Asturias es verde, muy verde. Desde que llegamos no hemos hecho más que atravesar prados, colinas y valles en los que la hierba y los árboles son los protagonistas en competencia directa con los cientos de vacas que pastan en ellos. Y cuando una región entera tiene ese aspecto no es difícil entender el porqué: llueve, llueve mucho.
Tres días con cielos despejados o solo parcialmente nublados ya suponían todo un récord, y nuestra cuarta jornada era el momento de romperlo. Langreo amanece completamente cubierta por una espesa capa gris, y sus calles y aceras presentan charcos fruto de la intermitente lluvia que ha ido cayendo a lo largo de la noche y no parece tener intención de despedirse.
Nuestro plan para hoy era realizar una ruta que, sin pertencer a ninguna de las dos áreas principales del viaje -Picos de Europa y Valle de Somiedo-, se encontraba estratégicamente situada en el camino que une ambos extremos del Principado y nos iba a servir para rellenar esta etapa de transición. La "Ruta del Alba" es una excursión que nace en Ríoseco y transcurre junto al Río del Alba para ofrecer vistas a cómo el agua fluye y en algunos puntos realiza pequeños saltos para seguir su curso. Para alcanzarlo deberíamos deshacer los 20 kilómetros que lo separan de Langreo y que recorrimos ayer rumbo al oeste, por lo que prácticamente se podría decir que lo tenemos aquí al lado. Sin embargo el tiempo actual y la predicción a corto plazo auguran más chubascos y no parece que caminar junto a un río sea el mejor plan ante tal perspectiva.
Como plan de emergencia y sin que sirva de precedente, daremos un respiro a las excursiones y la naturaleza cambiando la tierra por el asfalto y las aceras. A tan solo 20 kilómetros al norte se encuentra la capital de Asturias y la lluvia puede ser la excusa perfecta para invertir una mañana en visitarla. Tras estudiar levemente qué zonas de la ciudad y los alrededores podríamos visitar, tomamos la decisión. Nos vamos a Oviedo.
Pero antes, demos al espectacular cachopo de la noche anterior un relevo a la altura. Nos desplazamos apenas 300 metros a pie para visitar un local de la franquicia "+ que churros" y pedimos para desayunar sendos cafés con leche y una ración para dos. Tras probar los decentes churros de la zona de La Falguera volvemos al hotel para ahora sí volver a cargar nuestro equipaje en el maletero y abandonar Langreo definitivamente. Nos llevamos en el proceso un paraguas cortesía del recepcionista del hotel.
Comenzando el día con churros
Son las 10:30 cuando el Volkswagen Polo echa a rodar, recorriendo parte de los primeros kilómetros que visitamos durante nuestro primer día tras salir del aeropuerto. En apenas unos minutos gracias a un tráfico muy por debajo de la capacidad de las autopistas nos plantamos en nuestra primera parada de la ciudad ovetense. Subimos por empinadas cuestas hasta aparcar junto a un mirador en la zona de los Monumentos Prehistóricos. Estamos en las faldas del Monte Naranco.
La densidad de las nubes ha aumentado y la lluvia ahora es ya constante aunque ligera, dando lugar a lo que se conoce como "chirimiri" o "calabobos" según dónde preguntes. Comenzamos la visita acercándonos a uno de los dos mejor conservados edificios del complejo: el Palacio de Santa María del Naranco. Se trata de una construcción de piedra de dos niveles de forma alargada, con una verde caída ante ella y alrededor de la cual se acumulan los turistas que han tenido la misma idea que nosotros para un día como el de hoy. Es bonito, es coqueto y es muy difícil de retratar sin algún chubasquero, paraguas o coche "contaminando" la imagen. Una de las puertas se abre y gran parte de los presentes se apiña contra ella. Se trata de un grupo que estaba esperando a su turno con un guía cuyo trato es de lo más deficiente que he visto y oído en mucho tiempo. Tosco, borde, lleno de odio... sea a sueldo o voluntario, si guiar a grupos le quita las ganas de vivir tal y como deja intuir su voz quizás debería plantearse dejarlo.
Santa María del Naranco
Comenzando las visitas de un día de paraguas
Complicado encontrar diez segundos sin gente cruzándose
El Palacio, desde un punto de vista más elevado
Subimos por el arcén de la carretera hasta la otra construcción del complejo: la iglesia de San Miguel de Lillo. Se trata de una edificación parecida en materiales pero algo más grande y parece que mejor conservada y/o restaurada. Llega tras nosotros de nuevo el alegre guía y sigue con su festival de malas respuestas al grupo al que atiende. Mientras tanto una grúa acude al rescate de un coche que se ha quedado atascado al intentar pasarse de listo y aparcar en un arcén imposible junto a la iglesia.
San Miguel de Lillo, sin gente
Mientras en el Palacio era imposible disfrutar de un solo segundo en soledad, junto a la iglesia sí que podemos disfrutar de unos gloriosos minutos cuando todos los presentes acceden al interior siguiendo obedientemente al guía. Aprovechamos la ocasión para hacer fotografías de la mejor cara del edifcio: en escorzo y dejando la vegetación tras de sí. Visitadas los monumentos, bajamos por la carretera hasta el coche viendo a mano derecha como el Carlos Tartiere, estadio de fútbol del Real Oviedo, es apenas perceptible por la poca visibilidad que ofrece el temporal. El "calabobos" ha ascendido a lluvia en toda regla cuando regresamos al vehículo.
El día no mejora...
Carlos Tartiere y el resto de Oviedo tras la lluvia
No, definitivamente el día no mejora
Bajamos ahora hasta las entrañas de Oviedo, donde tras cinco vueltas a las mismas manzanas encontramos un sitio en los límites donde el aparcamiento es gratuito. Una calle más allá, y deberíamos pasar por caja para poder estacionar en zona azul. Son las 12:15 cuando ligeros de equipaje nos dirigimos hacia el casco antiguo de la ciudad. En los bares, los televisores están retransmitiendo el descenso de cientos de canoas y piraguas por ese Río Sella que cruzamos hace ya tres días.
Recorriendo las calles de Oviedo
Alcanzamos la plaza frente a la Catedral de Oviedo. Una chica nos recomienda la visita guiada por el casco antiguo de la ciudad invirtiendo cuatro euros y 90 minutos, pero preferimos ir por libre. La plaza está moderadamente ocupada por turistas, muchos de ellos ataviados con ropa más propia de excursión que de visita urbana. No somos los únicos.
