17 de agosto
Desayunamos, nos despedimos de esta pensión en la que hemos estado muy a gusto y ponemos proa a Bucarest. Hace calor y cuando lleguemos tenemos que pasar por el hotel Monopoly en el que pasamos la primera noche, pues nos tienen que devolver un dinero que nos cobraron dos veces. La entrada a Bucarest es un poco caótica. Aunque hay lugares con doble vía, no tienen que ver con los accesos a las grandes ciudades que conocemos por aquí. Les queda mucho que mejorar en infraestructuras viarias y me imagino que dinero no es lo que sobra precisamente. Entre que no hay y que el poco que hay alguno se lo mete al bolsillo, la cosa pinta mal.
Atravesamos Bucarest y nos alojamos en el Volo Hotel, muy cerquita del Parlamento, en apenas 10 minutos, atravesando el parque Izvor te presentas en el ala norte, donde está el acceso para los turistas. El hotel está muy bien ubicado y permite ir andando hasta el centro de Bucarest sin demasiado esfuerzo. Eso sí, estos días el calor aprieta de lo lindo. Las habitaciones son amplias y espaciosas, aunque la decoración está un poco pasada de moda. El hotel es más que digno y tiene un desayuno buffet que está bastante bien, así que muy recomendable. La recepcionista habla un castellano aceptable ¡¡aprendido de las telenovelas!! No será el único caso. Nos acomodamos y rápidamente nos dirigimos al Parlamento. Los horarios y precios aquí. Hay visitas en castellano pero la última se nos ha escapado. Hablamos con una de las personas que están dando tickets y le pedimos que hagan una excepción ya que somos un grupo grande. Una de ellas habla un español bastante más que aceptable ¡¡sin haber estado nunca en España o Latinoamérica!! Lo ha aprendido ella sola porque dice que es la lengua más bonita del mundo. Por su mediación conseguimos hacer el tour en castellano con una guía que lo habla correctamente y a la que no le ha hecho mucha gracia, creo, tener que volver a recorrer el 5 por ciento del palacio que te enseñan. Cambio unas palabras con ella y efectivamente, se ratifica sin dar demasiados detalles tampoco en que la situación del país es mala, que la gente está muy harta y enfadada.

Para entrar dentro del palacio hay que pasar un control de seguridad más o menos exhaustivo, por arcos detectores de metales y demás parafernalia. Por dentro es impresionante la magnitud de las salas, de las escaleras… El gusto arquitectónico será más o menos discutible pero los espacios son enormes. Creo que merece la pena verlo. La vista que hacemos dura unos tres cuartos de hora. El paso de la guía es vivo y el verbo demasiado fluido, habla muy rápido. Se sale a la terraza que da a piata Unirii para tomar fotos. Como digo, en un visto y no visto, estamos fuera y tenemos un hambre canina, es tarde y remontamos el boulevard Unirii hasta piata Unirii. El calor es agobiante lo que unido a la falta de material energético hace que pasemos un ratillo malo, pero siempre hay solución. En el lado este de la plaza está el centro comercial Unirea. Subimos a la cuarta planta y encontramos un oasis para abrevar y protegernos del calor. Comemos muy bien, comida italiana básicamente y eso nos salva la vida. No recuerdo el nombre pero el espacio es grande, con unas pantallas de vídeo grandes y con la cocina a la vista detrás de la barra.


A las 6 intentamos buscar un free-tour. Hay uno en inglés en Piata Unirii, pero yo me desconecto enseguida. Me cuesta trabajo seguir las explicaciones en inglés y opto por pasear a mi aire a pesar del calor.

Es Bucarest una ciudad oxidada, buen reflejo de Rumanía en general. Un quiero y no puedo, un fui y no soy… Es curioso ver a lo largo de las carreteras rumanas y en el propio Bucarest vallas publicitarias que se han quedado en el esqueleto, presas del óxido y la herrumbre, cadáveres de un pasado mejor o embriones de un futuro mejor, no se sabe. Desde el parlamento hasta piata Unirii se baja por el boulevard Unirii, un remedo triste de los campos Elíseos parisinos. Pocos comercios, vagabundos o gente sin techo tirada a la sombra con sus enseres al lado, semicampamentos de gente en la propia piata Unirii, macetas de tomates en los balcones de ese boulevard… y sin embargo hay algo que inspira ternura en esta ciudad de estéticas imposibles y ajada grandeza. Paseo por el centro que está delimitado por el río Dambovita, el boulevard Ion C. Bratianu, el boulevard Regina Elisabeta y caleae Victoriae. Es la calle Lipscani la arteria principal de esta zona de Bucarest. Hay mucha animación, cantidad de establecimientos hosteleros, callejuelas divertidas y calles peatonales amplias además de edificios con empaque y señorío. Hay muchas chicas jóvenes intentando atraer clientes a los cafés y restaurantes y también a locales de strip-tease.
Hay iglesias ortodoxas, lugares con encanto como el pasaje Macca-Vilacrosse y sus cafes a cubierto de las inclemencias del tiempo invernal o del rigor canicular, librerías preciosas como la Carturescu en Lipscani con una estética impecable y maravillosa para cualquier amante de los libros. Tiene además en el último piso una cafetería/cervecería en la que reina una paz impagable. Se puede descansar, leer y tomarte tu café o tu cerveza con total tranquilidad.

Hay edificios grandes como el que alberga el museo Nacional de Historia en calea Victoriei, un poquito más arriba se puede encontrar el palatul CEC, al otro lado del río cerca de piata Unirii está el palacio de Justicia y girando a la derecha por Stavropoleos encontramos la biserica Manasterii, como escondida en una esquina, sin querer llamar mucho la atención, pequeñita y discreta. En Lipscani nos toparemos con Eugeniu Carada y su monumento, uno de los prohombres rumanos del siglo XIX. Está en la esquina de la antigua sede del Banco Nacional Rumano.



Va cayendo la noche y se ven las terrazas de los bares abarrotadas en este Bucarest contradictorio y decadente, dejado de la mano de Dios. Es hora de descansar pues el día ha sido agotador, comemos una cosa rápida y nos vamos al hotel. El calor ha sido sofocante también y necesitamos retirarnos. Mañana más, aunque a la tarde tenemos que tomar el avión hacia Munich.