DÍA 12. LUNES 24 DE AGOSTO DE 2009
Nos levantamos esperando un desayuno en una mesa compartida con dos matrimonios inglés y holandés respectivamente, cuya conversación no dejaba de ser educada y para salir del paso (el hombre inglés sólo abría la boca para engullir el desayuno). Nos despedimos de la encantadora Jane y de su marido Adrian y nos dirigimos a Stirling, con la esperanza de visitar el castillo que al inicio del viaje no pudimos ver.
Llegado Stirling, dejamos el coche en el aparcamiento del castillo (2₤, 2 ó 3 horas máximo) y nos dispusimos a sacar los tickets (9₤) y la audioguía (2₤), por cierto, poco recomendada por la mala programación del aparato.
El castillo de Stirling no decepciona, ya que por dentro es una ciudadela que te transporta en el tiempo, pero después comprobaríamos que no nos parecía nada cierto que sea mejor que el de Edimburgo, como afirman diferentes fuentes.
El día acompañaba y llegaba Edimburgo, con el Fringe, el mayor festival cultural de Europa, así que tras pegarnos el susto del siglo después de encontrar a los bomberos apagando el fuego del motor de un coche a 10 metros del nuestro, pusimos rumbo a la capital.
Llegamos a Edimburgo (o como dicen ellos, Erinbro ó Embro) y dejamos nuestras cosas en el B&B que elegimos tras la recomendación de un amigo (Ashdene House, dos noches, 230₤). He de decir que aunque el B&B estaba bien, el precio no estaba justificado. Al estar lejos del centro (los 15 minutos andando de la señora y mi amigo resultaron ser casi 35), no había que pagar por dejar el coche en la calle, pero la habitación era pequeña y muy normal y la mujer era bastante seca.
Saludada la buena y sonrosada mujer, mochila, cámara y a patear. La intención era subir hasta Arthur’s Seat, en lo alto de Holyrood Park (jolirud park), desde el que se tenían unas vistas tremendas de la ciudad, pero un calzado inapropiado y el dolor de mi tobillo lo hicieron peligroso, así que nos dirigimos hacia Holyrood Palace, al final de la Royal Mile para comenzar nuestra visita. Como estaba atestado de gente y la entrada era abusiva, decidimos posponer la decisión de entrar a verlo, comenzando a pasear por la Royal Mile (royal mail).
La Royal Mile es el centro de la ciudad. Puede haber otras avenidas, pero la vida se refleja aquí, sobre todo durante el festival (Fringe, frinch). Atestada de gente muy variopinta entre la que se mezclaban turistas y artistas a partes iguales, es curioso ver representaciones teatrales o actuaciones musicales en plena calle.
Comimos un bocata de uno de los múltiples comercios y nos dirigimos hasta el castillo. Atravesamos toda la explanada, deslucida por el montaje de las gradas del Military Tatoo (festival musical de bandas militares de gaitas y tambores) y viendo que sorprendentemente no había cola en las taquillas, decidimos visitarlo. Con una entrada exagerada de precio (13₤, más 3,5₤ de la audioguía, esta vez sí, bastante útil), el castillo de Edimburgo nos resultó bastante más atractivo que el de Stirling. Aparte de un tamaño mayor, la ciudadela que encuentras dentro es algo diferente. Desde luego, llaman la atención sus increíbles vistas, las baterías de cañones, el gran salón, mucho más preparado que el de Stirling, o la pequeña y antigua capilla. Por cierto que existen guías gratuitos por dentro del recinto (sólo en inglés).

Una vez fuera del castillo, nada como perderse por la ciudad. Lugares como la impresionante fachada de la facultad de Teología, Princess Street, la zona de Grassmarket, St. Gills (bonito, en obras y con el mal sabor de boca que te produce que te digan que Dios te permite hacer fotos dentro sólo si pagas un extra), descansar en los jardines East Princess Street Gardens, perderse por los callejones (llamados, en singular, close o clous) o subir a Carlton Hill para disfrutar del atardecer, hacen de esta abarrotada ciudad todo un encanto. Desde luego, no creo que tenga mucho que ver la ciudad durante el festival con su estado natural, así que personalmente me quedo con las ganas de volver a verla sin gente. Quizá ese encanto de perderse por un oscuro y misterioso callejón, con tanta gente se pierda. Parada para un té incluida en el Deacon Brodie Café (ojo porque también está la Deacon Brodie Tavern, que es más para pintas y comer), sitio tranquilo y con unas camareras muy agradables, mucho mejor que el Starbucks.

Echada la noche encima, decidimos acogernos a una de las recomendaciones de nuestra guía y pasarnos a cenar por el Café Marlayne, en el Old Fishmarket Close. Todo un acierto. Regentado por una familia francesa, cenamos un menú completo y agradable por bastante poco dinero (38₤). Paseo de vuelta (35 minutos…) y al sobre.
DÍA 13. MARTES 25 DE AGOSTO DE 2009
Para este día teníamos dos ideas. Por un lado, subir hasta Arthur’s Seat, con calzado adecuado, a disfrutar de las vistas que una soleada mañana nos ofrecía. Por otro lado, llegar a una de esas excursiones gratuitas que te llevan por Edimburgo. Tarea difícil llegar a ambas, así que nos decidimos por la primera.
