Click, click, click. Shappp, shappp, shappp. Es lo único que se escucha. Los objetivos de las cámaras y el respirar del cachalote que navega a menos de 50 metros del barco. Somos unas 60 personas. Abrigados hasta las orejas -que es lo primero que dejas de sentir-, navegamos a unas 8 millas del puerto de Andenes, en las islas Vesteralen. Nunca había visto una ballena y,por eso, a pesar del día helado y del cielo turbio lleno de nubes, nos encaramamos a la gélida proa del barco para encontrarnos con la primera. Vimos cuatro: la aleta redondeada, el lomo surcado por profundas arrugas, la enorme boca, la respiración... El momento más alucinante es la primera vez que las guías -tres chavalas estudiantes de biología- gritan 'diving' y entonces el animal se curva, se detiene y desciende en vertical mostrando su cola, el triángulo que queda inmortalizado en todas las cámaras a bordo. Merece la pena haber venido tan lejos y estar pasando tanto frío cuando el cachalote desaparece en las profundidades del mar de Barents. Vuelven los ruidos, las charlas de los guías, el ir y venir a bordo. Hasta la próxima ballena. ¡Whale¡ y entonces click, click, click, shappp, shappp, shappp...