Penúltimo día en Asturias. Después de la paliza de ayer preveo un día tranquilo. Llanes, la bufones de Pria, la Playa de Gulyupiri o Gulpiyiri o Gupilyiri…la playa esa que se mete dentro de la tierra. Mi café con leche, con mis tostadas, mi bollito relleno de chocolate y mis galletas. Todo ello mientras leo el periódico. La Nueva España. Leo en la sección de Asturias que encuentran a varios niños en las orillas del río Cares a su paso por la Ruta. Rápidamente recorto el retrato robot del presunto infanticida, que sospechosamente es parecido a mí. Me pongo mis gafas de sol y me monto en el coche camino de Llanes. Por el camino recibo la llamada de una amiga: “Víctor, estamos en Arriondas. Hoy es el Descenso del Sella. Vente”. Bueno, pues mira, una nueva etapa, veo tranquilamente la salida de las piraguas y tomo una cerveza con mis amigas. Llego a la glorieta que conduce a Arriondas y la Guardia Civil me dice que hasta las 2 de las tarde no estará abierta. Así se lo hago saber a mis amigas y marcho a Llanes para verlo mientras. De camino a Llanes veo una pancarta “San Roque del Acebal. Mercau Tradicioneu. 9 de agosto.” ¡Es hoy! Giro las ruedus de mi Fordu Fiestu y voy pa alleu. A la llegada al parking un rapaz se abalanza a mi ventanilla. Yo asustado le grito: “¡No. Yo no fui. Esos niños se cayeron solos!” “¿Perdón?” Me di cuenta de que no era guardia civil y que no venía a arrestarme. “¿Qué deseas majo?” “Vendo números para la rifa de un televisor de 32 pulgadas” “Así me gustan. Emprendedores. Con gente como tú acabamos con el paro”. El mercado ocupaba 23 metros, 6 puestos, de los cuales 5 eran de productos típicos y uno de navajas para cortar el chorizo y el queso que comprabas en los 5 anteriores. Todo ello amenizado por una gaitera y una tamborilera que recorrían el mercado de arriba abajo, o sea que en media hora que pude estar me hice amigo de la gaitera y le di mi teléfono, y la tamborilera me hacía ojitos. Después de comprar nada volvía a Arriondas a ver si habían abierto ya la glorieta. Según iba llegando a Arriondas aquello me recordaba a Walking Dead. Cientos de personas andaban por los arcenes de la carretera yendo y viniendo, o mejor dicho deambulando con diferentes vestuarios de los más variopintos. A la entrada del pueblo una explanada llena de coches y caravanas, y es cuando empiezo a pensar que mis amigas no están en una terraza tranquilamente tomando una cerveza. Le pido a mi amiga que me mande ubicación. De camino a la ubicación recibida, un hombre con sombrero de paja y un mini de algo en la mano se acerca a mí abriéndose paso entre la gente con cara de pocos amigos. Se me acerca al oído me dice: “Me gusta tu camiseta”, seguido de una carcajada. Su camiseta era igual que la mía. Nos dimos un abrazo y seguí mi búsqueda. La ubicación era la calle del desparrame, esquina con la borrachera en el barrio Viva la Virgen. Allí estaban mis tres amigas con unas gafas con un molino de viento en cada ojo. Abrazos, balbuceos y demás las delatan: van medio ebrias. Cuando me quise dar cuenta tenía unas gafas de colorines, una botella de sidra en una mano, un vaso en la otra y otra botella en mis entrañas. A medida que pasa el tiempo el desmadre sube niveles de dos en dos. La gente no traía botellines, traía cajas. Y no se las bebían se las echaban por encima. Delante de mis narices una chica echaba la mitad de un tercio de cerveza encima de la cabeza de un tío y la otra mitad se lo echaba por donde la espalda pierde se nombre. La “gracia” se extendía cual ébola por la plazuela de 3x7 metros y era difícil que no le tocara al servidor. Por suerte no me tocó, aunque lo estaba deseando la verdad, porque entonces pongo el modo “sin filtro” y empiezo a romper botellines en la cabeza de más de uno. La gente caía al suelo y se levantaban como un resorte, y no porque estuviera resbaladizo precisamente. Un hombre desnudo dentro de un tonel. Una despedida de soltero con el novio vestido de mujer pechugona. Uno con un tridente. Cuatro o cinco negros (de verdad) vendiendo gafas y sombreros. Era como un programa de José Luis Moreno pero con gente normal. Solo faltaba un colaborador del “Sálvame” y la mujer barbuda…bueno no, esta última estaba, y muy borracha por cierto. En un momento de lucidez, una de mis amigas dijo: “Vamos a comer algo”. Entonces la línea ascendente de sidra y demás excesos se paró y aproveché para meter mi cuña publicitaria: “Yo creo que me voy a retirar, si os acerco a algún lado…” Se les abrió el cielo y vieron a San Pedro reencarnado en mí. “Pues sí, llévanos a Cangas”. Dicho y hecho. Las dejé en Cangas y regresé a mi idílico hostalito en Poncebos. De camino al hostal seguía en mi papel de San Pedro y recogí a una danesa y una alemana que iban haciendo dedo. Solo fueron un par de kilómetros lo que las llevé a lomos de mi corcel negro, así que no les dio tiempo a aprovecharse de mí. Ingenuas. Sin quitarme la etiqueta de San Pedro llegué al hostal a tiempo para mi última cena. Con las manos oliéndome aún a sidra. Me duché y las manos seguían oliéndome a sidra. Y juro por lo que más queráis que mi gel no era de sidra. Ya no sabía que cenar porque el menú del hostal era bastante limitado, sólo tenían huevos y patatas fritas, acompañado con lo que más rabia te diera. Lomo, ternera, picadillo, trucha, etc. Pero en el último momento vi al final de la carta “Ensalada Poncebos”. Y eso es lo que necesitaba mi cuerpo, una ensalada. Así que le dije al señor Poncebos: “Ponme una” “Es granduca ¿eh?” “Da igual, vengo de Arriondas, he llegado a Asturias atravesando cimas de nieve, lluvia, y niebla, he hecho la Ruta del Cares, he lidiado con cabras y niños gritones. ¿Y tú me vienes ahora a decir: “Es granduca”? Ponme dos.” Al final me he tomado una y la otra la he dejado, yo soy muy chulo.