Acercándose a la catedral
La catedral, de frente
Lluvia y grupos organizados
Bajamos hacia los jardines del Campo de San Francisco pero por el camino nos vemos obligados a parar. Encontramos una cornisa anunciando una Confitería Rialto, responsables de uno de los dulces favoritos de L: las moscovitas, unas galletas asturianas finas y crujientes recubiertas de chocolate. Descubiertas hace años a través de una cesta de navidad, es literalmente imposible que nos marchemos de aquí sin comprar unas cuantas. Nos llevamos una caja de 250 gramos por 12,5 euros y de propina por un euro y medio más un "mini carballón" para saciar el capricho de dulce que nos ha entrado al aguardar frente a tan tentador mostrador.
Las tentaciones de Rialto
Seguimos el rumbo hacia los jardines y en el último momento viramos hacia la derecha. Encontramos ahí una de las múltiples estatuas que invaden Oviedo, pero una especialmente curiosa por lo contemporáneo del personaje al que homenajea. Pasamos unos minutos retratando a Woody Allen, el director de cine galardonado con el Príncipe de Asturias y que ahora observa con su característica postura y expresión de "la vida no va conmigo" las calles ovetenses. Cuando llegamos hay que guardar turno para poder fotografiarlo, pero cuando llega nuestro momento pasamos varios minutos sin nadie que nos suceda. Tanto la estatua como su ubicación y orientación la hacen tremendamente fotogénica desde todos los ángulos posibles.
Woody
Woody, de cerca
Esto es hacia donde está mirando Woody
Comenzamos el camino de regreso hacia el coche y en ese momento el cielo nos da una tregua y deja de llover. Las campanas de la catedral comienzan a sonar, pero hay algo extraño en ellas... efectivamente, no se limitan a sonar sin más. Entonan nada más y nada menos que el "Asturias, patria querida". Seguimos caminando y pasamos junto a más y más bares y restaurantes, anunciando menús del día que en rara ocasión bajan de los 15 euros. Tras toparnos con una pequeña banda de gaitas y tambores y rodear la catedral por detrás, son las 13:40 cuando estamos de nuevo en el coche. Nos despedimos de Oviedo.
La entrada lateral a la catedral
Un último vistazo antes de continuar
Música en directo
Ayuntamiento de Oviedo
Regresamos al Carrefour de Azabache, ese que visitamos durante nuestras primeras horas en Asturias y que está estratégicamente situado entre Oviedo y nuestro próximo destino del día. Aprovechamos la parada para comer en el mostrador anexo al hipermercado. Por 11 euros compartimos unas generosas raciones de ensalada de cangrejo y macarrones con tomate. Antes de reemprender la marcha, repostamos en la gasolinera del hipermercado 30 euros que sirven para volver a llenar el depósito, cuya aguja se había situado ya por la mitad. El precio no es especialmente bajo (1,24 euros por litro de gasolina) pero con la tarjeta cliente del Club Carrefour recibimos un descuento directo del 8% aplicado en el "cheque ahorro" que la franquicia nos entrega cada varios meses.
Nos dirigimos ahora hacia Mieres, ciudad en la que esperamos poder dar una sorpresa a un "conocido por la red" que, creemos, no se imagina que planeamos desvirtualizarle. Tras varios minutos haciendo tiempo en el coche para asegurar que nuestra víctima esté presente en su puesto de trabajo, accedemos al interior y allí le encontramos. El pobre diablo, al que para preservar su anonimato llamaremos Jon Snow, es todo amabilidad y pasamos una larga hora charlando con él y poniéndole voz a una cara que solo conocíamos por fotografías. Al terminar aprovechamos la cercanía con un supermercado de la franquicia local Alimerka para cazar algo que poder cenar esta noche en la habitación, ante la previsión de llegar un poco tarde y sin ganas de investigar los aledaños. Nos hacemos con una empanada de pollo que nos hace desear que llegue la hora de abrirla.
Pato, desvirtualizando
Son las 18:35 cuando damos por finalizado nuestro tiempo en Mieres -que oye, es bastante agradable para pasear- y ponemos rumbo al que será nuestro hogar los próximos días y embrión del que nació la idea de visitar Asturias este año: el Valle de Somiedo. 77 kilómetros de previsible carretera de montaña nos esperan antes de poner fin a la jornada en carretera de hoy.
La cosa pinta fea...
Se confirma que no vamos a volver a ver nada parecido a una carretera nacional -y no digamos ya autopista- hasta que enfilemos el camino hacia el aeropuerto dentro de tres días. La ruta hasta el Valle de Somiedo es una serie de infinitas curvas sobre un asfalto bien cuidado pero estrecho y que empieza con abundante vegetación a lado y lado de la carretera. Comenzamos a ganar altura para subir a un puerto, y con ella vuelve la omnipresente niebla asturiana. Lo que empieza siendo un pequeño banco que podría confundirse con un parabrisas empañado va creciendo en densidad hasta alcanzar una espesor que apenas nos anticipa las cuatro vacas que encontramos atravesadas en la carretera dos metros delante de nuestra posición cuando coronamos un puerto de montaña. Con cuidado y prudencia continuamos la ruta y con la cabeza algo cargada alcanzamos Pola de Somiedo, uno de los núcleos urbanos que acogen a los visitantes del valle.
... y se pone peor
Nuestro hotel, a diferencia de la mayoría, no se encuentra a pie de una de sus calles si no un poco más allá, tras coger un desvío que hace bajar altura por un estrecho camino hasta alcanzar la superfície en la que está construído. Se trata del Hotel Palacio Flórez-Estrada, un hotel rural que por 240 euros -desayuno incluído- nos dará cobijo durante las tres próximas noches. Llegamos a un aparcamiento con capacidad para 12 o 14 coches y que no tardaría en prácticamente llenarse y accedemos al edificio de la recepción. Micaela nos recibe, tramita nuestra entrada y nos acompaña a la "Habitación Inés", una de las dos únicas que se encuentran en la planta superior del mismo edificio de la recepción. El resto de estancias, consistentes en apartamentos completos, se hallan en un edificio aparte y con aspecto mucho más moderno que el palacio restaurado en cuyo interior vamos a dormir.
