sabiendo que el trayecto hasta el borde del parque nacional no supera los diez kilómetros y es prácticamente llano, decidimos dedicar la mañana a visitar Hidden Lake, que se encuentra a unos 4–4,5 kilómetros de donde estamos.
A las 7:45 ya estamos caminando. Vamos ligeros, sin tienda, sin comida, sin nada de lo pesado; ya recogeremos el campamento a la vuelta. El sendero comienza cruzando unas praderitas antes de internarse en un bosque precioso, fresco, silencioso. Llegamos al cruce hacia Hidden Lake, tomamos el desvío de la izquierda y el camino empieza a alternar zonas de bosque con praderas abiertas. Al aproximarnos al arroyo principal empezamos a ver señales claras de actividad osera: unas deposiciones bien hermosas y un aplastamiento muy evidente en la hierba que, para mí, no deja duda: una cama de oso.
A las 7:45 ya estamos caminando. Vamos ligeros, sin tienda, sin comida, sin nada de lo pesado; ya recogeremos el campamento a la vuelta. El sendero comienza cruzando unas praderitas antes de internarse en un bosque precioso, fresco, silencioso. Llegamos al cruce hacia Hidden Lake, tomamos el desvío de la izquierda y el camino empieza a alternar zonas de bosque con praderas abiertas. Al aproximarnos al arroyo principal empezamos a ver señales claras de actividad osera: unas deposiciones bien hermosas y un aplastamiento muy evidente en la hierba que, para mí, no deja duda: una cama de oso.






Entramos en una zona repleta de willows; sacamos el spray y lo llevamos en la mano. Cometo un error de novato: le quito el seguro, como si no fuera ya sencillo retirarlo. Seguimos avanzando, el sendero se pierde por tramos y nos toca ir saltando riachuelos. En uno de esos saltos, resbalo… y, sin querer, aprieto el botón del spray. Resultado: me rocío la rodilla y atravieso la pequeña nube de pimienta. No me da tiempo a cerrar los ojos, pero sí a gritarle a mi sobrino que no pase.
Lo que vino después fue una media hora infernal. Un picor intensísimo en los ojos y en los labios, un ardor que no permitía abrir los párpados sin sufrir. Me puse a meter los ojos dentro de la boca de una botella, como podía, para llenarlos de agua e intentar arrastrar las partículas. Empecé a preocuparme de verdad: estábamos muy lejos de todo y yo no podía ver absolutamente nada. Gracias a Dios, tras dos botellas de agua pude empezar a entreabrirlos, ver sombras, formas. Menudo sitio para quedarse ciego… Solo faltaba que apareciera el oso.
Estábamos tal vez a medio kilómetro del lago, pero dimos media vuelta. Yo solo pensaba en volver al arroyo y sumergir la cabeza. Además, la pierna donde había impactado el spray empezaba a arder. Tenía que limpiarla también. Directo al agua, pantalón desmontable incluido.
A medida que caminábamos de regreso empecé a notar que el dolor remitía y la visión mejoraba. Me dio una rabia tremenda no haber seguido hacia el lago, pero el susto fue serio y no quise tentar la suerte.
De nuevo en el campamento, directo otra vez al arroyo: cabeza dentro, ojos abiertos bajo el agua helada, y pantalones a remojo. La pierna estaba roja como un tomate donde había impactado el spray… y eso que llevaba el pantalón puesto.
Recogimos el campamento y nos pusimos en marcha. El primer kilómetro era el mismo que habíamos recorrido esa mañana en la fallida visita a Hidden Lake. En el desvío tomamos el otro ramal, el de la derecha. Tocaba cruzar Buffalo Creek y abrirnos paso entre una nueva zona de willows para llegar a la otra orilla. Más señales frescas de oso aparecieron en el camino; volvimos a cruzar aquel laberinto vegetal con el spray en la mano, esta vez sí, con el seguro puesto.
Lo que vino después fue una media hora infernal. Un picor intensísimo en los ojos y en los labios, un ardor que no permitía abrir los párpados sin sufrir. Me puse a meter los ojos dentro de la boca de una botella, como podía, para llenarlos de agua e intentar arrastrar las partículas. Empecé a preocuparme de verdad: estábamos muy lejos de todo y yo no podía ver absolutamente nada. Gracias a Dios, tras dos botellas de agua pude empezar a entreabrirlos, ver sombras, formas. Menudo sitio para quedarse ciego… Solo faltaba que apareciera el oso.
Estábamos tal vez a medio kilómetro del lago, pero dimos media vuelta. Yo solo pensaba en volver al arroyo y sumergir la cabeza. Además, la pierna donde había impactado el spray empezaba a arder. Tenía que limpiarla también. Directo al agua, pantalón desmontable incluido.
A medida que caminábamos de regreso empecé a notar que el dolor remitía y la visión mejoraba. Me dio una rabia tremenda no haber seguido hacia el lago, pero el susto fue serio y no quise tentar la suerte.
De nuevo en el campamento, directo otra vez al arroyo: cabeza dentro, ojos abiertos bajo el agua helada, y pantalones a remojo. La pierna estaba roja como un tomate donde había impactado el spray… y eso que llevaba el pantalón puesto.
Recogimos el campamento y nos pusimos en marcha. El primer kilómetro era el mismo que habíamos recorrido esa mañana en la fallida visita a Hidden Lake. En el desvío tomamos el otro ramal, el de la derecha. Tocaba cruzar Buffalo Creek y abrirnos paso entre una nueva zona de willows para llegar a la otra orilla. Más señales frescas de oso aparecieron en el camino; volvimos a cruzar aquel laberinto vegetal con el spray en la mano, esta vez sí, con el seguro puesto.

