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Las islas más turísticas de Hong Kong: un viaje inolvidable
Hong Kong, conocido por su vibrante vida urbana y su horizonte de rascacielos, es también hogar de una riqueza natural y cultural que se encuentra en sus islas. Más de 260 islas forman parte de este fascinante territorio, cada una con su propia personalidad y encanto.
Estas islas ofrecen un refugio del bullicio de la ciudad y son ideales para quienes buscan una experiencia auténtica y diversa. Desde la histórica Isla de Hong Kong hasta las playas tranquilas de Cheung Chau, cada isla cuenta con atracciones únicas que capturan la esencia de Hong Kong.
[Isla de Hong Kong: el corazón de la ciudad
La Isla de Hong Kong es el epicentro histórico, financiero y cultural de la región. Aquí, lo moderno y lo tradicional se fusionan de manera única. Lugares como Victoria Peak ofrecen vistas espectaculares del puerto, mientras que barrios como Central y Sheung Wan muestran una mezcla de arquitectura contemporánea y mercados locales.
Los tranvías, conocidos como "ding dings", recorren la isla y permiten disfrutar de su vibrante atmósfera. Además, la vida nocturna en distritos como Lan Kwai Fong y Soho atrae a quienes buscan entretenimiento y gastronomía de clase mundial.
Lantau: naturaleza y espiritualidad
La Isla Lantau es un contraste total con la Isla de Hong Kong. Hogar del Gran Buda, una imponente estatua de bronce, y el monasterio Po Lin, este destino es perfecto para quienes buscan paz y espiritualidad.
Los senderos de Lantau Peak ofrecen vistas panorámicas, mientras que el teleférico Ngong Ping 360 agrega una experiencia emocionante con vistas aéreas de la isla.
Además, Lantau alberga Disneyland Hong Kong, ideal para familias, y playas como Cheung Sha, que ofrecen un respiro junto al mar.
Lamma: bohemia y relajada
La Isla Lamma es conocida por su ambiente tranquilo y bohemio. Conocida por sus senderos pintorescos, playas serenas y una comunidad artística vibrante, esta isla es ideal para desconectar.
Los visitantes pueden disfrutar de mariscos frescos en Sok Kwu Wan o caminar por el Lamma Island Family Trail, que conecta los principales puntos de interés de la isla. Su atmósfera relajada la convierte en un lugar único dentro de Hong Kong.
Cheung Chau: tradición y festivales
Cheung Chau es famosa por su mezcla de tradiciones y ambiente costero. Este pequeño pueblo pesquero es conocido por el Festival del Bollo, donde torres de bollos al vapor llenan las calles durante las celebraciones.
La isla también cuenta con templos históricos, como el dedicado a Tin Hau, y playas tranquilas como Tung Wan Beach. Su tamaño compacto permite explorarla fácilmente en un solo día.
Peng Chau: autenticidad y simplicidad
Peng Chau ofrece una experiencia auténtica. Sin el bullicio de las islas más concurridas, esta pequeña isla es ideal para caminatas y relajación. Sus templos históricos, como el de Tin Hau, y las vistas desde Finger Hill destacan entre sus principales atracciones. La comunidad local mantiene viva la esencia tradicional de Hong Kong, y sus mercados y cafés son un reflejo de este estilo de vida sencillo.
Po Toi: naturaleza escarpada y arte rupestre
Po Toi es una isla escarpada que destaca por sus impresionantes formaciones rocosas y su tranquilidad. Las inscripciones rupestres prehistóricas ofrecen una conexión con el pasado antiguo de la región, mientras que los senderos de la isla brindan vistas impresionantes del mar y las colinas. Es un destino perfecto para los amantes de la naturaleza y la fotografía.
Las islas de Hong Kong son mucho más que un complemento a su vibrante vida urbana; son destinos únicos que ofrecen una variedad de experiencias inolvidables. Desde la modernidad de la Isla de Hong Kong hasta la serenidad de Lantau y el encanto bohemio de Lamma, cada isla cuenta con su propio carácter y atractivo. Un viaje por estas islas promete recuerdos únicos y una visión más profunda de esta fascinante región.
Las mejores islas de Francia para una escapada inolvidable
Francia no solo es famosa por su gastronomía, cultura e historia, sino también por sus impresionantes islas que ofrecen paisajes espectaculares, playas de ensueño y una rica biodiversidad.
Desde el Atlántico hasta el Mediterráneo, estas islas son destinos ideales para quienes buscan relajación, aventura y autenticidad. A continuación, te presentamos algunas de las mejores islas francesas que no puedes dejar de visitar.
Isla de Córcega: La Isla de la Belleza
Conocida como "L'Île de Beauté" (la Isla de la Belleza), Córcega es un paraíso natural con montañas imponentes, calas escondidas y aguas cristalinas. Su diversidad paisajística permite disfrutar tanto de playas paradisíacas como de rutas de senderismo en el Parque Natural Regional de Córcega. No te pierdas la ciudadela de Bonifacio, con sus acantilados de piedra caliza, ni la encantadora ciudad de Ajaccio, lugar de nacimiento de Napoleón Bonaparte.
Isla de Ré: Un refugio de encanto
Ubicada en la costa atlántica, la Isla de Ré es famosa por sus pintorescos pueblos de casas blancas con persianas verdes, sus playas interminables y sus marismas salinas.
Es un destino ideal para los amantes del ciclismo, ya que cuenta con numerosos senderos que permiten recorrer sus paisajes idílicos. Saint-Martin-de-Ré, con su puerto animado y sus fortificaciones construidas por Vauban, es una visita obligada.