Subir hasta arriba se hace complicado cuando llevas ya unos cuantos días de viaje, así que poco a poco fuimos dándonos cuenta de que quizá no era necesario subir hasta el pico más alto. Desde luego que no hizo falta. Como consejo, si comenzáis por Holyrood Park Rd, vais subiendo y giráis hacia la izquierda para acabar bajando hacia Holyrood Palace y el Parlamento escocés, tendréis unas vistas magníficas sin necesidad de hacer demasiados esfuerzos. Como decidimos este camino, al final nos dio tiempo a llegar al centro de Edimburgo para los tours gratuitos.
Sandeman es un grupo de gente que se dedica a organizar excursiones gratuitas por el centro de Edimburgo, aparte de otro tipo de tours a un coste razonable. Aunque existen varios horarios, todos los días a las 11:00 salen de la puerta del Starbucks de la Royal Mile. Lo bueno que tienen es que lo hacen en varios idiomas y en cuanto te pasas por allí con cara de “a ver qué está pasando con tanta gente”, te llega algún guía y te pregunta “hey chavales, ¿venís al tour?”. Y claro, te das cuenta de que en primer lugar, tienes cara de español y en segundo, que la chica que te lo dice es de Jaén, se llama Laura y es un encanto. Así que con ella nos fuimos un grupo de 22 españoles a recorrer Edimburgo. Genial, genial, genial. Nos contó secretos, curiosidades, recomendaciones de visitas económicas, nos llevó por calles por las que nunca hubiésemos ido… 3 horas geniales, de verdad. Al final del tour te pide la voluntad y eso es todo. Y aquí es donde nos pillamos el cabreo del siglo.
Mirad, está fenomenal que sean gratuitos y que cada uno dé la pasta que quiera, por eso se llama “la voluntad”. Pero sinceramente, estar tres horas disfrutando de una excursión por Edimburgo, hay que valorarlo. Si pagamos 13₤ por la entrada a un castillo, otras 7₤ por subir a un monumento y otras 10₤ por la entrada a un palacio, creo que es justo valorar en consecuencia el trabajo de una persona que está tres horas preocupándose de que conozcas los entresijos de Edimburgo y que, por cierto, no te pierdas si te despistas del grupo. Por eso, a nosotros nos pareció justísimo dar 15₤ por persona, mínimo. Sin embargo, cuando ves que un grupo de 6 catalanes dan en total 20₤, lo acompañas viendo que otro grupo de 6-7 madrileños da 30₤, continúas viendo que 3 viejos de vete a saber dónde no dan nada y lo rematas con que una pareja hispano-argentina quería dar 5€ (euros!!!), te pillas un rebote de flipar y te da vergüenza ajena. Oigan, miren, es la voluntad, pero no me sean ruines. Desde aquí un besote a Laura y mis condolencias por encontrarse con gente tan asquerosa.
Tras el rebote, nos fuimos a comer a un sitio recomendado por Laura (The Bank Bar, en la Royal Mile, justo entre Niddry St y South Bridge) con tarjeta de descuento y todo. Aunque tenía pinta de pegarnos una buena clavada, lo cierto es que comimos genial y el precio fue muy barato (descuento incluido).
Después de comer, teníamos reservado un pase para el Mary King’s close (10,5₤). El más famoso callejón de Edimburgo encierra una excursión por los pasadizos subterráneos construidos, grosso modo, para separar a la gente pobre de la rica. Supongo que habrá excursiones mejores y peores, pero lo cierto es que es toda una experiencia visitar este mundo subterráneo. No deja de ser una ciudad, pero a la altura del alcantarillado. Algo caro, pero muy recomendable.
El viaje llegaba a su fin, así que decidimos volver al B&B, ducharnos, salir a cenar... y quizá de marcha con la gente de Sandeman. Lamentablemente, a estas alturas de la carrera me dio una pájara, gripé el motor… no sé, pero cuando llegamos de vuelta a la Royal Mile para cenar, no me podía ni mover y tenía el estómago del revés, así que como el tiempo se había vuelto desapacible decidimos comprar algo en plan take away y de vuelta al B&B a montar un picnic y descansar.
DÍA 14. MIÉRCOLES 26 DE AGOSTO DE 2009
El último día en Escocia lo íbamos a dedicar a dar una vuelta por Edimburgo y visitar la Rosslyn Chapel, ya que nuestro vuelo salía a las 19:00.
Durante la mañana, ya sin cámara ni nada, nos dedicamos a pasear por la Royal Mile y Princess Street, haciendo algunas compras y disfrutando una última vez del ambiente festivo. Acabamos comiendo en un sitio decente, que pasó sin pena ni gloria, salvo por tener el honor de ofrecerme la última pinta de cerveza.
De vuelta y camino del aeropuerto, una visita a la Rosslyn Chapel, capilla con enigma relacionado con la masonería, fomentado también por el libro “El código Da Vinci”. Una vez comprobado que cobraban la entrada (creo que eran como 7₤), incluso estando en obras, nos dimos la vuelta. Mis principios no me permiten estar de acuerdo con el cobro de una entrada a un lugar de culto.
Y finalmente, devolución del coche de alquiler, revisado con astucia por los operarios de Europcar, vuelo a Madrid y vuelta a la cruda realidad…? No!! En cuatro días, Nueva York. Pero ese será otro diario.