La habitación es modesta, con el espacio justo para que dos personas puedan convivir junto a la cama de matrimonio, un armario y un pequeño mirador elevado de piedra con vistas a la pista de tenis del complejo. El baño tiene una ducha moderna y eso es todo lo que necesitamos. Regresamos al coche para recoger nuestras cosas y cuando volvemos a la habitación será para no salir de ella hasta la mañana siguiente. Hasta bien pasadas las diez de la noche seguimos oyendo pasos -el suelo cruje mucho, pero el caminar de algunos es para hacérselo mirar- y conversaciones a viva voz, lo cual no encaja mucho con las "normas de respeto y convivencia" que se pueden leer en la página web del hotel. Manteniendo la esperanza de que a partir de esta hora se respete un silencio como el que el lugar merece cenamos la empanada de pollo del supermercado de Mieres y nos regalamos para el postre dos galletas moscovitas cada uno. Están exactamente tal y como recordábamos: de muerte.
Terminamos así el día en el que era nuestro principal destino del viaje -Picos de Europa y Oviedo se subieron después al carro- pero por desgracia sin poder todavía disfrutarlo a causa de la niebla. La previsión para los próximos días en Pola de Somiedo no es mucho más alagüeña, pero en cambio la zona de lagos y prados a una hora en coche de aquí y en la que esperamos realizar sendas excursiones presenta la promesa de cielos más despejados y ausencia de lluvia. Con esa esperanza, nos vamos a dormir.
Hace tan solo un par de etapas decía que la Ruta del Cares podría considerarse la etapa estrella de nuestro viaje por Asturias. Mentía.
El Valle de Somiedo tenía algo que decir respecto a esa afirmación. Y es que no es casualidad que Somiedo fuera precisamente la chispa que encendió nuestro interés por visitar Asturias este verano. Diarios de viajeros anteriores a nosotros que habían visitado esta zona al oeste del Principado fueron los que nos hicieron saltar todas las alarmas y considerar que ya iba siendo hora de ser turistas nacionales por una vez. La experiencia de este, el primero de los dos días completos que pasaremos sin salir del valle, ha sido la confirmación de que había razones más que suficientes para desplazarse hasta aquí. Empecemos el relato y veamos por qué.
El primero de nuestros tres días en el Palacio Flórez-Estrada comienza a las siete de la mañana. Ha sido una noche tranquila: algo antes de las 23:00 todo ruido que procedía tanto del interior del palacio como de los alrededores había cesado, y de ahí en adelante solo nos acompañó el silencio y la falsa lluvia en los altavoces de nuestro ordenador portátil. La habitación, en la más absoluta oscuridad por haber cerrado las ventanas antes de dormir, vuelve a revelarse cuando abrimos una de éstas descubriendo tras de sí un día nublado y con niebla pero que según la previsión debería ir a mejor.
A las 8:30 estamos ya en el pequeño porche cerrado que hace las veces de comedor para el servicio de desayuno pero parece que todavía no está preparado. Decidimos darle cinco minutos de margen con un breve paseo por los aledaños del palacio, viendo ahora en absoluto silencio la piscina y la zona de juegos a la que da nuestra habitación con su pista de tenis, una cama elástica y una canasta. Regresamos al comedor y, ahora sí, el desayuno empieza a llegar para los primeros huéspedes de la mañana que somos nosotros.
El desayuno consiste en café, zumo de naranja natural, pan de centeno, pan dulce, bizcocho casero de naranja y chocolote, un plato de lomo y queso, mermeladas, miel, yogur casero de arándanos y dos tajadas de melón. Va llegando gradualmente por lo que no parece tan copioso en el momento pero volvemos a la habitación convencidos de que el almuerzo de hoy llegará tarde, muy tarde. Mientras comíamos el dueño del hotel comentaba con otros huéspedes que ayer Oviedo estaba llena de gente debido a ser un sábado lluvioso. Nosotros estuvimos allí... y eso no era gente. Visto así es comprensible que en algunas regiones de España no comprendan la mal llamada "turismofobia" emergente, entre otros, en las Islas Baleares.
Manuel, ese mismo dueño, nos saluda y se ofrece a responder cualquier duda o consejo que requiramos sobre visitar el valle, pero traemos los deberes bastante bien hechos. Cualquier lista de cosas a visitar en el Valle de Somiedo tiene en su primera posición lo mismo: la "Ruta de los Lagos" que va desde el Alto de la Farrapona hasta el pueblo de Valle del Lago mediante un camino de algo menos de 15 kilómetros de longitud y una diferencia de alturas de más de 600 metros a través de varios ascensos y descensos. Recorrerlo de una vez es una opción, si bien obliga a deshacer luego el mismo camino ya que no se trata de un recorrido circular. En nuestro caso decidimos ser más conservadores y visitarlo en dos tandas, cada una comenzando desde un extremo. Hoy, en previsión de que sea la vertiente más dura y aprovechando nuestras descansadas piernas tras la jornada de ayer, haremos el tramo que va desde lo más alto del camino hasta el último de los valles más cercanos a Castilla y León. La previsión meteorológica dice que por la zona de la excursión los cielos permanecerán despejados por lo menos hasta el mediodía, así que todas las piezas encajan.
Entramos en el coche y nos ponemos manos a la obra. Antes de salir de Pola de Somiedo paramos unos minutos en un colmado/supermercado literalmente al lado de nuestro hotel. Nos llevamos de aquí un "bollo preñau" relleno de atún, solo como prevención por si la excursión se alarga más de lo esperado y el hambre aparece en plena naturaleza. Abandonamos las calles de Pola de Somiedo y enseguida nos encontramos reduciendo la distancia de 20 kilómetros que nos separan del Alto de la Farrapona. 20 kilómetros que sin embargo requieren de poco menos de una hora para ser recorridos ya que pese a que la carretera se encuentra en magníficas condiciones el dibujo de ésta superando bosques y precipicios para finalmente ganar altura metro a metro obliga a circular a velocidades rara vez por encima de los 40 kilómetros por hora.
Alcanzamos a las 10:40 los 1.708 metros de altura del Alto de la Farrapona. El aparcamiento, de notables dimensiones y capacidad para varias decenas de vehículos, alberga a nuestra llegada apenas seis o siete coches. Nos asomamos al cambio de rasante que separa las comunidades de Asturias y Castilla y León, confirmando lo que habíamos leído acerca del ascenso desde la segunda: la carretera cambia abruptamente y el bien preservado asfalto asturiano da paso a la no tan practicable grava de la vertiente castellana. El termómetro de nuestro Volkswagen Polo ha ido bajando a cada pocos metros y al final, poco antes de alcanzar la meta, ha bajado la barrera psicológica de los 10 grados. Equipados con pantalón largo de caza y una chaqueta polar encima de una camiseta de manga corta, estamos en la gloria.
