Domingo 16 de agosto
Hoy hacemos una excursión a la zona del lago Coniston Water, que nos queda a más o menos una hora en autobús.
Ahí se encuentra la montaña llamada Old Man of Coniston, de 802 metros de altitud. Pero no estamos aquí para subir magnitudes importantes.
Levers Water 8 km de longitud, 406 m de desnivel acumulado (ruta en All Trails)
No sé porque no lo llaman “tarn”, si es un “tarn”.
El autobús nos deja en el centro de Coniston, que son cuatro casas, preciosas todas ellas, y la ruta inicia siguiendo el arroyo Church Beck, con alguna cascada igual de bonita que las de ayer pero mucho más desconocida.
Luego nos adentramos en el terreno de las antiguas minas de cobre. Estuvieron en funcionamiento hasta mitad del siglo XX. Aún así, ahora no están abandonadas, una de sus instalaciones actualmente es un albergue.
La explotación industrial del terreno ha dejado visibles cicatrices en el monte, con áridas áreas de gravilla.
El ascenso final, el último kilómetro hasta el lago, se hace un tanto tedioso, el pavimento del camino es de roca suelta y además es posible que nuestras piernas sientan también la acumulación del cansancio de tantos días.
Por suerte, las vistas hacen que el esfuerzo valga la pena.
El entorno del lago es agreste y solitario. Grandes rocas yacen desperdigadas por los alrededores, como si hace mil milenios hubiera habido un desprendimiento masivo que situó a cada roca donde el azar quiso.
Estamos a cuatrocientos metros de altitud, y las rugosas paredes que rodean el lago se alzan hasta los 500 o hasta 650 metros. Están cubiertas por hierba corta, como un manto de terciopelo rasgado para dejar al descubierto cientos de miles de rocas de todas formas y tamaños.
El agua es cristalina, pero hoy el día está encapotado y el reflejo de la superficie del lago es oscura como si fuera una balsa de petróleo.
El camino de regreso empieza con más subida.
Nos acompaña el murmullo de un riachuelo que desciende desde el Low Water.
En la distancia vemos el lago Coniston Water. Es lo más cerca que lo llegamos a ver.
En cierto momento reaparece nuestro fiel compañero el helecho. Estamos casi dos horas bajando, pero no se nos hace largo porque el paisaje es precioso.
¡Son las cuatro de la tarde y todavía no hemos comido!
Probamos suerte en el pub de la posada Black Bull. Es un fantástico acierto, pues su interior parece haber salido de una máquina del tiempo y ¡todavía les queda Sunday Roast!
A las cinco y media ya estamos tomando el autobús de regreso al hotel.
Al atardecer llueve así que no salimos a dar ninguna vuelta, simplemente descansamos y cenamos en el pub del hotel.