La prehistoria de Bulgaria es una de las más antiguas y ricas de Europa, con presencia humana desde hace más de un millón de años.
En la cueva de Kozarnika se han encontrado herramientas y restos que sitúan a los primeros homínidos en la región hace unos 1,6 millones de años, lo que convierte este territorio en uno de los más antiguos ocupados de Europa.

Más tarde, en la cueva de Bacho Kiro, aparecieron restos de unos 44.000 años que muestran la coexistencia o sucesión entre neandertales y humanos modernos.
Con la llegada del Neolítico, hacia el 6000 a. C., surgieron las primeras comunidades agrícolas estables. En Stara Zagora se conservan algunas de las viviendas neolíticas más antiguas del continente, mientras que la cultura de Karanovo se convirtió en un referente cronológico para toda la región balcánica.
En el noreste del país floreció la cultura de Hamangia, conocida por sus figuras de cerámica como el Pensador y la Mujer Sentada, que revelan una sociedad agrícola organizada y con un arte simbólico muy desarrollado.
Durante el Eneolítico, entre el 4500 y el 3500 a. C., apareció la cultura de Varna, uno de los hitos más importantes de la prehistoria europea. Su necrópolis contiene los objetos de oro trabajados más antiguos del mundo, datados entre el 4600 y el 4200 a. C., y muestra una sociedad sorprendentemente compleja, con jerarquías sociales, rituales funerarios elaborados y una economía avanzada.
En la Edad del Bronce, entre el 3500 y el 1200 a. C., la cultura de Ezero introdujo asentamientos fortificados, cerámica más sofisticada y evidencias tempranas de domesticación del ganado y cultivo de la vid. En este periodo también destacan los dibujos de la cueva de Magura, con escenas rituales y símbolos que anticipan creencias religiosas más estructuradas.
Hacia el final de la Edad del Bronce, el territorio búlgaro vio la llegada y consolidación de los tracios, un pueblo indoeuropeo que heredó y transformó las tradiciones locales y que se convertiría en la primera cultura plenamente documentada de la región en época histórica.
Los tracios fueron uno de los pueblos indoeuropeos más antiguos y enigmáticos de Europa, establecidos en el territorio de la actual Bulgaria, el norte de Grecia y la parte europea de Turquía desde finales de la Edad del Bronce hasta la conquista romana. No formaron un Estado unificado, sino una constelación de tribus como los odrisios, los getas o los besos, que compartían lengua, creencias y formas de vida. Su presencia está documentada desde el segundo milenio antes de Cristo, aunque su identidad cultural se consolidó hacia el 1500 a. C. y alcanzó su máximo desarrollo entre los siglos VI y IV a. C.

Los tracios vivían en aldeas fortificadas, practicaban la agricultura, la ganadería y la metalurgia, y eran conocidos por su habilidad como jinetes y guerreros. Su sociedad tenía una estructura jerárquica marcada, con una nobleza poderosa que controlaba el comercio, los recursos y los rituales religiosos.
Los reyes odrisios, especialmente durante los siglos V y IV a. C., crearon un reino influyente que llegó a rivalizar con Macedonia y a negociar de igual a igual con Atenas y Persia.
La religión tracia estaba profundamente vinculada a la naturaleza, la muerte y la regeneración. Creían en la inmortalidad del alma y celebraban rituales de iniciación y banquetes funerarios.
El dios más importante era Dioniso en su forma tracia, asociado al éxtasis, la música y la comunicación con el más allá. También veneraban a jinetes heroicos, espíritus protectores y divinidades femeninas relacionadas con la tierra y la fertilidad.
Su arte funerario es una de las claves para entenderlos. Los túmulos tracios, dispersos por todo el centro y el sur de Bulgaria, contienen cámaras de piedra decoradas con frescos, objetos de oro y plata, armas, carros y caballos sacrificados para acompañar al difunto. La tumba de Kazanlak, la de Sveshtari o la de Aleksandrovo muestran escenas de banquetes, procesiones y rituales que revelan una cultura refinada y simbólicamente compleja.
Los tracios mantuvieron contactos constantes con griegos, escitas, persas y macedonios. Adoptaron elementos artísticos y tecnológicos de estos pueblos, pero conservaron una identidad propia.
Durante el reinado de Filipo II y Alejandro Magno, gran parte de las tribus tracias quedaron bajo influencia macedonia, aunque conservaron autonomía local. Finalmente, entre los siglos I a. C. y I d. C., Roma incorporó sus territorios como las provincias de Tracia y Moesia. Con la romanización, la lengua tracia desapareció progresivamente, pero muchos elementos culturales sobrevivieron en tradiciones rurales, nombres de lugares y prácticas religiosas transformadas. La herencia tracia sigue siendo visible en Bulgaria a través de los túmulos funerarios, los tesoros de oro, los frescos y la mitología que ha perdurado en el folclore.
Entre los siglos I a. C. y I d. C., Roma incorporó las tierras tracias como las provincias de Tracia y Moesia, reorganizando el territorio, fundando ciudades, construyendo calzadas y extendiendo su administración. Ciudades como Serdica, la futura Sofía, adquirieron importancia estratégica y económica.