Temperaturas que nos alegran la vida
El complicado ascenso desde Castilla y León
Empezando por todo lo alto
La ruta que incluye nuestra excursión para hoy
Comenzamos a seguir el sendero hacia el suroeste y el camino ancho y bien acondicionado comienza a bajar, bajar y bajar. La visibilidad es entre moderada y buena, con un persistente banco de nubes que cubre las cumbres pero sin testaruda niebla que nos impida echar la vista abajo y disfrutar de las inabarcables vistas al valle. No tardan en aparecer a nuestro paso las primeras vacas asturianas de la mañana, tan impasibles como siempre. Nos cruzamos inicialmente con otras dos jóvenes parejas pero no tarda en sonar tras nosotros el primer grupo familiar del día. No nos alcanzan hasta que nos hemos detenido en el primero de los lagos que esperamos alcanzar durante la mañana: el Lago de la Cueva.
Primeras vistas del día
Seguimos con la mirada la carretera que nos ha traído hasta aquí
Verde y marrón atravesado por caminos rojizos
El primero de los lagos que conforman los conocidos como "Lagos de Saliencia" es una masa de agua de notables dimensiones y un color azul intenso, en parte gracias a unos cielos que están siendo benevolentes y han decidido que no todo sean nubes. Al fondo de la imagen podemos distinguir perfectamente lo que otrora era la lengua glaciar que abastecía al lago, convertida ahora en una ladera tan verde como casi todos los alrededores. La excepción la ponen algunos caminos en los que el pavimento conserva un tono rojizo, consecuencia de las minas de hierro ahora abandonadas pero que un tiempo atrás constituyeron una fuente de empleo y riqueza para la zona.
Bienvenidos a mi casa
Lago de la cueva
Algunos de los grupos que nos seguían toman el desvío a la izquierda que, tras un largo trecho, alcanza y creemos que atraviesa la mencionada lengua glaciar extinta. Parece una opción más que interesante pero nosotros nos decantamos por continuar la visita a otros lagos vecinos a través del que será el tramo más duro del día: una larga subida que en poco más de un kilómetro debería lanzarnos hasta lo que desde aquí parecen cimas, pero que no son más que altiplanos intermedios antes de continuar la excursión. Nos lo tomamos con la calma y prudencia que requiere, ayudados por el hecho de que girando la vista hacia el lago siempre tenemos la excusa de parar unos segundos para tomar una nueva fotografía. En menos tiempo del esperado nos encontramos ya en las alturas y no tardamos en distinguir varios metros bajo nosotros lo que debería ser el Lago de la Mina, pero que en los meses de más calor se convierte en tan solo una huella verde que marca el lugar donde el resto del año se acumula el agua. Velan por él varias vacas que han decidido que el húmedo terreno es un lugar estupendo para echar una siesta de día completo.
Superando el tramo más duro
De las pocas vacas suizas que vemos
El Lago de la Cueva, ahora desde arriba
El Lago de la Mina... o lo que queda de él
Ahora que hemos alcanzado el altiplano podemos ver cómo el camino sigue hacia el oeste hasta desaparecer en el horizonte, descendiendo gradualmente por amplias praderas igualmente atestadas de ganado bovino. Ese camino nos llevaría hasta el Lago del Valle, el mayor de los lagos de la zona y que hoy no contemplamos en nuestra agenda ya que mañana lo atacaremos accediendo por el otro lado. Además en esa dirección se está aproximando un banco de niebla que amenaza con echar al traste las opciones de visibilidad para nuestros compañeros de excursión que sí decidan realizar la ruta completa. Nosotros, en cambio, tomamos hoy la opción más conservadora y centramos la atención en un Lago Cerveriz que tenemos junto a nosotros y que, como decirlo sin ofenderle... sería el menos agraciado de todos los lagos de la zona. Sus aguas estancas de un tono verdoso y cuya superficie acumula sedimentos de vegetación hace que no sea tan atractivo a la vista como sus vecinos, y ni siquiera el perfecto espejo que proyecta reflejando las cumbres tras de sí consiguen compensar esa primera mala impresión.
El Lago Cerveriz y la continuación del camino
Todavía nos queda un lago por visitar, y está cerca aunque no lo parezca ya que no se intuye por ninguna parte. Un poste con indicaciones da la pista de la dirección a seguir para acercarse al Lago Calabazosa, otro cuerpo de agua que esta vez sí que guarda similitudes respecto al atractivo Lago de la Cueva. De hecho podríamos decir que es nuestro favorito de cuántos hemos visto estos días: su color vuelve a ser de un azul brillante y su ubicación lo aisla todavía más de la civilización, siendo en este caso más infrecuente ver pequeños puntos en movimiento caminando por su orilla. Encontramos además el mirador perfecto, uno que se desvía de la ruta señalada y consiste en un saliente de roca que permite ver toda la extensión de agua desde la mayor altura posible y sin ninguna cornisa de piedra que obstaculice la vista.
Calabazosa y Cerveriz, tan cercanos y tan distintos
¿El mejor momento de todo el viaje?
Quedamos tan prendados de Calabazosa e invertimos tanto tiempo ante él, que la niebla ha empezado a ganar terreno y cuando giramos la vista ya tapa casi por completo la continuación del sendero hacia el oeste. Una opción perfectamente válida sería dar por finalizada aquí la excursión e iniciar el camino de vuelta, pero dada la temprana hora -ni siquiera es mediodía- y que el viento hace avanzar la niebla a toda velocidad decidimos continuar unos metros con la esperanza de poder disfrutar de las siguientes praderas con cierta visibilidad. La apuesta nos sale bien y cuando alcanzamos un nuevo cambio de rasante cercano a una caseta de pastores nos sentamos en una roca para ahora sí contemplar el valle por última vez antes de iniciar el regreso. El rato que pasamos viendo a las vacas pastar sigue brindándonos momentos de completa soledad solo interrumpidos cada varios minutos por alguna nueva pareja o familia que se cruza en nuestro camino. Es domingo y es agosto, y sin embargo da la sensación de que seamos cuatro gatos. El sol obliga a protegerse con gorra y crema solar pero la brisa que corre es agradable.
