Vuelvo al relato de 2026, donde nos quedamos en Asuán: Nos vamos a El Cairo.
A la hora de comer, el sol achicharraba literalmente, así que decidimos entrar en un siempre socorrido McDonals, que está justo al lado de nuestro barco. Y con las consabidas hamburguesas pasamos otro rato, disfrutando de buenas vistas al Nilo y del aire acondicionado. Más tarde, volvimos a la motonave. Hubiésemos podido subir a la terraza y darnos un baño en la piscina, pero hacía tanto calor que preferimos quedarnos descansando en el salón mientras tomábamos unos cócteles fresquitos.

Salón del crucero Le Fayan, poco faraónico pero muy funcional.

A las cinco vino un conductor con un coche para llevarnos al aeropuerto, que es pequeño, pero mucho más cómodo de lo que lo recordaba de la vez anterior, cuando nos tuvieron una hora apiñados en una minúscula sala de embarque, casi sin sitio ni siquiera sentarnos en el suelo porque las sillas eran un lujo.

El vuelo con EgypAir salió en hora. A bordo, nos dieron un refrigerio y llegamos sin incidencias a El Cairo una hora y veinte minutos después del despegue. Desde la ventanilla pude ver las pirámides iluminadas de color rojo, seguramente porque se estaba celebrando el espectáculo de luz y sonido. La foto es mala mala: la pongo solo como curiosidad.


En la terminal nos esperaban un guía y un conductor, que, como de costumbre, nos llevaron a nosotros solos al Hotel Ramsés Hilton, situado en el centro de El Cairo, al lado (tan cerca y tan lejos) de la Plaza Tahir, frente al Nilo, en medio de un terrible enjambre de pasos elevados con miles de vehículos de cualquier tipo yendo y viniendo en todas direcciones a velocidad vertiginosa. ¿Saldríamos vivos de allí?

Nos ubicaron en una habitación del piso 14 (hay 30 plantas). No disfrutábamos de vistas al Nilo sino a las obras de unos rascacielos que están construyendo al lado del Hilton, lo que no suponía tan mala noticia, pues el ruido de la calle no nos molestaría. Las habitaciones precisan una modernización casi urgente, sobre todo la moqueta del suelo, que tenía manchas para aburrir. Por lo demás, la cama era enorme y cómoda, la superficie muy grande, el aire acondicionado se regulaba bien, disponíamos de dos sillones, espejo de suelo a techo, mesa y escritorio; el cuarto de baño contaba con ducha regulable y la bañera era bajita, de cómodo acceso, aunque la cortina parecía pre-faraónica. Dos botellas de agua pequeña de cortesía, servicio de café y té, nevera, zapatillas, albornoces, plancha y tabla de planchar (¡qué horror!), caja fuerte… Lo que menos me gustó fue el armario, sin cajones ni estantes. La verdad es que estuvimos cómodos. Además, había seis ascensores que subían y bajaban rápidamente. El personal fue muy amable y el wifi, gratuito.

Ya era muy tarde, así que compramos unos bocadillos en el Starbucks del vestíbulo y después de tomárnoslos nos fuimos acostamos, pues al día siguiente nos recogían a las siete para ir a las Pirámides. Además, esa noche íbamos a dormir menos todavía, pues esa madrugada se cambiaba la hora en Egipto.
Primer día en El Cairo.
El bufet del desayuno abría a las seis, hora a la que ya estaba prácticamente lleno: tuvimos que esforzarnos para coger mesa. Por lo demás, el típico surtido de mucho de casi todo sin nada de especial calidad. Poco que ver con la comida de la motonave. Las colas frente a la señora que exprimía los zumos naturales o a los empleados que hacían las tortillas aconsejaban optar por los zumos industriales y los huevos revueltos precocinados. El café malo, malo.
Con todo, para mí, lo peor del hotel fueron sus tres puertas, pues nunca sabía por cuál vendrían a recogernos los conductores: por la parte interior (previo control de matrículas y con perros policía) o ya fuera, en medio del tráfico y con un tropel de taxis al acecho. La primera vez fue fácil, pues al tratarse de una excursión incluida en el viaje, el guía de la agencia aguardaba en el vestíbulo: nos llevó al coche y nos dejó con el conductor. Nuevamente, íbamos los dos solos. Por el camino, recogimos al guía de habla española, un egiptólogo experto. Y se notaba: sabía una barbaridad y no presumía de ello.
Meseta de Guiza: las Pirámides y la Esfinge.
Horario: abre a las 07:00 am; última entrada, 04:00 pm.
Precio: adultos, 700 EGP; estudiantes, 350 EGP.

