Novo Varós,, 07 de octubre de 2023
A las seis de la mañana, la estación de Bajina Basta se encontraba desértica, solo un microbús con el motor en marcha. Era mi vehículo, con destino a Uzice. En diez minutos partimos con muy pocos pasajeros. El costó del trayecto fue de 350 DRS. A los quince minutos, la compañera inseparable de los amaneceres en el valle ,la niebla, desapareció, y pude disfrutar del espléndido paisaje.
Sobre las ocho descendíamos al centro de la ciudad de Uzice, encastrada en un estrecho valle, donde los barrios conquistaban las laderas. Una localidad con una población de casi 60000 personas. Paramos en la fea estación de autobuses, junto al río Detinja. Me acerqué a la taquilla y compré el billete para ir a Novo Varós (660DRS), con hora de salida a las 10:22. Aproveché para comprar varias pastas en la pequeña panadería de la terminal y salí a comérmelas en un banco del canalizado río, aprovechando los benevolentes rayos de luz de otoño.
En la escasa profundidad del río, una garza real permanecía impasible ante las personas que paseaban con sus perros por los flancos de la canalización de agua y a los patos que se dejaban llevar por la corriente. En un poste, muy cerca de mí, un cuervo graznaba lamentos realmente expresivos, casi humanos, moviendo la cabeza de un lado a otro, y mirándome de vez en cuando. Por primera vez en mi vida, reparé en la mirada de un córvido, una mirada que me pareció muy profunda e inteligente. ¿Me estaba pidiendo comida?

Tomé un café en un vagón de tren rehabilitado como cafetería, cerca de la estación de autobuses. Y hojeé la información sobre esta ciudad en una de mis guías de viajes de Serbia ( Rumbo Serbia). La localidad fue la primera en Serbia en tener una central hidroeléctrica en 1900 y en la Segunda Guerra Mundial se hizo famosa por su resistencia a la dominación nazi. Llegó a convertirse fugazmente en el otoño de 1914 en la capital de un mini estado militar. Menos mal que esa creación geopolítica no fructificó, solo le faltaba a Serbia una división más. Desde el punto de vista turístico, ofrecía algunos lugares interesantes, como el barrio antiguo y la mencionada central hidroeléctrica.
Llevaba veinte minutos de retraso mi autobús. Mientras esperaba, contacté con el propietario del piso por WhatsApp. que había alquilado a través la plataforma booking. Él me esperaría por los alrededores de la estación de Novo Varos.
Al fin, se terminó la espera y ya me encontraba dentro de otro vehículo de transporte de pasajeros, recorriendo un paisaje alpino, con el pino negro como estrella indiscutible en las áreas boscosas.
Paramos un momento para dejar pasajeros en la estación de Zlatibor. Una población con amplias calles y en plena expansión urbanística. No tenía ningún encanto turístico desde el punto de vista urbanístico, diferente era el entorno paisajístico, muy similar a la alta montaña, desprovisto de grandes espacios arbolados y muy popular entre los turistas serbios.
Enseguida me reconoció Mirel, el propietario de Apartamento Ana, cuando me vio en la pequeña isleta peatonal de la avenida. Bajamos por la calle y llegamos al piso. Mirel me explicó que el apartamento había pertenecido a su madre fallecida, y habló de ello con cierto grado de melancolía, aquella casa había sido su hogar durante su infancia y le traía muchísimos recuerdos. Al entrar, hice un barrido con la mirada y noté que el piso estaba impecable y equipado con una lavadora y todos los productos necesarios. No tenía que preocuparme por comprar nada, esa fue la razón principal para decantarme por este apartamento. Los muebles, eso sí, eran de la época de cuando empezó a gobernar Tito, no eran de Ikea, la madera que habían utilizado para construirlos era de excelente calidad. Eran muebles para toda la vida, y mil vidas más si era necesario.
La noche me costó 20 euros, como de costumbre en Serbia, pagué al principio.
Hice la colada y salí a dar una vuelta por el centro de la población, encastrada en una estrecha franja entre imponentes montañas cubiertas de pinedas. Y constaté, lo que ya había leído por Internet y decidí ignorarlo. A veces, qué le vamos a hacer, puedo ser muy testarudo cuando se me mete una idea en la cabeza, y el efecto túnel solo me hizo ver "lavadora" y "ropa sucia". Novo Varós solo es recomendable ,y creo que de las mejores opciones en la región, para aquellas personas que tengan vehículo propio. Para los que dependemos del transporte público es un "error turístico" si no se tiene demasiado tiempo y el viaje se centra solo en "ver cosas".
Tenía tres posibilidades para visitar el Cañón de Uvac desde Novo Varós:
La primera opción era una loca travesía de más de cuarenta kilómetros a pie sin planos y desconociendo el terreno, atravesando una orografía de grandes desniveles, subiendo y bajando,para llegar al Uvac Cañón. Y sin saber cómo regresaría a Novo Varós. aunque eso no me preocupaba tanto, no sería la primera vez que me enfrentaría a ese dilema. El mayor problema de esta opción que mi cuerpo no lo aguantaría, especialmente mi espalda.
La segunda opción era contratar un taxi para recorrer cien kilómetros hasta llegar al mejor mirador de Uvac Cañón. Una alternativa que sobrepasaba mi presupuesto.
La tercera opción era ir a la población de Sjenica en dos días. El problema que perdería tres días para poder ver el cañón, ya que el primer autobús desde Novo Varós salía a las 15:30 y desde Sjenica ocurriría lo mismo para ir a Novi Pazar, mi siguiente destino.
Finalmente decidí ir a otro mirador menos espectacular, pero interesante visita, al día siguiente.
En la localidad no había mucha cosa que hacer. Entre que era temporada baja y la mayoría de locales estaban cerrados o habían muy pocos clientes. Habían algunos restaurantes, colmados y panaderías abiertas. El centro tenía una plaza con una [b]estatua de Peter Bojovic, un duque serbio y yugoslavo que tuvo un papel destacado en las primeras guerras del siglo pasado en el viejo continente y fue poseedor de numerosas condecoraciones, las más altas en Serbia y de sus aliados. Una calle más arriba, se ubicaba una sencilla mezquita que no parecía tener muchos fieles. También había un museo, cerrado. Los teleféricos tampoco estaban en funcionamiento. Hubiera sido una buena opción subir hasta la cima de la ladera para disfrutar de las vistas y lo que hubieran en ella.


En la plaza se encontraba un puesto de información turística: un mapa de la zona con los lugares más interesantes, aunque había dejado de ser útil hacía mucho tiempo. Su estado era lamentable, estaba agrietado por todas partes, era ininteligible.
Soplaba esporádicamente ráfagas heladas que advertían que pronto el calor inusual de octubre fenecería y el paisaje se transformaría nuevamente en un blanquecino territorio donde las ramas de las coníferas volverían a soportar loablemente el peso insustancial del agua comprimida en copitos. El ciclo de la vida. Sin embargo, todavía quedaban días de buen tiempo. Días perfectos para caminar.

Tocaba tomarse la jornada con calma y relajarme en las últimas horas leyendo y tomando alguna cerveza. Sin embargo, antes de eso, necesitaba encontrar un restaurante para comer algo, ya que llevaba desde la mañana sin comer nada y ya eran los 16:00.
Finalmente, opté por una pizzería donde pagué 600 DRS por una pizza de queso y una cerveza local. La comida no estuvo mal, pero la cerveza no me convenció del todo su sabor. A lo largo de mi vida, había probado muchas cervezas mejores, pero una cerveza seguía siendo una cerveza y a ésta nunca se le hace ascos.