Introducción: El viaje que os presentamos a continuación fué realizado en diez días durante la primera quincena de julio de 2009. Está plasmado a modo de relato, como viene siendo habitual en los artículos de viajes de nuestra web Elipse cuyo enlace encontraréis en mi perfil, pero no refleja el trayecto realizado día a día. Esto es así debido a que no teníamos un orden prefijado, sino que si el lugar nos gustaba le dedicábamos más tiempo y si no, pues seguíamos ruta. De todas maneras para poder verlo todo a fondo y con tranquilidad, disfrutando de cada rincón, se necesita como mínimo esos diez días como podréis ver a lo largo del diario. Aún así intentaré divirlo en cuatro partes para que no se haga muy pesado de seguir. Espero que lo disfrutéis y ya sabéis que nos tenéis a vuestra disposición para cualquier duda o comentario que queráis hacer al respecto.
CASTILLOS DEL RIN (1ª PARTE)
Montar en avión no es algo que agrade especialmente a Doorkeeper, y más cuando parte del camino viene aderezado con unas “delicadas” turbulencias, pero supongo que el ansia de llegar al lugar de destino siempre es más fuerte que sus propios temores y eso siempre ayuda. Esta vez nuestro destino era el Valle del Rin, un magnífico paraje rodeado de leyendas e historia, imponentes castillos, recuerdos de numerosas batallas entre romanos y germanos, alemanes y franceses, obispos y señores feudales… Y por supuesto, el vino, donde el tradicional vino blanco esta perdiendo espacio ante un novedoso vino tinto más moderno.

La actividad principal a orillas del Rin viene marcada por el turismo, la gastronomía y la viticultura, y esto sorprende ya que frente al amor de Alemania en general por la cerveza y su apasionante variedad de la misma, es curioso contrastar que en la zona donde nos encontramos la bebida por excelencia y su principal actividad es el vino. Sus viñedos impresionan a la vista por lo empinado de sus campos de cultivo, por los que se ha de ascender con máquinas especiales. Destacan especialmente los Riesling, los Rivaner y los basados en la uva blanca y roja de Borgoña. Venir al Valle del Rin y no hacer alguna degustación de sus caldos es como no haber estado aquí.
Aunque el Rin recorre la nada desdeñable distancia de 1300 km desde su nacimiento en Suiza hasta su desembocadura en Holanda, son los 160 km que distan entre Maguncia y Bonn los que se llevan la mayor fama turística por lo espectacular de sus valles. El Rin ha sido designado patrimonio cultural y natural protegido y desde el año 2002 la zona del estrecho Valle del Rin Central entre Bingen y Koblenz (Coblenza) fue proclamado Patrimonio Universal por la UNESCO. Esta zona se caracteriza por una convivencia espectacular entre la naturaleza y el paso de diferentes civilizaciones antiguas, como por ejemplo la romana que conquistaron la zona alrededor del año 55 a. C. fundaron las ciudades de Maguncia, Boppard y Coblenza entre otras. Los mismos romanos aprovecharon la navegabilidad del río que les aseguraba un buen comercio en pleno corazón europeo. Todo el trayecto se haya tachonado por impresionantes castillos, fortalezas, iglesias y monasterios que aumentan su belleza y su magia. Gracias a la fiebre del Romanticismo de principios del XIX muchos de estos castillos, quemados y destruidos en varias ocasiones a lo largo del tiempo, fueron recuperados y han llegado hasta nuestros días desde la Edad Media para solaz de nuestros ojos. Destacan especialmente las fortificaciones aduaneras, muchas de ellas en manos de los arzobispados de Colonia, Maguncia o Tréveris que generalmente mantenían pugnas entre sí por el dominio del negocio de los impuestos fluviales, muchas veces también, en pugna con los propios señores feudales de la zona que imponían siempre la ley del más fuerte exigiendo elevados impuestos o portazgos a quienes tenían que atravesar sus tierras.

