Robert tiene los ojos azules, el pelo castaño y me va a enseñar a revelar. No sólo eso: me ha prestado una cámara, de carrete, con su fotómetro y que no enfoca. También me ha buscado una tarjeta para llamar a casa. Y me ha preguntado si me he traído un portátil y si tengo iPod. No y no los quiero. Nuestra primera parada, además de en su casa, para dejar la maleta y darle los regalos -una manta térmica para Boule, una botella de albariño y una de aceite de oliva- es en el Liberty State Park.

La primera imagen que tengo de Nueva York es una estatua muy famosa en la que casi no reparo: hay fiesta polaca en el barrio, con orquesta incluida y baile, brownstones decorados, rascacielos y un lugar que es un club para que los chavales no terminen metiéndose en bandas. Cenamos en un cubano: ensalada de aguacate, bacalao empanado, quesadillas vegetarianas.
Hablamos de política, de la crisis, de comercio justo y de lo distintas que pueden ser las maneras de relacionarse con los demás dependiendo del lugar en el que vivas. Hace calor y humedad y luego descubriré que amanece a las seis de la mañana: sale el sol desde Manhattan y a Manhattan lo veo desde las ventanas de mi cuarto. También me recomienda el Legal Grounds, en la calle Grand, con un café exquisito en un vaso pequeño que es un tanque. Y aquí estoy, desayunando en el jardín. Hasta me han traído el Daily News para que vaya practicando inglés. Oigo ruidos. Es una ardilla que mira atentamente mi bagel.
-¿Qué tal?-, me pregunta el dueño, Chris.
-Estoy feliz.
30 de agosto de 2010, por la mañana.
Boule:
*** Imagen borrada ***