El ferry salía a las nueve y llegamos a Valencia sobre las seis y media. GNV me había enviado los billetes por correo electrónico y al teléfono móvil, así que nos dirigimos hacia su terminal en el puerto, en cuya oficina nos derivaron a Trasmed, que era la naviera que prestaba el servicio ese día. Y es que, independientemente de a qué naviera hayas comprado el billete, el viaje lo haces en el barco de la que le toque ese día hacer el recorrido. En el mostrador de Trasmed, nos dieron las tarjetas de embarque para nosotros y para el coche, y nos dijeron que estuviésemos en la cola de los vehículos con una hora de antelación. Entretanto, fuimos a dar una vuelta por el puerto de Valencia.


El ferry salió puntual y estuvimos viendo las maniobras de desatraque y la puesta de sol en el puerto. La temperatura era muy buena. Ya en alta mar, cenamos un menú en el autoservicio del barco (13 euros, dos platos, postre y bebida), nada del otro mundo, pero no nos apetecía llevar comida comprada. Hay que darse cierta prisa porque el restaurante lo cierran pronto. Luego, buscamos unas butacas para acomodarnos. Las hay de varias clases, pero habitualmente no van todas ocupadas, así que puedes sentarte en las que estén libres, y también moverte de unas a otras, sin que importe, en principio, el número que te hayan asignado. Nadie comprueba nada. Solo lo hacen en caso de que alguien reclame o si llevas reservado un camarote.
Zarpando del Puerto de Valencia al anochecer.



Una media hora antes de llegar, avisaron por megafonia de que nos preparásemos los pasajeros de Ibiza, ya que el barco continuaba hasta Palma de Mallorca. Bajamos a tierra con rapidez y a la hora prevista. Luego nos dirigimos al hotel, que estaba a diez minutos en coche. Tras pasar por delante de la famosa discoteca Pachá, lo encontramos enseguida con la ayuda de Google Maps. Como resultaba previsible, no había sitio para aparcar. Pregunté en recepción y me indicaron la dirección de dos parkings cercanos para dejar el coche hasta la mañana siguiente. Entonces... ya veríamos. El aparcamiento estaba a unos cien metros y no era otra cosa que un solar en tierra, bajo unos peñascos, con una caseta para el pago y una barrera; a precio de garaje de lujo, eso sí: 1,5 euros la hora. Pero a las tres de la madrugada y tras un montón de horas de viaje no era cuestión de dar vueltas por un sitio que no conocíamos y donde no parecía haber ningún hueco libre. Así que lo metimos allí.
Habitación del hotel y vistas.




El hotel Vibra Marítimo pertenece a una cadena y tiene una ubicación estupenda, en la Playa de Figueretas. Nos dieron una habitación muy bonita, con unas espléndidas vistas al mar, que pudimos apreciar incluso a las tantas de la madrugada.

Primera jornada en Ibiza.
La mañana amaneció nublada, pero con buena temperatura. Teníamos el desayuno incluido (variado, estaba bien, hasta con churros) y lo tomamos muy ricamente en la terraza que tiene el hotel en pleno paseo marítimo. Todo muy chulo, salvo el precio, que me pareció exagerado para un hotel de tres estrellas: 339 euros las dos noches. Claro que estábamos en Ibiza…

Preguntamos al recepcionista de la mañana si sabía dónde podíamos llevar el coche, pues no estábamos dispuestos a seguir pagando 1,5 euros la hora por tenerlo bajo un peñasco. El empleado nos aconsejó que probásemos suerte en la zona de la Comisaría, donde solía dejarlo él... ¡gratis! A unos diez minutos caminando desde el hotel y otros tantos hasta Dalt Vila. ¡Perfecto! Así lo hicimos y la jugada nos salió muy bien: el coche se quedó allí sin problemas hasta el día siguiente. No sé si hubiésemos tenido el mismo éxito en otra época del año. Entonces había bastantes huecos. Eso sí, fuimos temprano. Bueno, lo importante era que, al fin, podíamos iniciar nuestra visita a la capital de la isla, para lo cual disponíamos de toda la jornada, ya que al día siguiente zarparíamos hacia Formentera
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Lo primero que hice fue acercarme a la Oficina de Turismo -Avinguda d'Ignasi Wallis, 19- para saber qué visitar, aparte de los lugares que llevaba apuntados. Fueron muy amables y me proporcionaron todo tipo de información y varios planos, que me resultaron sumamente útiles. Recomiendo recogerlos. La única pega fue que era lunes y algunos museos y sitios turísticos no abrían. En fin, la maldición del lunes que no me resulta extraña.

Unos pocos datos sobre Eivissa.
El nombre oficial de Ibiza es Eivissa. La isla cuenta con una población censada cercana a los 150.000 habitantes, la segunda más poblada de Baleares, detrás de Mallorca. Naturalmente, la real es bastante más elevada, sobre todo en verano. Tiene una superficie de 572 km2, por lo tanto es una isla relativamente pequeña que se recorre muy bien en coche. La longitud de su costa es de 210 kilómetros, con numerosos islotes y peñascos que dificultan la navegación, lo cual se aprecia muy bien desde el ferry, como pudimos comprobar el día de nuestra partida, ya que la llegada fue por la noche y no lo pudimos apreciar.


En la isla existen yacimientos de la Edad del Bronce, así como importantes restos arqueológicos fenicios (quienes fundaron la ciudad en el siglo VII a.C.) y púnicos. Y es que desde tiempos muy antiguos, Ibiza se convirtió en escala para los navegantes en la ruta del este al oeste del Mediterráneo. Su comerciantes ofrecían sal, minerales e higos, muy apreciados por los romanos. Con la llegada del Islam, tomó el nombre de Madina Yabisa hasta que se integró en el Reino de Aragón. El apelativo de "Pitiusas" que reciben Ibiza y Formentera parece deberse a la abundancia de pinos de tres clases diferentes. En 1999, la UNESCO declaró a Ibiza Patrimonio de la Humanidad en reconocimiento a su cultura y a su biodiversidad. Los bienes catalogados así son cuatro: Dalt Vila, la necrópolis de Puig des Molins, el poblado fenicio de Sa Caleta y las praderas de posidonia.



y un abrazo. 