Isla de Porquerolles: Un paraíso protegido
Situada en el Mediterráneo, la Isla de Porquerolles es una joya natural protegida dentro del Parque Nacional de Port-Cros. Con playas de arena blanca y aguas turquesas, es el destino perfecto para los amantes del snorkel y el submarinismo.
El acceso en coche está restringido, lo que ayuda a preservar su belleza natural y tranquilidad. El pueblo de Porquerolles, con su ambiente relajado y su oferta gastronómica, es ideal para disfrutar de una escapada en contacto con la naturaleza.
Isla de Belle-Île-en-Mer: Belleza salvaje en la Bretaña
Belle-Île-en-Mer es la mayor de las islas bretonas y un destino que combina paisajes agrestes con playas espectaculares. Sus acantilados dramáticos, como los de Aiguilles de Port-Coton inmortalizados por Claude Monet, contrastan con calas tranquilas ideales para el baño.
El puerto de Le Palais, con su ciudadela fortificada, ofrece un ambiente vibrante con restaurantes y mercados locales.
Isla de Ouessant: La última frontera del Atlántico
Situada en el extremo oeste de Bretaña, la Isla de Ouessant es un destino ideal para quienes buscan aventura y paisajes salvajes.
Sus faros legendarios, como el de Créac’h, han guiado a los marineros durante siglos. Es un lugar perfecto para senderistas y observadores de aves, con acantilados espectaculares y una fauna impresionante.
Isla de Groix: un secreto bien guardado
A poca distancia de la costa bretona, la Isla de Groix es un remanso de paz con playas sorprendentes, como la de Les Grands Sables, famosa por ser una de las pocas playas convexas del mundo.
Con su ambiente auténtico y su rica tradición pesquera, es un destino ideal para desconectar y disfrutar de la naturaleza.
Las islas de Francia ofrecen una diversidad de paisajes y experiencias únicas que las convierten en destinos imprescindibles para cualquier viajero. Ya sea que busques aventura, relajación o inmersión cultural, estas joyas insulares te cautivarán con su belleza y encanto. No dudes en planificar tu próxima escapada a una de estas maravillosas islas francesas y disfrutar de todo lo que tienen para ofrecer.
Indonesia es un archipiélago de más de 17.000 islas, cada una con su propio encanto, cultura y paisajes impresionantes. Desde selvas tropicales hasta playas paradisíacas, volcanes activos y ciudades vibrantes, este país es un destino soñado para viajeros aventureros. A continuación, exploraremos las principales islas de Indonesia que no puedes dejar de visitar.
Lombok es ideal para quienes buscan un destino similar a Bali pero con menos turistas. Ofrece playas vírgenes, el imponente volcán Rinjani para los amantes del trekking y las paradisíacas Islas Gili, famosas por su ambiente relajado y sus aguas cristalinas.
Java: historia y naturaleza en el corazón de Indonesia
Java es la isla más poblada y el centro cultural y político del país. Aquí se encuentran la capital, Yakarta, y lugares icónicos como el templo de Borobudur, uno de los templos budistas más grandes del mundo. También alberga volcanes impresionantes como el Monte Bromo y el Monte Ijen, ideales para los amantes del senderismo y la aventura.
Sumatra: naturaleza salvaje y orangutanes
Sumatra es conocida por su naturaleza exuberante y su vida silvestre única. Es el hogar del Parque Nacional de Gunung Leuser, donde se pueden ver orangutanes en su hábitat natural. También ofrece impresionantes lagos volcánicos como el Lago Toba, el más grande del sudeste asiático, rodeado de un paisaje espectacular.
Komodo: la tierra de los dragones
La isla de Komodo es famosa por ser el hogar del dragón de Komodo, el lagarto más grande del mundo. Además, esta isla ofrece algunas de las mejores experiencias de buceo y snorkel de Indonesia, con arrecifes de coral vibrantes y una fauna marina increíble.
Flores: playas, volcanes y cultura
La isla de Flores es una joya oculta con paisajes increíbles. Uno de sus mayores atractivos es el volcán Kelimutu, famoso por sus lagos de cráter de colores cambiantes. También es un punto de partida para visitar el Parque Nacional de Komodo y sus espectaculares fondos marinos.
Sulawesi: biodiversidad marina y tribus ancestrales
Sulawesi es un paraíso para los amantes del buceo, con destinos como Bunaken y las Islas Togian, que ofrecen una biodiversidad marina asombrosa. También es el hogar de la cultura Toraja, famosa por sus rituales funerarios y sus peculiares casas tradicionales.
Borneo: selvas y fauna exótica
La parte indonesia de Borneo, conocida como Kalimantan, alberga algunas de las selvas más antiguas del mundo. Es un lugar ideal para observar orangutanes en centros de conservación como el Parque Nacional de Tanjung Puting, donde se pueden hacer excursiones en barco por el río Sekonyer.
Raja Ampat: el paraíso del buceo
Raja Ampat es uno de los destinos de buceo más impresionantes del planeta, con una biodiversidad marina excepcional. Sus islas de piedra caliza, rodeadas de aguas cristalinas y arrecifes de coral, crean un paisaje de ensueño que lo convierte en un lugar imprescindible para los amantes del mar.
Sumba: playas vírgenes y cultura tradicional
Sumba es una isla menos conocida pero fascinante, con playas salvajes, cascadas escondidas y una cultura única que incluye festivales tradicionales y arquitectura antigua. Su ambiente tranquilo y alejado del turismo masivo la hace perfecta para quienes buscan un destino fuera de lo común.
