Nis, 11 de octubre de 2023
Me despertaron una jauría de perros que ladraban excitados en las calles aledañas a mi alojamiento, mucho antes de que el almuédano llamara a la primera oración a los creyentes.
Las calles todavía estaban oscuras cuando salí, dispuesto a caminar hasta la estación de autobuses. Un Volkswagen Polo, primer modelo, se detuvo para ofrecerse a llevarme. Al principio, no me di cuenta que se trataba de un taxi, ya que era la primera vez que uno me abordaba en la calle en los trece días que llevaba en Serbia. Obviamente, este taxista era serbio, sí, pero no era ortodoxo, sino musulmán. El pueblo serbio y ortodoxo era orgulloso hasta para pedir o suplicar.
La estación a primera hora de la mañana tenía poca actividad. De los trece andenes, solo dos estaban ocupados por autobuses. Pregunté por Nis a un conductor, quien me miró como si estuviera interactuando con un extraterrestre. Me alejé de él, dispuesto a preguntar a otro más despierto, cuando le oí exclamar para él mismo: ¡Ah, Nisssss! No había pronunciado correctamente la palabra. El sonido de la S se alargaba como si la pronunciara una serpiente advirtiendo al visitante del peligro al que se puede enfrentar si omite el aviso . Y, entonces sí, cortésmente me indicó el vehículo que ocupaba el anden 1 como el correcto.
El trayecto me costó 1600 DRS.
Llegué al mediodía a la chillona estación de autobuses. Esta era espaciosa, moderna y grande. Todo indicaba que la empresa Nis Express era la predominante en los destinos desde Nis, con el rojo destacando en la terminal, andenes y autobuses. El rojo era su emblema más visible y reconocible.
Una de las páginas negras de la historia de esta compañía sucedió el 1 de mayo de 1999, cuando la OTAN bombardeó un autobús de esta compañía que realizaba el trayecto de Nis a Pristina. El vehículo fue alcanzado al menos por un misil en el puente de la localidad de Luzane, causando el impacto la trágica perdida de 46 almas, incluyendo la de 14 niños.
Al investigar en la hemeroteca, pude constatar que en aquel entonces los vehículos de la compañía ya se pintaba de color rojo. Sin embargo, su distintivo color no fue suficientemente llamativo para prevenir los "daños colaterales" de la guerra. Por un momento, llegué a pensar, antes de las pesquisas, que el rojo pudo ser adoptado después de este lamentable incidente, pero no, no fue así, la realidad fue mucho más desalentadora.
Me acerqué a la ventanilla a preguntar por los horarios a Skopje. La sonriente mujer me informó que habían dos diarios, por la mañana. En ese momento, consideré su rostro como el más bello de Serbia, a pesar de no tener una simetría facial que se considerase canon de belleza de nuestra época. Realmente, un rostro sonriente con unos ojos brillantes iluminan incluso la cara menos agraciada, otorgándole una belleza que no poseen las miradas turbias, por mucho que sus caras sean especialmente bonitas.
Uní mi mochila pequeña a la grande mediante el cierre de la cremallera de sujeción y desplegué las asas del equipaje de mayor tamaño para llevarla sobre la espalda hasta llegar al alojamiento, que estaba situado a un kilómetro de distancia. Sentía dolor en el hombro derecho al llevar la mochila como una bolsa por su asa lateral, así que tuve que utilizar mi maltrecha espalda, como mal menor, que solía evitar para no tener dolores. Por fortuna, la mochila tenía varias opciones diferentes de transportar e iba combinándolas dependiendo la situación.
El alojamiento Glorious Rooms se encontraba cerca de la Plaza del Rey Milán o, en serbio, Kralja Milana, una plaza dominada por una estatua ecuestre, que se dio a conocer en 1937 para celebrar el sexagenario aniversario de la liberación de Nis de los otomanos y dedicado a sus principales liberadores. También había una bonita y rectangular fuente que al anochecer lucía más.
Cruce el concurrido paso de cebra que conducía al paseo peatonal de Obrenoviceva y me acerqué a un portal situado a mano derecha, junto a un gran Salón de Juego. La dirección era esa, pero no encontré ninguna reseña en los botones del portero automático de la comunidad y la puerta de acceso al vestíbulo de la escalera estaba cerrado. Tuve que esperar hasta que salió un joven. Mi piso se situaba en el primer rellano rectangular. La escasa luz y los olores repulsivos y putrefactos le daban un aspecto necrófilo, cuyos imaginarios cadáveres debían ser producto de una pandemia devastadora. En resumen: El lugar invitaba a poner los pies en polvorosa. Toqué al timbre pero nadie respondió. Por lo tanto, tuve que llamar por teléfono y mencionar solo dos palabras para que la conversación cogiera un sentido: Agustín y Booking. El receptor no hablaba ni una palabra de inglés, pero podría entender lo que significaba los vocablos Agustín y Booking en el contexto de su negocio. Y así fue, a los cinco minutos, apareció un hombre amable y educado.
La minúscula y sencilla habitación estaba limpia. Había dos baños y una pequeña cocina de uso común. La ventana de apertura oscilante daba a un patio interior con montículos de residuos. Por lo visto, algunos vecinos del bloque les resultaba mucho más práctico arrojar la basura por la ventana en lugar de usar el cubo de su casa. Sin embargo, lo peor estaba por venir, por la noche, pero eso lo relataré más adelante.
El Glorious Rooms me costó 18 euros la noche.
Importante: Es recomendable evitar alojarse en la habitación que da al patio interior a menos que el ruido no represente una molestia para el huésped.
En una calle peatonal adoquinada muy similar a la famosa calle de Stari Grad en Belgrado,Shadarska, repleta de restaurantes, comí en la terraza de Kog Pajjka kafaba. Disfruté una parillada vegetal (360DRS) ,una ensalada griega (400DRS) y una cerveza. Sabrosísimo todo.
Tras la batalla de Cegar, donde los serbios independentistas perdieron contra los otomanos. Y tras la victoria turca, estos últimos decidieron construir una torre cuadrangular incrustando 956 calaveras de los serbios caídos en la batalla en el camino a Estambul, a las afueras de la ciudad. Era una advertencia y recordatorio para otros insurrectos. Con el tiempo, se fue deteriorando hasta que las autoridades serbias decidieron preservarla, construyendo una capilla para honrar a sus héroes.

