Tal como indicaba el pronóstico del tiempo, la mañana amaneció nublada y toda la jornada permanecería así, si bien no se preveía lluvia. La temperatura era agradable, en torno a los 18 grados. Aunque las panorámicas aparecerían algo mermadas por las nubes bajas sobre los picos, no estaba del todo mal para hacer una ruta de senderismo.

Como la caminata que teníamos prevista no era demasiado larga, después de desayunar en el hotel, decidimos ir primero hasta Buyera para ver el cercado de las osas y así adelantar ese tramo de la Senda del Oso que recorreríamos al día siguiente. Eso lo contaré en su etapa para no desperdigar la información.

RUTA SENDERISTA DEL DESFILADERO DE LAS XANAS.
Tras ver las oseras, nos dirigimos con el coche hasta el aparcamiento de la ruta, que se encuentra a unos tres kilómetros de Proaza (carretera A-228 en dirección a Trubia), en el Área Recreativa de las Xanas. Nosotros no tuvimos ningún problema para aparcar, pero el sitio no es muy grande y en días de máxima afluencia supongo que será preciso madrugar.
Ubicación del parking de ruta en Google Maps e itinerario desde Proaza.



Allí nos encontramos con un bar (estaba cerrado) y varios carteles informativos sobre las dos rutas que parten desde allí: la del desfiladero de las Xanas y la Senda de Valdolayes, que se puede unir con la del Desfiladero de las Xanas para formar una ruta circular, cuya distancia y duración sería similar a la ida y vuelta por el desfiladero (un poco más duro, quizás), pero no nos convenció porque tenía varios tramos por carretera, algo que evitamos en lo posible.
Datos de la ruta.
Longitud: 3,9 kilómetros (solo ida)
Duración: hora y media (solo ida)
Dificultad: Baja.
Tipo de ruta: lineal (ida y vuelta por el mismo sitio)
Desnivel: 320 metros

Nuestra ruta.
Los datos coincidieron más o menos con los oficiales, así que no los voy a repetir. La ruta comienza siguiendo la flecha de un cartel que conduce hasta la carretera AS-360, por cuyo arcén hay que caminar una distancia de unos quinientos metros, pero que se vuelve bastante incómoda porque la cuesta es considerable. Al cabo de unos minutos se alcanza un pequeño claro (a veces aparcan coches allí, evitando esta subida, pero el sitio apenas da para un par de vehículos y, además, ignoro si incluso no estará prohibido estacionar allí), donde hay un panel informativo, en el que comprobamos que nuestra ruta seguía por un sendero que asciende hacia la derecha.

Rápidamente ganamos altura y, tras pasar unas rocas, nos encontramos con unas vistas preciosas a nuestra espalda, hacia el valle. La visibilidad no era mala in situ, pero si que afectaba a las fotografías, que salieron algo insulsas y oscuras. Por delante, empezaban a asomar los enormes paredones que tendríamos que cruzar a continuación. Mientras, a nuestros pies se había abierto un gran vacío, al fondo del cual discurría el río, formando algunas cascadas que lucían muy bellas, incluso en la distancia.

A nuestro alrededor, el gris de las rocas quedaba matizado por una espesa vegetación, en la que destacaban los diferentes tonos verdes de un mar de avellanos, robles, castaños y fresnos. A la foto de postal le faltaba el azul del cielo, pero quizás la que obtuvimos, emborronada en los latos por la neblina, resulte más auténtica, teniendo en cuenta el lugar donde nos hallábamos.



Según habíamos leído en el panel informativo, este desfiladero debe su nombre a las Xanas, unas ninfas de agua dulce de pequeña estatura, de gran belleza y largos cabellos, que viven en cuevas, fuentes y las riberas de los ríos. Según cuenta la leyenda, estos personajes dejan sus escondites durante la noche de San Juan, ofreciendo grandes riquezas a quienes les ayuden a romper su encantamiento.


En este paraje, donde se unen los Concejos de San Adriano, Quirós y Proaza, la acción erosiva sobre la montaña calcárea del arroyo de las Xanas (también conocido como Viescas) en su descenso hacia el río Trubia ha excavado un profundo desfiladero, que tiene unos dos kilómetros de longitud y alcanza una caida de hasta 500 metros.

A mediados del siglo pasado se quiso construir una carretera para comunicar núcleos aislados de población (Dosango, Pedroveya y La Rebollá) con el valle del Trubia, para lo cual se talló un camino en la roca e incluso se hicieron algunos túneles. Nunca se concluyó y quedó únicamente la senda por la que ahora discurre una ruta de senderismo que se ha hecho muy popular. Hay quien la considera una hermana menor de la del Cares, aunque de menor lo único que tiene es el número de kilómetros y la gente que la recorre, porque en belleza no le va a la zaga ni mucho menos.


En el sendero no faltan las piedras y tampoco es que sea muy ancho, pero sí lo suficiente para caminar con seguridad, sin que resulte necesario, por lo general, ayudarse con las cuerdas (nuevecitas, por cierto) ancladas a las paredes de roca. Prestando atención y con la debida sensatez (vimos a una pareja saltando al lado del abismo para hacerse un selfie), no tiene por qué haber ningún tipo de problemas, al menos en días con una climatología aceptable, sin lluvia intensa ni niebla. Eso sí, hay que llevar calzado adecuado y extremar la vigilancia si se va con niños pequeños (mejor evitarlo).

Nos encontramos también con varios rebaños de cabras, algunas muy bien educadas, que se apartaban a un lado del sendero para permitirnos el paso (literal,
). Otras, no tanto, pero hay que respetarlas siempre: ellas tienen preferencia, están en su entorno y nosotros no.



