Hanoi
Para salir de Luang Prabang elijo el avión como medio para cruzar la frontera y llego al aeropuerto de Hanoi. Con un previsado firmado por la embajada, en principio, ningún problema pero estos chicos dan un poco miedo sobre todo en grupos de más de dos como es el caso. Después de entregar las fotos y pagar las tasas, coincido en el bus del aeropuerto con un chico australiano y vamos juntos a buscar un hostel. La temperatura ha bajado unos grados desde Luang Prabang y el norte de Tailandia y aquella a su vez había bajado desde Bangkok, mucho más al sur. Esa tarde me centro en enviar mails a mi familia contándoles un poco la aventurilla de la aduana y me acuesto temprano.
Al día siguiente, decido hacer caso de una de las rutas sugeridas por la Lonely Planet para recorrer la parte vieja de la ciudad. Comienza por la zona del lago. Esta mañana, Hanoi se ha levantado brumoso.

Doy un paseo bordeando el lago y llego hasta un puentecillo donde los turistas se retratan.

En esta parte de Hanoi, la más antigua, se ve mucha pobreza, hay muchas viviendas que en otro tiempo conocieron la gloria pero que ahora se caen a trozos.

Una de las cosas que más me llama de mi paseo, es que la gente pasa de mí. Es un gran contraste con los países de los que vengo, Tailandia y Laos. En Tailandia es imposible acercarse a un puesto sin que alguien intente venderte algo. Aquí simplemente, no me ven...

Hacen su vida, sus compras, hablan pero a mí no me ven...

Es como si estuviera viendo una película. También me llama mucho la atención las caras serias de los habitantes de esta ciudad. Ni una sonrisa, ni siquiera los niños. Hanoi es una ciudad seria. Y caótica. El tráfico es una locura, los ciclomotores circulan en todas direcciones. Y las bocinas...

Doy vueltas por los miles de puestos que se amontonan en la zona. En Hanoi, como en Marrakech, cada calle se dedica a una cosa, la calle de los herreros, la de las ofrendas para los templos, la del pescado, textiles... Compro un chaquetón de montaña por 25 dólares y un pantalón de chandal por 3. Me han dicho que en el norte hará frío.
Termino el paseo almorzando en un puesto junto a otros vietnamitas y por la tarde me dedico a ver algún templo. Los vietnamitas profesan un montón de religiones diferentes, confucionismo, daoismo, incluso catolicismo, islamismo y protestantismo pero la gran mayoría son budistas, al igual que sus templos.

Las pagodas budistas son parecidas a las tailandesas y laosianas pero difieren en algunos elementos. La arquitectura exterior es bastante diferente, no predomina el dorado sino los tonos rojizos y ocres y la decoración interna tiene abundantes grabados y maderas lacadas en rojo.

Por la tarde vuelvo al hostel para recoger mis cosas. He contratado una excursión de 3 días para ir a Sapa en tren nocturno y la dueña del hostel me acompaña hasta la estación y le pide a un chico que me indique el vagón que me corresponde. El tren está genial y las literas parecen cómodas. Dejo mis cosas en la litera y voy a la cafetería del tren a comer algo y allí conozco a Daniel y Julia, dos estudiantes alemanes que estudian un postgrado en la universidad de Bangkok. Esa noche duermo de tirón.
Sapa
Llegamos a Lao Cai sobre las 5 de la mañana. Ya me habían avisado del frío que iba a hacer pero es exagerado, estaremos a 5 ó 6 grados. Me pongo toda la ropa que llevo encima antes de salir del tren.

Nos llevan en van hasta Sapa, aún más al norte entre las montañas. En el hotel, nos dicen que no disponemos aún de las habitaciones antes del trekking pero nos dan de desayunar. Es ahí donde escucho hablar en castellano por primera vez en el viaje. Son una cuadrilla de amigos de Menorca y nos sentamos todos a desayunar junto a Julia y Daniel. Después nos separan por grupos y me quedo con los alemanes, con quienes hago el recorrido por las afueras del pueblo.

La guía, Phi Lu, es una niña de la tribu Hmong. Nos dirige por un camino que bordea el pueblo, desde el que se ven las terrazas de arroz cortando las montañas.

La belleza del lugar es espectacular. Como es la época seca, el arroz ya está recogido y las terrazas tienen diferentes tonalidades tierra. En la época de lluvia, nos explican que el verde domina el paisaje y las plantas de arroz están aún sin recoger dentro del agua.
En Sapa hay mucha pobreza. Las miradas de los niños hacen que se te caiga el alma a los pies. Me planteo si retratarlos o no porque para mi no son monos de feria pero siento la necesidad de llevarme algo de ellos a casa para no olvidarlos. Decido darles lo que tengo, galletas y patatas que llevo en la mochila pero aún así, se me queda una sensación extraña en el estómago.

Los hermanos mayores tiran de los pequeños mientras sus padres trabajan...

... pero son muy pequeños también.

