Recorriendo los alrededores de Asuán.
De haber seguido nuestro programa, esa mañana habríamos madrugado de lo lindo, ya que tocaba la excursión por carretera a Abu Simbel que teníamos incluida. Sin embargo, la otra vez pasamos un día completo allí, viendo incluso el espectáculo nocturno, no nos compensaba hacer un viaje tan largo para verlo apenas un par de horas. Y así se lo dijimos a nuestro guía, que nos pidió que firmásemos un papel renunciando a la excursión.

Ese día nos levantamos tarde, pues no comenzamos nuestras visitas hasta las ocho. En nuestro anterior viaje vimos los sitios más conocidos de Asuán: el poblado Nubio, la Gran Presa, el Obelisco Inacabado, el Templo de Filé… Así que busqué algo diferente y nos decantamos por un recorrido en falúa (una delicia por sí mismo), que fue llevando a varios lugares.


Isla de Kitchener: Jardín Botánico.
Es una isla muy pequeña situada al oeste de la Isla Elefantina. Fue un regalo que recibió el general británico Horatio Kitchener en 1890 como agradecimiento por su liderazgo en la victoria del ejército egipcio sobre los sudaneses.


El militar se instaló en la isla y la convirtió en un fantástico Jardín Botánico, tanto con especies autóctonas como exóticas, que trajo de todo el mundo. Lo mejor es comenzar la visita por el museo, pequeño pero muy interesante, en el que hay fichas informativas sobre todo tipo de flores y plantas.


Después dimos una vuelta por el jardín, entre enormes cocoteros, datileras, árboles frondosos, arbustos y plantas de todo tipo. El canto de los pájaros y la sombra que proporcionaban los árboles hizo muy agradable el paseo, aunque tampoco puedo decir que sea un jardín botánico que me haya impresionado especialmente. Eso sí, las vistas panorámicas de Asuán y sus alrededores nos parecieron muy bonitas.




Mausoleo del Aga Kan.
A continuación, fuimos en la falúa hasta la orilla occidental, desembarcando muy cerca del mausoleo de Sir Sultan Muhammad Shah, Aga Khan III y su cuarta esposa, Begun Om Habibed, construido en piedra caliza rosa e inspirado en las tumbas fatimíes de El Cairo, con su cúpula y sus torretas. Aga Khan III fue un personaje importante, imam número 48 de los musulmanes ismaelitas chiitas, presidió la Liga de Naciones entre 1937 y 1938. Estaba muy unido a Egipto y a Asuán, donde pasaba los inviernos, por eso, a su muerte, en 1957, su esposa mandó construir el mausoleo, cuya imponente estampa sobre una colina se puede vislumbrar desde muchos lugares de Asuán.En el interior, que no se puede visitar, en un santuario de mármol, está el sarcófago del Aga Khan con textos del Corán.

No hay que confundir este mausoleo con la cúpula de Abu Al-Hawa (foto de más abajo), que también destaca en lo alto de un cerro pero a bastante distancia, en la zona donde están las tumbas de los nobles.

Monasterio de San Simeón.
Desde el lugar de desembarco, pudimos contemplar, a lo lejos, las ruinas del Monasterio de San Simeón, a las que se puede llegar caminando por un sendero en el desierto o alquilando unos camellos. Aunque hacía mucho calor, no nos apetecía el asunto de los camellos (hemos montado ya varias veces), que, por lo demás, nos quitaría la caminata pero no el azote del sol, así que fuimos andando: tardamos un cuarto de hora más o menos. La entrada nos costó 100 EGP. Está abierto desde las 07:00 de la mañana, con la última entrada a las 4 de la tarde.
Mirando hacia adelante (arriba) y mirando hacia atrás (abajo), la distancia que tuvimos que recorrer a pie. No fue para tanto



Aunque está en ruinas y sometida a trabajos de restauraciones y excavación, esta fortaleza cristiana copta del siglo VII nos sorprendió, pues no en vano es uno de los monasterios arqueológicos más grandes y mejor conservados de Egipto.




En sus mejores tiempos, fue un centro de peregrinación muy importante, que llegó a albergar a 300 monjes. Fue abandonado en el siglo XIII, tras sufrir un ataque de las tropas de Saladino. Construido con piedra y adobe, tiene el aspecto de una fortaleza, debido a sus murallas y a sus altas torres.



En la antigua basílica pudimos numerosas pinturas al fresco en diverso estado de conservación, pues algunos de las imágenes de santos fueron marcadas por los musulmanes; también se aprecian los nombres de antiguos peregrinos grabados en los muros.




A través de pasadizos y escaleras, recorrimos los restos de lo que fueron establos, talleres, cocinas, celdas de los monjes, refectorio… En fin, que nadie espere ver un monasterio o un castillo en toda regla (repito que son ruinas), pero la visita nos pareció muy interesante, además de entretenida contando con el paseo por el desierto. Eso sí, hacía mucho calor.



Isla Elefantina.
Horario: abre 08:00 am; última entrada 04:00 pm.
Precio: adultos, 200 EGP; estudiantes, 100 EGP.
Ya en el puerto, antes de desembarcar, nos encontramos con piedras con inscripciones.

Al primer asentamiento poblacional de Asuán, durante el Imperio Antiguo se le conocía como Yebu (elefante), no se sabe si por los enormes bloques de granito que se asemejan a paquidermos en su extremo sur o por haber sido un destacado enclave del comercio de marfil. Hay restos arqueológicos repartidos por la isla.


Antaño fue un importante centro de culto al dios carnero Jnum, que regulaba las crecidas del Nilo. Allí está el Museo de Asuán y también tres poblados nubios muy vistosos por los vivos colores de las fachadas de sus casas. También se puede contemplar un nilómetro.


De la antigua ciudad fortificada, quedan los restos del Templo de Jnum, erigido por Nectánebo en el siglo IV a.C. Recorrimos las ruinas de este y otros templos, entre las que se conservan columnas y muros con relieves.





Además, fuimos hasta el extremo de la isla que da frente por frente con el Hotel Old Catarat donde hay un mirador con unas vistas espléndidas del Nilo y Asuán.


No suelo hacer fotos panorámicas porque me salen fatal, pero era una ocasión perfecta para practicar.


El sol pegaba de lo lindo, así que volvimos al barco, donde estuvimos descansando en el camarote hasta la hora del almuerzo. Hacía demasiado calor para estar en la terraza, donde ni siquiera se aguantaba a la sombra. Se notaba que habíamos viajado bastante más al sur.