Suecia entre islas: un paseo deliciosamente nórdico por sus joyas flotantes
Suecia tiene muchas cosas que hacen pensar que fue diseñada por alguien con mucho tiempo libre y un excelente sentido del gusto: bosques interminables, lagos que parecen espejos limpios, gente que recicla hasta las emociones... Y más de 267.000 islas. Sí, islas. Tantas, que uno empieza a sospechar que los mapas suecos se dibujan con un salero en la mano.
Aunque no todas estas islas son exactamente lo que se entendería por “habitables” —muchas son poco más que una roca con pretensiones—, hay algunas que se han ganado su lugar en el corazón de los viajeros.
Islas que combinan historia vikinga, arquitectura encantadora, museos improbables, bicicletas, café fuerte y una calma que se podría embotellar como antídoto contra el estrés.
Aquí están algunas de las más turísticas y, por fortuna, más encantadoras.
Djurgården – Donde la realeza se mezcla con osos de peluche
Ubicada a un breve y bellísimo paseo desde el centro de Estocolmo, Djurgården parece haber sido diseñada por alguien que no podía decidirse entre crear un parque, un museo o un lugar para que los alces se sientan cómodos. Así que hizo todo a la vez.
La isla alberga el museo Vasa, que exhibe un barco del siglo XVII que se hundió a los 20 minutos de zarpar —una hazaña de incompetencia naval tan impresionante que se ha convertido en un monumento nacional.
También está el ABBA Museum, que brilla con lentejuelas y nostalgia pop. Y si todo esto parece demasiado cultural, también hay un parque de atracciones, Skansen, y senderos donde se pueden observar ciervos sin sentirse culpable por comerse después una albóndiga.
Södermalm – Hipsters, historia y fika
Técnicamente parte del centro de Estocolmo, Södermalm es una isla, aunque a veces se olvida, probablemente porque está tan llena de tiendas vintage, cafés orgánicos y barbas bien cuidadas, que parece más una galería de arte viviente que una porción de tierra rodeada de agua.
Es el lugar donde los creativos suecos pasean en bici, beben café filtrado y escriben novelas oscuramente introspectivas mientras miran al agua con expresión melancólica.
Entre casas de madera del siglo XVIII y galerías minimalistas, Södermalm ofrece una mezcla embriagadora de historia, diseño y existencialismo escandinavo. Ideal para quien quiere experimentar Suecia sin mojarse los pies, pero con suficiente introspección como para justificar un diario.
Vaxholm – La puerta del archipiélago (y de las fotos de postal)
Vaxholm es lo que ocurre cuando alguien agarra un pueblo encantador, lo pone en una isla y lo rodea de mar, cafés junto al muelle y casitas pintadas en tonos pastel que parecen salidas de un catálogo de “vida feliz”.
Se puede llegar en barco desde Estocolmo en menos de una hora, lo cual es perfecto para quienes quieren sentir que se han alejado mucho sin tener que aprender a usar un compás náutico.
El fuerte de Vaxholm, que alguna vez defendió la entrada a la capital, ahora recibe a turistas con cámaras, no con cañones. La isla ofrece kayak, baños helados para valientes y más fika (esa pausa sagrada del café sueco con pastelito) de lo que un ser humano razonable debería consumir en un día. Pero nadie va a Suecia a ser razonable.
Fjäderholmarna – Las islas del “no da tiempo, pero vamos igual”
A solo 30 minutos en barco desde Estocolmo, Fjäderholmarna son como el aperitivo del archipiélago. Pequeñas, encantadoras y fáciles de recorrer antes de que el estómago empiece a pedir albóndigas.
Perfectas para una excursión exprés, ofrecen talleres de artesanía, restaurantes que sirven mariscos como si fueran una religión, y suficientes rincones fotogénicos para saturar cualquier red social. Son ideales para quienes quieren una dosis de naturaleza y tranquilidad, pero tienen una reserva para cenar a las 8 en la ciudad.
Gotland – Vírgenes medievales, murallas y ovejas con estilo
Gotland es la diva de las islas suecas. Una estrella de mar Báltico con ruinas medievales, playas doradas, pueblos de piedra y una inclinación por las ovejas decorativas. La isla más grande del país se encuentra a unos 90 km del continente y se accede por ferry o por avión (para quienes no temen a los aterrizajes con viento lateral).
La capital, Visby, parece una ciudad sacada de una novela histórica, con murallas del siglo XIII, calles adoquinadas y una catedral que se niega a retirarse.
En verano, Gotland se convierte en el escenario favorito de escritores, políticos y adolescentes con corona de flores. Hay festivales medievales, mercados artesanales y más bicicletas que automóviles. Incluso las ovejas, símbolo de la isla, parecen tener una actitud ligeramente artística.
Öland – Molinos, monarcas y mar en horizontal
Justo al este de Kalmar, Öland está conectada al continente por el puente más largo de Suecia, lo cual es útil porque uno puede llegar sin mojarse ni una suela. La isla es una mezcla curiosa de patrimonio real y paisajes que parecen inventados por un geólogo con sentido del humor seco.
Aquí se encuentra la residencia veraniega de la familia real sueca, lo cual añade un toque regio al ambiente bucólico. También hay cientos de molinos de viento, piedras neolíticas, y alces que parecen posar para las cámaras.
En verano, Öland se llena de veraneantes que pasean en sandalias con calcetines, una tradición escandinava inexplicablemente resistente al cambio climático y al buen gusto.