El Rin está plagado de Historia e historias, a cual de ellas más interesante. Bandoleros, secuestradores, reyes y emperadores, generales que aprovechando la ventaja del río logran empujar a sus enemigos hasta el replegamiento, vulgos enteros expoliados y descontentos ante las abusivas tasas aduaneras… y grandes escritores, poetas y pintores que nos legaron hermosas obras inspiradas en este espectacular río: Lord Byron, Goethe, William Turner…
Hoy os invitamos a pasear con nosotros por sus orillas y a emocionaros con sus imponentes paisajes. Nosotros recorreremos solo una parte de esta fantasía romántica trenzada entre la naturaleza y la historia, principalmente por falta de tiempo que no por ganas, y que os intentamos acercar a través de estas páginas.
Las once y media de la mañana y por fin en el aeropuerto de Frankfurt. El día estaba nublado y prometía lluvia. Nos gustan los días nublados. Fuimos a recoger nuestro coche de alquiler en el parking del aeropuerto y nos encontramos ante la maravillosa sorpresa que, ante la falta del modelo que habíamos pedido, lo habían sustituido por otro de gama superior por el mismo precio, un gigantesco mercedes 320 automático. Felices aunque muy cautelosos por lo de tener que conducir un coche automático (ya se sabe, mejor olvidarse del pié izquierdo o corres el riesgo de pegar un frenazo bestial en plena carretera), tomamos camino por la autopista A-66 en dirección a Wiesbaden para seguir posteriormente por la B42 en dirección Rüdesheim Am Rhein, situado en el margen derecho del Rin, nuestra primera parada. 54 kms en total que se hacen en poco más de media hora y por fin teníamos aquel espléndido, caudaloso y ancho rio lleno de siglos de historia a nuestra vista.
Este pueblo, de más de 10.000 habitantes, es uno de los centros turísticos más visitados de las orillas del Rin. En él podrás encontrar numerosos locales para la degustación del vino de la zona, así como su famosa callejuela Drosselgasse donde podrás comprar algunos recuerdos para la familia y amigos. Algunos metros más abajo podrás encontrar el Adlerturm, o Torre del Águila, esquina de la muralla defensiva que rodeo esta localidad en el siglo XV.

Tras un paseo por la zona y algo de comida en uno de los numerosos restaurantes que ofrecen sus mejores vistas al río nos dirigimos hacia el Castillo Brömserbug, construcción del siglo X, actual Museo del Vino, y que tiene una de las mejores y más antiguas colecciones de vino de todo el mundo. Nada más entrar nos encontramos con un cuidado jardin donde se exponen distintas prensas correspondientes a diferentes épocas. Una vez dentro se recorren una serie de salas donde se ubican ordenados por épocas desde diferentes toneles, grifería, trabajos de madera correspondientes a los frentes de los toneles, envasadoras, copas, jarras y botellas de todo tipo y de todas las épocas. Su alta torre de difícil y acaracolada ascensión nos facilitó unas impresionantes vistas del Rin.

Si pensáis recorrer a fondo la zona, os recomendamos adquirir el “Mittelrhein Burgen Ticket”, un bono que por solo 19€ por persona os permitirá acceder a un total de 10 castillos a lo largo del Rin, uno de los cuales es precisamente el Brömserbug. Ya os iremos diciendo qué castillos están incluidos en el bono, el cual podéis comprar en las taquillas de acceso de cualquiera de los diez. Os aseguramos que el ahorro es considerable, y además tiene una validez de dos años.
Junto a este castillo nos encontramos también con otro neogótico, el Boosenburg que destaca por su magnífica torre del siglo XII, aunque el resto del edificio corresponde a mediados del XIX. Por desgracia no pudimos entrar por tratarse de una propiedad privada Esto es bastante común por la zona ya que son numerosos los castillos que aún se encuentran en manos privadas, algunos visitables y otros no, como podremos comprobar a lo largo de nuestra ruta.

Para los más morbosos también dispone la localidad de un Museo Medieval de Tortura, aunque sinceramente, nosotros pasamos del mal rato y preferimos dirigir nuestros pasos hacia otros lugares más bellos.
Por encima del pueblo, a unos 225 m de altura, y entre los viñedos sobresale la espectacular Niederwalddenkmal, un monumento erigido en 1883, conmemorativo de la reunificación alemana y presidido por una impresionante escultura alegórica de bronce llamada “Germania”, que se encuentra elevada sobre un pedestal de 25 m y rodeada de figuras alusivas a la guerra y la paz. Fue inaugurada por el propio emperador Guillermo I y se puede ascender hasta ella utilizando un teleférico. Una vez allí se puede disfrutar de las magníficas vistas u optar por uno de los numerosos senderos que te adentran por el bosque.