Superamos la zona del desfiladero, la más espectacular en cuanto al paisaje por la presencia de los enormes roquedales que caen a plomo sobre la fina línea azul del agua, muy al fondo, alcanzamos el bosque y el lecho del río, al que es posible acercarse en algunos puntos para contemplar algunos bonitos saltos de agua. Por esta parte había barro y tuvimos que movernos con cuidado.




El tramo final, tras cruzar el puente de madera, se nos hizo un poco pesado por la pendiente (para arriba, para abajo y para arriba otra vez) hasta llegar hasta la Iglesia de San Antonio de Pedroveya. Llevábamos un track en el que, supuestamente, hay un camino para salvar el río sin dar esa vuelta, pero si existe (no viene en la ruta oficial), no lo supimos encontrar. Nos llamó la atención encontrar un cartel en medio del bosque que anunciaba “restaurante en Pedroveya”. Era un aliciente, desde luego.

La ermita de San Antonio se encuentra en un alto, desde el que se domina un bonito panorama, si bien ese día estaba un poco desdibujado por las nubes bajas. También podíamos distinguir las coloridas casas de Pedroveya, a un kilómetro más o menos. Eran las dos y algo, hora ideal para comer. Naturalmente, nos apetecía probar la tan alabada “Casa Generosa”, aunque no sabíamos si encontraríamos sitio, ya que no habíamos hecho reserva previa, algo imprescindible en días de máxima afluencia, lo que, pese a estar ya a principios de julio, no era el caso, ciertamente.

Muy chulo el entorno y la casa tradicional donde se encuentra el restaurante, que estaba muy concurrido. En la parte exterior hay varios bonitos horreos (paneras), muy adornados y donde hay mesas que se ocupan en verano, cuando la afluencia lo aconseja y las condiciones meteorologicas lo permiten.


Nos acomodaron en el primer piso (solo tuvimos que esperar unos diez minutos), donde pudimos contemplar las fotos de algunos personajes conocidos que han pasado por allí. El menú (comida tradicional asturiana) consta de un entrante, un principal y un postre, con tres opciones a escoger. Nos decantamos por la fabada (estaba de muerte) y el pote (muy rico también). Nos dejaron los pucheros para que nos sirviésemos a nuestro albedrío. De segundo, tomamos guiso de ternera (nos gustó menos) y de postre, brazo de gitano (me encantó). Creo recordar que costó 18 euros por cabeza, incluyendo café. Ni que decir tiene, dado su nombre, que las cantidades son muy “generosas”. Merece la pena visitar este restaurante y no ya tanto por las cantidades (a nosotros no nos va demasiado lo de “reventar”), sino porque la comida, los guisos en particular, está realmente buena.

Ya solo quedaba volver al coche por el mismo camino de la ida. Muy chula esta ruta, con la ventaja también de que no es difícil ni tampoco muy dura y ocupa solamente media jornada. Además, el paraje es tan bonito como espectacular.


BANDUXU (BANDUJO).
Regresamos al coche sobre las cinco y media. Como no teníamos nada previsto para por la tarde y el tiempo, aunque no se preveía lluvia, tampoco estaba para lanzar cohetes, así que, siguiendo el consejo que nos habían dado en el hotel, decidimos acercarnos al pueblecito de Banduxu (Bandujo), que, pese a estar en una zona asturiana muy visitada, es muy poco conocido por los turistas. Pertenece al Concejo de Proaza y, aunque dista solo unos diez kilómetros desde su capital, se tarda más de veinte minutos en llegar, a través de una carretera (AS-228) estrecha y llena de curvas.
Itinerario desde Proaza a Bandujo en Google Maps.


Ni que decir tiene que el paisaje es estupendo, aunque no pudimos disfrutar de los bellos panoramas en todo su esplendor por culpa de la neblina. No obstante, nos detuvimos en el Mirador de Proacina a echar un vistazo. La visibilidad no era la mejor, pero se apreciaba muy bien la cuenca del río Trubia, alguno de sus pueblos y la Senda del Oso.

Luego, supimos que también es posible acceder a pie desde la propia Senda del Oso por el camino tradicional utilizado desde tiempos remotos por sus habitantes, con una longitud de tres kilómetros y 300 metros de desnivel.

A Banduxu no se puede entrar con coche particular y hay que dejarlo en un pequeño aparcamiento público que hay a un lado de la carretera, que muere allí. No tuvimos problemas, ya que solo había otro vehículo. El interés de esta aldea reside en que ha sabido mantener su esencia tradicional y cuenta con un buen número de hórreos (mi marido insiste en que son paneras) en perfecto estado de conservación. En 2009 fue declarado Bien de Interés Cultural.


Este pueblo de montaña, de apenas 50 habitantes, se encuentra aposentado en un alto, en un entorno fantástico, entre castaños, prados y peñas, con unas vistas estupendas. Los vecinos viven en casas más modernas, dejando una separación con las tradicionales.



Se puede dar un paseo muy agradable contemplando las antiguas casas, los lavaderos, la iglesia, el molino…




Sin embargo, lo que llama inevitablemente la atención es su torre medieval, construcción defensiva circular de 12 metros de altura que data del siglo XV y se encuentra perfectamente conservada.



Hay que subir y bajar alguna que otra cuesta, pero merece la pena si se ha llegado hasta allí. La excursión lleva tiempo, así que habrá que calcular si interesa desplazarse. Aunque se encuentra en un lugar muy bonito y el pueblo es digno de ver si se está por la zona, tampoco me pareció imprescindible.



Para finalizar la jornada, nos dirigimos hacia Teverga, donde estaba nuestro alojamiento para las dos noches siguientes.