No elegí al azar a Serbia como siguiente destino cuando miré por primera vez un mapamundi los estados que un día conformaron Yugoslavia, sino porque era, de todos ellos, el que tenía un halo más misterioso para el viajero. De todos los que conformaron una vez una unidad patriótica era el que menos visitas turísticas reportaba. Tal vez influenciado por haberle dado desde occidente el papel de villano en las guerras de los Balcanes.
A pesar de ser un país europeo, no había tanta información como uno desease en las redes ni su territorio tenía una infraestructura preparada para el turismo de masas. No obstante, se puede decir, que tenía suficientes alojamientos y lugares interesantes para que la visita fuera suficientemente confortable y enriquecedora para cualquier tipo de viajero.
En cuanto a la seguridad ciudadana, mi percepción de la misma fue muy positiva. En ningún momento experimenté sensación de peligro ni percibí un entorno hostil. Eso sí, como anécdota mencionaré, que un número significativos de serbios les gustaba mucho refunfuñar antes de ofrecer su estimable ayuda. Si algún investigador, ya sea un antropólogo, psicólogo u otra persona interesada, buscara el “Origen de Refunfuñalilandia” quizás la encontraría en estas tierras. Bromas aparte, tomé estas situaciones incómodas con sentido del humor y resignación cristiana. Al fin y al cabo, muchos de esas personas, que superaban los 40, les habría tocado vivir en su juventud experiencias suficientemente duras para no tomarles en serio su estado permanente de crispación.
Traté de utilizar en la medida de lo posible el transporte público tanto fuera urbano como interurbano, además de realizar largas caminatas. Muchas ciudades serbias estaban diseñadas para acoger y mimar al peatón, e incluso algunas para atender a los ciclistas, como Belgrado. Un lugar ideal para alquilar una bicicleta y recorrer sus decenas de kilómetros de carril bici. Obviamente, alquilar un coche facilitaría mucho la movilidad y la capacidad de ver más sitios en menos tiempo. Esa elección ya dependerá de las prioridades y las posibilidades de cada uno, porque cada cual tiene su propio bagaje que nos hace ver e interactuar en el mundo de manera distinta.
Así que este diario está más enfocado a aquellas personas interesadas en viajar como mochileros, pero no como los de siglo pasado, sino con smarphone, Lonely Planet y seguro de viaje, lo que hace que el viaje resulte mucho más cómodo y tranquilo. Después de todo, uno ya no está para hacer de Indiana Jones o de Marco Polo.
En este reducido diario intentaré exponer de la mejor manera posible mi experiencia a lo largo de dos semanas de viaje. Proporcionando datos e información que podría ser útil, sobre todo, para nuevos viajeros de presupuesto bajo en estas tierras.
Sin más preámbulos circenses ni muchas más palabras pasaremos al primer capítulo de este nuevo diario que espero que resulté tan satisfactorio como haber tomado uno de los mejores cócteles del mercado. Bueno, bueno, bueno… Retiro la última frase, que se me va, y mucho.