Tras un ligero desayuno salimos poco antes de las seis de la mañana. Era de noche y el cielo estaba despejado solo cubierto por un manto de estrellas. La tranquilidad era la nota dominante, íbamos con las linternas y al fondo íbamos viendo algunas de otros peregrinos. La experiencia de ir caminando solos y de noche por la naturaleza, por caminos bien señalizados es una gozada. El día anterior ya nos habían avisado de que esta etapa era quizás la más dura que quedaba, como realmente comprobamos. Nosotros temíamos la subida pero la dificultad estaba en la pronunciada baja y el calor sofocante casi al final de la etapa. Ya estaba amaneciendo cuando empezábamos a subir las primeras cuestas hacia Foncebadon, las cuestas son continuas y en algunos casos un poco mas empinada pero es una subida no muy difícil.
Además conforme vas ascendiendo las vistas que vas dejando atrás son impresionantes, con la silueta del sol escalando poco a poco. Al llegar a Foncebadón, una pequeña población nos detuvimos a comer un plátano y un zumo en un área de descanso con unas vistas inmejorables justo antes de entrar al pueblo. Este pueblo tiene algún albergue y poco más. A la entrada tiene la famosa taberna Gaia, un lugar muy pintoresco. Una vez atravesado el pueblo tiene s que seguir subiendo un poco más hasta llegar a la Cruz de Ferro.
Esta famosa cruz está rodeada de un montículo de piedras y objetos varios. Y está situada a casi 1500mts de altura. La gente dejaba cosas en la Cruz como símbolo de lo que significa para ellos el camino o simplemente para dejar constancia de que han pasado por allí. Nosotros dejamos una pequeña piedra con una inscripción significativa para nosotros.
Algunas personas dejaban recuerdos de una persona querida o un familiar que no había podido hacer el camino, o que tenía alguna enfermedad o que había fallecido. Cerca de la cruz hay una pequeña ermita y un área de descanso muy agradable para tomarse un respiro después de la subida.
Cuando estás en este punto piensas que lo peor ha acabado ya y ese fue nuestro mayor error, quedaba la larga y dura bajada hasta Molinaseca. Antes pasamos por Manjarin del que solo queda un humilde albergue, sin ducha ni WC donde sus regentes van vestidos de Templarios y te dan bebida y algo de comer gratis solo por la voluntad, un lugar pintoresco donde llama la atención un cartel con las distancias a varias ciudades del mundo.
Después continuamos descendiendo por una bajada cada vez más exigente hasta llegar al Acebo, un bonito pueblo de piedra donde casi todo el mundo paraba para reponer fuerzas. El descanso nos vino muy bien ya que íbamos un poco cansados, pero al volver a reiniciar la marcha siempre te cuesta algo. En esta parte de la etapa nos cruzamos con muchos más peregrinos que en la etapa anterior. El descenso hasta Molinaseca es muy pedregoso y encima el calor estaba apretando, para nosotros al ser el segundo día y con las condiciones que había se nos hizo de los más duro del camino.
Cuando por fin vimos el pueblo a lo lejos nos dio una gran alegría, primero pasas una bonita iglesia que dejas a la derecha y donde te ponen el sello, cruzas el puente de piedra y tuvimos que atravesar todo el pueblo hasta llegar al albergue que habíamos reservado, el Santa Marina. Este albergue estaba genial y nos toco en la buhardilla con otros 6 peregrinos más entre ellos la pareja austriaca del día anterior. Decidimos hacer la cena comunitaria con el resto de peregrinos. Después de un descanso y un buen baño nos dirigimos hacia el pueblo, comimos algo que compramos en un pequeño super, y nos fuimos a bañarnos en el río, junto al puente de piedra. Esta parte del viaje fue sin duda de las mejores, poder bañarte en un entorno así fue fantástico, aunque el agua estaba fría.
Yo me bañé un buen rato, mientras mi novia puso sus cansados pies en una pequeña acequia donde el agua pasaba helada y donde muchos peregrinos pasaban la tarde sentado, otros tomaban el sol como en una playa. Molinaseca es sin duda una parada obligatoria para nosotros en el camino, aparte del rio, el pueblo es muy bonito y su iglesia curiosa de ver. Una vez en el albergue recogimos la ropa que dejamos secándose antes y no dimos otra reconfortable ducha antes de la cena. Casi todos los peregrinos del albergue cenamos juntos como una gran familia, italianos, polacos, americanos, austriacos, españoles, todos compartiendo nuestras experiencias. Estos momentos que compartes con los demás hacen especial el camino. La cena estuvo muy bien, ensalada, lentejas, macarrones y postre todo pudiendo repetir y buenísimo. Durante la cena charlamos con el resto de la mesa, especialmente con un peregrino italiano que había empezado el camino en Italia y llevaba casi tres meses de camino y hacía unos 40 km diarios y eso que el hombre no tenía 20 años. Este día nos acostamos todos muy temprano, la etapa había sido dura y había que descansar, esta noche si dormimos casi desde que caímos en la cama.

