Hoy tocaba cambiar, habíamos decidido ya que lo teníamos bastante más cerca, visitar Rotterdam. De la misma manera que el día anterior nos levantamos temprano y como no queríamos buscarnos problemas a la hora de aparcar, ni pagar las salvajadas que se pagan allí por el parking, pues decidimos utilizar el transporte público para desplazarnos a la ciudad.
Lo primero que teníamos que coger era un autobús, que nos deja en la parada del metro, es un desplazamiento de unos 15 minutos muy agradable ya que vas viendo todo el pueblo que es muy bonito, con sus charcas por todas partes con un montón de patos (que deben estar acostumbrados al frío, porque no me explico que hacían todavía allí, en vez de emigrar al sur).
El bus para justo delante de la estación de metro y desde allí quedan como seis paradas que te llevan otros 20 minutos hasta que te bajas en la estación de Beurs, muy cerca del centro de Rotterdam.
Una vez que bajas del metro, lo primero que te encuentras es un centro comercial gigante y que tiene todas las tiendas abiertas a pesar de ser domingo. El centro comercial es de estos abiertos con lo que nos dimos una vuelta por allí de cinco minutillos y ya nos fuimos a ver la ciudad.
La verdad es que no tiene nada que ver con Amsterdam. Esta ciudad, por lo visto fue completamente arrasada durante la segunda guerra mundial y claro, tuvo que hacerse de nuevo, con lo que todos los edificios, las avenidas son modernas y no tiene nada que ver con el encanto que tiene Amsterdam. Creo que muchos arquitectos la visitan por sus construcciones tanto de edificios como de puentes.
Nosotros simplemente nos dedicamos a pasear, ver sus grandes edificios (que claro, a mi padre le parecían la leche, pero uno, que ha estado en Nueva York, pues como que no) y parar en muchos de sus bares a tomarnos unas Heineken.
Este local fue el más bonito que encontramos.
Detalle de la cocina
Detalle de los servicios
Y un guiño a mi querida Nueva York
Detalle de la cocina
Detalle de los servicios
Y un guiño a mi querida Nueva York
Y aquí un bar, con un recuerdo de nuestro país. Aquí entramos a tomar una cerveza también
A la hora de comer, fuimos muy cerca de la parada de metro de donde llegamos ya que hay un restaurante portugués en el que se come medianamente bien y sobre todo bastante barato. Se llama café Lisboa y está lleno de gente española y portuguesa que está de paso por la zona. Conocimos a unos camioneros que acababan de llegar a la ciudad y que pasarían allí la noche. Pedimos el bacalao cocido que estaba bastante bueno y también un entrecot que no valía para nada, una suela de zapato auténtica. Nos tomamos un cafecito y vuelta a patear.
Seguimos viendo y visitando hasta las ocho, que decidimos dar por concluida nuestra visita a Rotterdam porque entre otras cosas nos estábamos muriendo de frío. Cogimos el metro y vuelta a casita. Esta noche no hicimos nada, solo cenamos, charlamos un ratillo y nos fuimos relativamente temprano a dormir porque estábamos rendidos. Nuestra visita holandesa estaba tocando a su fin
PD - Como os cuento en el título de la etapa, la ciudad no merece mucho la pena, si estais por la zona pasaros a verla pero ir a propósito hasta allí, ya os digo que no merece la pena para nada.