Explorar las islas suecas es como entrar en una realidad paralela donde todo es un poco más ordenado, más tranquilo y mucho más fotogénico. Algunas se visitan en una tarde, otras merecen varios días, pero todas comparten ese extraño magnetismo nórdico que convierte cualquier paseo en una escena digna de novela. Y aunque el clima pueda jugar bromas —el sol a medianoche o la lluvia en diagonal—, algo queda claro: en Suecia, las mejores historias siempre están rodeadas de agua.
Te hemos ofrecido únicamente el aperitivo de este suculento plato turístico nórdico. Si quieres más información, no dudes en visitar nuestra web: islasviajeras.com/ ...de-suecia/
Italia, por alguna bendición cósmica o capricho de los dioses romanos, no se conformó con tener solo una península de escándalo. No, también decidió sembrar su Mediterráneo con islas que, en términos de belleza y personalidad, harían que incluso las postales se pusieran celosas.
Cada una de estas islas italianas tiene su propio carácter: algunas dramáticas, otras coquetas, unas rebosantes de historia y otras con más olivos que habitantes. Si alguna vez soñaste con perderte entre ruinas griegas y romanas, aguas color zafiro, licores con nombres que suenan a hechizo y trattorias donde la pasta parece haber sido bendecida, este viaje es para ti.
Sicilia: Donde los volcanes y los templos se toman el café juntos
Sicilia no es solo una isla, es una civilización flotante con un catálogo histórico que deja en ridículo a la mayoría de los libros de texto. Aquí puedes desayunar frente al Etna (un volcán activo, por cierto), almorzar junto a ruinas griegas en Agrigento y cenar en Palermo rodeado de edificios árabes, normandos y gente gesticulando apasionadamente.
Sicilia es lo que ocurre cuando varias civilizaciones deciden no irse del todo y en su lugar se quedan a cenar. Su gastronomía podría merecer una enciclopedia entera, y sus pueblos —como Taormina o Cefalù— parecen decorados de cine donde nadie ha tenido nunca un mal corte de pelo.
Cerdeña: La isla que parece Italia con filtro caribeño
Cerdeña es la segunda isla más grande del Mediterráneo, pero se comporta como si fuera un universo paralelo. Aquí encontrarás playas que podrían engañar a cualquier fanático de las Seychelles, pero también restos de la civilización nurágica, que básicamente inventaron las construcciones en piedra antes de que eso fuera mainstream.
El nordeste de la isla, la Costa Esmeralda, es el patio de recreo de los ricos, pero no necesitas una cuenta en Suiza para disfrutarla. Basta con una toalla, unas sandalias resistentes y la capacidad de pronunciar "pecorino" sin salivar demasiado.
Capri: Pequeña, glamurosa y absolutamente desvergonzada
Capri es el equivalente insular a esa persona que siempre sale bien en las fotos y jamás suda. Es pequeña, montañosa y completamente entregada al arte de seducir a los viajeros. Desde los tiempos de los emperadores romanos (y seguramente antes), Capri ha sido un refugio de placer, belleza y precios desorbitados. Pero merece cada euro.
La Gruta Azul es un fenómeno óptico tan espectacular que uno se pregunta si no tendrá algo de truco de Las Vegas. Las calles de Anacapri, las villas escondidas entre los pinos, los perfumes artesanales… todo en Capri parece diseñado para hacerte sentir un poco más atractivo, aunque solo hayas dormido cuatro horas y desayunado un cannolo del tamaño de tu antebrazo.
Ischia: El balneario natural donde hasta las piedras parecen relajadas
A la sombra del glamour de Capri (literal y metafóricamente), Ischia ha sabido ser la hermana menos ostentosa pero mucho más reconfortante. Esta isla volcánica es famosa por sus aguas termales, que brotan en casi cualquier rincón como si la Tierra misma quisiera invitarte a un spa.
Ischia tiene playas, sí, pero también jardines como el de La Mortella, castillos en acantilados como el Aragonés, y trattorias donde el pescado parece haber sido pescado por Poseidón en persona. Si Capri es champán, Ischia es un vino blanco fresco servido a la sombra de una buganvilla.
Elba: Napoleón, playas escondidas y un ambiente de novela de verano
Elba es famosa por haber sido el hogar temporal de Napoleón Bonaparte, lo cual ya es razón suficiente para ponerla en el radar de cualquier aficionado a la historia o al ego desmesurado. Pero Elba es mucho más que su inquilino más ilustre. Es una isla verde y montañosa, con calas de aguas cristalinas y pueblos donde el tiempo parece haberse detenido en 1973, en el mejor sentido posible.
Hay algo deliciosamente nostálgico en Elba, como si cada esquina guardara un secreto veraniego de infancia. Y si te gusta caminar, el Monte Capanne ofrece vistas que justifican el sudor (y la pizza de recompensa).
Venecia: La isla que olvidó que era una ciudad
Sí, Venecia es una isla. O más bien, un conjunto de islas conectadas por puentes que desafían toda lógica urbanística y hacen que Google Maps se rinda entre sollozos. Pero llamarla solo “ciudad” es quedarse corto. Venecia es un estado de ánimo, una alegoría flotante, una ópera construida sobre pilotes. Aquí, cada rincón parece diseñado por alguien con gusto exquisito y cero miedo al agua.
Pasear por Venecia —sin rumbo, que es la única manera correcta— es encontrarse con iglesias que parecen joyas barrocas, plazas silenciosas al amanecer y canales por los que incluso el transporte público es romántico. Y sí, a veces huele raro, pero ¿quién no en agosto?
