Poco antes de llegar a Nueva York, mi periplo viajero había discurrido por otro derrotero tan distinto en algunos aspectos y tan similar en otros; el Camino de Santiago. En “El Camino”, muchas veces había oído a compañeros de viaje decir aquello de “no hay que mirar atrás. Siempre adelante, siempre hacia adelante”. No comparto esa apreciación. En un sentido simbólico mirar lo aprendido puede ayudar y en un sentido literal, merece la pena partir por la mañana hacia el oeste en una nueva etapa del Camino de Santiago, darse la vuelta y detenerse por un momento para saludar la salida del sol. En Nueva York es bueno parar y dar una vuelta entera para obtener una panorámica de 360 grados en plena Quinta para admirar la anchura y, sobre todo, la longitud de la arteria con toda la vida que contiene, la vuelta entera en lo más interior de Central Park, en lo alto del Empire State o en una grada en el Madison Square Garden, en la calle Bowery o en Canal Street, la vuelta entera mirando hacia lo alto en la Plaza Rockefeller, en una sala del Moma o en medio del vestíbulo de Grand Central Terminal, la vuelta entera en el Madison Square Park para sentir su vida alrededor del quiosco de comida u observar los rascacielos a su alrededor con un poco de distancia. O, ¡Dios mío!, la vuelta entera en mitad de Times Square. La vida de los parques, pequeños paraísos verdes en la rugiente ciudad. Y dar vueltas y más vueltas y llorar de alegría y emocionarse de puro no creerse uno dónde está, como tantas veces me ha pasado a lo largo de este viaje.