Entre los viñedos y los bosques van surgiendo a nuestro paso numerosos castillos, muchos de ellos en ruinas, pero que aún alzan orgullosos sus torres contra el encapotado cielo como el castillo Burg Ehrenfels del siglo XIII. Este castillo es una fortificación cuadrada que servía de defensa ante los invasores provenientes del Norte así como de refugio a los Arzobispos de Maguncia y custodia del tesoro de la catedral de Maguncia en tiempos de guerra. Fue destruida casi en su totalidad por los franceses en 1689, conservándose bastante bien sus murallas aunque han quedado reducidas como bancales para los viñedos aterrazados. Algunos de estos castillos ruinosos serán intento de nuestra visita, pero no es fácil encontrar el sendero que nos acercaría a la sombra de sus viejas piedras convirtiéndose el intento en una auténtica aventura Aún así os iremos dando las indicaciones necesarias para que los más atrevidos puedan acercarse a estas maravillas.

Casi enfrente, dirección a Assmannshausen, nos encontramos un islote rocoso en el centro del río perteneciente a la localidad de Bingen, margen izquierdo del río, donde destaca una curiosa torre llamada Mäusenturm, o torre de los ratones, protagonista de una curiosa leyenda. Esta antigua torre aduanera donde antiguamente se pagaba el portazgo o peaje al señor del lugar, hoy es utilizada para señalización de la navegación fluvial. Recuerda a los habitantes de la zona cómo cierto ambicioso y usurero arzobispo de Maguncia llamado Hatto II, fue devorado por multitud de ratones grises cuando se refugió en ella tras ser perseguido por los furiosos habitantes del lugar gracias a la ocurrencia de quemar vivos a los lugareños tras una hambruna.

Siguiendo la carretera B42, que recorre la orilla derecha del Rin, dejamos atrás las poblaciones de Assmannshausen, Lorch, Lorchhausen con sus ruinas del Castillo Nolling y por fin llegamos a Kaub, nuestra siguiente parada. Allí, en medio del río, se encuentra el Palacio Burg Pfalzgrafenstein, del siglo XIV, y al que solo se puede acceder a través de barco. Una vez allí nos dispusimos a embarcar y en menos de media hora ya estábamos montados en el barquito en cuestión, del que nos sorprendió la rapidez con la que cruzamos y la pericia con la que maniobra el conductor dejándose llevar por la corriente del Rin, bastante fuerte en esta zona, y usando solo los motores para hacer la escala o remontar parte de la corriente.

Este curioso y pequeño palacio-castillo fue construido para que sirviera de aduana, rompeolas y rompehielos. Consta de una torre interior construida en 1326 por Luis el Bávaro que medía 36 metros y constaba de seis pisos. En el segundo piso aún queda un horno de cocer el pan del siglo XVII. Luis fue excomulgado por el obispo de Maguncia porque le hacía la competencia al cobrar él también impuestos a los barcos que pasaban por aquí, perdiendo así dinero para sus arcas episcopales. Aún así, el príncipe laico no dejó de cobrar impuestos y aumentarlos por lo que, en franco conflicto con la iglesia, tuvo que reforzar la torre con un muro exterior de 12 metros, que sería ampliado a 21 metros en 1607 por el príncipe Federico IV hasta día de hoy. Este muro, de más de dos metros de espesor, cuenta también con dos pasillos de almena con aspilleras y puestos de catapultas.

En una de la torres, la posterior, se encuentra el calabozo, un pozo de 9 metros de profundidad, en cuya superficie flotaba una balsa sobre la que eran descolgados mediante cuerdas los mercaderes que no hubieran pagado los derechos de aduana hasta que alguien pagara su rescate. Para estos menesteres llegaron a vivir aquí 20 guardias y su capitán.

