Luang Prabang
Llegamos a la frontera de madrugada y como nos imaginábamos, el hostel es un cuchitril destartalado pero cogemos la cama con sueño y dormimos hasta las 7:30 de la mañana. Después de cruzar el río, ya con nuestros visados, nos dirigen a otra parte donde nos esperan los speed boats. En ese momento, no nos dicen nada pero los speed boats dañan la flora y fauna del río por la gran velocidad que alcanzan y quieren prohibirlos.

Al ver los grandes motores de coche que llevan, nos empezamos a imaginar por qué nos han dado cascos y chalecos salvavidas y por qué los llaman speed boats...

Después de varias horas de trayecto, con una parada para comer, llegamos a Luang Prabang caída la tarde y tras reservar una habitación en un hostel de la orilla del río, éste es el espectáculo que nos ofrece el Mekong:

No creo haber visto nunca una puesta de sol así. Pasamos esa tarde y las siguientes contemplando esa maravilla sin hablar. Simplemente mirando el atardecer, dejándonos llevar por las sensaciones que produce contemplar algo tan bello.

Esa noche, probamos un montón de platos diferentes de la gastronomía laosiana que se venden por los puestos de comida de al lado del mercado y cenamos dando un paseo. Después, nos damos una vuelta por el mercadillo, que en Luang Prabang tiene una magia especial al ser nocturno. La mezcla de telas de colores, brillantes teteras y objetos de metal y las lucecitas de los puestos, producen una estampa preciosa. Compramos alguna cosilla para llevar a la familia, entre ellas, unas bolsitas de té. El té de Laos está muy valorado, al igual que el café, que lo sirven fuerte y solo.

Al día siguiente subimos al monte Phu Si, en el centro de la ciudad, donde hay un monasterio en el que viven monjes de todas las edades. Desconozco si aquí será igual pero en Tailandia nos contaron que todos los tailandeses deben destinar al menos una semana de sus vidas a ser monjes.

Las vistas desde lo alto del monte son maravillosas. La parte de atrás de la ciudad se extiende entre la vegetación hasta donde nos dejan ver los ojos y el monte se ve salpicado de pagodas y templos.

El estilo del monasterio me recuerda un poco al monasterio que visité en la montaña en Chiang Mai, en Tailandia, con esas serpientes que se retuercen formando las escaleras. Numerosos budas dorados salpican la ladera de la montaña, cada uno en una postura indicando el correspondiente día de la semana.

Cuando ya hemos recorrido todos los recovecos del complejo, bajamos a almorzar a la ciudad y después, nos damos un paseo para bajar la comida. Luang Prabang es una ciudad muy bonita, con casas de estilo colonial alineadas a lo largo de la avenida principal.

Pasamos la tarde haciendo unas compras por las diferentes tiendecitas. También aprovechamos para conectarnos a internet y escribir unos mails a nuestras familias.

Después, volvemos a la orilla del río para contemplar de nuevo la puesta de sol. Observamos a otros turistas que han acudido también aprovisionados con cervezas para disfrutar de ella como si estuvieran en el cine.

Es algo a lo que, por muchos días que lleves mirando, no te puedes acostumbrar, como cuando hace un día lluvioso en San Sebastián y vas al Paseo Nuevo a ver las olas.

El día siguiente nos lo pasamos haciendo deporte, ya que por la tarde del día anterior habíamos contratado una excursión para andar en bici por la mañana y después, recorrer el río en kayak por la tarde. Por la mañana, mientras pasamos en bici por diminutos poblados, al camino salen niños pequeños que nos saludan al pasar con las bicis.

La bici nos deja bastante hechos polvo porque las carreteras son pistas con muchos baches pero por la tarde nos relajamos bastante en el kayak. Esa noche decidimos que en Luang Prabang ya lo hemos visto todo y Bas me propone coger un barco para subir por el río hasta un lugar llamado Muang Ngoi, una pequeña aldea sin luz ni agua caliente. Está tan convencido de que el pueblo está en un enclave paradisíaco que accedo sin pensarme dos veces lo del agua caliente. Así que al día siguiente nos ponemos en camino y después de un trayecto en van llegamos a Niong Khiaw donde cogemos un barco en el que llegaremos a nuestro destino final.

Durante el trayecto en barco, ya te vas haciendo una idea de la belleza del lugar, con el río rodeado de altas y verdes montañas. La vida de los lugareños se desarrolla en las orillas, pescan, se bañan, labran la tierra...
Siguiendo el curso del río, vamos acercándonos al punto exacto donde se encuentra el pueblo. Las montañas se cierran un poco en esta parte, lo que provoca una luz aún más tenue y difusa al atardecer.

El pueblo es una callecita paralela al río con casitas que tienen sus techos de hojas. La carretera es un camino polvoriento que en época de lluvia imaginamos que se embarrará completamente, haciendo un poco más complicada la vida de sus habitantes.

Sin embargo, creo que éste ha sido el pueblo donde más sonrisas he visto en todo el viaje. Y donde más sonrisas me han sacado sus habitantes.

Esa única noche que pasamos allí fue muy especial, rodeados de esa naturaleza tan virgen, sin agua caliente, sin luz, sin comodidades de ningún tipo pero en un entorno privilegiado, escuchando sólo el ladrido de algún perro de vez en cuando y el silencio.

Al día siguiente, hicimos el petate para volver a Luang Prabang, un poco apenados por dejar aquel lugar tan especial pero a la vez contentos por todo lo que nos quedaba por ver. Ese día iba a ser el último que pasábamos juntos pues Bas tiraría hacia el sur de Laos, a Vientiane y yo pasaría por fin a Hanoi, ciudad que estaba deseando conocer ya, a pesar de que imaginaba que iba a ser un gran contraste con todo lo que estaba viendo esos días.
Cuando llegamos a Luang Prabang, un nuevo atardecer nos estaba esperando.

¿Quién podía estar triste con un regalo así? Decidimos que esa noche sería especial y después de que se pusiera el sol, fuimos a darnos un homenaje gastronómico en uno de los muchos restaurantes de la ciudad. Comimos, bebimos y brindamos por los viajes y las aventuras que nos esperaban
