Cuando hago un viaje de evergadura, siempre procuro combinar el arte y la arquitectura con un día o dos en la naturaleza. Entre todas las opciones que Almaty podía proporcionar, la más conveniente era la del gran lago, tanto por su cercanía como por la accesibilidad. También sopesaba el cañón Charyn, pero 600 kms entre ida y vuelta para hacer en un día, después de la paliza acumulada entre caminatas, trenes y vuelos de la última semana, se antojaba una locura suicida. Los lagos de Kolsay suponían otro tanto de lo mismo, la lejanía frustró el viaje. Así, que por descarte, la opción factible era la del lago de Almaty. Y fue un acierto.
El taxi de Yandex accedió a llevarnos a este imponente lago a más de 2500 metros de altura en un viaje que contemplaba una hora de trayecto a la ida, una hora de espera por parte del taxista y otra hora de vuelta. Una especie de tour privado que nos salió a 10 euros por cabeza (20 euros en total), una auténtica ganga que no se podía dejar pasar.

Por desgracia, las nubes se ciernen sobre el lago y comienza a llover, por lo que hemos de recortar el trayecto que pensábamos hacer junto al lago. Volvemos al coche y descendemos hacia Almaty sin la menor incidencia y con la satisfacción de haber visitado esta auténtica delicia, que aún escapa del turismo de masas. La tarde se mete en agua y tormenta y no podemos hacer mucho más en Almaty, aparte de cenar y descansar en el hotel.