Será en 1814 cuando el ejército prusiano al mando del General Blücher pasó por aquí permitiendo así la derrota de Napoleón, encontrando la fortaleza de Pfalzgrafenstein su nota más relevante en la historia como protagonista de aquel importante evento. En el año 1866 la zona fue adjudicada al reinado de Prusia, quedando abolidos un año más tarde la recaudación de los derechos de aduana.
Desde las torres de este barco de piedra podemos admirar el paisaje de la orilla derecha del Rin, donde se levanta orgulloso el Castillo de Gutenfels, de principios del siglo XIII, antigua fortaleza-residencia de la familia Falkenstein, dueña también del puesto de peaje Pfalzgrafenstein. A partir de 1277 cambió de manos en varias ocasiones. En 1326 el rey Luis de Baviera, el Bávaro, trasladó su corte allí más de una vez. Durante la Guerra de Sucesión entre Baviera y el Palatinado el Conde Guillermo de Hesse sitió el castillo en 1504 durante 39 días sin ningún tipo de éxito y de ahí recibió el castillo el nombre de Gutenfels que significa “buena roca”. En 1793 el castillo se rindió a los franceses, siendo subastadas partes de él y quedando derruida una gran parte. En 1888 pasa a manos del arquitecto Gustav Walter que lo reconstruyó de nuevo pasando con el tiempo a ser un hermoso hotel, a la vez que ejemplo de la arquitectura defensiva y de vivienda de la época.

Por último, un lugar que no debéis pasar por alto si deseáis comer bien, el magnífico bar de moteros junto al borde de la carretera, el Benno's Truck Stop, donde nosotros comimos genial, nos trataron mejor y donde además del alemán e inglés te puedes entender en un perfecto francés e incluso en algo de español chapurreado. Allí tú eliges la carne e incluso el tamaño del filete pues te lo cortan de la pieza completa delante tuyo y a tu elección. Un lugar divertido, amenizado por buena música, donde comer a gusto, y muy especialmente dedicado a los amantes de las motos. ¡Va por ellos!


Con este magnífico sabor de boca dejamos atrás a Kaub para dirigirnos a la localidad de St. Goarshausen, siempre por la orilla derecha del Rin. En la orilla contraria nos dejamos otras interesantes localidades como Bacharach y Oberwesel, a las que regresaremos más tarde cuando hagamos el recorrido a la inversa.
Será en St. Goarshausen donde hemos ubicado nuestro punto de descanso en la pensión Herrmann’s Müehle. Un encantador rincón junto a una de las subidas hacia el auditorio de Loreley donde tendríamos una cita muy importante en los próximos días. Las amplias habitaciones son muy limpias y acogedoras, con baño en su interior y una magnífica terraza compartida que queda justo por encima de un arroyuelo.

Toda la casa parece guardar cierta armonía con su bucólico exterior. El salón donde se sirve el desayuno cuenta con un espléndido ventanal y cuando el tiempo acompaña también es posible salir a desayunar en la terraza exterior junto a un pequeño jardincito. Todo esto unido a la amabilidad de Herr Herrmann y su esposa, siempre atentos y dispuestos a explicarte y facilitarte cualquier información sobre la zona, hace del lugar el sitio perfecto donde pasar unos días de auténtico relax, ideal para los viajeros cansados. ¡Ah! Y no olvides disfrutar de sus estupendos desayunos, incluidos en el precio, en el que además del café con leche habitual podrás tomar embutidos variados, quesos, y sus famosos huevos al punto. Nosotros llevamos ya tres años durmiendo en su casa en nuestro habitual viaje anual a Loreley y desde luego pensamos repetir.

Una vez descansados, nuestro primer paseo se dirige hacia el famoso peñón de Loreley. Este acantilado emerge recto y orgulloso a orillas del Rin, pudiendo observarse desde su cima una de las partes más estrechas del río con espectaculares remolinos y fuertes corrientes que dieron lugar a una de sus más conocidas leyendas. Cuentas la historia popular que una hermosa hechicera, hija del Padre Rin (Vater Rhein), llamada “Lore von der Ley”, hoy conocida como Loreley, se sentaba al atardecer en las rocas para cantar bellas canciones al río. Muchos navegantes, extasiados por los cánticos y la extrema belleza de la doncella, descuidaban el navío, lo que provocaba numerosos naufragios. El Rey mandó a su propio hijo para detener a la que había causado tanto pesar en sus tierras, pero no pudo evitar que sufriera el mismo destino que los demás. Con las más terribles de las furias mandó a sus mejores soldados a prenderla y esta lanzó un conjuro para protegerse. Su Padre, el poderoso Rin, levantó sus aguas para proteger a su hija llevándosela en una enorme ola a su reino para siempre. Hoy, el peñón de Loreley, debe su nombre a su bella hija de la que queda una hermosa estatua de bronce en una lengua de tierra que se adentra en el río.