Corriendo contra la niebla
Los prados más allá de los lagos
Señalizaciones por aquí y por allá
La niebla, constante amenaza
Echando la vista atrás
La excusa perfecta para sentarse otro rato
Caminando ya de nuevo hacia el coche, una niña pequeña acompañada de sus padres se sorprende al ver una etiqueta en las orejas de todas las vacas. Su comentario es adorable cuando se encuentra a la enésima vaca marcada: "esta también tiene precio". Con paciencia remontamos la altura perdida hasta el altiplano desde el que acceder a Cerveriz y Calabazosa, y a diferencia de apenas dos horas antes la visibilidad hacia el Alto de la Farrapona es ahora nula. Dicho fenómeno no impide sin embargo volver a contemplar el Lago de la Cueva según descendemos, ya que la niebla se concentra solo en las cotas más altas y el lago queda varios cientos de metros por debajo de ellas. Tomamos un atajo durante el descenso -más fácil de distinguir que durante la subida- y en el proceso nos topamos con el acceso a una de esas minas de hierro abandonadas. Todavía se pueden distinguir los raíles por los que debían circular vagonetas cargadas de material.
Entradas a la mina
Con paciencia y tras superar de nuevo el Lago de la Cueva, deshacemos los últimos kilómetros ahora en ascenso que nos separan del aparcamiento. Lo encontramos mucho más poblado que a nuestra llegada pero todavía con capacidad para alojar varios coches más. Conducimos de vuelta hasta Pola de Somiedo pero hacemos un alto en el camino al alcanzar Saliencia, aprovechando que son las 15:00 y que traemos recomendado el restaurante del albergue que aquí se encuentra. Sin embargo encontraríamos el raro caso en el que un local asturiano no está dispuesto a darnos de comer: al parecer Saliencia está en plenas fiestas y por ese motivo el restaurante cierra hoy al mediodía tras lo que parece haber sido una larga noche. Algo decepcionados volvemos al coche situado en el límite del pueblo -solo los residentes pueden acceder en su vehículo- y seguimos hasta Pola.
Todo lo que baja, sube
El parking, ahora más poblado
Estamos de vuelta a las 15:50 pero no alcanzamos todavía el hotel. Entre la lista de restaurantes recomendados por el amigo de un amigo se encuentra uno ubicado en la propia Pola de Somiedo: se trata del Hotel-Restaurante el Meirel que localizamos a nuestro paso por la calle principal y al que accedemos tras pasar algunos apuros para encontrar aparcamiento unos metros más allá. Entramos tímidamente en el salón temiendo que las cocinas ya hayan cerrado pero nos esperan buenas noticias. No solo se siguen sirviendo comidas, si no que incluso quedan todavía varias opciones del menú del día que hoy, por ser fin de semana, cuesta 15 euros -los días laborables el precio baja hasta 12-.
Lo que llega a continuación es un festín solo entorpecido levemente por la única mesa ocupada en el salón además de la nuestra, en la que un niño de los que fomentan la vasectomía no deja de hacerle la vida imposible a sus padres a base de remilgos, quejas y gritos fuera de lugar. Afortunadamente el pequeño diablo y su mucho más soportable hermano salen afuera a jugar y podemos centrarnos en la maravilla que tenemos sobre la mesa. De primero, paella para L y pote de berzas para mí. El pote llega en un cuenco del que podrían comer tres y está fuertísimo debido al pimentón, pero me duele en el alma no comérmelo entero. Es sin embargo la opción más sensata para lo que está por venir: sendas raciones de carrillada de ternera con patatas y una salsa para la que no hay pan suficiente en todo el Principado de Asturias. De postre una copa de plátano casera con sabores muy similares al banoffe y un arroz con leche tostado por encima como si de crema catalana se tratase. Todo acompañado de vino de la casa, agua y gaseosa. Somos incapaces de probar un bocado más, pero no nos arrepentimos. Era cierto lo que decían: es muy complicado comer mal en Asturias.
La carta del Meirel
Vaya...
... pedazo...
... de atracón
Salimos rodando entre horrios
Regresamos al hotel, ahora desierto y en el que L cae rendida en la cama invitada por la pesada digestión. Yo todavía me resisto y vuelvo al exterior para hacer algunas fotos de la fachada y los jardines, y cuando paso por la zona de juegos no puedo resistirme. Echo mano al balón de baloncesto y todavía puedo defenderme. Cojo una de las raquetas y ahí la cosa cambia. Decido finalizar mis días como tenista en la cúspide de mi carrera, cuando consigo conectar un saque sin cometer falta al quinto intento. 15-30. Con el calentón del esfuerzo decido unirme al reposo de L y regreso a la habitación, no sin antes descubrir en el río que atraviesa los jardines una práctica al parecer muy común en los pueblos asturianos: enfríar la sidra directamente en el río dejando las cajas sumergida junto a alguna roca que impida que se las lleve la corriente.
Interiores del Palacio
La sala de desayunos
Exteriores del Palacio (I)
Exteriores del Palacio (II)
Exteriores del Palacio (III)
Exteriores del Palacio (IV)
La sidra, bien fría
Las siguientes horas definen perfectamente el sentido más tradicional de las vacaciones. Descanso absoluto en la habitación, con una ducha reparadora y la brisa de Somiedo entrando por la ventana entreabierta. Regresan al complejo algunos vecinos que pasan varios minutos en la zona de juegos junto a la ventana, pero por lo general sigue reinando la tranquilidad.
Y así, de forma especialmente temprana, termina nuestro quinto día en Asturias y primero en Somiedo. La pesadez del estómago y lo relajante del entorno nos empujan a la cama, desde la cual es inevitable escuchar el crujir de la madera al paso de huéspedes por el descansillo de la primera planta. Afortunadamente y al igual que durante la noche anterior, antes de las 23:00 todo ruido desaparece y el Palacio Flórez-Estrada se adentra en el más absoluto silencio.
Noche de récord. Tras nueve horas de un dulce sueño -diez en el caso de L, que yo me lío por las noches- abrimos los ojos en nuestra segundo amanecer en Pola de Somiedo. Le hemos cogido el punto rápidamente a nuestra pequeña habitación del Palacio Flórez-Estrada, que ayuda a pasar una noche placentera con sus normas respecto al ruido a partir de ciertas horas de la noche.
Volvemos a ser los primeros en bajar a desayunar estando ya listos para sentarnos a las 8:30. El servicio sigue siendo algo extraño, con Micaela -la mujer de Manuel, presumimos- yendo y viniendo constamente cargada cada vez de un plato diferente. La disposición de la casa, con las cocinas en un extremo y el porche reconvertido en comedor en el otro, no le pone las cosas fáciles. Hoy el desayuno sufre ciertas variaciones respecto al de la mañana anterior: en lugar de melón, sandía, y en lugar de bizcocho de naranja y chocolate, unas delicias creemos que de almendra y dos rebanadas de "bollo preñao" de chorizo, potentes como ellas solas.
