El día de hoy es parecido o semejante al de ayer, no he hecho mucha cosa. Como estas tierras son vastas y amplias pues viene mucha gente conocida y desconocida. Hoy mi caso ha sido el primero y he quedado con unos amigos en Potes.
Sí, ya sé que Potes es provincia de Cantabria, pero no me apetece abrir un Diario de Cantabria. Porque sé lo que pasa, que abro uno de Cantabria y vendría el típico toca-narices: “¿Y por qué no abres uno de cada pueblo?” “Podrías abrir uno de cada bar que vas” “Podrías escribir una historia de cada paisano que te encuentras”. No. He ido a desayunar y le he pedido un café con leche al camarero y tenía pensado acompañarlo de algo de bollería que tuviera por la barra, pero se me ha adelantado y me ha dicho: “¡¿Y unas tostaditas?!” Yo me he asustado y le he dicho muy crecido: “¡Venga coño!” Pues bien, dicho lo dicho, esta mañana he encaminado mis cuatro ruedas a Potes. Que lo tengo relativamente cerca pero cuando he visto lo que tardaba en el navegador se me ha alisado el pelo de la espalda. Pero la verdad es que ha merecido la pena por el paisaje del viaje. Eso sí, todo por carreteras en las que los conductores te tocaban los pechos, te cambiaban de canción en la radio y se encendía un cigarro con tu mechero. Pueblo con casitas de piedra y muy bonito para patear. Como mañana voy a realizar la Ruta del Cares he decidido que hoy debería tener unas comidas ligeras, así que cuando los demás pedían manjares 100% colesterol y 100% grasa, yo me he decantado por un cocido lebaniego, con su carne, con su chorizo, con su morcilla, y con sus costillitas. De postre un flan de queso y para rebajar un té verde, con sacarina por supuesto. El sitio se llamaba El Cenador del Capitán, era como una especie de despensa de las casas antiguas y con aperos de antiguamente colgados en el techo. Lo recomiendo. Y ya para acabar el día hemos ido a ver una iglesia de estilo mozárabe, hecha por mozos árabes de la época: Santa María de Lebaña. Incrustada en medio de la montaña, os aseguro que yo no iba a ser de los que iban a rezar el rosario allí todos los días. Como diría el chiste, allí no va ni Dios, a no ser que le lleven en coche. Una pequeña iglesia que nos cobran 1,50 € la entrada con una breve explicación de una mujer que se veía que se la sabía de memoria y la soltaba de carrerilla. En un momento dado de la explicación alguien ha hecho una pregunta, la mujer le ha mirado raro, los ojos se le han puesto en blanco y ha empezado a echar chispas por la espalda produciéndole un cortocircuito. La mujer ponía buena intención pero el humor y ella estaban reñidos. Y ya, cada uno nos hemos ido a nuestra residencia y yo hoy a dormir prontito que mañana me espera la temida Ruta del Cares.
Nota: Os habréis dado cuenta de que no he hecho ninguna broma con Potes. Pero podría haber potado el cocido.
Sí, ya sé que Potes es provincia de Cantabria, pero no me apetece abrir un Diario de Cantabria. Porque sé lo que pasa, que abro uno de Cantabria y vendría el típico toca-narices: “¿Y por qué no abres uno de cada pueblo?” “Podrías abrir uno de cada bar que vas” “Podrías escribir una historia de cada paisano que te encuentras”. No. He ido a desayunar y le he pedido un café con leche al camarero y tenía pensado acompañarlo de algo de bollería que tuviera por la barra, pero se me ha adelantado y me ha dicho: “¡¿Y unas tostaditas?!” Yo me he asustado y le he dicho muy crecido: “¡Venga coño!” Pues bien, dicho lo dicho, esta mañana he encaminado mis cuatro ruedas a Potes. Que lo tengo relativamente cerca pero cuando he visto lo que tardaba en el navegador se me ha alisado el pelo de la espalda. Pero la verdad es que ha merecido la pena por el paisaje del viaje. Eso sí, todo por carreteras en las que los conductores te tocaban los pechos, te cambiaban de canción en la radio y se encendía un cigarro con tu mechero. Pueblo con casitas de piedra y muy bonito para patear. Como mañana voy a realizar la Ruta del Cares he decidido que hoy debería tener unas comidas ligeras, así que cuando los demás pedían manjares 100% colesterol y 100% grasa, yo me he decantado por un cocido lebaniego, con su carne, con su chorizo, con su morcilla, y con sus costillitas. De postre un flan de queso y para rebajar un té verde, con sacarina por supuesto. El sitio se llamaba El Cenador del Capitán, era como una especie de despensa de las casas antiguas y con aperos de antiguamente colgados en el techo. Lo recomiendo. Y ya para acabar el día hemos ido a ver una iglesia de estilo mozárabe, hecha por mozos árabes de la época: Santa María de Lebaña. Incrustada en medio de la montaña, os aseguro que yo no iba a ser de los que iban a rezar el rosario allí todos los días. Como diría el chiste, allí no va ni Dios, a no ser que le lleven en coche. Una pequeña iglesia que nos cobran 1,50 € la entrada con una breve explicación de una mujer que se veía que se la sabía de memoria y la soltaba de carrerilla. En un momento dado de la explicación alguien ha hecho una pregunta, la mujer le ha mirado raro, los ojos se le han puesto en blanco y ha empezado a echar chispas por la espalda produciéndole un cortocircuito. La mujer ponía buena intención pero el humor y ella estaban reñidos. Y ya, cada uno nos hemos ido a nuestra residencia y yo hoy a dormir prontito que mañana me espera la temida Ruta del Cares.
Nota: Os habréis dado cuenta de que no he hecho ninguna broma con Potes. Pero podría haber potado el cocido.