Amanecer en esta habitación es todo un lujo. La luz del sol tiene un dulce tono dorado y la bruma pone una nota suave en el paisaje difuminando casas y montañas. No sé si en invierno esa niebla le dará a todo un toque tenebroso, pero en verano consigue que lo que vemos parezca pintado, como en un cuadro, lo que le da un aire romántico y tranquilo.
Bajamos a la terraza del restaurante a desayunar y el desayuno es tan espectacular como la cena, menos el café, qué le vamos a hacer.
La mañana íbamos a dedicarla al Castillo de Bran, que está muy cerca de la ciudad. Tras haber llegado la noche anterior, a la luz del día descubrimos lo grandes que son las casas por aquí, todas independientes, con su minigranja, su pequeño huerto y el heno, dispuesto de forma de lo más fotogénica para su secado. Nos llamó mucho la atención la ¿tumba? que tiene nuestra vecina ¡en el jardín!, luego vimos alguna más en otras casas o en la carretera ¿simples recordatorios o tumbas reales? no sabemos.
La llegada al Castillo nos ratifica la sensación de lo animada que es Bran, toda llena de turistas. Aparcamos cerca y entre restaurantes y bullicio nos acercamos a la puerta. ¡Cuántos puestecillos! ¡y todos con cosas de las tiendas de chinos! ni un draculín de peluche, ni un osito… nada, bagatelas y más bagatelas, entre montones de tazas de dráculas amenazantes y alguna que otra curiosidad. Sólo se salvan las gitanillas vendiendo frutas del bosque en pequeñas cestitas de mimbre y la propia gente.
Bajamos a la terraza del restaurante a desayunar y el desayuno es tan espectacular como la cena, menos el café, qué le vamos a hacer.
La mañana íbamos a dedicarla al Castillo de Bran, que está muy cerca de la ciudad. Tras haber llegado la noche anterior, a la luz del día descubrimos lo grandes que son las casas por aquí, todas independientes, con su minigranja, su pequeño huerto y el heno, dispuesto de forma de lo más fotogénica para su secado. Nos llamó mucho la atención la ¿tumba? que tiene nuestra vecina ¡en el jardín!, luego vimos alguna más en otras casas o en la carretera ¿simples recordatorios o tumbas reales? no sabemos.
La llegada al Castillo nos ratifica la sensación de lo animada que es Bran, toda llena de turistas. Aparcamos cerca y entre restaurantes y bullicio nos acercamos a la puerta. ¡Cuántos puestecillos! ¡y todos con cosas de las tiendas de chinos! ni un draculín de peluche, ni un osito… nada, bagatelas y más bagatelas, entre montones de tazas de dráculas amenazantes y alguna que otra curiosidad. Sólo se salvan las gitanillas vendiendo frutas del bosque en pequeñas cestitas de mimbre y la propia gente.

El Castillo de cerca resulta casi amable, es muy blanco y aunque está en lo alto de una colina, tiene otra colina más alta detrás, lo que hace que no parezca precisamente inexpugnable. La entrada, justo al empezar a subir, marcada por un arco de madera bellamente tallada, da paso a un bonito jardín, muy cuidado y muy verde, como todo en este país. Por la subida vemos algunas cruces con extrañas inscripciones que parecen puestas para que los turistas nos hagamos las fotos en el Castillo de Drácula. La puerta de entrada del castillo, justo en lo alto y con la torre al lado, es lo único que parece imponente.


El interior tiene una decoración sencilla, resaltando el blanco de las paredes y algunas piezas bonitas, sobre todo las puertas talladas en madera y las estufas de cerámica. El castillo fue habitado por distintos voivodas de la región (nunca por Vlad Tepes) y reconstruído por la reciente monarquía rumana en los años 20. Las fotos de los reyes, especialmente la reina María, parecen sacadas de una película de Rodolfo Valentino y el aire que le dan los divanes y las tapicerías, hacen aumentar esa sensación.
El gran patio interior, que permite apreciar la estructura de madera del edificio, resulta muy alegre. Las vistas desde arriba son preciosas, de todas las montañas, el valle y el pueblo.
Algunas parejas de muchachos góticos, góticos, que evidentemente esperaban encontrar otra cosa, era lo único que ponía una nota de novela de terror en un entorno natural y agradable.
El gran patio interior, que permite apreciar la estructura de madera del edificio, resulta muy alegre. Las vistas desde arriba son preciosas, de todas las montañas, el valle y el pueblo.
Algunas parejas de muchachos góticos, góticos, que evidentemente esperaban encontrar otra cosa, era lo único que ponía una nota de novela de terror en un entorno natural y agradable.