Si el mundo fuera justo, todos deberíamos tener derecho a perder un verano recorriendo las islas de Italia. A quemarnos un poco los hombros en Cerdeña, a equivocarnos de callejón en Venecia, a tomar un café demasiado caro en Capri y a respirar hondo en los baños termales de Ischia. Porque al final, viajar por estas islas no es solo hacer turismo, es vivir una pequeña novela donde tú eres el protagonista con algo de arena en los zapatos y la sonrisa floja de quien ha entendido por qué tantos poetas escribieron sobre el Mediterráneo.
Viajar a isla Mauricio: por qué esta pequeña joya africana debería ser tu próxima escapada al paraíso
Viajar a isla Mauricio es una de esas decisiones que uno no toma a la ligera, porque lo más probable es que luego todo lo demás en la vida te parezca un poco decepcionante. Imagínate una isla en medio del océano Índico, con playas que parecen salidas de una postal editada por un diseñador con mucho tiempo libre, gente que te sonríe como si supieras algún secreto maravilloso, y comida que mezcla las cocinas francesa, india, criolla y africana con descaro y talento. Sí, viajar a isla Mauricio es como meterse en una novela de aventuras sin riesgo de que te coma un tigre.
Pero si aún necesitas razones —y francamente, ¿por qué las necesitarías?— aquí tienes unas cuantas que harán que busques vuelos antes de terminar este artículo.
Relajarte en playas que parecen hechas con Photoshop
Una de las principales razones para viajar a isla Mauricio es, naturalmente, sus playas. Pero no cualquier playa. Las de Mauricio no tienen ni un mal grano de arena. De hecho, es probable que en algún lugar del gobierno local haya un funcionario cuya única labor sea asegurarse de que cada palmera esté ligeramente inclinada en el ángulo perfecto para Instagram.
Las playas de Le Morne, Flic-en-Flac y Belle Mare son ejemplos vivos de lo que ocurre cuando la naturaleza y el buen gusto colaboran. Arena blanca como harina, aguas turquesa que harían llorar de envidia al Caribe, y esa deliciosa falta de multitudes ruidosas. Porque aquí, incluso el viento parece susurrar: "relájate, estás en Mauricio".
Alojarte en algunos de los hoteles más extraordinarios del hemisferio surf
Viajar a isla Mauricio sería una experiencia incompleta sin hablar de los magníficos hoteles de isla Mauricio todo incluido. No estamos hablando de un bufé con croquetas tristes y camareros que te ignoran. No. Aquí los hoteles son pequeñas ciudades del placer cuidadosamente diseñadas para que no tengas que hacer absolutamente nada más que disfrutar.
Hoteles como Constance Belle Mare Plage o Lux Le Morne* ofrecen experiencias donde te despiertas con vistas al océano, desayunas fruta fresca cortada con precisión quirúrgica y puedes elegir entre un masaje, una clase de yoga al amanecer o simplemente volver a dormirte en una hamaca.
Además, el concepto todo incluido aquí no es una excusa para inflarte a pasta y sangría. Es una forma de vida. Alta cocina, cócteles bien hechos, servicio discreto pero presente, y ese silencio que sólo interrumpe el canto ocasional de un pájaro con mejor voz que cualquier cantante de reguetón.
Comer como si tu paladar hubiera ganado la lotería
Uno no puede viajar a isla Mauricio sin prepararse mentalmente para lo que le espera en el plato. Esta isla es como una cumbre internacional de sabores: india, criolla, china, francesa… todo en un mismo menú, sin discusiones diplomáticas.
Puedes desayunar crêpes con miel local, almorzar un biryani con más especias que una novela de Agatha Christie, y cenar pescado al curry cocinado en hoja de plátano. Todo ello acompañado de una cerveza local Phoenix, o si te sientes sofisticado, un ron añejo mauriciano que se desliza por la garganta como si supiera que estás de vacaciones.
Aventuras suaves para quienes no quieren sudar en exceso
Viajar a isla Mauricio no es solo para los amantes de la playa (aunque sería una locura no amar esas playas). También puedes hacer senderismo por la Reserva Natural de Black River Gorges, subir al mítico Le Morne Brabant, o explorar cascadas escondidas como Chamarel. Todo con ese tipo de dificultad que hace que te sientas aventurero sin dejar de parecer elegante en las fotos.
Además, puedes pasearte por plantaciones de caña de azúcar, visitar templos hindúes multicolores, y preguntarte en voz baja por qué demonios no viniste antes.
Conocer una cultura rica, amable y totalmente inesperada
Mauricio es una isla africana con alma global. En un solo día puedes escuchar cuatro idiomas distintos, ver templos, mezquitas e iglesias en la misma calle, y ser invitado a probar un dulce hindú después de haber comprado baguettes francesas en una panadería que parece trasladada de Marsella.
La gente es tan amablemente curiosa que uno casi se siente mal por no poder invitarles a casa. Hay un respeto mutuo entre culturas, una mezcla de religiones y etnias que funciona, y un carácter hospitalario que hace que te sientas bienvenido desde el primer "bonjour".
Escapar del mundanal ruido y recordar que vivir puede ser sencillo
Más allá de los lujos, del sol perfecto o de la comida celestial, viajar a isla Mauricio ofrece algo que es difícil de encontrar hoy en día: paz auténtica. Una desconexión natural, sin necesidad de apagar el móvil (aunque lo acabarás haciendo). Mauricio te empuja a bajar el ritmo, a mirar el mar sin pensar en nada, a sonreírle a un desconocido simplemente porque el día es bonito.
Y eso, en estos tiempos, es un regalo impagable.
Viajar a isla Mauricio es de esas decisiones que uno nunca lamenta. Es la isla donde los problemas se diluyen en el aire salado, donde el reloj va más lento y donde la vida —al menos por unos días— parece tener un filtro cálido y perfecto.