La romanización fue profunda en las zonas urbanas, aunque en las áreas rurales persistieron tradiciones tracias que se mezclaron con las costumbres romanas.
Tras la división del Imperio en el año 395, la región quedó bajo control del Imperio Bizantino, que mantuvo la estructura administrativa romana y reforzó la cristianización del territorio. Durante los siglos VI y VII, las invasiones de pueblos eslavos transformaron la composición étnica de la región. Los eslavos se asentaron de manera estable, fundaron aldeas y adoptaron elementos de la cultura local, mientras que Bizancio intentaba mantener el control militar y religioso.
En el siglo VII llegó un nuevo actor decisivo: los protobúlgaros, un pueblo de origen túrquico que se estableció al norte del Danubio y, bajo el liderazgo de Asparuj, cruzó el río y derrotó a los bizantinos en la batalla de Ongal. En el año 681, Bizancio reconoció la existencia del Primer Imperio Búlgaro, considerado el nacimiento oficial del Estado búlgaro. A partir de ese momento, la población tracia romanizada, los eslavos y los protobúlgaros se fusionaron gradualmente, dando lugar a la identidad búlgara medieval. El nuevo Estado se expandió, adoptó el cristianismo en el siglo IX y desarrolló una cultura propia, con centros como Pliska, Preslav y más tarde Tarnovo.
Tras la consolidación del Primer Imperio Búlgaro, el país entró en un periodo de expansión territorial y desarrollo cultural que lo convirtió en una de las potencias más influyentes de Europa oriental.
Bajo el reinado de Krum y más tarde de Simeón I, Bulgaria alcanzó su máxima extensión, controlando gran parte de los Balcanes y rivalizando directamente con el Imperio Bizantino. Durante el siglo IX, la adopción del cristianismo bajo el zar Boris I transformó profundamente la sociedad, integrando al Estado en la esfera cultural bizantina y permitiendo la creación de una literatura propia. Fue en este contexto cuando los discípulos de Cirilo y Metodio desarrollaron y difundieron el alfabeto cirílico, que convirtió a Bulgaria en un centro intelectual de primer orden. Las escuelas literarias de Preslav y Ohrid produjeron textos religiosos, crónicas y traducciones que influyeron en todo el mundo eslavo.
Sin embargo, a partir del siglo X, el imperio comenzó a debilitarse por presiones externas e internas. Las invasiones de los pechenegos (pueblo nómada de origen túrquico que habitó las estepas situadas entre el río Volga y el Danubio aproximadamente entre los siglos VIII y XI), las tensiones con Bizancio y las luchas dinásticas erosionaron su estabilidad.
Finalmente, en 1018, el emperador bizantino Basilio II logró conquistar Bulgaria, que quedó integrada en el Imperio Bizantino durante casi 170 años. Durante este periodo, la administración bizantina reorganizó el territorio, pero la identidad búlgara se mantuvo viva en las zonas rurales, en los monasterios y en la memoria colectiva.
A finales del siglo XII, un levantamiento encabezado por los hermanos Asen restauró la independencia. En 1185, los hermanos Pedro y Asen lideraron una gran rebelión contra el Imperio bizantino. El detonante fue un nuevo impuesto impuesto por el emperador Isaac II Ángelo, pero existía además un fuerte descontento por la dominación bizantina sobre los territorios búlgaros.
La revuelta comenzó en la región de los montes Balcanes, cerca de la actual Veliko Tarnovo. Los rebeldes consiguieron atraer tanto a búlgaros como a valacos. Dio origen al Segundo Imperio Búlgaro, con capital en Tarnovo. Este nuevo Estado vivió un renacimiento político y cultural, convirtiéndose en un centro artístico y religioso destacado, con monasterios, frescos y manuscritos que reflejaban una síntesis entre tradición búlgara y herencia bizantina.