Desde la roca de Loreley puede observarse una de las vistas más hermosas de la zona. Allí mismo encontraréis, entre los restos de un antiguo castro celta, miradores bien ubicados para obtener instantáneas perfectas de esos recuerdos que a todos nos gusta almacenar. Justo por encima os encontraréis uno de los hoteles más solicitados, el Berghotel auf der Loreley (www.berghotel-loreley.de/) donde disfrutamos de un buen café, bien largo de leche y con bastante espuma, y una paz increíble que solo lugares tan mágicos como este saben destilar. A unos pasos el magnífico Auditorio de Loreley, construido por los nazis en 1939, con un aforo de más de 15.000 personas y abierto al espacio natural. En unos días se celebraría allí el magnífico Night of the Prog Festival al que sin duda íbamos a acudir… pero esto os lo contaremos más adelante, en nuestras crónicas de festivales de Art Rock. En la misma cafetería de entrada al auditorio encontrareis información exhaustiva acerca de la historia de la zona y del uso del Rin para transporte de minerales y otras mercancías de las minas cercanas.
Sobre el pueblo se alza el majestuoso castillo Burg Katz, castillo del gato, que aunque en algunas guías de viajes os encontrareis indicado como hotel, sentimos decepcionaros pues aunque durante muchos años sirvió como residencia vacacional del Servicio Federal de Asuntos Sociales, hoy en día es una propiedad privada en manos japonesas. Una lástima.
Este castillo fue levantado en el siglo XIV por los condes Katzenelnbogen en uno de los macizos salientes de Loreley. Este castillo fue volado por los franceses en 1806 y en 1896 el gobernador Berg mandó reconstruirlo respetando la imagen original. La vivienda principal está ubicada justo en la parte más saliente que da al Rin y aparece hermosamente fortificada por dos torres en las esquinas y una muralla. La torre del homenaje permanece en ruinas.

Tras un paseo intenso por toda la zona tocaba ahora un tiempo de relax por las callejuelas de St. Goarshausen. Quizás no tan turística como su vecina San Goar, pero mucho más apacible y donde puedes encontrar prácticamente de todo. Podrás visitar el museo de la ciudad en una de las dos torres que marcaban el límite del pueblo, la Runder Turm. O simplemente pasear por sus entrañables callejuelas disfrutando de las típicas casas de entramado alemanas, o bien, tomar el fresco sentados junto al Rin disfrutando de una fluvial puesta de sol.

Muy cerca de allí, apenas dos kilómetros río arriba y por encima de la población de Wellmich, os encontrareis otro castillo conocido como Burg Maus, castillo del ratón, apodo que recibió por ser más pequeño que su vecino, el Burg Katz. Su dueño, el Arzobispo de Trier, estuvo en constante enfrentamiento contra la poderosa familia vecina Katzenelnbogen, quienes de forma burlesca le dieron el apodo.
En 1356 el arzobispo Boemund de Tréveris lo convirtió temporalmente en su residencia. Este castillo recibió el nombre de St. Peterseck y más tarde el de Deuernburg. En 1806 se subastó para ser derribado y en 1900 fue adquirido por el arquitecto Gartner de Colonia que lo restauró. Este castillo tiene un gran muro defensivo en el que se encuentra la torre del homenaje y el edificio principal al sur con una torre en su cara oeste destinada a la vivienda. Hoy en día sigue siendo una propiedad privada dedicada a la cría de águilas y halcones. En verano es posible ver algunas exhibiciones de aves rapaces aunque tiene un horario muy restringido, siendo imposible la visita más allá de los patios donde se hacen las exhibiciones.

Tras la visita al castillo y el magnífico paseo por el bosque que lo rodea no debéis dejar pasar la oportunidad de visitar la aldea de Wellmich. En ella encontrareis una pequeña y sencilla iglesia protestante, Iglesia de San Martín, con una elevada torre que os ayudará a distinguirla. Su interior os sorprenderá con unos magníficos frescos medievales. Sus pinturas, algunas de ellas casi imperceptibles ya por el paso del tiempo, nos impactaron por la inocencia de sus formas y el colorido infantil tan propio del medievo.

Próxima etapa de Wellmich hasta Lahnstein, donde disfrutaremos de espectaculares paisajes y hermosos castillos.
NOTA: Las fotografías son originales. Y mis disculpas por los posibles errores ya que es el primer diario que escribo por aquí. Prometo mejorar