Desde el centro de Nis hasta la Torre de las Calaveras hay aproximadamente tres kilómetros. Se puede llegar en transporte público, pero yo decidí caminar.
El parque que albergaba la capilla tenía todas sus puertas cerradas excepto una, junto a una esplanada donde se ubicaba un pequeño edificio donde vendían los billetes de entrada (300DRS).

La sencilla capilla de color amarillo pastel albergaba la deteriorada torre rectangular, donde la mayoría de calaveras ya no estaban. A pesar de ello, pude hacerme una idea del impacto que debió causar en la población, sobre todo, los de origen serbio, al ver las calaveras ocupando todo el espacio del paralelepípedo recto, con una altura de 4,5 m y 4 de base.
Fui caminando hasta el Parque memorial Bubanj. Desde la Torre de las Calaveras que había una distancia de cinco kilómetros. El Google Map me dirigió a través de una urbanización de casitas en la ladera de la ciudad. Un chaval me abordó y preguntó la hora. Cuando se dio cuenta que era extranjero, mostró interés en mi viaje y empezamos a hablar durante un rato, hasta que nuestros caminos se separaron en un cruce. Trató de persuadirme para que no fuer al monumentos a los caídos, argumentando que era un lugar poco atractivo. El joven se llamaba Aleksandr y, al saber de mi origen, me comentó que tenía dos amigos que vivían en la península ibérica, uno en el sur, en Jaén, y otro en el noreste, en Barcelona, y que estaban muy contentos con sus vidas allí. Curiosamente, no hablamos de fútbol, un recurso tan común entre desconocidos.
Llegué a la ultima calle de la urbanización, perpendicular a mí posición y con una pendiente pronunciada. Mi geolocalizador me indicaba un sendero a través de un área boscosa, así que entré vacilante a él. El día luminoso estaba terminando y no quería pasar las últimas horas perdido en un bosque con infinidad de senderos y pistas. Por lo tanto, me dije para mis adentros que si en cien metros no encontraba el parque volví a la urbanización. Era un camino trillado, viendo la basura que se esparcía por sus flancos. Después de unos quince minutos, llegué a una inmensa pradera donde se alzaban tres grandes monolitos con forma de puño de líneas rectilíneas. Varias familias paseaban y un grupo de jóvenes cantaban y tocaban sus instrumentos musicales. Una estrecha pista conducía al primer monumento, dejando el claro, que se erigió en la zona boscosa de la cima de la colina: una pequeña pirámide aplanada por la parte superior y con una estrella comunista coronándola. Un insignificante monumento que probablemente estuviera cargado de un simbolismo emocional importante para las familias que perdieron algún ser amado en este lugar.

Todos los monumentos mostraban simbólicamente los horrores vívidos allí, fusilamientos y combates en la segunda guerra mundial. Desafortunadamente, estos actos no evitaron que la historia se repitiera unos cincuenta años más tarde con la guerra de los Balcanes.

Bajé por unas interminables escalinatas hasta llegar a la carretera comarcal a través del acceso principal.
La entrada a Nis no se hizo muy pesada, caminando por una acera que seguía de cerca la carretera a lo largo de dos kilómetros. Me senté en uno de los bancos de una plaza dominada por una estatua ecuestre, donde el caballo estaba encabritado. Supuse que representaba a algún héroe serbio por sus atuendos belicistas. No me apetecía buscar en Google Map quién era exactamente, solo deseaba descansar y observar a la gente pasar, mientras la luz natural se desvanecía y cogía el relevo las luces de neón, fluorescentes, Leds y las bombillas incandescentes de la ciudad.

En el bulevar Obrenoviceva, unas luces psicodélicas se reflejaban en el suelo, captaron mi atención, anunciaba un restaurante chino ubicado en la primera planta. Eran alrededor de las ocho de la tarde, así que me pareció una buena opción para saciar mi apetito después del largo paseo de diez kilómetros. Subí los peldaños de la escalera y me senté en una de las mesas.
Comí pescado frito y me tomé una Coca Cola Zero por 970 DRS.
Por fortuna, esa primera noche no fui víctima del Salón Recreativo; el cansancio venció a la música constante e incansable que resonaba, como una mosca cojonera, durante toda la noche, filtrándose por el patio interior. Era vergonzoso que el ayuntamiento de Nis ,el Gobierno de Serbia o quién tuviera las competencias no hicieran algo al respecto. Al fin y al cabo, yo solo pasaría dos noches; pero para todas las personas que vivían en ese bloque, deberían ser un tormento para dormir. Permanecer en estado de duermevela constante. Además, no parecía que esos locales tuvieran mucha clientela ni que fueran muy rentables, a pesar de ser numerosos en cada localidad, casi como panaderías. Maliciosamente, pasó por mi mente la idea que podrían ser tapaderas para el blanqueo de dinero de las mafias del este, tal como había leído por internet, eso sí, a plena vista de todos.