Nuevo día, nuevo desayuno
Nos vamos hacia el aparcamiento a las 9:30. El desplazamiento de hoy es de solo ocho kilómetros, menos de la mitad respecto a los 20 que ayer nos separaban del Alto de la Farrapona. Nos dirigimos hacia el pueblo de Valle del Lago y esos ocho kilómetros no están exentos de dificultad al dibujar sobre la montaña un recorrido de fuerte pendiente en zig-zag que nos hace ganar altura a pasos agigantados, ofreciendo unas vistas a Pola de Somiedo que serían mucho más destacables si la ya tradicional niebla no se estuviera interponiendo en nuestro camino.
Cuando ya hemos ganado toda la altura posible y alcanzamos las primeras calles del rústico pueblo la niebla nos come por completo. Alcanzamos el parking al final del pueblo, con sus plazas separadas del arcén mediante un pronunciado desagüe que nos obliga a ser muy cautelosos al pasar con el coche para evitar sorpresas. Por ahora solo somos cuatro coches y de uno de ellos se baja una pareja alemana cargando al hombro con su bebé de escasos meses. La visibilidad sigue siendo prácticamente nula, ofreciendo una interminable pared blanca en dirección al este. Exactamente hacia donde nos dirigimos.
Niebla para empezar...
Para hoy tenemos planificada la actividad que complementa la excursión de ayer. La "Ruta de los Lagos" de Somiedo conecta el Alto de la Farrapona con el pueblo de Valle del Lago en el que nos encontramos, y en su transcurso pasa junto a los Lagos de Saliencia que visitamos ayer y, ya más cerca del este extremo, el "Lago del Valle". Con tal de no sufrir una maratoniana jornada de un solo día en la que hacer y deshacer los mismos 12 kilómetros que separan la Farrapona del último lago en ambos sentidos, decidimos partir la visita en dos mitades. En la de ayer recorrimos en total 12 kilómetros de ida y vuelta desde la Farrapona hasta algo más allá del Lago Cerveriz. En la de hoy, comenzamos por el extremo opuesto y haremos y desharemos los algo más de seis kilómetros que separan el pueblo de Valle del Lago y el lago de Lago del Valle. Sí, mencionarlo uno tras otro puede hacer que te explote la cabeza.
Ya desde un inicio el camino no es tan escénico como el de ayer. En parte por el hecho de encontrarnos en cotas mucho más bajas -el lago está en alto, pero hay que remontar desde el pueblo- pero sobre todo debido a que la niebla no parece tener intención de disiparse. Solo muy puntualmente podemos intuir la silueta sombreada de alguna de las cimas a lado y lado del camino, y es misión imposible percibir los prados verdes que deberían estar acompañándonos a cada paso. Además el camino es mucho más cercano a una carretera que a un sendero, ya que está mínimamente acondicionado para que los vehículos de los ganaderos -los únicos que lo tienen permitido- transiten por él.
Las cumbres, apenas siluetas
Este va a tardar más en llegar...
Vistas desmejoradas
Alcanzamos la primera bifurcación, una con la que no contábamos. Al parecer existe una ruta alternativa que permite llegar hasta los Lagos de Saliencia -los más altos y que ya visitamos ayer- sin necesidad de alcanzar primero el Lago del Valle. Evidentemente es un sinsentido para nuestra situación, así que tomamos la vía de la derecha sin dudarlo. El camino no deja de subir, en algunos casos con pendientes suaves pero reservándose el derecho a exigir esfuerzos puntuales de vez en cuando. Cuando quedan tres kilómetros para alcanzar el lago, llegamos a una segunda bifurcación con la que sí contábamos.
La distancia oficial entre pueblo y lago es de 6,2 kilómetros y sus últimos 3.000 metros transcurren por un camino que ofrece pocas sombras en las que cobijarse. Para visitantes que le tengan aversión al sol existe un camino alternativo que, a cambio de ofrecer más rincones a la sombra, requiere de una distancia algo mayor a caminar -no conocemos la diferencia exacta- antes de alcanzar la meta.
Sol a la izquierda, sombra a la derecha
L tiene algunos problemas de piel que le obligan a ser especialmente prudente con el sol, así que pese a que ahora mismo no parece que las nubes vayan a dar tregua nunca hay que desperdiciar una oportunidad para reducir riesgos. Eso, sumado a que los primeros metros de una y otra opción presentan una clara diferencia de desnivel -el camino de sol sube desde el primer instante, el de sombra por ahora sigue llano- nos hace tomar la decisión de seguir a mano derecha ante la promesa de más sombras. Más adelante veríamos que quizás no era la decisión más acertada.
Evidentemente el camino empieza llano, pero no tardará también en subir y subir para ganar altura. A fin de cuentas, el Lago del Valle está por encima de nuestra posición y en algún momento hay que compensar esa diferencia. Lo que más nos hace creer que la decisión no ha sido la correcta es que la diferencia de distancia se hace notar, y el camino hasta el lago se hace interminable. En situaciones de sol y cielo despejado probablemente nos alegraríamos de no estar sufriendo el calor en nuestras cabezas, pero lejos de ese escenario lo que vemos a mano izquierda es el valle totalmente cubierto de niebla. Así que ni sombras que aprovechar, ni vistas que contemplar durante el largo caminar que nos queda por delante.
La niebla sigue penalizando las vistas
Atravesamos un bosque y empezamos a superar algunas casas de piedra, creyendo que el fin debe estar cerca. No. El camino nos obliga a pasar una barrera de alambre mínimamente abierta para permitir el paso de senderistas, y creemos que tras ella debe estar el lago. No. Seguimos ganando altura en compañía de vacas que se nos quedan mirando a nuestro paso tan impasibles como siempre, y estamos convencidos de que el lago está al caer. No. Vemos acercarse en el horizonte lo que parece un muro de contención y seguro que el lago tiene que estar tras él. No. Ah no, espera. Sí. Por fin tenemos ante nosotros el puñetero Lago del Valle.
Dónde estará el lago...
Dónde estará el puñetero lago...
