El objetivo de mi viaje es realizar un tour gastronómico por dos de las regiones donde se producen algunos de los vinos más famosos de Francia y del mundo: Borgoña y Champaña, visitando, ya de paso, sus dos capitales: Reims y Dijon. Fuera de las ciudades visitaremos varios viñedos, alguna bodega y un castillo, así como algunos excelentes restaurantes de ambas regiones.
La Gastronomía Francesa
El modo de comer de un pueblo, ayuda e entender como vive, piensa y lo que prioriza en su escala de intereses. Por el modo de comer de los franceses se sabe que son personas que cuidan el detalle y gustan de deslumbrar al prójimo ofreciendo lo mejor de ellos mismos, orgullosos de su tradición, sin renunciar a un toque de innovación.
Para un cocinero francés que se precie, la comida es una obra de arte: cada detalle una pincelada en el lienzo y cada plato un personaje del cuadro. El vino es el marco que realza toda su obra.
Alta cocina francesa
Cuellos de botellas de champán apiladas en una bodega de Champagne
¡Os invito a seguirme!
Mi aventura gastronómica comienza en la báscula del cuarto de baño de casa, en Madrid a las 5 de la mañana: 83 kg y el propósito de no engordar más de 2 kilos en este viaje. ¿Lo conseguiré?
Me levanto a las 5 de la mañana y el Taxi me lleva a la T4 del Aeropuerto de Barajas (Adolfo Suarez).
22 km: 41 euros
Vuelo con Vueling, salida sin novedad de la T4 de Barajas. Salimos de Madrid con un leve retraso. El vuelo sin ninguna incidencia.
Aterrizamos en el enorme aeropuerto de Paris Charles De Gaulle.
Cuando entro al baño en la terminal, y eso que es la "lowcost", me doy cuenta de que ya estamos en París. ¡Aquí se cuida el detalle!
Aunque está bien señalizado me cuesta un poco llegar a la estación de tren de alta velocidad (TGV), que está en un terminal T2, diferente al de las compañías lowcost. Debo coger el tren subterráneo circular que une las terminales.
Tren de Alta Velocidad... a ninguna parte
Tengo que esperar una media hora en la sala hasta que se estacione el tren en su andén. Hay mucha gente esperando. El TGV es un modo muy rápido y eficaz de moverse por Francia.
Cuando llega la hora de subir al tren he perdido el billete. El mozo me mira con condescendencia. Al final, encuentro una solución: tengo el billete en la tableta.
Curiosamente no encuentro mi asiento: que el número de superior esto, está el número inferior pero no está el mío. Me dice otro viajero, que da igual, que el tampoco ha encontrado el suyo.
Llega el revisor, le enseñó una tableta, me pasa el sector y todo perfecto.
La campiña francesa tiene un aspecto sosegado en septiembre y yo me relajo en el acogedor asiento.
El tren para en la estación de Champagne-Ardenne, una estación en medio del campo, a pocos kilómetros de Reims y continúa por los mismos paisajes. Como 30 minutos más tarde, recibo la llamada de Romain:
- ¿Antonio, donde estas? – se le nota alterado
- ¿Dónde voy a estar? En el tren. –con absoluta confianza-
- ¿Pero en que tren?
- ¿Cómo que en que tren?
Cuando el que espera en la estación está nervioso y el que va en el tren, está tranquilo… es que te has equivocado de tren.
Tenía que haber hecho transbordo en la estación de
Champagne-Ardenne, sin embargo, ahora me encuentro cerca de Metz y Nancy.... si me descuido llego a Estrasburgo.
Me bajo en una moderna estación en medio del campo, que me recuerda a los apeaderos de los pueblos de La Mancha: es la estación de Lorreine, situada entre ambas ciudades. Tengo que buscar un tren de vuelta hacia la estación de Champaña-Ardenas , pero el siguiente tren sale una hora más tarde, así que busco asiento en la sala de espera. El personal de la estación es muy amable y colaborador: en todo momento intentan orientarme e indicarme que tren tengo que coger.
Mientras espero en la estación TGV de Lorrraine, saco unas galletas oreo, más por matar el tiempo que el hambre. Al echarme una a la boca, pienso: extraño modo de comenzar un tour gastronómico.
No me hacen pagar el billete de vuelta a Champaña-Ardenas… Son bastante más condescendientes que nosotros con la gente despistada: estoy seguro que en España me habrían hecho pagar el billete de ida, el de vuelta y, de regalo, me habrían dado dos cogotazos por atontado.
Llegó con tres horas de retraso a la estación de Champagne-Ardenne y allí me está esperando Romain, para llevarme en coche al centro Reims a toda velocidad, porque si tengo que esperar al tren de cercanías, no llegaría a tiempo de tomar la siguiente excursión.
A primera vista la ciudad no parece tener ningún encanto especial, aunque tampoco es desagradable. La ciudad fue destruida en un 80% durante la primera guerra mundial y reconstruida en el periodo de entreguerras. A este periodo corresponde tanto el trazado de gran parte de la ciudad como su arquitectura ecléctica, digamos Art Decó.
Pese a la destrucción varias veces de la ciudad, Reims mantiene tres edificios Patrimonio de la Humanidad: su impresionante Catedral, El palacio de Tau y la Basílica de Saint-Remi.
Plaza de la Victoria - Reims
La catedral de Notre-Dame
Notre-Dame de Reims es una de las principales muestras del arte gótico en Europa. Esta obra maestra del siglo XII fue el escenario de 25 coronaciones de reyes. Es la segunda catedral con mas estatuas de Europa, después de Chartres y el lugar donde se bautizó a Clodoveo, en el año 498, el primer rey franco convertido al cristianismo.
El palacio del Tau
La residencia de los arzobispos de Reims, hoy alberga el Museo de la Obra: el tesoro y una parte del estatuario original de la catedral de Notre-Dame están expuesto en él.
La abadía de Saint-Remi
Basílica románico-gótica construida en el siglo XI para albergar una santa ampolla así como las reliquias de San Remi, el obispo que bautizó a Clodoveo.
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