Si te estás planteando tu próximo viaje o simplemente quieres escapar mentalmente mientras miras por la ventana de la oficina, pon Mauricio en tu lista. Mejor aún, ponla la primera.
Australia: Una isla-continente que se disfraza de país
Cuando uno decide visitar Australia, lo primero que debe aceptar es que nada tiene sentido. Estás en una isla del tamaño de una placenta continental, donde los animales tienen bolsillos, los árboles se incendian solos, y la gente, inexplicablemente, se saluda con un no worries incluso cuando el coche está ardiendo.
Pero vayamos por partes.
Sídney: La postal que cobra vida (y te cobra por todo)
Sídney es esa ciudad que aparece en todos los folletos: Opera House, Harbour Bridge, gente guapa corriendo en slow motion. Y sí, todo está ahí.
La Opera House es más pequeña de lo que esperas, pero aún así luce como una flota de caracoles albinos encallados con estilo. El Harbour Bridge se puede escalar, lo cual parece buena idea hasta que recuerdas que estás colgado sobre una bahía con viento suficiente como para mover una vaca.
Circular Quay es perfecto para pasear, y también para preguntarte cómo un café puede costar 6 dólares y aún así valer cada centavo.
La Gran Barrera de Coral: Naturaleza haciendo alarde
Luego tienes la Gran Barrera de Coral, que es básicamente el Louvre del esnórquel. Imagínate nadar entre peces que parecen diseñados por un niño hiperactivo con acceso ilimitado a lápices de colores.
Y sí, el coral se está muriendo, lo cual le añade una capa de drama existencial a cada buceo. No solo estás admirando belleza; estás presenciando su despedida.
Uluru: Una piedra que no necesita explicación
En el centro de Australia hay una piedra. No una montaña, no una colina. Una piedra. Y sin embargo, verla cambiar de color al atardecer es tan hipnótico que uno entiende por qué los pueblos aborígenes la consideran sagrada.
Uluru, Ayers Rock para los amigos, no hace nada y, sin embargo, lo dice todo. Es como el Dalai Lama en forma geológica.
Melbourne: Donde el café es una religión (y el clima una broma)
Melbourne es la capital cultural del país, lo que significa que hay arte en las paredes, poesía en los tranvías y camareros con bigote que te juzgan si pides café con leche después de las 10. El clima cambia cada doce minutos, así que llevar paraguas y gafas de sol al mismo tiempo es completamente sensato. Aquí no se pasea: se sobrevive con estilo.
Tasmania: Australia en miniatura, con más encanto y menos gente
Tasmania es la respuesta australiana a una pregunta que nadie hizo: ¿Y si tomamos lo mejor del país, lo ponemos en una isla y no se lo decimos a nadie? Con parques nacionales que parecen sacados de documentales narrados por David Attenborough y mercados donde el queso es una forma de arte, es imposible no enamorarse.
Y sí, los rugidos de los diablos de Tasmania pueden dar algo de miedo, hasta que ves que los bichos no levantan ni medio palmo y no tienen ni media torta (tampoco es plan de pegarles, pobrecitos).
Kangaroo Island: Disney para naturalistas
Por último, Kangaroo Island. El nombre lo dice todo. Hay canguros. Y koalas. Y leones marinos. Y playas vacías. Es como si la fauna australiana se hubiera fugado del zoológico para montar su propio club privado. Aquí no se trata de qué ver, sino de cuánto tiempo te puedes quedar sin querer mudarte.
Y esto es solo una parte de los tesoros que te esperan en las antípodas. Australia es hermosa, caótica, remota y profundamente absurda. Es un lugar donde puedes ver un pingüino, una serpiente venenosa y un atardecer perfecto en la misma hora. Es una tierra que te mira, se encoge de hombros, y te dice: “Bueno, esto es lo que hay, ¿te gusta o no?”
Y lo cierto es que, si tienes algo de sentido común… te encantará.
Si quieres más información de qué ver y hacer en Australia durante unas vacaciones, no dudes en darte un garbeo por nuestro blog: islasviajeras.com/ ...n-20-dias/
Tour por 3 islas de París: pequeños mundos en el Sena
París tiene una extraña habilidad para sorprender, incluso cuando crees haberla recorrido entera. Entre puentes, museos y boulangeries que deberían ser ilegales de lo bien que huelen, el Sena guarda tres islas que parecen flotar entre historia, silencio y rareza. No son grandes, pero sí lo suficientemente peculiares como para merecer una visita. O dos.
Île de la Cité: el punto de partida
Todo comienza aquí. Literalmente. La Île de la Cité es el núcleo fundacional de París, el lugar donde los antiguos parisii decidieron plantar su poblado y empezar esta aventura urbana que hoy incluye cinco líneas de metro y demasiados cafés caros.
Aquí se alza Notre-Dame, con sus gárgolas, y también la Sainte-Chapelle, que parece construida con vitrales y algo de magia. Es una isla que transpira siglos y flashazos de cámaras.
Île Saint-Louis: elegancia en modo silencio
A unos pasos (y un puente) de la anterior, la Île Saint-Louis es su contraparte elegante y discreta. Aquí no hay multitudes, ni postales vivientes, solo calles tranquilas, fachadas simétricas y la sensación constante de estar caminando por una película francesa donde nunca pasa nada, pero todo importa.
Pide un helado en Berthillon —no cualquiera, el de vainilla de Madagascar— y sigue caminando como si fueras parte de la escena.
