Ese día íbamos a dedicarlo a disfrutar de las instalaciones y actividades del hotel. Fuimos por la mañana a la cabaña donde tienen el material para realizar las actividades acuáticas. Tenían mucho material para utilizar de manera gratuita: tablas de paddle surf, tablas de surf, tablas para windsurf, equipo para snorkel, canoas, kayak, patines a pedales… ¡tenían de todo! También había motos de agua y otras embarcaciones a motor, pero eso había que pagarlo, o sea que todo lo que no llevaba motor era gratis y lo que llevaba motor no.
Nosotros reservamos dos plazas en una barquita que sale cada hora y se detiene a unos 400-500 metros de la playa, para poder zambullirte y hacer snorkel. La verdad es que no vimos muchos peces, pero no estuvo mal. Al regresar, probamos algunos “artilugios náuticos” más mientras pasaba la mañana.
Después de pegarnos una comilona de pescado y marisco en el restaurante Tides, nos vamos a caminar un poco por la playa buscando alguna tienda donde comprar algunos recuerdos.
Mi mujer se pasa todo el paseo cogiendo flores de frangipani o plumería, que además de ser muy bonitas huelen muy bien:

Los jardines están llenos de estos arbustos y al estar al inicio de la primavera están en flor:

Como todos los días que estuvimos allí, las nubes vespertinas no podían faltar:


Y yo que ando con el “radar” puesto y cámara en mano, pillo a este bichito antes de que se vaya por patas:


Aunque lleva un camuflaje perfecto consigo pillarlo antes de que velozmente se zambulla en la arena.
Después de caminar un rato por la arena, llegamos a Flic en Flac, un pueblecito que se encuentra cerca del hotel. El nombre del pueblo me recuerda al anuncio de los relojes para niños (yo soy Flick, yo soy Flak, somos dos, en un reloj…)
Entramos en una tienda de souvenirs y compramos unos cuantos detalles para la familia y algún recuerdo. Regresamos al hotel con el sol bajando:

Y nos sentamos en la playa a ver nuestra última puesta de sol en Mauricio con el monte Le Morne de testigo:


El sol va bajando y los murciélagos empiezan a aparecer:


El cielo se pone de un amarillo precioso:

Y finalmente, vemos el sol bajar poco a poco y esconderse detrás del horizonte que marcan el cielo y el océano Índico:




Realmente cautivador. Si viajas a Mauricio no te quepa duda de que sus puestas de sol te enamorarán, sobretodo si os alojáis en la costa oeste como nosotros, que es donde se ve ponerse el sol hacia el océano.
Ya de noche, nos vamos a la “cena especial” que nos tenían preparada. La verdad es que estuvo muy bien. Quizá la cantidad de comida un poco escasa, pero los platos que nos sirvieron estaban muy buenos. Es un menú cerrado creado por ellos en el que puedes elegir carne o pescado. Mesa preparada al borde de la arena, algunas incluso están en la misma arena, un ambiente acogedor... todo muy bien. Era una buena despedida de nuestra estancia en Mauricio. Recordando lo vivido estas dos últimas semanas durante la cena, concluimos que estamos muy satisfechos con nuestro viaje y eso se nota en nuestras caras:
