Cuando se habla del País Cátaro, toda la atención suele concentrarse en los grandes castillos. Montségur, Peyrepertuse o Quéribus son los nombres que aparecen en los libros, los documentales y las fotografías que promocionan la región.
Sus siluetas sobre las montañas se han convertido en el símbolo más reconocible de esta parte de Occitania.
Pero el País Cátaro es mucho más que un conjunto de fortalezas.
Antes de los castillos están las ciudades y los pueblos. Los mercados, las plazas y las calles donde se desarrollaba la vida cotidiana. Los lugares donde comerciantes, artesanos, nobles y campesinos convivían mucho antes de que las guerras religiosas transformaran estas tierras en uno de los principales escenarios de la historia medieval europea.
Foix y Mirepoix representan perfectamente esta otra cara del País Cátaro.
Foix está dominada por una de las fortalezas más impresionantes de la región. Situado sobre un espolón rocoso que se eleva sobre la ciudad, el castillo parece vigilar todavía hoy los valles que se abren hacia los Pirineos.

El castillo de Foix dominando la ciudad desde su espolón rocoso.
Sus tres torres forman parte inseparable del paisaje y recuerdan la importancia estratégica que este territorio tuvo durante siglos.
A pesar de esta presencia imponente, Foix no transmite la sensación de ser una ciudad convertida en museo. Sus calles mantienen vida propia, las terrazas se llenan de gente y el casco histórico conserva esa escala humana que invita a pasear sin prisas.

Calle del casco antiguo de Foix con una de las torres del castillo al fondo.
Es una ciudad que ha sabido preservar su patrimonio sin renunciar a seguir siendo una ciudad viva.
Desde muchos puntos del centro, las tres torres del castillo reaparecen por encima de los tejados, recordando constantemente que la fortaleza y la ciudad forman parte de un mismo paisaje.

Las tres torres del castillo de Foix sobre los tejados de la ciudad.
Para mí, además, esta parte de los Pirineos tiene un significado especial que va mucho más allá del viaje.
A pocos kilómetros de Foix, en dirección a Andorra, hay un pequeño pueblo donde se estableció parte de mi familia después de la Guerra Civil española. Durante muchos años pasé temporadas en casa de mis familiares.
Primero durante las vacaciones escolares, cuando mis padres aprovechaban el verano para que mejorara mi francés, y más adelante también ya de adulto, regresando de vez en cuando a una región que siempre he sentido un poco como propia.
Por eso recorrer estas carreteras tenía también una dimensión diferente.
Más allá de la historia medieval y de los castillos, había paisajes, pueblos y valles que me resultaban familiares desde hacía muchos años. El País Cátaro era el motivo del viaje, pero esta proximidad emocional con la región hacía que el descubrimiento tuviera un significado especial.
Mirepoix ofrece una imagen distinta, pero igualmente representativa del alma occitana.
Su plaza porticada es una de las más bellas que pueden encontrarse en el sur de Francia. Las casas con entramado de madera, las galerías cubiertas y las fachadas irregulares forman un conjunto extraordinariamente armonioso que parece conservar intacta la esencia de la villa medieval.

Casas con entramado de madera en la plaza porticada de Mirepoix.
No hay grandes monumentos que monopolicen la visita. El encanto aparece en los detalles: en las proporciones de la plaza, en la tranquilidad de las calles y en la sensación de que la historia sigue formando parte de la vida cotidiana.

Soportales y terrazas en la plaza medieval de Mirepoix.
Los soportales de madera rodean buena parte de la plaza y crean un espacio protegido donde durante siglos se instalaron mercados, comercios y talleres.
Caminando bajo ellos resulta fácil imaginar la actividad que dio vida a este pequeño centro comercial del Languedoc durante la Edad Media.

Interior de los soportales de madera de la plaza de Mirepoix.
Las fachadas de colores, los entramados de madera y las distintas alturas de los edificios hacen que el conjunto resulte irregular, pero al mismo tiempo sorprendentemente armonioso.

Fachadas de colores y soportales en la plaza central de Mirepoix.
Al fondo, la aguja de la catedral de San Mauricio aparece por encima de los tejados y completa una de las imágenes más características de Mirepoix.

La plaza de Mirepoix con la aguja de la catedral de San Mauricio al fondo.
La identidad occitana también se manifiesta en aspectos mucho más cotidianos.
En la gastronomía, por ejemplo.
Durante una de las cenas del viaje, algunos miembros del grupo decidieron enfrentarse a una de las especialidades más peculiares de la cocina francesa: la andouillette.
Este embutido, elaborado principalmente con intestinos de cerdo, es famoso por generar opiniones radicalmente opuestas. Tiene defensores entusiastas y detractores irreconciliables.
Los más valientes de la mesa se atrevieron a probarlo. El resto preferimos opciones menos arriesgadas.
Después de comprobar personalmente sus características, entendí perfectamente por qué sigue siendo uno de los platos más controvertidos de la gastronomía francesa.
Foix y Mirepoix muestran una cara del País Cátaro que a menudo queda eclipsada por los grandes castillos.
Una Occitania de plazas medievales, mercados y ciudades que han conservado buena parte de su personalidad a lo largo de los siglos.
Quizá no sean los lugares más espectaculares de la región, pero sí algunos de los que permiten comprender mejor el territorio donde nació una de las historias más fascinantes de la Europa medieval.