Regresamos al hotel para almorzar y asearnos en nuestras habitaciones y dedicamos la tarde a dar un paseo por Sapa. Me encanta el mercado. No tiene nada que ver con Hanoi, aquí son tímidos pero te miran y te sonríen.

Los Hmong tiñen telas y confeccionan bellas colchas artesanalmente

Mujeres de la tribu Dzao se acercan a vendernos postales, pulseras.

Visten sus coloridos tocados rojos. Las mujeres casadas tienen la frente rapada y llevan los niños a la espalda.

Esa noche, cenamos en el hotel y después nos juntamos con los menorquines. Me acuerdo de que en mi ciudad, hoy es víspera del día de San Sebastián y me entra un poco de morriña pensando en mis amigos juntándose en alguna sociedad para cenar. Me cuentan que en Menorca fue Sant Antoni hace unos días pero que llevan años fuera de casa en esas fechas. Sonrío y brindamos por los santos porque ese es el espíritu nómada de algunos viajeros.
Al día siguiente, Phi Lu nos lleva por un camino que sale del pueblo, hacia las montañas y las terrazas de arroz.

Las montañas de esta parte de Vietnam son muy altas. Nos dicen que cerca de aquí está el monte más alto de Vietnam, el Fangxipan, techo de Indochina, de 3143 m.

Los niños nos rodean en cuanto paramos a comprar agua en un puesto del camino. Otra vez esas miradas tristes que te rompen el corazón.

Me acerco a la niña y le compro una pulsera pero creo que en realidad no es una buena idea. Pienso que por cada turista que le compra algo a un niño, un niño menos que está en la escuela aunque no sé, quizás aquí ningún niño vaya al colegio. Están todos intentando vendernos cosas.

Repartimos unas Oreo entre ellos y continuamos el camino.

Junto a nosotros, a lo largo del sendero caminan mujeres de la tribu Hmong con sus niños a cuestas y aquí me encuentro la primera sonrisa de Vietnam.

Seguimos un par de horas caminando a lo largo de las terrazas de arroz.

Y finalmente paramos para comer en un restaurante, juntándonos de nuevo los menorquines, la chica vasca y los dos estudiantes alemanes, volviendo con ello un poco locos a los de la organización.
Es un tema curioso éste, yo creo que herencia de la disciplina comunista pero pasamos un buen rato explicandoles que queríamos comer todos juntos y no lo entendían, nos decían que cada uno tenía que comer en la mesa asignada. Aunque todos comíamos exactamente lo mismo, es decir, arroz, verduras y pollo, los que comieran carne, cada uno debía hacerlo en su mesa. Al final, no les quedó más remedio que dejarnos pero siempre muy serios.

Por la tarde, siguiendo nuestra ruta, más niños...

... y mujeres de la tribu Dzao...

... y más niños...

... y sus madres.

De vuelta a Hanoi esa noche en el tren nocturno, todos coincidimos en lo diferentes que son los habitantes de las zonas rurales de los de las grandes ciudades en cualquier parte del mundo. Sus miradas, su caminar lento o rápido, incluso sus sonrisas abiertas o difusas pero en Vietnam, país con tal historia de sufrimiento, esas diferencias se acentúan más.
Por la mañana, ya en Hanoi, me despido de Julia y Daniel deseándoles un buen viaje y una feliz vuelta a Bangkok. Yo me dirijo a mi hostel donde he guardado mi mochila grande y esa mañana, tomo un autobús con destino a Halong Bay.
Bahía Halong
Cuando llego a mi destino, coincido con un grupo de amigos de Marsella que hacen la excursión en el mismo barco que yo.

Vuelve a cruzarme por la cabeza la idea de estudiar francés, como ya me ocurrió en Marruecos pero aunque no hablan un inglés muy fluido, conseguimos entendernos.
El barco está genial, todo lujo de comodidades. A la hora del almuerzo nos quedamos asombrados de la cantidad y variedad de comida.

Después de comer, salimos a cubierta para disfrutar del sol y del paisaje

Y poco a poco nos vamos adentrando en la bahía Halong, uno de los grandes "hits" de este viaje.

Para estos paisajes no hay palabras, hay que ir y verlo. Por lo menos a mí no se me ocurre ninguna, espectacular, abrumador, son buenas palabras pero se quedan cortas ante tanta belleza.

Los barcos dragón le dan un tinte de novela colonial a la estampa.

Esa tarde nos llevan a ver unas cuevas naturales dentro de una de las montañas. Las vistas sobre la bahía te dejan muda.

La excursión está muy bien, el recorrido se hace muy amenos pues nuestro guía va haciendo bromas todo el tiempo y las cuevas son realmente bonitas, con luces que resaltan las formas de la piedra erosionada a lo largo de los años.

Al salir, poco a poco el atardecer se abre paso por la bahía...

... dando lugar a una mágica noche.

