Día 14: De Castrelo a Melide
(21 .Septiembre.’14).

Me despierto a las cinco de la mañana. No consigo dormirme de nuevo y a las seis me levanto cansado de dar vueltas en la cama. Me visto en el aseo para no molestar a los que continúan durmiendo, o sea, el resto. El otro albergue, que es donde tienen algo que podría llamarse cafetería continúa cerrado y no puedo hacerme ni un café, ya me lo tomaré en la siguiente cafetería o albergue que me encuentre por el camino. Me cuelgo la mochila y empiezo a caminar. Es totalmente de noche y no hay ningún tipo de iluminación. Me coloco la linterna frontal en la cabeza. Está todo envuelto en una densa niebla. Sólo veo a unos pocos metros por delante de mí, hasta una especie de muro creado por el reflejo de la luz de mi linterna. Tengo que tener cuidado para no perderme. Pero descubro que me gusta andar así. Sólo, a través del camino, rodeado de bosque y con una niebla espesa.

Me sorprende que mientras camino me siento de forma parecida a cuando estuve haciéndolo en Mayo, y que en esta primera etapa estoy algo triste, en cuanto me doy cuenta estoy pensando en Sara. ¡Ya está bien! ¿No?, pienso, Ya van cinco meses. Noto como poco a poco la indiferencia ocupa el lugar donde estaba ella. Pero todavía queda un poco y en ocasiones es un duro lastre.

Tras unos nueve kilómetros caminando a oscuras llego al albergue de “Ponte Ferreira”. Son las 8:30 y al acercarme a la puerta y empujarla veo que está cerrado. No me gusta nada empezar el día sin un café, pero bien, me dispongo a continuar el camino pero se abren las puertas y aparece un chico. Me pregunta qué es lo que quería, yo le comento que pensaba en tomarme un café, me dice que estaba cerrado pero que un café con leche y una pasta me puede dar. Perfecto, le comento, llevo nueve kilómetros caminando y nada en el cuerpo. Un chico muy amable y un café con leche estupendo. Me lo tomo, me siento más animado.
Al salir fuera ya ha amanecido del todo y hace un buen día. Por lo visto esta etapa es casi toda también por carretera. Con algún desvío de vez en cuando por algún sendero algo más verde. Pero la carretera es estrecha y no pasan muchos coches, aunque los que pasan casi te rozan. Estoy rodeado de bosques de eucaliptos y muchos cultivos de maíz.


Uno seis km después me encuentro una cafetería donde me hago otro café con leche y escribo un rato. Poco después aparece Pedro, el peregrino que conocí ayer, y se toma algo mientras charlamos con la camarera, una chica bastante guapa.
Retomo el camino. Me quedan unos catorce kilómetros hasta Melide donde finaliza hoy la ruta.

Finalmente llegó. Han sido 30 kilómetros y noto los gemelos algo cargados pero estoy bien. He disfrutado con la ruta. En esta me he llegado a cansar un poco y llego bastante relajado. Es domingo y hay bastantes turistas y peregrinos en el pueblo. Es pequeño y bonito. La gente muy amable. Se ponen hablar contigo, te preguntan de dónde eres, son gente muy abierta. Una Sra. Mayor se empeñó en enseñarme los sellares antiguos que tiene en las paredes de su casa hecha en 1800, yo le sigo un poco la corriente porque se le ve muy feliz hablándome de los sellares.Me registro en el albergue y como en una pequeño bar un menú bastante abundante antes de darme una siesta que me sienta estupendamente.
Salgo fuera a intentar comprar algo, no caí en que hoy es Domingo y por la tarde aquí no hay nada abierto. Paseo un rato. Vuelvo al albergue y me fumo un cigarro en la puerta donde hay unos peregrinos hablando: una chica de Toledo y otro chico. Me uno a la conversación, se van acercando otros peregrinos también: Pedro, un grupo de chicas canarias… Así pasamos la tarde mientras fuera llueve abundantemente. Estoy a gusto. Cuando pasa un rato, sobre las nueve de la noche, después de cenar algo que tenía por la mochila, me acuesto en la cama y leo un rato mientras me duermo. Se escucha jaleo en la sala comedor del albergue, risas y alguien como recitando una historia… Me pienso el acercarme, pero paso, estoy cansado y tampoco estoy tan sociable.