Se ha hecho de rogar, y ahí no acaba el drama. Tenemos el lago delante, sí, pero no sabríamos decir si es tan grande como esperábamos o no... porque no se ve el final. La niebla llega hasta aquí y por ahora anula toda visibilidad a partir de 20 o 30 metros desde nuestra posición. Agotados por el esfuerzo de la subida -la incertidumbre del ¿cuánto falta? no ha ayudado- y ante tal perspectiva, no podemos esconder que estamos algo desmoralizados. Pero en algún momento las malas noticias deben terminar, y la fortuna meteorológica que nos había acompañado hasta hoy vuelve a hacer acto de presencia. Como por arte de magia, la niebla comienza a disiparse a los pocos minutos de llegar al lago y casi sin darnos cuenta de repente podemos ver completamente todas las paredes de piedra y vegetación que lo rodean.
Así están las cosas cuando llegamos
Pero al poco tiempo empiezan a mejorar
Y por fin, el Lago del Valle
Y sí, es sin duda el más grande de los lagos de Somiedo, pero no tenemos tan claro que sea nuestro favorito. No por lo menos desde esta posición, desde la cual sus orillas y sus aguas no son tan atractivas como lo serían desde un mirador más elevado. Comenzamos a caminar hacia la izquierda con la intención de ponerle remedio, conectando primero con la orilla a la que llega el camino "al sol" para luego, quizás, encontrar algún sendero que nos permita ascender y alejarnos de la orilla.
Aparecen los reflejos cuando el viento se para
Alcanzamos no solo la conexión con el otro acceso, si no una pequeña playa varios metros más allá tras superar una nueva casa de pastores. Hasta aquí todo va bien. Tenemos un ángulo diferente, podemos sentarnos sobre una piedra y ver las aguas y las nubes moverse como consecuencia del viento. Pero la tregua de la niebla llega a su fin, y un nuevo y espeso banco comienza a emerger desde el oeste, desde el valle del que procedemos. En cuestión de minutos la escena vuelve a teñirse de blanco y esta vez no parece que vaya a marcharse en el corto plazo. No necesitamos hablar entre nosotros para decidir que aquí termina nuestra visita al Lago del Valle. Tras una última media hora "disfrutando" del monótono paisaje damos media vuelta, no sin antes contemplar una vaca que se moja hasta las rodillas para poder echar un trago con comodidad. Somos varios los que nos encontramos por la zona, pero nunca superando las siete u ocho parejas y algún grupo más numeroso. La sensación de tranquilidad es absoluta.
Cambiando de ángulo desde una orilla
Vuelve la niebla...
Vuelven las vacas
Aquí no hay mucho más que ver
La suma de cansancio, meteorología y variedad de paisajes hace que para nosotros no haya discusión. Si hay que elegir entre los Lagos de Saliencia desde Farrapona y el Lago del Valle desde el cercano pueblo, nos quedamos rotundamente con la primera opción. Quizás sea una percepción muy condicionada por el azar meteorológico, así que no tiene por qué ser necesariamente compartida por todo el mundo.
Iniciamos el camino de vuelta, esta vez por el "sendero al sol" ante la perspectiva de que el rey del Sistema Solar no tenga mucha ocasión de saludarnos. Se percibe claramente que esta vía es mucho más directa, serpenteando muchísimo menos que la que hemos tomado durante la ida. Sin embargo, psicológicamente subir por ella puede ser tanto o más duro, ya que precisamente el hecho de tener tan pocas curvas permite ver en el horizonte -con permiso de la niebla- las fortísimas cuestas que todavía quedan por delante antes de alcanzar el lago. Eso sí, las vistas de los alrededores son un gran aliciente. Igualmente supeditadas a la meteorología pero con algo más de margen para ofrecer algo incluso con niebla, tenemos a lado y lado verdes prados en primer plano y altas montañas de roca delimitando el valle.
Regresando por el camino 'al sol'
Los seis kilómetros de regreso son muchísimo más llevaderos como no podían ser de otra manera al tratarse de un prolongado descenso. Nos cruzamos con vecinos de excursión comiendo pipas y nos parece una idea horrible ante la perspectiva de tener que beber litros de agua para compensar toda esa sal. A las 14:30 hemos vuelto ya a nuestro coche, viendo por el camino como los dos aparcamientos siguientes están completamente vacíos. Quizás haya épocas del año en las que Somiedo esté al límite de su capacidad, pero esta no es una de ellas. En los últimos metros hemos podido disfrutar de algunas vistas a Valle del Lago desde la distancia, cosa impensable hace unas horas cuando la niebla arrasaba con todo.
Mejores vistas durante la vuelta
Discretas vistas a Valle del Lago
Es hora de comer y desde el desayuno solo nos hemos echado a la boca un pequeño trozo de empanada que llevamos cargando desde hace dos días. Casualmente -sí, claro...- en Valle del Lago se encuentra otro de los restaurantes que se nos ha recomendado a partir del amigo de un amigo. Así que, ¿qué otra cosa podemos hacer? Nos plantamos en el pequeño y difícil de maniobrar aparcamiento de Casa Cobrana, un restaurante a la entrada del pueblo. Nuestra intención es disfrutar de la comida de la zona pero con más prudencia que ayer vistas las consecuencias del atracón en El Meirel. Pedimos unas croquetas y un "cachopo de setas con cabrales" que al no tener relleno de ternera debería ser bastante más fácil de digerir que el más tradicional. Yo no aguanto más y hago mi segundo pedido de sidra del viaje. Esta vez no debo molestar al camarero cada vez que quiera un culín, ya que sirven la botella con un escanciador automático. Traen las croquetas... y cómo iban a estar malas. Unas esferas perfectas con un rebozado duro y crujiente cuyo interior esconde otro relleno de campeonato con trozos de jamón. Y el cachopo... pues a mí no me gustaba el cabrales antes de llegar a Asturias y esta vez dejo el plato limpio, con eso lo digo todo. Y como hemos sido prudentes, todavía queda sitio para el postre: una "tarta de queso" que en realidad es más bien flan, muy similar a uno que L prepara varias veces al año con ayuda de la ultraamortizada Thermomix. Por 28 euros nos vamos más que satisfechos con la decisión tomada de dónde y qué comer. Un nuevo acierto.
Ay, las croquetas
Ay, el cachopo
El remate lo ha puesto la otra mesa ocupada del comedor, de nuevo consistente en una pareja y, esta vez, su único hijo. Pero vaya diferencia: la niña se porta infinitamente mejor que el pequeño diablo canario que tuvimos hace 24 horas como comensal vecino y que nos agrió la velada durante los primeros instantes. En ocasiones como esta me dan ganas de acercarme a la mesa y felicitar a los padres, ya que estas cosas no ocurren por casualidad.