Île aux Cygnes: la isla escondida
Muchos no saben que existe, y eso ya la convierte en interesante. La Île aux Cygnes es una isla artificial, estrecha como un andén de metro, situada entre los distritos 15 y 16. Aquí no hay museos ni terrazas, pero sí una réplica de la Estatua de la Libertad mirando hacia su hermana mayor de Nueva York con cierta melancolía.
Es ideal para caminar en línea recta, reflexionar sobre decisiones pasadas o simplemente observar a los parisinos trotando con una eficiencia desconcertante.
Visitar las islas de París es como cambiar de canal dentro del mismo paisaje. Cada una ofrece una experiencia distinta: historia vibrante, calma elegante o rareza casi secreta. No ocupan mucho espacio en el mapa, pero sí en la memoria. Y como casi todo en París, tienen el don de convertir lo cotidiano en extraordinario.
Las Islas Cícladas: guía divertida para visitar Santorini, Mykonos y compañía
Imagina que alguien con muy buen gusto —probablemente un dios griego con tiempo libre— decidió lanzar un puñado de piedras blancas al mar Egeo. Así nacieron las Islas Cícladas, un archipiélago que se convirtió en sinónimo de vacaciones soñadas, atardeceres de postal y ruinas que te recuerdan que los griegos antiguos ya inventaron el concepto de “lifestyle” miles de años antes de Instagram.
Las Cícladas son muchas, pero aquí vamos a hablar de sus islas más turísticas y conocidas: Santorini, Mykonos, Naxos, Paros e Ios. Cada una con su personalidad, su encanto… y sus trampas para tu cartera.
Santorini: la isla que nunca falla en Instagram
Santorini es esa persona que siempre sale bien en las fotos, incluso con resaca. Las casas encaladas en Oia y Fira parecen diseñadas para influencers, y los atardeceres sobre la caldera volcánica hacen que incluso el más torpe con la cámara consiga una obra de arte.
- Qué ver en Santorini: pueblos como Oia y Fira, con sus callejuelas blancas, iglesias con cúpulas azules y balcones imposibles. Las playas volcánicas —rojas, negras y grises— que parecen sacadas de otro planeta.
- Qué hacer en Santorini: recorrer bodegas y probar vinos locales (sí, los griegos también supieron hacer buen vino antes que tú descubrieras el Ribera). Disfrutar de excursiones en barco por la caldera y, si tu presupuesto lo permite, dormir en un hotel con piscina infinita.
Consejo práctico: para hacer una foto sin 300 personas detrás, tendrás que madrugar como un monje tibetano.
Mykonos: la Ibiza griega
Si Santorini es la fotogénica del grupo, Mykonos es la fiestera sin remedio. Aquí se viene a bailar hasta el amanecer, a beber cócteles impronunciables y a comprobar en qué momento exacto tu tarjeta de crédito decide rendirse.
- Qué ver en Mykonos: los molinos de viento icónicos, la Pequeña Venecia donde las casas parecen flotar sobre el mar, y playas como Super Paradise o Elia que mezclan arena dorada con música electrónica a todo volumen.
- Qué hacer en Mykonos: vida nocturna sin fin en Paradise Beach, descubrir tabernas escondidas en Ano Mera y, si sobrevives, un paseo cultural por la isla de Delos, cuna de Apolo y Artemisa, a solo un barco de distancia.
Advertencia: tu hígado no te lo agradecerá, pero tus recuerdos sí.
Naxos: el primo tranquilo y gourmet
En la gran cena familiar de las Cícladas, Naxos es el primo responsable: menos postureo, más autenticidad. Aquí las playas parecen no acabarse nunca, los pueblos de interior conservan tradiciones intactas y la gastronomía merece aplauso.
- Qué ver en Naxos: la Portara, ese arco solitario frente al mar que parece una puerta a otra dimensión, y pueblos como Halki o Apiranthos, donde el tiempo pasa más despacio.
- Qué hacer en Naxos: probar quesos locales, miel y aceite que saben a Grecia en estado puro. Perderse en playas tranquilas como Agios Prokopios o Plaka, ideales para olvidarse del mundo.
Ideal si buscas descanso y comida de verdad, sin necesidad de hipotecarte por un café con vistas.
Paros: belleza sin esfuerzo
Paros es la isla que no presume y, aún así, siempre deslumbra. Con un ambiente más relajado que Mykonos pero con suficientes servicios para el viajero, se ha convertido en el secreto mejor guardado de quienes buscan equilibrio.
- Qué ver en Paros: Naousa, un pueblo pesquero con calles estrechas llenas de flores y restaurantes; Parikia, con su casco histórico y la iglesia de Panagia Ekatontapiliani, una joya bizantina.
- Qué hacer en Paros: excursiones en barco por islotes cercanos, deportes acuáticos como windsurf y kitesurf, y cenas tranquilas en tabernas junto al mar.
Si buscas una isla “guapa sin esfuerzo”, Paros es tu sitio.
Ios: juventud, fiesta y calas escondidas
Ios es el alma joven de las Cícladas. La isla se llena de mochileros y estudiantes Erasmus que parecen competir en un campeonato mundial de resistencia a la falta de sueño.
- Qué ver en Ios: la Chora, un laberinto de bares, cafés y tiendas que cobra vida de noche, y restos arqueológicos que recuerdan que aquí también vivió Homero.
- Qué hacer en Ios: alternar noches en clubs con siestas estratégicas en playas como Mylopotas o Agia Theodoti. Y si un día te levantas con energía, explorar senderos y calas tranquilas donde parece que el tiempo se ha detenido.
Para quienes creen que la filosofía griega nació después de una buena fiesta.