Ivan Asen I fue el principal dirigente militar de la rebelión. Consiguió consolidar la independencia y ampliar el territorio del nuevo reino. Murió asesinado en 1196 a consecuencia de una conspiración nobiliaria.
Su hermano mayor, Teodoro, adoptó el nombre Pedro IV en recuerdo del zar Pedro I de Bulgaria, con el objetivo de dar una imagen de continuidad política y convencer así a nobles y clero. Ambos gobernaron juntos pero Pedro fue asesinado en 1197.
Después de la muerte de sus hermanos, Kaloyan se convirtió en gobernante de Bulgaria. Fue uno de los monarcas más brillantes de la época. Derrotó a los cruzados del recién creado Imperio latino de Constantinopla y capturó al emperador Balduino en la batalla de Adrianópolis (1205).
El imperio se expandió bajo el zar Iván Asen II, pero a partir del siglo XIV comenzó a fragmentarse debido a conflictos internos y a la presión creciente del Imperio Otomano. Finalmente, entre 1393 y 1396, Bulgaria cayó bajo dominio otomano, iniciando casi cinco siglos de control turco que transformaron profundamente la estructura social, religiosa y económica del país.
Tras la conquista otomana a finales del siglo XIV, Bulgaria quedó integrada en el Imperio Otomano durante casi cinco siglos, un periodo que transformó profundamente la vida social, económica y religiosa del país. La nobleza búlgara desapareció como clase dirigente, muchos monasterios fueron destruidos o sometidos a control, y la administración otomana reorganizó el territorio en sanjacados y vilayatos. A pesar de ello, la población búlgara mantuvo su identidad a través de la lengua, la tradición oral y la vida monástica, que se convirtió en un refugio cultural.

Durante los siglos XV y XVI, la región experimentó cambios demográficos, la llegada de colonos turcos y la conversión al islam de algunas comunidades, aunque la mayoría de la población permaneció cristiana. La vida cotidiana se organizaba en torno a las aldeas, los gremios urbanos y las obligaciones fiscales impuestas por el imperio.
A partir del siglo XVIII, comenzó un proceso conocido como Renacimiento Nacional Búlgaro, caracterizado por la apertura de escuelas, la impresión de libros en lengua búlgara y la construcción de iglesias y casas con un estilo arquitectónico propio. Comerciantes y artesanos enriquecidos financiaron la educación y la cultura, mientras que los monasterios se convirtieron en centros de alfabetización y resistencia espiritual. Este renacimiento cultural alimentó el deseo de autonomía política. En el siglo XIX surgieron movimientos revolucionarios, comités clandestinos y figuras como Vasil Levski, que organizaron redes de resistencia contra el dominio otomano.
Vasil Ivanov Kunchev es el gran héroe nacional búlgaro. Nació en 1837, cuando Bulgaria formaba parte del Imperio Otomano. Adoptó el sobrenombre de Levski que deriva de la palabra búlgara “lev” (león). Según la tradición, le pusieron ese nombre porque durante un entrenamiento militar dio un salto extraordinario, propio de un león. Con el tiempo pasó a ser conocido como “el apóstol de la libertad”.

A diferencia de otros revolucionarios que actuaban desde el exilio, Levski recorrió clandestinamente Bulgaria organizando una red revolucionaria dentro del país. Su idea, muy moderna para la época, consistía en crear comités secretos en pueblos y ciudades, preparar una insurrección nacional, liberar Bulgaria del dominio otomano y fundar una república democrática donde todos los ciudadanos fueran iguales ante la ley.
Levski fue capturado en 1872 por los otomanos. Después de un juicio, fue ejecutado en la horca el 18 de febrero de 1873.
La insurrección de abril de 1876, aunque duramente reprimida, atrajo la atención internacional y aceleró los acontecimientos. La guerra ruso turca de 1877 1878 condujo a la liberación del territorio y al establecimiento de un principado autónomo reconocido en el Tratado de San Stefano, aunque reducido territorialmente por el Congreso de Berlín. A partir de 1878 comenzó la construcción del Estado búlgaro moderno, con Sofía como capital, una administración propia y un proceso de modernización que transformó el país en pocas décadas.
Tras la liberación del dominio otomano en 1878, Bulgaria inició un proceso acelerado de construcción estatal y modernización. Aunque el Tratado de San Stefano había previsto un gran territorio búlgaro, el Congreso de Berlín redujo drásticamente sus fronteras, creando un Principado autónomo bajo soberanía nominal otomana y una provincia separada, Rumelia Oriental, que más tarde se uniría pacíficamente al principado en 1885. Sofía fue elegida capital y comenzó a transformarse en una ciudad moderna con instituciones administrativas, escuelas, ferrocarriles y una vida cultural en expansión.