Bajar a Pola a Somiedo -con un obligado cambio de conductor, cosas de la sidra- es mucho menos traumático que subir desde él. Ayuda el hecho de encontrar muy poco tráfico en dirección contraria, y cuando alcanzamos el pueblo hacemos una parada rápida en el camping gestionado por el cercano hotel Castillo del Alba. Teníamos la esperanza de encontrar aquí algún tipo de lavadería de autoservicio, pero nada más lejos de la realidad. Parece que tendremos que sacrificar una de nuestras maletas cargándolo con toda la ropa sucia del viaje.
Estamos de nuevo en el Palacio Flórez-Estrada a las 16:00 pero antes de ducharnos decidimos salir hacia las calles de Pola para visitar una pequeña tienda de souvenirs. Se llama Casa Siri y nos permite hacer por primera vez una visita a pie por el pueblo, que hoy lunes está ya muchísimo más tranquilo que durante el fin de semana. Llueve tímidamente y el frescor del agua sienta de maravilla. De la tienda solo nos llevamos un dedal, subiendo así a tres los trofeos conseguidos durante este viaje para la "operación dedal" de mi madre.
Se acercan las 19:00 cuando llevamos ya un largo rato en la habitación. Duchados y con el texto del día prácticamente listo, podemos proceder al temido momento de volver a hacer todo nuestro equipaje tras dos días con lo más parecido a un hogar estable. Una vez superado el trance y tras seguir con el nunca suficiente relax, llegan las 21:00 y con ello el momento de aprovechar la sabia decisión de no excederse durante la comida: ¡podemos cenar!
La experiencia de ayer al mediodía en el Hotel-Restaurante El Meirel fue tal que desde el preciso instante en el que salimos por la puerta sabíamos que nos iba a apetecer repetir. Situado a diez míseros minutos a pie -o tres en coche- de nuestro hotel sería absurdo no aprovechar la oportunidad de volver a disfrutar de las maravillas que salen de su cocina. Y aquí estamos, en nuestra última noche en el Valle de Somiedo y tras sufrir varios minutos por la ausencia de aparcamiento en unas calles que tres horas antes tenían plazas libres por todas partes.
Nuestra intención es "cenar con calma, de tapas", pero... esto es Asturias. Y en Asturias, o por lo menos en el tipo de locales que frecuentamos, los precios de la carta -no hay menú para las cenas- son tan bajos que las tapas se reducen apenas a varios entrantes, ya que no tiene sentido pedir una ración cuando por el mismo precio tienes platos enteros. Así que las "tapas" se convierten en una ensaladilla rusa para compartir, un escalope para L y, recobles de tambor... picadillo para mí. La ensaladilla bien, gracias. El escalope correcto, sin reproches. Y el picadillo... mi madre, el picadillo. Una bandeja de chorizo desmigado con patatas cuyo fondo esconde grasa pura en la que podrías bañarte. Buenísimo, sabroso, pero potente y capaz de mantener caliente a un alpinista colgado de una pared helada. Y eso no es todo: le he cogido tal gusto a la sidra que me pido la segunda del día, y en Asturias pedir sidra significa una botella entera para ti solo en la mesa. Que sí, no hay obligación de tomársela entera, pero... es que entra sola. En resumen, disfrutamos como enanos y rematamos en el postre con un tchambique, que es la suma de arroz con leche y tarta de queso en un mismo plato. Y todo por la correctísima cantidad de 28 euros. Por una parte nos apena abandonar Somiedo dentro de unas horas, pero por otra quizás sea lo mejor para nuestras dietas y estómagos. Qué difícil es comer mal aquí.
Mmm, picadillo...
Regresamos al hotel en coche, aunque el fresco de la noche y la timida lluvia invitan a dar un paseo a pie. Son las 23:00 cuando llevamos ya rato echados en la cama, asimilando la digestión que está por venir y con la habitación parcialmente recogida en previsión de la mañana siguiente. Queda poco para despedirnos del Palacio Flórez-Estrada, del Valle de Somiedo y casi, casi, del Principado de Asturias. Las vacaciones llegan a su fin. Y tan felices.
Soy una enamorada de Asturias y tu diario me está gustando mucho. Sigo leyendo, recordando lugares que conozco con tus fotos, y descubriendo lugares nuevos, que en Asturias siempre hay.
Estas últimas etapas me traen muy buenos recuerdos del año pasado. Somiedo se me resistía, después de haber anulado un par de veces, y por fin pudimos recorrer algunos de sus senderos. Lástima que tuvieseis tanta niebla, aunque a ratos sí que os permitió disfrutar de las magníficas panorámicas. La senda del oso es otra de las cosas que se me resiste.
Me ha encantado el diario, y más que te haya gustado tanto mi tierra, escribo desde Lena (al lado de Mieres), y sí, este verano pocos días veraniegos hemos tenido, visto lo que buscabais, mejor!! Y que te voy a decir yo, pero la mejor gastronomia que yo hya probado, aquí! Saludos
Me había perdido este diario en su día (vengo desde el link al "nuevo" que voy a leer ahora), pero me gustó mucho tanto el viaje como el diario. Gran curro y se nota que lo pasaron bien. ***** ¡Gracias!
De viaje por EspañaPueblos, ciudades y naturaleza. En coche y rutas de senderismo. Destinos y recorridos clásicos y lugares no tan conocidos. Lo iré ampliando e incorporando...⭐ Puntos 4.79 (101 Votos) 👁️ Visitas mes actual: 4022
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Algunos se asoman a la costa; otros a picos nevados. Y en todos, por aquí y por allá, siempre el verde asturiano. Hablamos de los miradores más espectaculares de Asturias. De los puntos elevados donde el paisaje se despliega bajo los pies. No están todos, claro, pero sí algunos de los más imprescindibles:
Hola, pues estoy organizando mi viaje para este año y acudo a vosotros. Hemos decidido Asturias en coche, unos 7 días. Y veo tanta información que me abruma. Lo que no veo nada actualizado no? Que consejos me podéis dar para finales de Junio? Gracias
Hola, pues estoy organizando mi viaje para este año y acudo a vosotros. Hemos decidido Asturias en coche, unos 7 días. Y veo tanta información que me abruma. Lo que no veo nada actualizado no? Que consejos me podéis dar para finales de Junio? Gracias
Hola gipe, serìa importante q comentes en qué estás interesado,costa,montaña; oriente,occidente o centro ; ciudad o pueblos; playas o rutas de montaña ( dificultad).
Si vienes con niños, con coche.
Saludos