Cada último domingo de abril, la Romería de la Virgen de las Viñas desfila por las calles de Tomelloso y en la memoria de los tomelloseros.
El sonido llega primero. El golpe de los cascos sobre el asfalto, el tintinear de los arreos, alguna voz que se escapa. Y entonces aparecen. Reatas en fila que avanzan desde Tomelloso hacia el Santuario de Pinilla, sin prisa, con la naturalidad de quien lleva toda la vida haciéndolo. Porque, en realidad, así es.
No es una procesión al uso. Es otra cosa. Algo que se siente más de lo que se explica.
Quien las ve por primera vez suele reaccionar igual: aplaude casi sin darse cuenta. Hay algo en la forma de caminar de una mula bien llevada —la tensión exacta, la cabeza erguida, el aparejo impecable— que conecta con un lugar inesperado. La gente se acerca. Los niños señalan. Alguien saca el móvil, duda… y termina guardándolo.
La víspera mezcla trabajo y celebración, como ocurre con todo lo que importa de verdad. Los carreros preparan a sus animales con una atención que va mucho más allá de un desfile. Hay algo de ritual en cada gesto, aunque probablemente ellos no lo llamen así. Las asociaciones de Carreros Virgen de las Viñas y Carreros de Tomelloso trabajan año tras año para ofrecer un espectáculo que es, ante todo, un homenaje a un animal sin el que no se entiende la historia de la ciudad. Gracias a su fuerza, Tomelloso es hoy un referente agrario y vitivinícola.
La reata fue, durante generaciones, la verdadera tecnología de La Mancha. No la que aparece en los libros, sino la que hizo posible la vendimia, el transporte de la uva, el trabajo diario por caminos sin asfaltar. La que, como dicen aquí, construyó el Tomelloso actual. Hubo un tiempo en que las mulas vivían con los agricultores. Se les hablaba porque se compartía con ellas cada jornada, y muchas respondían con una inteligencia aprendida a base de convivencia.
Con la llegada de la maquinaria, la mula desapareció del día a día en casi todas partes. En Tomelloso decidieron que no del todo. Que las nuevas generaciones merecen saber de dónde vienen. Que el vínculo entre el labriego y la mula fue demasiado largo y profundo como para reducirlo a una imagen de archivo.
La entrada en Pinilla es el momento más esperado. No es fácil: el recinto se llena, el espacio se estrecha y las mulas avanzan entre la multitud con precisión. Los carreros lo hacen con la soltura de quien ha repetido ese gesto durante años. Cuando las últimas reatas cruzan el acceso al santuario, ya se empieza a pensar en la siguiente edición.
Desde enero, los talleres vuelven a cobrar vida: preparar, pulir, adecentar, abrillantar. Cada detalle cuenta —un lazo, una tachuela, una brida, un horcate— y nada se deja al azar. Algunas mulas lucen, además, elaborados cortes de pelo en sus grupas: auténticos trabajos de precisión que requieren pulso, técnica y relevo generacional. Detenerse a observarlos uno a uno es descubrir un arte silencioso.
Es el último domingo de abril. Habrá misa, habrá gente, habrá el sonido de siempre. Pero durante un instante, mientras las mulas permanecen quietas con sus aparejos y la gente se acerca a mirarlas, no hace falta explicar nada. Todo está ahí.
Más información: visitatomelloso.com/
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Romería de la Virgen de las Viñas en Tomelloso, Tomelloso: Visitas, Enoturismo - La Mancha, Ciudad Real
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