El día amaneció soleado. Solo íbamos a dedicar un día entero a visitar la ciudad, y sabíamos que no nos iba a dar tiempo a verlo todo. Así que comenzamos por lo más imprescindible: el Duomo. Fuimos dando un paseo para ir conociendo la ciudad, pasando por Porta Venezia, que se nos hizo muy agradable.
Llegamos al Duomo por detrás, y uno de los laterales estaba lleno de andamios (con lonas de publicidad de Versace, que para todo hay niveles), pero llegamos a la fachada principal y pudimos apreciarla en todo su esplendor, ya que allí no llegaban los andamios. Lo cierto es que es impresionante, se mire por donde se mire. La plaza estaba ocupada por un escenario y un gran árbol de navidad, por lo que no pudimos hacer la foto que nos gustaría, pero es un mal menor.
Fuimos a comprar las entradas, en un edificio frente al lateral derecho de la catedral. Nos tocó hacer un poco de cola, es lo malo de no haberlas llevada compradas de casa. Compramos la entrada que permite visitar el interior y subir a las terrazas por la escalera, 12 euros por persona. Para acceder a la catedral hay mucha seguridad, te registran el bolso y te pasan un escáner por el cuerpo. Lo cierto es que en toda la ciudad vimos mucha policía y ejército patrullando las zonas turísticas.
Lo que más sorprende del interior es su amplitud y su altura, ya que desde fuera da la sensación de no ser muy alta porque es muy ancha. Sin duda merece la pena la visita, el interior es muy bonito y con algunos monumentos interesantes. Nos llamó mucho la atención la estatua de San Bartolomé despellejado.


Desde el interior se accede a las ruinas de las iglesias primitivas que había en aquel lugar antes de la actual catedral. Es interesante porque explican algunas de las costumbres de las primeras comunidades cristianas, aunque prescindible si se tiene poco tiempo.
Después subimos a las terrazas. La subida por escalera no es muy dura ni pesada, así que creo que no vale la pena pagar los 4 euros más que cuesta subir por ascensor, salvo que se tenga algún problema físico que impida subir las escaleras. La visita a las terrazas nos encantó, las vistas desde arriba son maravillosas, no solo de la ciudad, sino de la propia catedral. Ver de cerca gárgolas y demás adornos y caminar entre el bosque de pináculos nos gustó mucho.
Cuando bajamos, dimos una vuelta por los alrededores, pasamos por la Galería Vittorio Emanuele, todo lujo y majestuosidad. Y como ya teníamos hambre nos pasamos por Luini, para probar los famosos panzerotti. Había cola, pero no más de 5 minutos. Compramos un panzerotto frito, otro al horno y una calzone, junto con una botella de cerveza, y nos fuimos a comerlos sentados al sol en la plaza, con magníficas vistas del Duomo.
Con el estómago ya lleno y tras un pequeño descanso, nos dirigimos al Castillo Sforzesco. Construido en el siglo XIV como fortaleza, posteriormente fue transformado en palacio por los Sforza. Actualmente alberga varios museos, a los cuales no entramos. Nos limitamos a recorrer sus patios, muy recomendable.
Tras el castillo está el Parque Sempione, un espacio muy agradable con lagos y muchos árboles, teñidos de otoño en aquel momento. Paseamos esquivando a los insistentes vendedores de rosas y otros pequeños objetos, hasta llegar al Arco della Pace. Este monumento comenzó a construirse en 1807 para conmemorar las victorias de Napoleón, pero su construcción fue interrumpida y retomada en 1826 para celebrar la paz de 1815.
Volvimos a atravesar los patios del castillo para salir y nos dirigimos a la Iglesia San Maurizio al Monastero Maggiore. Se trata de una iglesia histórica del siglo XVI y antiguo monasterio, pequeña pero muy bonita. Por fuera no dice mucho, pero la sorpresa está en el interior, con vívidos frescos, muy bellos.
Desde allí caminamos hasta la Basílica de San Ambrosio, el patrón de la ciudad. Dimos una vuelta un poco rara para llegar, atravesando la Università Cattolica del Sacro Cuore, mezclándonos con los estudiantes, que estaban en algún tipo de celebración.
La Basílica de San Ambrosio es una iglesia románica en cuya cripta yacen los restos de San Ambrosio, patrón de Milán. Justo ese día era la víspera de San Ambrosio, y la iglesia estaba llena, con cámaras de televisión y las autoridades locales con sus mejores galas. Así que nos limitamos a verla desde la entrada, sin atrevernos a pasear mucho por allí ni hacer muchas fotos.
Allí mismo nos montamos en el metro hasta Porta Genova para pasear por los Navigli. Esta zona fue el principal puerto fluvial de Italia a finales del siglo XIX hasta que los canales fueron vaciados en el año 1930. Solo dos canales sobreviven, el Naviglio Grande y el Naviglio Pavese, llenos de agua del río Ticino. Es una zona con mucho ambiente, con bares y restaurantes, y numerosos puestecillos a orillas de los canales. En esas fechas el Naviglio Grande estaba decorado con luces en honor a las fechas navideñas, supongo.
Cenamos en Momo, con el típico aperitivo milanés, consistente en un precio fijo por bebida, en este caso 10 euros, y comida de un buffet. La idea es buena, pero la comida del buffet dejaba bastante que desear. Debe haber mejores sitios para tomar el aperitivo milanés.
Cansados y con frío, volvimos en metro hasta el hotel.




