Mientras grababa el cruce del río, a mi sobrino se le resbaló del móvil la memoria externa donde estaban todos los vídeos del viaje… directa al agua. La recuperamos enseguida y la guardamos como si fuera oro. A ver si hay suerte y podemos salvar el contenido.
Seguimos avanzando con el río siempre a nuestra izquierda. A veces los willows eran tan densos que podían esconder cualquier cosa hasta el último segundo. Dejamos atrás la zona más pantanosa y atravesamos praderas y sectores algo más arbolados. El día estaba precioso, aunque empezaban a formarse nubes que prometían tormenta por la tarde. Paramos a descansar en una zona elevada junto al río, con vistas magníficas sobre los willows y las montañas al otro lado. Oteamos un rato por si asomaba algún animal.
Seguimos avanzando con el río siempre a nuestra izquierda. A veces los willows eran tan densos que podían esconder cualquier cosa hasta el último segundo. Dejamos atrás la zona más pantanosa y atravesamos praderas y sectores algo más arbolados. El día estaba precioso, aunque empezaban a formarse nubes que prometían tormenta por la tarde. Paramos a descansar en una zona elevada junto al río, con vistas magníficas sobre los willows y las montañas al otro lado. Oteamos un rato por si asomaba algún animal.





Reanudamos la marcha y, sin darnos cuenta, llegamos al cruce con Poacher’s Trail, precisamente el sendero por el que habríamos venido si hubiéramos seguido el plan original. Sabía que por esta zona teníamos que buscar ya un lugar donde acampar, y lo encontramos enseguida: un claro perfecto, amplio, plano, con árboles caídos para sentarnos y otros en pie que ofrecían protección. Era evidente que había sido usado antes como campamento. Incluso encontramos un mazo por allí tirado.
Levantamos la tienda, bajamos al río a recargar la bolsa de agua y nos alejamos para comer. Ya eran más de las 14:30. Toca hoy puré de patata sabor bacon. Después colgamos la bolsa en una rama y regresamos a la tienda para perrear un rato y echar una siesta. Los bichos, eso sí, estaban empezando a convertirse en una tortura.
Levantamos la tienda, bajamos al río a recargar la bolsa de agua y nos alejamos para comer. Ya eran más de las 14:30. Toca hoy puré de patata sabor bacon. Después colgamos la bolsa en una rama y regresamos a la tienda para perrear un rato y echar una siesta. Los bichos, eso sí, estaban empezando a convertirse en una tortura.


Tras el descanso, sin un plan claro, cogimos la bolsa de frutos secos y nos fuimos a la zona donde habíamos parado antes, que parecía un buen punto para observar fauna. Nada. Ni un alma. Lo único que vimos fue lo que parecía otro campamento de outfitters al otro lado.
A las 8 nos pusimos con la cena. Si a mediodía había bichos, aquello era el apocalipsis entomológico: moscas y mosquitos por miles. Era imposible estar sentado cocinando o comiendo; había que moverse sin parar para no ser devorados. Al final, abrumados por aquel ataque coordinado, no tuvimos más remedio que buscar refugio en la tienda y rezar para que mañana la situación estuviera más calmada.
A las 8 nos pusimos con la cena. Si a mediodía había bichos, aquello era el apocalipsis entomológico: moscas y mosquitos por miles. Era imposible estar sentado cocinando o comiendo; había que moverse sin parar para no ser devorados. Al final, abrumados por aquel ataque coordinado, no tuvimos más remedio que buscar refugio en la tienda y rezar para que mañana la situación estuviera más calmada.

Otros 15 kms hoy.