
El Valle del Drâa, desde tiempo inmemorial uno de los ejes que ha unido las regiones desérticas que limitan con el gran desierto sahariano al sur y la gran cordillera del Atlas al norte, es probablemente el mas interesante a nivel viajero de todo el sur de Marruecos tanto por su diversidad natural, con montañas, altiplanos, dunas y oasis, como por la riqueza de su patrimonio cultural e histórico forjado a lo largo de los siglos por las diferentes civilizaciones que por él han pasado, han convivido y le han otorgado ese halo de misterio y romanticismo que lo caracterizan

El Valle del Drâa, como eje vertebrador del territorio, alcanzó su apogeo en el siglo XVI con los Saadíes, quienes consolidaron la famosa "ruta de las caravanas" cuya imagen explotan sin reservas los operadores turísticos en la actualidad, y se caracteriza por una casi perfecta unión entre patrimonios natural y cultural por lo que si tuviera que destacar algo por encima del resto, en mi opinión, eso sería la capacidad que demostraron a lo largo del tiempo todas aquellas civilizaciones que lo habitaron al intervenir de manera discreta y eficaz en este territorio, con una arquitectura de carácter militar y una incipiente ingeniería civil en materia de obras hidráulicas y caminos, (adaptadas tanto a sus necesidades funcionales, organizativas y defensivas como al duro clima presahariano), cuya singularidad y diversidad es la esencia de ese gran legado que, en mejor o peor estado de conservación, y mas allá de lo que nos vendan agencias, guías y asimilados, hoy podemos admirar.


canales de riego en los palmerales
Los ksours fortificados con calles estrechas, oscuras y cubiertas para protegerse del calor y de las tormentas de arena, las grandes kasbahs señoriales de mando, las casas fortificadas familiares o las torres de vigilancia, se construian con materiales aislantes térmicos y acústicos naturales (arcilla, paja y madera de palmera) que favorecían la privacidad de las viviendas, mitigaban los efectos del calor, del frio y minimizaban el consumo de energía, por lo que eran un alarde de adaptación a las limitaciones que imponían tanto las condiciones climáticas como los medios y materiales disponibles para su construcción.

Kasbah de mando

Casa fortificada
La lógica de los diferentes asentamientos estaba determinada por un incipiente urbanismo que delimitaba las fronteras entre palmerales, unidos por una red de caminos que garantizaban seguridad y disminuían tiempo de viaje, en los que la tierra cultivable se repartía entre las diferentes tribus (aunque entre ellas tuvieran sus diferencias a menudo zanjadas a sablazos), marcando los limites de las propiedades privadas que eran regadas mediante una red de acequias, cuyo diseño nos sorprende aún hoy, distribuidas en principales y secundarias, que aseguraban la llegada para todos de ese bien liquido tan necesario.

Kasbah de vigilancia del palmeral
Parcelas en un palmeral

Paseando por un ksar ...

Camino en el palmeral con canales a derecha e izquierda (estan ahí aunque no se aprecien)
El valle del Drâa, esa arteria que antaño tuvo tanta importancia a nivel comercial, social y cultural, es hoy en dia tierra de emigrantes a pesar de tener cierta importancia turística y, por supuesto, militar, dada su cercanía con Argelia, cuya frontera, cerrada y altamente vigilada en todo su recorrido, coquetea a lo largo de muchos kilómetros con el rio que presta su nombre a este gran valle.

Aunque en este relato ni está todo lo que hay en esta región, ni todo lo que está es lo mas singular, espero que pueda ser de utilidad para futuros viajeros que se animen a recorrer por su cuenta esta tierra yerma repleta de vida gracias al bien mas necesario, el agua, por la que pasaron los ejércitos árabes que islamizaron el noroeste africano, las grandes civilizaciones que vinieron después y, sobre todo, las grandes caravanas comerciales que atravesaron, tiempo ha, el gran desierto del Sahara, convirtiéndolo en un verdadero corredor étnico, donde diferentes culturas compartieron tierra, aventura, intereses y destino, escribiendo su historia y su leyenda.

El desierto no ofrece ninguna de las riquezas que suelen buscar los turistas. No hay nada que ver, nada que oír, por lo que hay que estar motivado por exigencias muy fuertes para llegar a él o vivir allí … eso, o haber nacido allí. Saint-Exupéry