Durante las décadas siguientes, Bulgaria buscó consolidar su independencia real, que se proclamó formalmente en 1908, y fortalecer su posición en los Balcanes. Este proceso estuvo marcado por tensiones territoriales con los países vecinos, especialmente en Macedonia y Tracia, lo que llevó a la participación búlgara en las Guerras Balcánicas de 1912 y 1913. Aunque inicialmente obtuvo victorias, el conflicto terminó con pérdidas territoriales y un profundo sentimiento de injusticia que influiría en la política del país durante años.
En la Primera Guerra Mundial, Bulgaria se alineó con las Potencias Centrales con la esperanza de recuperar los territorios perdidos, pero la derrota trajo nuevas dificultades económicas y políticas. El periodo de entreguerras estuvo marcado por inestabilidad, golpes de Estado, tensiones sociales y el ascenso de movimientos autoritarios. Durante la Segunda Guerra Mundial, Bulgaria se unió al Eje, aunque evitó participar directamente en el frente oriental y se negó a deportar a los judíos búlgaros, que sobrevivieron en su mayoría. En 1944, la entrada del Ejército Rojo y un golpe interno llevaron al establecimiento de un régimen comunista que transformó radicalmente el país.
Bulgaria era una monarquía desde 1878. Durante la Segunda Guerra Mundial estaba gobernada por el zar Boris III. En agosto de 1943, Boris III murió de forma repentina poco después de reunirse con Hitler. Las circunstancias de su muerte siguen siendo objeto de debate.

Su hijo, Simeón II, fue proclamado zar, pero tenía solo seis años, por lo que el país quedó gobernado por una regencia. En septiembre de 1944 el Ejército Rojo soviético entró en Bulgaria. Poco después se produjo un golpe de Estado del Frente Patriótico, una coalición dominada por los comunistas. Aunque formalmente Simeón II siguió siendo zar, el poder real pasó a manos de los comunistas apoyados por la Unión Soviética. La regencia monárquica fue sustituida por una nueva controlada por los comunistas.
Entre 1944 y 1945 comenzaron amplias purgas políticas. Los llamados "Tribunales Populares" juzgaron a miles de personas vinculadas al antiguo régimen. Hubo miles de condenas, incluidas numerosas ejecuciones, entre ellas la del príncipe Kiril, tío del joven zar Simeón II.
En 1945 regresó del exilio Georgi Dimitrov, una de las grandes figuras del comunismo internacional y estrecho colaborador de Stalin. En noviembre de 1946 se convirtió en primer ministro y en el principal dirigente del nuevo régimen.

El acontecimiento decisivo llegó el 8 de septiembre de 1946. Se celebró un referéndum para decidir si Bulgaria debía seguir siendo una monarquía o convertirse en una república. Según los resultados oficiales, alrededor del 96 % de los votantes apoyó la abolición de la monarquía.
El 15 de septiembre de 1946 fue proclamada oficialmente la República Popular de Bulgaria, poniendo fin a casi setenta años de monarquía. Simeón II fue obligado a abdicar y se le mandó al exilio junto con su madre y su hermana.
A partir de 1946, Bulgaria se convirtió, pues, en una república popular alineada con la Unión Soviética. El Estado nacionalizó la industria, colectivizó la agricultura y desarrolló una economía planificada. La vida cultural y política quedó bajo control del Partido Comunista, aunque el país experimentó industrialización, alfabetización masiva y urbanización. Durante décadas, Bulgaria fue uno de los aliados más fieles de Moscú. Sin embargo, la caída del bloque soviético en 1989 abrió el camino a la transición democrática. Se instauró un sistema multipartidista, se redactó una nueva constitución en 1991 y comenzó un proceso complejo de reformas económicas, privatizaciones y apertura al exterior.
Simeón II regresó a Bulgaria después de la caída del comunismo. En 2001 ganó las elecciones democráticas y se convirtió en primer ministro del país entre 2001 y 2005.

En las primeras décadas del siglo XXI, Bulgaria consolidó su orientación europea, ingresó en la OTAN en 2004 y en la Unión Europea en 2007.