Las Islas Cícladas son como un cóctel griego perfecto: cada ingrediente aporta su carácter, pero juntos son irresistibles. Santorini ofrece postales de ensueño, Mykonos adrenalina nocturna, Naxos calma y gastronomía, Paros equilibrio y Ios juventud eterna.
Viajar a las Cícladas es imposible de resumir en una sola experiencia. Lo que sí está claro es que volverás con la cámara llena, la cartera algo más ligera y el corazón completamente convencido de que estas islas son, sin exagerar, un pedacito de paraíso en el mar Egeo.
Islas Bahamas: guía divertida para descubrir el paraíso caribeño
Si alguna vez soñaste con un lugar donde el mar es tan turquesa que parece photoshopeado, las playas tan blancas que casi necesitas gafas de sol para mirarlas, y la vida va al ritmo de un cóctel con ron, entonces estabas soñando con las Islas Bahamas.
Este archipiélago, compuesto por más de 700 islas e islotes (sí, setecientas, no es un error tipográfico), está situado en el océano Atlántico, justo al sureste de Florida. Un rincón del planeta donde los piratas, los millonarios y los turistas despistados han encontrado durante siglos un hogar temporal.
En esta guía descubrirás qué ver, qué hacer y por qué las Bahamas no son solo playas, sino también historia, cultura y anécdotas que parecen inventadas por un escritor con exceso de ron.
¿Dónde están las Islas Bahamas?
Las Bahamas se extienden como un collar de esmeraldas entre Estados Unidos, Cuba y el Caribe. La capital es Nassau, en la isla de New Providence, famosa por su mezcla de arquitectura colonial y ritmo caribeño. Desde allí es fácil saltar en avión o ferry a otras islas cercanas, cada una con su carácter propio: desde resorts de lujo en Paradise Island hasta cayos desiertos donde el único ruido es el de las gaviotas.
Las mejores playas de las Islas Bahamas
Hablar de las mejores playas de las Bahamas es como discutir cuál es el mejor sabor de helado: todas son buenas, pero algunas son legendarias.
- Cable Beach (Nassau): arena dorada, aguas tranquilas y un ambiente vibrante.
- Pink Sands Beach (Harbour Island): sí, arena rosa. Como si alguien hubiera pasado un filtro de Instagram en la realidad.
Gold Rock Beach (Grand Bahama): parte del Parque Nacional Lucayan, perfecta para quienes prefieren la naturaleza intacta.
- Cabbage Beach (Paradise Island): animada y cercana a los principales resorts, con vistas espectaculares.
Consejo: lleva protector solar biodegradable. No solo evitarás parecer una langosta, también protegerás los arrecifes.
Qué hacer en las Bahamas (además de tomar el sol)
Las Bahamas ofrecen un menú de actividades tan variado que podrías pasar un mes entero sin repetir plan (aunque probablemente repetirías el mojito).
- Nadar con cerdos en Exuma: nadie sabe por qué están allí, pero estos cerdos nadadores son estrellas de Instagram.
- Bucear en Dean’s Blue Hole: el segundo agujero azul más profundo del mundo, con 202 metros de vértigo marino.
- Visitar los fuertes de Nassau: Fuerte Charlotte y Fuerte Fincastle son recordatorios de los tiempos en que los piratas mandaban aquí.
- Parque Nacional Lucayan: cuevas, manglares y playas desiertas. Un contraste perfecto con el bullicio de Nassau.
- Atlantis Paradise Island: el resort más famoso, con acuario, parque acuático y un casino donde podrías perder el reloj junto con la noción del tiempo.
Gastronomía bahameña: más allá del ron
La cocina de las Bahamas es una deliciosa mezcla de influencias africanas, británicas y caribeñas. La estrella indiscutible es la conch (caracola): frita, en ensalada o en guiso, siempre está presente.
Otros platos imprescindibles:
- Rock lobster: langosta espinosa, servida con mantequilla y limón.
- Peas ‘n rice: arroz con guisantes, el acompañante clásico.
- Johnnycake: un pan dulce perfecto para desayunos.
Y, por supuesto, el ron. Aquí se toma en todas sus formas: solo, en cócteles como el Bahama Mama o mezclado con tanta fruta que podrías engañarte pensando que es saludable.
Excursiones recomendadas
Si el resort y la playa te parecen ya un mundo completo, espera a salir de excursión: las Islas Bahamas esconden rincones que harían llorar de emoción a cualquier postal turística.
- Harbour Island: para ver la famosa Pink Sands Beach.
- Andros: el paraíso del buceo y la pesca.
- Exuma Cays: ideal para excursiones en barco y para saludar a los famosos cerdos nadadores.
- Grand Bahama: una de las islas más grandes, con parques nacionales y mercados artesanales.
Consejos prácticos para viajar a las Islas Bahamas
Planificar un viaje a las Bahamas no requiere brújula ni mapa pirata, pero estos consejos prácticos te ahorrarán tiempo, dinero y algún que otro sofoco tropical.
- Moneda: dólar bahameño, equivalente al dólar estadounidense (aceptan ambos).
- Idioma: inglés, aunque con un acento local encantador.
- Transporte: en Nassau abundan los taxis y jitneys (minibuses). Para moverte entre islas, ferris y vuelos cortos.
- Clima: cálido todo el año. De diciembre a abril es la temporada alta, con menos lluvias.
- Conexiones: vuelos directos desde Miami, Nueva York y otras ciudades de EE. UU.
Las Islas Bahamas son mucho más que un paraíso de postal. Son historia de piratas, playas únicas, gastronomía sabrosa y un sinfín de experiencias para todo tipo de viajeros. Desde nadar con cerdos hasta jugar en el casino de Atlantis, aquí cada día trae una aventura diferente.
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