CASTILLOS DEL RIN(3ª PARTE)
Desde Lahnstein nos dirigimos hacia la cercana Koblenz, o Coblenza, de magnífico pasado romano y donde numerosas civilizaciones han dejado su huella: Los Merovingios, los emperadores de la casa Habsburgo, Napoleón… Todos se sentían atraídos por este mágico rincón.
Es en Koblenz donde confluyen dos famosos ríos, el Rin y el Mosela formando uno de los rincones más famosos de Alemania: La Deutsches Eck. Esta esquina con forma de proa de barco está regida por la orgullosa estatua ecuestre del Emperador Guillermo I.

Desde esta animada esquina podemos observar la enorme Fortaleza Ehrenbreitstein actualmente en rehabilitación. Esta gigantesca mole de piedra lleva más de mil años vigilando este rincón y aunque estuvo en manos francesas no será hasta la llegada de los prusianos en 1799 cuando adquiera su imponente imagen actual.

Por desgracia la visita no fue todo lo interesante que prometía, esa enorme mole gris llena de laberintos apenas ofrecía algo más que ver. Debido a esa restauración, su museo y la mayoría de sus salas, se hallaban cerradas, aunque las vistas de la confluencia de ambos ríos, el Padre Rin y la Madre Mosela, bien merecían la pena. Desde allí arriba todo se ve magnífico, y el mirador es enorme contando también con una amplia cafetería y numerosos asientos desde donde disfrutar de la perspectiva.

Tomando como punto de partida su famosa Deutsches Eck recorrimos las animadas calles del casco antiguo muy cercano a ella. Nuestra primera parada fue en las basílicas románicas de St. Florin y St. Kastor. La de St Florín, construida sobre el año 1100 cuenta con tres naves de estilo románico y un coro gótico de 1350. Su interior resulta sobrio y sobrecogedor a la vez debido a sus impresionantes medidas: 55 m de largo y 15 m de alto.

La de St. Kastor fue consagrada en el año 836 siendo entonces de una sola nave remodelándose con el tiempo en varias ocasiones. Junto con la de St. Florín fue una de las primeras iglesias en contar con dos torres en su fachada. Su interior cuenta con interesantes piezas sepulcrales y pinturas y retablos del siglo XVIII.

Muy cerca de allí se encuentra la antigua encomienda de la caballería teutónica o Deuschherrenhaus hoy transformada en museo de arte contemporáneo donde destacan especialmente la colección francesa. Actualmente, de la antigua encomienda solo sobrevive lo que era el edificio administrativo. Los jardines que rodean el edificio son una delicia para la vista y la posibilidad de tomarse un descanso en el camino.
Agotados nos dirigimos hacia la Plaza de la Moneda donde nos sentamos a comer en uno de esos bulliciosos restaurantes alemanes. Sin muchas ganas de variar nos decidimos por el plato más clásico de la gastronomía alemana, su delicioso "schnitzel" o cerdo empanado. Allí nos encontramos con una de las típicas estatuas en bronce que pueblan esta zona y que demuestran que los alemanes también tienen sentido del humor. Viendo la foto no sabemos quién está engañando a quién, si es la pícara vendedora del mercado o el astuto policía intentando sacar su parte de la venta.

Desde allí retomamos nuestro paseo visitando la Iglesia tardorrománica de Liebfranenkirche o de Nuestra Señora, de planta basilical. Concebida en el siglo XII, con el tiempo se le fueron agregando detalles como el coro gótico en el año 1404 y las torres bulbosas barrocas en 1693. Si bien su exterior era muy austero nos gustaron las delicadas vidrieras de su altar mayor.

Nuestro vagabundeo relajado nos llevó también a Jesuiten-platz donde encontramos un punto de información turística en las que nos facilitaron muy amablemente planos e información sobre la ciudad. Allí se encuentra el ayuntamiento que en su origen fue un convento de jesuitas construido en 1582 y que ha servido a la ciudad como casa consistorial desde 1985. Casi pegada, la iglesia Jesuitenkirche de 1613. La placita rebosaba serenidad y hacía que te apeteciese sentarte un rato al cálido sol de las primeras horas de la tarde.

El tiempo, como siempre, se nos echaba encima y aún había muchas cosas pendientes por ver. Un último vistazo a la plaza Görresplatz donde una curiosa columna de diez metros de altura llamada “de la historia” donde se intenta resumir distintos aspectos de la historia de la ciudad. Justo debajo el parking donde esperaba nuestro coche para llevarnos hasta nuestra nueva parada: el castillo de Stolzenfels

Al llegar a la pequeña población que se encuentra justo debajo dejamos el vehículo aparcado y decidimos subir andando. Un cartel al comienzo del camino anunciaba que el castillo se encontraba en plena rehabilitación y que no podría ser visitado hasta la primavera del 2011. Aún así decidimos subir. El paseo fue largo, una gran cuesta y multitud de curvas cerradas… pero mereció la pena sin duda. De camino descubrimos una hermosa ermita de cementerio bien cuidado, a escasos metros un magnífico puente, hermosas cascadas de agua y finalmente los torreones de entrada al castillo, y poco más allá la impresionante fortaleza.