Esa noche duermo recordando la leyenda que nos han contado en el barco. Halong significa literalmente "Dragón descendente". Los dragones vinieron a salvar a los vietnamitas de la guerra con China pero mucha gente falleció y las lagrimas de los dragones generaron las más de 3000 islas que conforman la bahía. La otra versión dice que el dragón dio un coletazo y formó las islas.
Al día siguiente, las brumas de la mañana han entrado en la bahía lo que le da un aspecto un tanto fantasmagórico pero de belleza brutal. Sin palabras.




El barco nos acerca hasta la isla de Cat Ba donde voy a pasar una noche mientras mis amigos franceses siguen su camino dirección Hue.

Ls isla de Cat Ba tiene un parque nacional y se puede subir a la montaña más alta dando un paseo.

La vista desde la cima es preciosa.

Al bajar, antes de cenar tomo unas fotos desde la habitación del hostel.

La mañana siguiente la paso recorriendo el pueblo pero no merece la pena en absoluto así que decido volver al hostel y escribir a mis amigos. Por la tarde, volvemos a Hanoi y esa misma noche tomo un bus nocturno destino Hue, la antigua ciudad imperial.
Hue
En Hue paso del frío invierno a la húmeda primavera. No llueve torrencialmente sino de manera xirimiri como lo llamamos aquí.
Hue es una ciudad que fue en otro tiempo la capital de Vietnam, en la época de los emperadores, antes de la llegada del comunismo al país. Tras encontrar habitación, dedico toda la mañana a recorrer el recinto imperial, con su palacio, museo, templos...

Las dimensiones del complejo son grandes, las estatuas de dragones salpican los jardines

Templos y edificaciones que recuerdan la época gloriosa de la ciudad

A pesar de la lluvia, el recinto imperial en conjunto no pierde nada de belleza:

Voy a almorzar a un restaurante japonés con una tierna historia. Su dueño es un señor japonés que pasó unas vacaciones en Vietnam y conmovido por la miseria de algunos niños, volvió a su país, hizo las maletas y decidió abrir este restaurante en Hue, dando trabajo a chicos de la calle. Desde el año de su apertura, han ayudado a escolarizar a cientos de niños y sólo hace un par de años, se licenció en la universidad el primero de ellos.
Esa tarde la dedico a pasear por la ciudad y enviar unas cartas. Al día siguiente en el autobús que me lleva al aeropuerto, donde voy a tomar un avión a Saigon, conozco a Miguel, un chico mexicano que estudia en Sidney.
Saigon
La llegada a Saigón es la llegada del verano. Miguel y yo nos alojamos en uno de los hoteles de Madam Cuc, especializados en mochileros. El ambiente es estupendo, teniendo en cuenta que es la víspera del Año Nuevo Vietnamita.

Nos sentamos en una terraza a degustar las delicias de la gastronomía local, es decir, el marisco.

El almuerzo es todo un éxito, la comida es estupenda, muy fresca.
Hacemos tiempo hasta la noche callejeando y por la noche volvemos al hotel a cenar. Madam Cuc ha puesto una terraza en la calle para que todos los mochileros cenemos al fresco, cortesía de la casa. Esta mujer es pura energía, inmortalizamos el momento con una foto borrosa y nos ponemos a cenar.

Nadie tiene un plan específico para esa noche así que nos juntamos con unos australianos y vamos improvisando. Seguimos a la gente sin saber muy bien a dónde va y llegamos a una plaza gigantesca donde han puesto un escenario. Parece que están retransmitiendo la despedida del año en directo, sale gente a bailar, hacen entrevistas... Todo es luz y color ...

... y el mismo tráfico caótico del norte

Al día siguiente Miguel y yo visitamos el Palacio de la Reunificación, cuya arquitectura me deja fascinada.

Leyendo después, me entero que el arquitecto es Ngô Viết Thụ, ganador del Prix de Rome con tan sólo 28 años y primer asiático miembro del Instituto Americano de Arquitectos, con 35 años.
Los corredores dejan pasar toda la luz a las estancias del interior.

La decoración del palacio es brutal, con tintes de los 60 más vanguardistas. Algunas estancias recuerdan un poco a Lloyd Wright.

Impactados, salimos recorriendo antes los bunkers y pasando por delante de un tanque, un jet y un helicóptero que no nos llaman nada la atención. Paseamos por la calle hasta llegar a una terraza donde nos sentamos a almorzar y comentar lo visto. A Miguel también le ha fascinado. Realmente nos hemos quedado de piedra, somos unos freaks de la arquitectura.

Ese día, la comida nos sabe mejor. Qué gastronomía, la vietnamita. Dicen que no es tan deliciosa como la tailandesa pero yo ya he hecho mías estas sopas, incluso en el desayuno.

Callejeamos un poco más por Saigon, comentando las grandes diferencias entre el feliz sur y el apesadumbrado norte y echando fotos tontas

Y nos topamos con una escena digna de una peli de Brian de Palma

Qué buena despedida de Saigón. Al día siguiente, quedamos en Siem Reap, Camboya, ya que es nuestro destino común pero cada uno tiene una hora de vuelo diferente. Miguel se encargará de buscar un hostel para cuando yo aterrice, que será por la tarde. Angkor Wat, allá vamos!