Además conforme vas ascendiendo las vistas que vas dejando atrás son impresionantes, con la silueta del sol escalando poco a poco. Al llegar a Foncebadón, una pequeña población nos detuvimos a comer un plátano y un zumo en un área de descanso con unas vistas inmejorables justo antes de entrar al pueblo. Este pueblo tiene algún albergue y poco más. A la entrada tiene la famosa taberna Gaia, un lugar muy pintoresco. Una vez atravesado el pueblo tiene s que seguir subiendo un poco más hasta llegar a la Cruz de Ferro.

Esta famosa cruz está rodeada de un montículo de piedras y objetos varios. Y está situada a casi 1500mts de altura. La gente dejaba cosas en la Cruz como símbolo de lo que significa para ellos el camino o simplemente para dejar constancia de que han pasado por allí. Nosotros dejamos una pequeña piedra con una inscripción significativa para nosotros.

Algunas personas dejaban recuerdos de una persona querida o un familiar que no había podido hacer el camino, o que tenía alguna enfermedad o que había fallecido. Cerca de la cruz hay una pequeña ermita y un área de descanso muy agradable para tomarse un respiro después de la subida.
Cuando estás en este punto piensas que lo peor ha acabado ya y ese fue nuestro mayor error, quedaba la larga y dura bajada hasta Molinaseca. Antes pasamos por Manjarin del que solo queda un humilde albergue, sin ducha ni WC donde sus regentes van vestidos de Templarios y te dan bebida y algo de comer gratis solo por la voluntad, un lugar pintoresco donde llama la atención un cartel con las distancias a varias ciudades del mundo.

Después continuamos descendiendo por una bajada cada vez más exigente hasta llegar al Acebo, un bonito pueblo de piedra donde casi todo el mundo paraba para reponer fuerzas. El descanso nos vino muy bien ya que íbamos un poco cansados, pero al volver a reiniciar la marcha siempre te cuesta algo. En esta parte de la etapa nos cruzamos con muchos más peregrinos que en la etapa anterior. El descenso hasta Molinaseca es muy pedregoso y encima el calor estaba apretando, para nosotros al ser el segundo día y con las condiciones que había se nos hizo de los más duro del camino.

Cuando por fin vimos el pueblo a lo lejos nos dio una gran alegría, primero pasas una bonita iglesia que dejas a la derecha y donde te ponen el sello, cruzas el puente de piedra y tuvimos que atravesar todo el pueblo hasta llegar al albergue que habíamos reservado, el Santa Marina. Este albergue estaba genial y nos toco en la buhardilla con otros 6 peregrinos más entre ellos la pareja austriaca del día anterior. Decidimos hacer la cena comunitaria con el resto de peregrinos. Después de un descanso y un buen baño nos dirigimos hacia el pueblo, comimos algo que compramos en un pequeño super, y nos fuimos a bañarnos en el río, junto al puente de piedra. Esta parte del viaje fue sin duda de las mejores, poder bañarte en un entorno así fue fantástico, aunque el agua estaba fría.

Yo me bañé un buen rato, mientras mi novia puso sus cansados pies en una pequeña acequia donde el agua pasaba helada y donde muchos peregrinos pasaban la tarde sentado, otros tomaban el sol como en una playa. Molinaseca es sin duda una parada obligatoria para nosotros en el camino, aparte del rio, el pueblo es muy bonito y su iglesia curiosa de ver. Una vez en el albergue recogimos la ropa que dejamos secándose antes y no dimos otra reconfortable ducha antes de la cena. Casi todos los peregrinos del albergue cenamos juntos como una gran familia, italianos, polacos, americanos, austriacos, españoles, todos compartiendo nuestras experiencias. Estos momentos que compartes con los demás hacen especial el camino. La cena estuvo muy bien, ensalada, lentejas, macarrones y postre todo pudiendo repetir y buenísimo. Durante la cena charlamos con el resto de la mesa, especialmente con un peregrino italiano que había empezado el camino en Italia y llevaba casi tres meses de camino y hacía unos 40 km diarios y eso que el hombre no tenía 20 años. Este día nos acostamos todos muy temprano, la etapa había sido dura y había que descansar, esta noche si dormimos casi desde que caímos en la cama.