Este castillo fue erigido en el siglo XIII con torre fronteriza y aduana por el arzobispo de Tréveris, Arnold von Isenburg. En 1689 fue destruido por los franceses durante las guerras de sucesión palatina quedando en total ruina. Los ciudadanos de Koblenz viendo que no podían sufragar los gastos de mantenimiento se lo regalaron al rey Federico Guillermo IV cuando aún era príncipe heredero. En 1839 comenzaron su restauración convirtiéndolo en residencia de verano al más puro estilo neogótico. Cuando lo ves desde lejos llama especialmente la atención ese color extraño, amarillo oscuro, que destaca entre el verde paisaje.

Resumiendo, el paisaje boscoso, la pequeña ermita, el viejo puente, todo, absolutamente todo de cuento de hadas Si, cierto, no pudimos entrar, pero las vistas del lugar y lo impactante del valle a nuestros pies mereció la pena sin lugar a duda. Allí nos dedicamos a descansar un buen rato sumidos en el deleite del silencio solo roto por las aves del lugar hasta que comenzó a llover y tuvimos que retomar el camino de bajada con cierta ligereza... pero la misma frondosidad del bosque nos protegió de empaparnos hasta la médula.

Retomamos camino, esta vez en dirección a Spay, un pequeño pueblecito donde hicimos un alto en la iglesia de San Pedro para visitar unos frescos del siglo XIV. Tras nuestro pequeño alto seguimos camino hacia la siguiente población, Rhens. En Rhens disfrutamos de la iglesia románica de San Dionisio, de interior barroco pero que aún conserva algunos frescos de épocas anteriores y que podéis ver abajo.

Nos llamó poderosamente la atención, al igual que en otros pueblos de la zona, el cementerio que se encuentra siempre alrededor de la iglesia, abierto plenamente y muy cuidado. Siguiendo nuestro caminar nos adentramos en imágenes más alegres como son sus magníficas casas de entramado, los restos de sus murallas y la Torre Scharfer aún en pié y dedicada a exposiciones. Este encantador pueblecito tiene una pequeña placita con hermosas casas de entramado. Por supuesto, inevitable una paradita para tomar un café en una de las terrazas. Seguro que los muy cafeteros me entienden perfectamente

Por último, siguiendo nuestra ruta por la orilla izquierda del Rhin, nos dirigimos a Boppard, magnífica ciudad con más de 2000 años de historia, de antepasados celtas, romanos y francos. Nuestra primera parada fue su magnífico mirador que da al mayor meandro del río y que nos ofrece unas vistas espectaculares. Esta magnífica vista sobre el romántico Valle del Rhin fue la inspiración del gran poeta Johann Baptist Berger que vivió en Boppard entre 1833 y 1888, y cuyo seudónimo literario era Gedeon Von der Heide. En su memoria este lugar recibió el nombre del Rincón de Gedeon o Gedeonseck.
Una vez en el pueblo hicimos un alto en la iglesia de San Severo en la Marktplatz que nos sorprendió con sus frescos del siglo XIII. Esta iglesia tiene guardada una pila bautismal paleocristiana de la segunda mitad del siglo V y que no os podéis perder.


También destaca otra iglesia de la edad media, la Iglesia del Carmen con un magnífico coro tallado del siglo XV. El casco histórico es impresionante, renovado durante el siglo XIX pero en el que han sabido respetar el sabor de su pasado. Son numerosos los palacetes y hermosas viviendas burguesas y algunos hoteles que dan fe de la popularidad de la que ya gozaba en la antigüedad. Sus restos de murallas, que abarcan el centro urbano, sus callejones pintorescos y sus casas entramadas junto al Rhin nos hablan de romanticismo decadente al que muchos pintores dieron vida en sus cuadros.
Muy cerca de la Iglesia de San Severo se encuentra el Castillo del Príncipe Elector que hoy es usado de museo donde se recogen numerosas piezas del pasado románico y medieval de la ciudad así como hermosas piezas de madera doblada cuyo creador Michael Thonet nació en Boppard. Aunque os suene extraño es el culpable de aquellas antiguas sillas de café cuyo espaldar de madera curvada era tan cómodo. Thonet fue el inventor de esta madera curvada usando técnicas donde mezclaba el vapor y la presión sobre ella.

Para terminar un último paseo por los restos de las murallas romanas de la ciudad antes de regresar a nuestra pensión, ya que casi la consideramos nuestra casa, por el lado opuesto del Rhin, hicimos un último alto en St. Goar para tomar el transbordador y cruzamos el río hasta nuestro St. Goarshausen donde tras comprar unos kebabs nos fuimos a nuestra habitación para disfrutar de una tranquila cena degustando los vinos que tan amablemente nos había regalado Herr Herrmann.
Próxima parada: Desde St. Goar hasta Bingen y final de trayecto.