Novo Varós, 08 de octubre de 2023
Salí aproximadamente a las once del apartamento y fui en busca de la pequeña parada de taxis, en ese momento, solo había un vehículo. Pregunté cuánto me costaría la carrera hasta Etno eco Village Vranesa. Me dijo que serían 1000 DRS por unos quince kilómetros de recorrido. Tal vez podría haber intentado negociar el precio, pero no me apetecía y no lo consideré caro.
El conductor condujo serpenteando la sinuosa carretera del valle, dejando el pantano a nuestra derecha, unos cientos de metros después, nos desvíanos a la derecha, por la carretera comarcal 194. A un par de kilómetros, nos adentramos por una pista de hormigón. Al llegar a una pradera, paró frente a la fachada del hotel y el restaurante de Etno eco Village Vranesa. Las reseñas en Google Map eran positivas. En el lugar había hasta un helipuerto. Junto al hermoso edifico principal, había pequeñas casitas con animales de granja. Todo era muy ecológico, tal como rezaba el nombre del sitio.
Pagué al taxista y se marchó. Cómo volvería era un misterio que resolvería más tarde a la manera de nuestros ancestros, aunque también había otras opciones menos radicales.
Según la información que recopilé por internet, era un pequeño paseo hasta el mirador de Vranesa nº1. Habían tres miradores más, pero su acceso no estaba tan bien señalizado, las vistas no eran muy espectaculares y el camino estaba sin desbrozar, lleno de vegetación en algunos tramos. Seguí las marcas, no tenía perdida.

Una pequeña plataforma con baranda de madera sobresalía de un pequeño saliente en la zona boscosa. Los serbios que se encontraban en ella contemplando el río me preguntaron si podía tomarles una foto con su móvil. Sus mujeres, al ver que era extranjero, preguntaron por mi viaje y mi nacionalidad. Estuvimos charlando diez minutos hasta que me quedé solo. Las vistas del cerrado meandro del río y las montañas de alrededor eran hermosas. Además, en la pared rocosa sobrevolaban a la lejanía varios buitres leonardos. Sin embargo, en comparación con los miradores cercanos a la localidad de Sjenica este era muchísimo menos espectacular. Como complemento era perfecto, pero con poco tiempo, la visita no era prioritaria teniendo la otra sección del río.
No sabía cómo iba a volver a Novo Varós y viendo lo lioso que parecía ir a los otros miradores de este sector del río y no siendo tan bonito como este, decidí regresar a pie hasta el cruce de carretera, donde se ubicaba la pequeña localidad de Kokin Brod. Tardé una hora en llegar.
Exploré la localidad sin encontrar ningún atractivo turístico o alguna curiosidad que llamara mi atención. En la salida del pueblo, pasado el cruce de la carretera 194, había una parada de autobús sin horarios, junto a un restaurante cerrado. No había nadie a quien preguntar, tan solo un perro que mendigaba caricias al cual ignoré para no ponerlo en peligro. La carretera estaba transitada, estrecha y sin arcén, y al final decidí recorrer los once kilómetros que me quedaban a pie, y solo faltaba que lo atropellaran por mi culpa. Si hubiera esperado algún autobús, tal como comprobé al pasar varios delante de mí, no hubiera sido necesario realizar aquella peligrosa caminata, o podría haberme acercado al colmado ubicado unos metros más arriba y pedir que me llamaran un taxi, pero ya me había empeñado en ir a pie. ¡Y es que tengo un veinticinco por ciento de maño!
Bajé a la playa del pantano que hacía de embarcadero. No había movimiento. Además, el cielo plomizo se había apoderado del día, que ya no acompañaba. Se había transformado en triste y melancólico. Permanecí un rato mirando el horizonte, absorto en mis pensamientos,

Los once kilómetros por la carretera se hicieron eternos, no tanto por el esfuerzo, sino por la tensión acumulada debido a la concentración que exigía cada curva cerrada, estando alerta a los vehículos que se cruzaban conmigo. Lo más peligroso eran los camiones y los autobuses, que muchas veces pasaban cerquísima de mí. Me imaginaba estrenando una lápida en un rinconcito de esa carretera, que ya tenía unas cuantas lápidas marmóreas. El paisaje era lo único bueno de esas dos horas que anduve por el asfalto. Para aumentar más el temor, los conductores serbios disfrutaban pisando el acelerador.

Dos cachorros negros y callejeros, tumbados en un pequeño terraplén, me vieron al pasar cerca de ellos, ya cerca de Novo Varós. Me siguieron, lloriqueando, por la peligrosa carretera. Me obligué a saltar el quitamiedos y recorrí un tramo del trayecto por un sucio y abrupto terreno hasta llegar a una acera para no exponerlos. Allí, siguieron a una mujer con una bolsa de comida.

Busqué infructuosamente un restaurante, pero todos estaban cerrados en domingo. Novo Varós, Era una población aburrida en aquella época, sin turistas nacionales.
Aproveché para hacer otra colada con la ropa que había utilizado ese día y quemé las últimas horas relajado en el balcón, disfrutando de la tranquilidad que ofrecía la localidad.