Guiza se halla a unos veinte kilómetros del centro de El Cairo, pero llegar puede requerir casi una hora de trayecto en coche a causa de los enormes atascos que se forman en torno a la capital. Las autopistas están atestadas con miles de vehículos y no solo a motor, pues también abundan los carros tirados sobre todo por burros y cientos de peatones que bien esperan a las pequeñas camionetas que actúan como autobuses o que cruzan de manera suicida (según nuestros estándares) de un lado a otro: impone ver a la gente irrumpir como si tal cosa entre los coches en autovías de varios carriles. Al principio, te salta el corazón una vez por segundo; al cabo de un rato, terminas por acostumbrarte.
Son fotos de 2010, pero poco habrían cambiado de haberlas tomado ahora.


También hay escenas de tranquilidad.



También hay escenas de tranquilidad.

En nuestro anterior viaje, para llegar a las pirámides atravesamos la propia población; en esta ocasión, rodeamos la zona por una autopista nueva que conduce a un centro de recepción de visitantes que no existía la otra vez. Parece que al menos han intentado poner un poco de orden en el antiguo caos piramidal. Lo que no ha cambiado es el enjambre de vendedores y camelleros que te ofrecen sus servicios en los alrededores de las pirámides y la Esfinge.
Acceso a las pirámides de Guiza en 2010.


Tras pasar un rato viendo las maquetas y recibiendo información por parte de nuestro guía en el Centro de Visitantes, nos subimos a uno de los autobuses que hacen recorridos por todo el recinto, parando en los sitios más destacados. Según vimos, los autocares de los grupos aún pueden circular de un lado a otro, no sé si con algún tipo de restricciones.



La primera parada la hicimos en un punto panorámico diferente del habitual de los grupos, por lo que apenas había cinco o seis personas. La perspectiva resulta impresionante, aunque no me atrevo a decir que mejore a la otra: que hablen las fotos.
Allí, el guía nos contó la historia completa de las grandes pirámides, construidas durante la dinastía IV del Imperio Antiguo, siendo la única de las siete maravillas de la antigüedad que aún permanece en pie.


Hace 5.000 años, Guiza era la necrópolis real de Menfis, por entonces capital de Egipto. El complejo funerario lo integraban una pirámide principal recubierta de caliza blanca, varias pirámides más pequeñas y un templo mortuorio unido por una calzada al templo del valle. Cuando el faraón fallecía, su cuerpo era trasladado en barca hasta el valle para ser preparado por los sacerdotes antes de entregarlo a la vida eterna en la pirámide. Los miembros de su familia y los de su corte eran enterrados en pirámides subsidiarias o en tumbas de piedra próximas a la suya. La más antigua y grande de las pirámides, que se construyeron a lo largo de un siglo, fue obra de Khufu o Jufu (conocido también como Keops, su nombre griego), faraón de la dinastía IV, que reinó desde 2589 a 2466 a.C.


La más antigua y grande de las pirámides, que se construyeron a lo largo de un siglo, fue obra de Khufu o Jufu (conocido también como Keops, su nombre griego), faraón de la dinastía IV, que reinó desde 2589 a 2466 a.C. La pirámide de Kefrén es más baja que la de su padre, aunque puede no parecerlo porque su base está más alta; es la única que conserva una parte del revestimiento original de piedra caliza blanca. Se desconoce el motivo de que la de Micerinos sea mucho menor, quizás por un declive en el poder del reino, lo que implicaba menos dinero disponible, o porque había que atender otras prioridades.


2026/2010.




Después de tomarnos las típicas fotos señalando a las pirámides, tomamos de nuevo el autobús que nos llevó hasta las inmediaciones de la Gran Esfinge, primera estatua colosal conocida del antiguo Egipto. Se calcula que fue erigida en torno al 2500 a.C. Mide 20 metros de altura, cuerpo alargado y un rostro (Kefren, según algunos) con tocado real. La nariz resultó mellada en algún momento anterior al siglo XV, al igual que la barba falsa, uno de cuyos fragmentos está expuesto en el Museo Británico de Londres.


Igual que la primera vez, nos encantó contemplar la Esfinge, uno de nuestros monumentos favoritos en Egipto, aunque ahora ya no es posible acercarse a ella tanto como entonces, lo cual tampoco es una mala noticia dada la mala educación de algunos turistas.


A continuación, fuimos a contemplar cada una de las pirámides de cerca. Con una entrada adicional, es posible entrar en la más grande (1500 EGP) y en la más pequeña (280 EGP). Nosotros ya lo hicimos en el otro viaje, así que no íbamos a repetir, pero sí que pasamos a una de las tumbas pequeñas, que perteneció a una de las reinas y cuyo acceso está incluido en el ticket general. No tiene ninguna dificultad.

En el lado sur de la Gran Pirámide están los tremendos agujeros donde se hallaron las barcas reales que ahora se hallan expuestas en el Gran Museo Egipcio y que veríamos después.


Había llegado el momento de despedirnos de las pirámides por segunda vez.