Nos vamos contentos, nos gustó mucho el Castillo y el ambiente que lo rodea, a pesar de todos los comentarios en contra.
Y nada, decididos a relajarnos después de la paliza de ayer, ponemos rumbo a un Parque Natural cercano con idea de dar un paseo en plena naturaleza
El Parque es el Piatra Craielui y entramos por Zarnesti. Seguimos las indicaciones de Camelia, la amabilísima directora (¿y dueña?) de la pensiunea y nos adentramos con el coche por una carretera (de piedras) en una zona de bosque de altísimos árboles, bordeada por un arroyo. Hay bastante gente disfrutando del día de sol y comiendo a la sombra, con un ambiente de playa en domingo relajado y relajante.
Y nada, decididos a relajarnos después de la paliza de ayer, ponemos rumbo a un Parque Natural cercano con idea de dar un paseo en plena naturaleza
El Parque es el Piatra Craielui y entramos por Zarnesti. Seguimos las indicaciones de Camelia, la amabilísima directora (¿y dueña?) de la pensiunea y nos adentramos con el coche por una carretera (de piedras) en una zona de bosque de altísimos árboles, bordeada por un arroyo. Hay bastante gente disfrutando del día de sol y comiendo a la sombra, con un ambiente de playa en domingo relajado y relajante.

Resultó ser un paseo sumamente agradable. Comimos tranquilamente dejándonos llevar por el ambiente, y luego seguimos hasta llegar a una barrera que impedía el paso de los coches. A partir de ahí, el paisaje se volvió más salvaje dando sentido a su denominación de Parque Natural: las altas paredes de un cañón estrecho, tanto que en algunos sitios casi no dejaba pasar luz del sol, creaban grandes contrastes entre luces y sombras. Por cierto, el cartel de la cabra descalabrada no tiene pérdida.

Había muchas vías marcadas con clavos y llegamos a ver algunos escaladores subiendo como arañas por la pared vertical. También se veían grupos de senderistas bastante bien preparados y dispuestos a largas caminatas, contrastando con gente paseando en chanclas y comiendo pipas.

Como final del día, decidimos acercarnos a Rasnov, con su iglesia fortificada recién reabierta.
Para tomar fuerzas para el camino nos compramos un dulce de rollito, hecho al carbón, que estaba delicioso y que sería nuestra golosina constante en todo el viaje.
La fortificación está en un lateral, algo alejado del pueblo, arriba de una alta colina. Es enorme, con más pinta de castillo que de iglesia desde luego. El festival de cine bélico organizado en la entrada, potencia esa impresión.
Para tomar fuerzas para el camino nos compramos un dulce de rollito, hecho al carbón, que estaba delicioso y que sería nuestra golosina constante en todo el viaje.
La fortificación está en un lateral, algo alejado del pueblo, arriba de una alta colina. Es enorme, con más pinta de castillo que de iglesia desde luego. El festival de cine bélico organizado en la entrada, potencia esa impresión.


Por dentro las vistas son espectaculares, apreciándose el inmenso bosque que es todo el campo transilvanio (¿cómo puede significar Transilvania más allá de los bosques?), pero la verdad es que me decepcionó un poco porque la parte sin reconstruir está muy derruida y la parte reconstruida parece demasiado de cartón piedra, con las casas preparadas para vender cosillas variadas (¡qué afán!) y las rosaledas.

De Rasnov, cayendo ya la tarde y tras un día tan bonito, directos al hotel. Los niños aún jugaron un rato en los columpios. Otra cena inolvidable y a dormir.